Pablo llega en un arrebato, hace una entrada teatral en el bar, porque todo en él cobra la intensidad de una gran performance. En los ojos trae un mal sueño, en el cuerpo las marcas de una mala alimentación. Está angustiado, en un pozo profundo, siempre ha sido así cuando se sintió despechado, sólo que esta vez el arrebato de histeria y neurosis que tanto daño le causó en el pasado (peleas monumentales a la vista de todos, agresiones físicas, humillación pública) dejó su lugar a una despedida que es dolor puro, tristeza infinita. Me dejó por otro, dice antes de darme un beso y demorarse en el abrazo. Nos conocimos hace muchos años en una agencia donde éramos creativos junior, y en nuestra primera conversación dejó sentado un pedido: Si alguna vez decidís cambiar de lado, aquí estaré, esperándote. Desde entonces nos unieron muchas cosas y no ha dejado de conmoverme su espíritu vulnerable, su generosidad y su refinamiento para entender el mundo y sobre todo los afectos, la compleja red de vínculos amorosos que siempre consiguió desmadejar con astucia y una mirada muy honda de los hombres (y las mujeres). Tengo problemas muy básicos, dice frente a una cerveza, pero en este momento es esencial para mí alimentarme y dormir. En otros tiempo supo tener una costumbre singular: se enamoraba (y desenamoraba) de hombres fugaces, amores en tránsito, turistas o residentes que un día decidían viajar al exterior. Pero un día se enamoró de un arquitecto, compartieron un departamento, comenzaron a viajar juntos. Es el hombre de mi vida, me confió entonces, y era una frase nueva en su vida tumultuosa de pasiones incendiarias y gestos despechados. Me cuenta una historia que he escuchado antes: estaban enamorados, llenos de proyectos, y de pronto descubrió que había alguien en medio de los dos. Qué tristeza, dijo esa noche frente a la evidencia de la mentira, no te creía capaz de esto. Y entonces su hombre empezó a hacer las valijas, y en ese tránsito hubo roces de cuerpos y besos desesperados porque los hombres (los hombres que amamos a otros hombres, enfatiza Pablo) resuelven sus conflictos en la cama, en el choque violento de los cuerpos, en la pasión física, un poco como lo muestran las películas de Fassbinder o Pasolini, me dice. No han hablado casi desde entonces. Pablo se ha entristecido, ha llorado mucho, siente una vez más que su vida perdió el sentido para siempre. Se despidieron esta mañana. Un largo abrazo, quizá el último. Dice Pablo, y echa a llorar. Me levanto conmovido, lo abrazo, dice gracias. Siempre estoy acá, a tu lado.
Es un día insípido de lluvias bochornosas. Todo parece suspendido, detenido en el tiempo. Suena un disco de Jane Birkin que he comprado esta mañana: la pequeña voz de un ícono pop del Swinging London, el recuerdo de su cuerpo frágil en Blow up de Antonioni. En la computadora parpadea un mensaje de Violeta: El deseo sin límites, el orgasmo en los bordes mismo de la muerte, y seguidamente me sonríe un emoticón color Simpson. A unos veinte metros de mi escritorio, Violeta lee estos apuntes, sabe más de mí por lo que delatan estos textos que por nuestras conversaciones siempre precarias y fugaces. ¿Almorzamos? Respondo que no, ando un poco abrumado por las presentaciones de fin de año, las interminables reestructuraciones y, tal vez, estoy algo fatigado de mí mismo, de mi insaciable perfil de seductor serial. Qué pena, escribe, me gustan tus historias, me gusta cómo me retrataste en ellas. Eso es lo tentador, escribo yo ahora, observarse a lo lejos, la distancia estimula la curiosidad. Beso, escribe, y enseguida un emoticón que es un corazón partido. Dana apoya una cadera en mi brazo, levanto la vista y veo en su rostro un mohín de despecho mezclado con una sonrisa. Ya lo decía Woody, dice ella ahora, el corazón es un músculo tan flexible. Como ves decliné la invitación, soy un monje tibetano. Reímos. Bajo a tomar un café en un barcito adonde suele mostrarse la fauna de la televisión, en las cercanías de una productora. Hay una muchacha bonita que lleva en el rostro los restos espesos del maquillaje, un cronista deportivo y el hombre que todas las mañanas anuncia el estado del tiempo, las probabilidades de lloviznas y otros detalles meteorológicos que pueden cambiar la vida de los hombres y a quien los responsables de la emisora han decidido entregarle horas enteras de la programación, sólo comparables a las destinadas a la crónica roja: asesinatos, violaciones, incestos, secuestros, deguellos y venganzas cuyo relato minucioso es apenas interrumpido por el simpático meteorólogo, cuya palabra oracular es aguardada por la feligresía como se espera la bendición papal. En la mesa contigua, agazapada detrás de unas pestañas y un tocado muy teatrales, sonríe una mujer de unos 40 años, de mentón cuadrado y ojos recargados de sombras, las piernas cruzadas debajo de la mesa enfundadas en una minifalda ceñida. Sonríe, y mi ofrece su sonrisa sin pudor. Diríase que es una mujer bonita, aunque las facciones son algo toscas bajo la crudeza de los rayos del sol. Está tomando un trago en una tulipa, y juguetea con la copa humedeciéndola con unos gruesos labios que dejaron ya huellas de rouge en los bordes. Hola, dice mi vecina, y la voz resuena, gruesa y rotunda, entre las paredes del pequeño bar. Hola, respondo con cortesía, y abro un libro para evadir la conversación. Transcurren unos minutos en silencio, durante los que me meto de lleno en El mal de Portnoy, de Philip Roth, la historia de un muchachito que descubre su cuerpo y con él las delicias de la masturbación y los peligros de la clandestinidad, dejando tras de sí, oculto a la mirada severa de sus padres, un rosario de simientes viscosas sobre butacas de cine, colchas, toallas, cortinas y su tesoro más preciado, las prendas íntimas de su hermana mayor. Eso es lo que cuenta al menos el capítulo Pajas, y el sentimiento de culpa que agobia al personaje me recuerda los modos en que durante mi adolescencia debía sofocar los crujidos de la cama bajo la frotación nerviosa del cuerpo en llamas en medio del silencio de la noche, y la desazón que producía en mí, a la mañana siguiente, ver el dibujo humillante de las manchas amarillentas en las sábanas. Debe ser bueno ese libro porque hace cinco minutos que no me mirás. El vozarrón me quita de la historia, pero sobre todo es inquietante el tono desafiante. Levanto la vista con cuidado, y una luz nueva me deja ver entonces el espesor de los tobillos, la contundencia de las caderas, la indisimulada rusticidad de manos y rodillas. Es una mujer sola, o el recuerdo de un hombre que habitó en ella. Te pago 200 pesos si esta noche dormimos juntos. Qué lástima, pensé que pagarías bastante más, respondo y sobreactúo la broma, e imagino que en unos minutos mi amiga contará sus desdichas de travesti viejo en un programa de chimentos baratos. Cuando suena el celular, escucho la voz urgente de un amigo entrecortada por la angustia. Me estoy separando, dice Pablo, solloza como un niño, es la misma voz que me acunó en mis peores momentos, compañera y protectora. Fabián se enamoró de otro hombre.
Marcela abre la puerta de la casa. Lo primero que observo es su sonrisa perfecta, el rostro sin maquillaje, el atuendo sin pretensiones pero cuidadosamente elegido. Nos saludamos con un beso prudente, calculado por los dos, un roce apenas de las comisuras de los labios, equidistante de las crueldades del despecho y de las fogocidades del amor perdurable. En una caída de párpados, como sucede cuando pasan una a una las diapositivas de las vacaciones familiares, la vista recobra tres o cuatro imágenes del pasado. Son los mismos los sillones del living, las pequeñas estatuas egipcias adquiridas en algún viaje europeo, la lámpara de pie bajo cuya lumbre leí las obras monumentales de los grandes autores y el chismorreo del mundo del espectáculo, la alfombra azul con una guarda de motivos asiáticos sobre la que jugué con mis hijos y donde algunas noches terminamos haciendo el amor en silencio con Marcela, sofocando los crujidos del sofá y el gemido de los cuerpos ardientes. Todo está detenido en el tiempo, intocado casi, como si apenas hubiese abandonado yo la casa esta mañana rumbo al trabajo, y sin embargo han pasado tres meses desde el día en que nos dijimos adiós, tan solo eso, una despedida provisoria y sin énfasis, la inauguración de un paréntesis. Son las 9 de la noche, y cuando regresa de la cocina (cinco minutos, no más, suficientes para sentir la inquietud que produce lo familiar cuando se vuelve extraño), Marcela me ofrece una copa de vino rosado que acompaña con queso trozado y aceitunas negras, todo sin hacer preguntas innecesarias. Imagino que estamos aquí por muchas razones, otra vez juntos al abrigo del mismo techo, pero la única que nos atrevimos a poner en palabras es la necesidad de dividir los libros y los discos acumulados durante años, muchos de ellos de autores que veneramos los dos, y otros ofrendas entregadas amorosamente a la persona que amamos para alumbrarle un universo poético hasta entonces desconocido. Nos sentamos en el piso frente a la vasta biblioteca, y recién entonces comprendemos que la tarea será ardua. Algunas cosas están claras. Mi equipaje habrá de cargar los desvencijados volúmenes de Sartre y Camus, el ciclo de novelas policiales de los grandes creadores del género incluídos Dashiell Hammett y Raymond Chandler, el jazz y la bossa nova. Marcela se quedará para siempre con los maestros rusos que perviven en volúmenes elefantiásicos y con la poesía española urgente cantada por Paco Ibañez, con las canciones sefaradíes y la colección de National Geographic, un precioso catálogo en el que atesora su gusto por la naturaleza y los espacios abiertos, una muestra de su vitalidad arrebatadora y su sentido de la aventura, tan distantes de mi vocación por el encierro y el aislamiento. Lo demás será parte de una larga conversación. Sigo una hilera de libros con el dedo índice en el sector de la S, y me topo de pronto con Los amores difíciles de Italo Calvino, una broma del destino, lo abro y leo una línea de la dedicatoria en la que reconozco la letra cursiva agitada de Marcela: Ojalá compartamos toda la vida el placer de la dificultad. Ella está sentada junto a mí, y mira con curiosidad un disco de Caetano Veloso como si en la imagen de la portada (mar y arena, sol y un cielo infinito) encontrase la esencia de un amor perdido. Nos miramos. Me parece que nunca nos despedimos, dice ella tomándome la mano sin tomarla, una caricia, la pasión recobrada o la melancolía. Nos besamos como niños, un deseo nuevo, los cuerpos vibrando en el reencuentro, húmedos de deseo y de miedo, nos besamos largamente como la primera noche, reconociendo cada pliegue de la boca, los movimientos tentativos de las lenguas, mordiéndonos orejas y cuellos, palpándonos y oliéndonos, ardorosos y al tiempo cohibidos como adolescentes, amándonos hasta quedar exhaustos. Escribo de mañana, horas después, y llevo todavía en los dedos el olor imborrable del sexo, la memoria del cuerpo recobrado, el amor inscribiéndose para siempre en la carne y en la piel.
Diego es uno de mis compañeros de trabajo. Nos une esa afinidad liviana que enhebra dos vidas en conversaciones fugaces (y en apariencia triviales) cuyo escenario inesperado puede ser la cocina donde buscamos el café. Suelo hacer en ese ámbito preguntas inesperadas. A veces le pregunto a alguien si es feliz, y en caso de que la respuesta sea afirmativa (siempre lo es) intento averiguar por qué. Mis compañeros me miran con alguna curiosidad, pero siempre responden: todos necesitamos ser escuchados, hace oir nuestros sentimientos más íntimos y sentir que le importamos a alguien, sea esto o no verdad. Diego tiene una hija de 7 años. Eso me dice mientras pulsa un botón en la máquina de café, y agrega que este fin de semana se fue de picnic con su pequeñita. El sábado a la mañana cargaron una pequeña heladera sin muchas más ambiciones que ir juntos a un parque para escapar del bochorno de la ciudad: fiambres, gaseosas, un mazo de cartas y un frisbee. Lo demás fue una extensa conversación entre padre e hija. No hay temas menores en esa charla. Aunque nos hablen de sus juguetes preferidos o de algún altercado escolar, no importa lo mínimo que sea el tema, escucharlos es un modo de vislumbrar cómo crecen nuestros hijos. Diego le preguntó a Lola (su hija se llama Lola, uno de los nombres más hermosos que pueda llevar una mujer) quién es ahora su novio. Lola le ha respondido cosas de niños: se ha peleado con el anterior, un gurrumín que la tuvo a maltraer dos semanas enteras de su pequeña vida, y un nuevo varoncito ocupa ahora sus fantasías de princesa candorosa. Diego habla de su hija con una luz nueva en los ojos. Es el fulgor que llevamos los padres en la mirada cuando hablamos de aquello que amamos de una vez y para siempre. La niña corre por el parque, se detiene frente a un grupo de niños que arrían un barrilete, sube a unos juegos de madera en un arenero. Su padre la sigue con la curiosidad con que se observa el paso de un asteroide: todo ser humano es un enigma, y más aún lo son los hijos camino de su futuro. A veces, cuando ví corretear a un muchachito en la plaza o jugar con plastilina en las guarderías, me vino a la mente la imagen de personajes siniestros durante sus infancias. (Adolf Hitler siempre es la primera imagen: un niño rubio, algo retraído, de rostro redondo y con un bigote mínimo en el centro del labio superior.) Hace muchos años la madre de mis hijos me preguntó, un poco en broma, qué destino soñaba para Sebastián. Le dije entonces que me gustaba la idea de que fuera parecido al de Marlon Brando, uno de los grandes actores del siglo XX. Marcela abrió los ojos, incrédula. No entendía por qué razón me dejaba enceguecer por los brillos de la celebridad, que me impedían ver la realidad más cruda: Brando fue un artista abrumado por los padecimientos, me recordó, entre los cuales ocupó un lugar central el suicidio de su hija Cheyenne, de 25 años, víctima de profundas depresiones. Tenía razón. Esta tarde no pude preguntarle a Diego qué destino sueña para Lola. Sólo me pareció una imagen bellísima la que me regaló junto a la máquina de café, y luego, cuando ya habíamos vuelto al trabajo, los imaginé regresando en el auto, ella exhausta después de tantas correrías, el vestidito arrugado y con manchas de hollín, los zapatos con los restos de la arena, él henchido de bienestar. Imagino que sueña que sea feliz, que es el modo más noble de soñarlos, porque saberlos felices es lo único que le da un sentido verdadero a nuestras vidas.
Micaela está sentada en los bordes de la cama. Cenamos juntos un pollo al curry delicioso, charlamos mucho y sin embargo ella parecía estar en otro lado, un tanto ajena a la conversación, sumida en pensamientos extraños. Qué sucede, pregunto mientras suena en el living un lied de Schumann y crece entre nosotros una atmósfera de familiar intimidad. Está planeando un viaje, eso es todo. Quiere conocer la India, sumirse en sus enigmas milenarios, quizá inscribirse como voluntaria en la orden de la Madre Teresa de Calcuta. Es uno de esos viajes iniciáticos que todo adolescente soñó alguna vez en ese instante en que buscamos un sentido a la vida y tendemos la mirada al interior de nosotros mismos. Se abre un silencio que Mica interrumpe con una sonrisa de dientes blanquísimos para decirme que extrañaré sus reproches. No suelen ser tantos, no exageres. Me dice que viene rumiando esta idea desde hace ya un tiempo, algo incómoda con el mundo en que le ha tocado vivir. Necesita vivir una experiencia interior, tomar contacto con cosas más verdaderas, interrogarse sobre su futuro. Hace una pausa, la miro en el fondo de los ojos y antes de que haga preguntas me dice que sí, es probable que la decisión de no tener un hijo la haya llenado de preguntas nuevas. La voz de barítono de Dietrich Fischer-Dieskau, en la cúspide romántica de Schumann, añade una nota de melancolía. Mica bebe un sorbo de té de menta, apoya el pocillo en su falda y recuerda que compramos esa pieza de cerámica con pequeños caracoles incrustados en alguna playa uruguaya, cuando éramos una familia que soñaba el porvenir. Todos seguimos teniendo sueños, digo con alguna gravedad, en el afán de protegerla del desencanto. Dice sí riéndose con los ojos, una concesión al padre de buena conciencia y militante de la corrección política. Quiero saber lo que ha dicho del viaje Marcela, su madre, y apenas hago la pregunta recuerdo que en su juventud temprana Marcela recorrió durante algunos meses América latina. Me dijo que eran ritos de pasaje familiares, ella quiso vivir una experiencia similar cuando cumplió 18 años. Tiene un gran recuerdo de esa aventura, conoció en Cuzco al primer gran amor de su vida. Por suerte no funcionó, si no quién sabe dónde estaría yo ahora. Es una mujer, Micaela. No te preocupes, me las habría ingeniado para encontrarte otra madre, no me hubiera perdido una hija así por nada del mundo. Mica pega un brinco sobre la cama y en dos segundos está abrazada a mí, me estampa un beso en la mejilla y me revuelve el pelo. Imagino entonces a mi hija haciendo ese movimiento en la cama, con otro hombre a su costado, tan niña ayer y ahora capaz de encender el cuerpo de su compañero. El mundo sigue avanzando, y con él nuestras pequeñas vidas. Afuera se levanta una ventisca que trae el golpe repetido de un ventanal. Te llevo, vamos. Bajamos en el ascensor y caminamos hacia el auto abrazados, el uno junto al otro, y ya extraño el calor de su cuerpo cuando emprenda el viaje con el que ha soñado siempre, el viaje que la llevará a tierras desconocidas tan lejanas y donde sin embargo se encontrará consigo misma, con sus sueños, con su futuro.
Dana levanta una ceja, arroja el diario del día sobre mi escritorio y me dice: estás por ingresar en tu mejor momento. Tomo un sorbo de café, leo la noticia del momento: el 65 por ciento de las personas que hacen una consulta sobre alguna disfunción sexual tiene menos de 40 años. El reverso de esa información es lo que importa: el año próximo pasaré a formar parte de una comunidad masculina sin excesivas dificultades en el plano erótico. O mejor: los jóvenes, sementales hasta no hace mucho en la afiebrada imaginación de las mujeres, no son lo que parecían ser. Sonrío. Dana me mira ahora desde su escritorio, montada en un par de botas tejanas que le dan un aire sado interesante. Uno de mis compañeros se detiene un segundo frente a mí, se quita los auriculares del iPod y me pregunta quién es la muchachita cuyo pie me ilusionó tanto la tarde de ayer. Pasó el último tramo del día mirándole los pies a las chicas, buscando ese pie delicado y perfecto, aunque reconoce que no es una de sus zonas erógenas preferidas. Almorzamos temprano en el bar de siempre, y el tema reaparece pese a que se ha sumado al grupo una compañera llamada Violeta, cuya presencia no calma a las fieras sino todo lo contrario: los varones disfrutamos de escandalizar a una dama, y mucho más si ella es prudente en sus comentarios y algo tímida. La nariz, dice uno de los sexópatas del grupo, hay algo en ese apéndice sexualmente ignorado que lo seduce, y mucho más todavía si la montura de la nariz es excesiva como sucede en las mujeres judías cuya fogocidad, digámoslo de paso, es legendaria. Otras regiones del cuerpo tienen mayor consenso durante la conversación: allí donde se ahueca la espalda, las muñecas, el ombligo, los hombros, el umbral de la vulva. Violeta escucha detalles en silencio, nada dice pese a la mirada insistente de los hombres. Utilizamos un lenguaje si no delicado, al menos bastante más sobrio del habitual, porque la provocación tiene sus límites. La lista descarta tetas y culos, desde luego, porque son zonas erógenas que están fuera de cualquier discusión y acuden a la pulsión sexual del hombre primario. Violeta dice de pronto que el cuello es su región preferida en los varones: de acuerdo con su experiencia, en ese tronco se asienta la masculinidad o mejor la hombría, y un cuello firme y preferentemente grueso augura en su imaginación un hombre protector y, lo que es más importante, un miembro igualmente firme y dominante. Todo eso lo dice con un tono neutro, sin sumarse al clima de contenida estudiantina, como si se tratase de una hipótesis académica que presenta a una audiencia de expertos. Se produce un silencio breve pero significativo. Digo entonces (será la primera de mis dos únicas intervenciones) que en cualquier caso la lengua es nuestra mejor aliada en el reconocimiento del cuerpo femenino, y con ella la boca que todo lo hurga. Violeta dice entonces que produce en ella un raro placer que la muerdan, y alcanza la cumbre de su calentura cuando siente el filo de los dientes clavándose en la carne, y agrega que la excitación es aun mayor cuando en la embriaguez del deseo siente que afronta alguna situación de peligro. La idea del peligro me sugiere entonces confiarle al grupo que uno de mis placeres más altos es tomar a la mujer del cuello y presionar con mis manos con firmeza aunque sin perder el control, lo suficiente para sentir que a ella le falta el oxígeno. Es una práctica llamada asfixiofilia, utilizada con mucha frecuencia en ámbitos del sexo sadomasoquista con utilización de cinturones, corbatas y otros accesorios que permitan incrementar la excitación mediante la privación de oxígeno. Violeta pestañea debajo de los anteojos. Es una situación de goce extraña y maravillosa, dice. El resplandor del sol pegándonos en las caras no me deja ver con claridad, pero creo entrever que su respiración se ha agitado de un modo sutil. El silencio es ahora más largo. Los hombres nos miramos preguntándonos si debemos avanzar en la conversación. Sexo y muerte, un clásico de todos los tiempos, dice ella levantándose, y se va. No es especialmente bonita, su cuerpo no convoca las miradas cuando nos deja. Es sólo su cuello, el deseo sin límites, el orgasmo en los bordes mismo de la muerte.
Es una reunión tensa en la que se juega el destino de muchas personas y el futuro de la compañía. El mundo ha cambiado, el futuro es un enigma indescifrable, los efectos sobre la industria son visibles. Sentado en un extremo de la mesa, rodeado de colegas de gesto circunspecto, llama mi atención un movimiento ligero debajo del extenso plano de vidrio en torno del cual está sentada la línea de gerencia. Miro por el rabillo del ojo, la cabeza apenas inclinada: es un pie femenino aleteando, como si se moviese a la sombra de un ritmo que sólo escucha su dueña. Es un pie hermoso, de piel tostada, las uñas pintadas de blanco, cinco piedras preciosas en las extremidades de los dedos delgados. El pie está enfundado en una sandalia de tiras angostas que lo dejan casi al desnudo, dejando ver las venas que corren como ríos sobre el empeine. Levanto la vista para observar el rostro de la mujer. Es un rostro bello, sereno y armonioso como el resto de su cuerpo, pero los azares del deseo han querido que ni la precisión de los hombros ni las voluptuosidades de los pechos y las caderas (mal disimulada por una amplia pollera que deja apenas al descubierto el comienzo del muslo que ella, cada tanto, cubre con preciosa coquetería) convoquen mi atención. Sin proponérmelo, casi, vuelvo al pie que aletea tan sutilmente, y comienzo a imaginar su sabor, un perfume de duraznos y las deliciosas asperezas de la piel, las inesperadas durezas de las uñas esmaltadas, las concavidades del arco y las formas más pequeñas de los dedos, la ascensión del empeine conduciéndome a las firmezas del tobillo y a las promesas carnosas de la pantorrilla y a todo lo demás. El pie es tan sólo el comienzo de la aventura erótica, pienso en medio de ese sueño, arrullado por mis fantasías. Cuando vuelvo a levantar la vista, cinco minutos después o quizá diez, mi compañera me está observando con una media sonrisa que no llega a ser complicidad pero sí una disculpa, o pura coquetería, tras haberme pescado mi mirada indiscreta e insistente. Cruza entonces las piernas cambiándolas de posición, y el movimiento deja al descubierto parte del muslo y agita un viento que trae el frescor de su perfume, aunque inmediatamente ella vuelve a cubrirse, discreta, que es también un modo de ofrecerse. Me mira, curiosa, interrogante, lejana. Me encanta tu sandalia, miento. Se ríe en una carcajada.
Es un hilo de voz el que me arranca del sueño; una voz que, imagino, alguna vez derrochó virilidad y cautivó el corazón de las muchachas. El tarareo vacilante me hace saber, sin embargo, que lo que suena es un tango, una canción triste de otro tiempo que trae el recuerdo de un amor traicionado. Es noche aún, la voz fatigada se abre paso en el silencio de la madrugada, deja escuchar su historia doliente, evoca los fulgores de un amor vehemente y las desdichas que lo sepultaron. De pronto calla, no cuando la canción concluye sino apenas su letra trae alguna imagen mísera del pasado que la enmudece. Cuando regresa, la voz quiere recobrar esplendores de otro tiempo, pero se derrumba sin más: es el recuerdo de una voz, la voz de un hombre viejo y solo.
Escucho al cantor con la inocencia (y la felicidad súbita) de un niño. Es su voz la que me acerca sonidos de la infancia, tangos antiguos que solían despertarme en las mañanas. Es la voz de mi padre, solo en la cocina de la casa, jugando a que ha cumplido con el sueño de ser cantor de tangos. Es mi padre procurando enseñarme los estilos de cada orquesta, ensayando un extraño silbido que evoca los violines de Carlos Di Sarli o el golpe rítmico insistente de La yumba, de Osvaldo Pugliese. Es la eterna discusión sobre el Polaco Goyeneche, cuya expresión honda y fatigada admiro en sus últimos años para desesperación de mi padre, que conoció los resplandores de esa voz treinta años antes y se enfurece conmigo. ?No entendés nada?, se enoja conmigo. Y entonces soy yo quien arremete con Astor, provocándolo con tal de prolongar esa charla antes de que me lo arrebate el trabajo, o mi madre, o sus silencios, y es mi padre quien me dice que el mejor Piazzolla fue el arreglador de Troilo, que después dejó de hacer tango, que eso era otra cosa, aunque con el tiempo irá a reconocer que alguna razón tenía yo, y entonces concederé que sí, porque no se puede hacer de hijo todo el tiempo, que el Polaco de la década del 50 era fantástico, quizás el mejor de todos.
Un leve quejido me devuelve de ese recuerdo. La voz se ha detenido un instante y aprovecho ese paréntesis para ir a su encuentro. Me detengo en el umbral del vecino, hago sonar la campanilla y aguardo. La puerta se abre y me deja ver a un hombre cualquiera a no ser por un hecho excepcional: su rostro es casi una réplica del óvalo inconfundible de Carlos Gardel. Me hace pasar sin hacer preguntas. Tampoco las hago. El anciano se sienta en un sillón, en uno de los rincones del cuarto en penumbras, y me invita a que lo acompañe. Escucho, de pronto, un rasguido metálico de guitarras viejas, un sonido familiar que no consigo reconocer del todo en la grabación lejana y gastada. Sólo me llega la verdad cuando el anciano aclara la voz y retoma su canto fatigado: las guitarras son las que acompañaban a Gardel y el tema es Mi noche triste.
Permanecemos así un tiempo largo, cada uno entretenido con sus recuerdos. Empieza a vislumbrarse el sol a través de las persianas cuando el anciano se detiene, disponiéndose a hablar. Me pregunta cómo llegué hasta allí. ?Me trajo su voz?, le digo. Sonríe, halagado, y deja ver una sonrisa fulgurante, como detenida en algún tiempo remoto, que nada tiene que ver con su edad. Quiere saber si me gusta el tango. Le hago saber que sí, lo escucho desde mi infancia, guiado por la voz de mi padre. Me pregunta qué cantaba. No he retenido nombres de tangos, respondo, sino de intérpretes: Marino, Fiorentino, Goyeneche. No concibe que la nómina no incluya a Gardel. ?Nunca le gustó demasiado, ni a mí?, digo sin precaución, de puro gusto por provocarlo. Me cuenta entonces, sin remordimientos, su pequeña historia: toda su vida ha imitado a Gardel, favorecido por su parecido físico, en películas olvidadas, en locales nocturnos donde se bailaba el tango y aun en las ferias de las calles de Buenos Aires. No ha sabido hacer otra cosa, su vida ha sido la réplica de otra, el recuerdo de una figura y una voz ajenas. No ha tenido familia, ni amigos. Sólo el recuerdo de un temprano amor despechado, la compañía quejumbrosa de las guitarras, el fugaz aplauso de un auditorio pasajero. "Pero siempre es a él a quien aplauden", dice, con más resignación que abatimiento, como quien hace mucho tiempo aceptó un destino y decidió ser otro.
Sebastián camina con despreocupación, enfundado en una remera negra que lleva impresa en letras rojas la leyenda FUCK ME! Tiene zapatillas de marca, y el conjunto de su indumentaria muestra los primeros signos de un nuevo ser, más civilizado que bárbaro, que hace algunos meses desafiaba las leyes de la higiene y el cuidado personal y ahora exhibe un esmero inesperado en los pequeños detalles y una conmovedora vocación por no espantar a los demás. Creo que hay una niña en su vida, una muchachita de 12 años con la que bailó esta tarde noche en el primer cumpleaños que una de sus compañeras festejó en uno de esos locales que, hacia la medianoche, se pueblan de adolescentes exaltados. Pudo conversar con ella, naderías, pequeñas aproximaciones al deseo más temprano, dieron algunos pasos en la pista, él le ha contado que en la guitarra toca algunos temas de rock, un poco altivo y teatral, orgulloso de un conocimiento que no tienen otros compañeros de aula, seguro del hechizo que su temprana curiosidad artística y la guitarra como fetiche pueden ejercer sobre una muchacha de 12 años, pero cuidándose de no despreciar del todo a Jonas Brothers, a quienes desprecia, pero cuyo pulso bailable los ha convocado en la pista de baile, los ha ido acercando, mezclados con otros chicos que han vencido el pudor, temerosos de ese sentimiento nuevo que eriza la piel, disimulando malamente la inhibición, y también audaces, envalentonados por el atrevimiento algo inesperado con que ingresaron en el mundo de la adolescencia. Todos los días lleva su guitarra a la escuela, y todos los recreos se sienta en algún rincón del patio (el uniforme raído, las zapatillas con cordones sueltos, las manos de uñas ennegrecidas) y muestra los temas que ha ido descubriendo, y siente en el estómago el cosquilleo que produce la ronda de niñas alrededor, las miradas de las chicas siguiendo el movimiento de sus manos aladas y el movimiento acompasado de la cabeza. Las miradas se repliegan apenas el timbre de vuelta a clase interrumpe el hechizo, y Sebastián también se refugia en sus pensamientos, sigue soñándose sobre el escenario o montado en un micro de gira, perseguido ahora por las groupies y celebrado por la multitud, lanzándose sobre las manos que lo adoran, mientras la maestra se esmera en una clase de matemáticas sin magia. Me sentí un poco hombre, me dice el muchachito de 12 años, inclina la cabeza sobre mi hombro en busca de resguardo y afecto, niño todavía. Es una llamada del futuro, el mañana que se aproxima. Es también la emoción de verlo crecer, de saberlo todo un hombre.
Todo es silencio alrededor. Se escucha apenas el murmullo del agua, el tintineo de las hojas movidas por la brisa del atardecer, el aleteo de un bandada de pájaros fugaces, el golpe de los remos. En la sucia orilla del río duermen algunas embarcaciones destartaladas. Un perro ladra, y el eco de ese ladrido es el estrépito de otros perros en algún rincón de la fronda. Cien metros más adelante, nace el insinuante sonido de una cumbia. A las puertas de una casucha de altos, dos niñas bailan ajenas al mundo. No hay otros botes ni embarcaciones de pasajeros. Más adelante, me despertará del ensueño la bocina estridente de una lancha almacén que carga alimentos y leña para distribuir entre quienes habitan estos parajes impenetrables que alguna vez fueron refugio de bandoleros, homosexuales y revolucionarios. El bote ingresa de pronto en la angostura de un río cuya bóveda de árboles espesos trae una brisa fresca. Detengo la pequeña embarcación (un ojo rasgado en el espejo de agua o una boca, vista desde el cielo) en un recodo, al amparo de la rama lánguida de un sauce. Cierro los ojos, mecido por el breve movimiento del bote cuya quietud altera un grupo de olas pequeñas. El mundo parece estar en otra parte, muy lejos, con sus calles crispadas y la agitación de sus gentes apuradas por llegar a ningún lado. El tiempo se detiene aquí, descansa de su paso afiebrado, se detiene en las pequeñas cosas. Es un instante esencial, desprovisto de artificios, que trae preguntas sobre el destino, lo que deseamos ser, los significados más profundos de estar vivos, toda clase de meditaciones. No es el tiempo de la carne: el cuerpo se limpia de tantas fatigas, el alma asoma desnuda. Es el hombre interrogándose sobre sí mismo, solo en medio de la naturaleza, hundido en sus pensamientos. En silencio.
Cuando me siento junto a la ventana del tren, poco después del almuerzo, el sol en la cara me provoca una ligera soñolencia. En la mochila llevo un libro del maestro japonés Haruki Murakami, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, pero con los primeros traqueteos del vagón me abandono a una siesta y dejo que la mente vagabundée por allí. Lo que recuerdo entonces es otro viaje largo en un tren nocturno con rumbo a alguna playa argentina. Tenía unos 17 años, era un muchacho algo inhibido y mis relaciones con mis compañeras de estudios no habían sido sencillas. Subí a un vagón de luz mortecina, elegí un asiento al azar y me senté. Era mi primer viaje a solas, sin la compañía de un familiar. Tenía una sensación de vértigo frente a una aventura nueva. Unos minutos antes de la partida, una mujer de tez aceitunada y pelo negro se acercó con pasos firmes hasta el asiento anterior al que yo ocupaba. Se sentó delante de mí, la nuca oliendo a árboles frutales. Llevaba el pelo atado en una cola de caballo, de modo que yo veía con claridad sus orejas bien formadas como caracoles. En unos minutos el tren se puso en marcha con un pitido. El vagón estaba semivacío, no éramos más de diez personas fatigadas tras una jornada de trabajo y estudios, y a poco de andar algunos pasajeros comenzaron a dormitar y otros se refugiaron en alguna lectura. En un momento mi extraña compañera giró la cabeza, pestañeó y volvió la vista al frente. Me detuve en los lóbulos de las orejas, en el final del cuello, en las curvas de los hombros que cada tanto aparecían por encima del espaldar del asiento. Estiré un brazo para tomarme del cabezal: fue un movimiento súbito, producto de algún movimiento brusco del vagón. Demoré la mano ahí unos segundos, y de pronto sentí el calor de la piel cercana, o la idea o el deseo de ese calor, no lo sé. Extendí los dedos de la mano lentamente como cuando los desentumecemos una noche fría. Sentí el roce de la piel, el esmalte de las uñas sobre el cuello tibio, la cabeza inclinándose de modo imperceptible hacia el costado donde la mano ensayaba una caricia furtiva y culposa. Estuvimos así unos minutos, los movimientos un poco más osados, hasta que la cabeza giró levemente hacia el costado y sentí el filo de los dientes mordiéndome, la lengua hurgando los pliegues de la mano, y la mano húmeda explorando el rostro, los labios carnosos, los pómulos y la frente despejada, el cuello y el nacimiento de los pechos, todo mientras el vagón nos acunaba bajo el resplandor de la luna. Me levanté, caminé hacia una de las puertas del vagón y dejé un gesto en el aire (un movimiento de ojos, una mano agitándose) antes de pararme junto a una ventana en el espacio oscuro que separaba dos vagones. Ella se avalanzó sobre mí unos segundos después, sin preguntas. Estuvimos allí una media hora, y luego nos fuimos a dormir, exhaustos por la calentura. Cuando llegamos a destino habíamos cruzado apenas unas palabras. Era bonita a la luz del día, carnosa, llevaba sus redondeces con comodidad. Nos despedimos con un beso en la mejilla, una rareza o un rapto de timidez compartida. Quince días después nos reencontramos en su departamento de La Plata. Tardamos unos minutos (un té, algunas galletas, la pequeña farsa que haría más presentable lo que vendría después) en coger como conejos, yo sobresaltado por sus gritos o por el modo en que esos gritos me excitaban, ella embriagada por el choque violento de nuestras pelvis y por las manos que todo lo hurgaban y por el chasquido de las lenguas y los cuerpos frotándose y las manos en las nalgas, así, quiero más, me muero, más, más, así, cogeme así, Ernesto... Me quedé congelado cuando escuché ese nombre, supe que alguien estaba entre nosotros. Perdoname, me dijo, disculpame, me dejé llevar a otro mundo. Ernesto era mi novio. Lo chuparon los milicos. Es un desaparecido.
En la mesa de hombres del mediodía (cuatro o cinco muchachotes cuyas risas gruesas y fáciles hacen que el almuerzo parezca un viaje de estudiantina) se habla de las infaustas noticias del día para los fanáticos de los dos equipos más populares del fútbol argentino. Se habla también de mujeres, y alguien menciona el nombre de Sarah Palin, a quien describe como una hembra, palabra que en el lenguaje rústico y agraviante de la conversación masculina (aunque el agravio deja de serlo en la escena privada, cuando el lenguaje vulgar acicatea el deseo y la calentura) designa a una mujer que promete un buen desempeño en la cama. Palin es la mujer que acompañó al candidato republicano en las recientes elecciones norteamericanas, una muchacha atractiva y ambiciosa a quien mis compañeros de oficina imaginan audaz y dominante, dada a la euforia y al lenguaje sucio, que es el único que alimenta el deseo y la calentura. Imagínense: cogerla en uno de esos saloncitos de la Casa Blanca como si fuera una nueva Mónica Lewinsky, dice alguien. Todos coincidimos en que en la batalla de las mujeres (la sola imagen es prometedora y trae una retahíla de fantasías durante una buena lucha en el barro) Palin se impondrá cómodamente a Michelle Obama. Sólo por provocar, pongo esa idea en duda, y cuento mi única aventura con una negra en una noche de Halloween en Chicago. Había llegado a esa ciudad para asisir a un festival de publicidad, y la primera noche salí a vagabundear por las calles con más curiosidad que ambición sexual. La calle era un hervidero, con decenas de miles de personas disfrazadas de los personajes más variados. De pronto, ví delante de mí a una negra fabulosa (o mejor, excepcional: era mi primera negra, sería la última) vestida con un atuendo plateado y con la cabeza de cabellos rizados rematada con una corona que tenía dos antenas. Hola, le dije, de dónde sos, un saludo de cortesía o aproximación sin excesivo ingenio y en un inglés modesto. La negra sonrió con los dientes blanquísimos, la boca llena de dientes blanquísimos y labios gruesos, sexo en estado puro. De Saturno, respondió. Tonteamos la noche entera en una larga conversación trivial, cargada de insinuaciones sexuales, desafiante bajo la protección del alcohol, el desconocimiento mutuo y la certeza de que pronto nos alejaríamos para siempre, y al despedirnos le dije que me tenía deseoso de recibirla en mi hotel al día siguiente. Llegó al mediodía, y sin más preámbulo a los diez minutos estábamos cogiendo como animales (era eso: una cogida, sólo el ardor de la carne encendida por el sabor afrodisíaco de la novedad y el exotismo en un país extranjero) en el cuarto minúsculo de paredes delgadas cuya piel dejaría oír los fabulosos gritos de la negra. Lo que perduró para siempre en mi memoria no fue ese momento, sin embargo, sino el instante en que empezamos a celebrar la danza ritual que precede a los cuerpos desnudos. Nos besamos con dedicación un largo rato, musitando palabras sucias en lenguajes extraños, hasta que de pronto la negra me alejó con una mano de uñas filosas y larguísimas pintadas de azul con figuras diminutas y blancas de planetas anillados. Me miró con un resentimiento lejano, los ojos inyectados de un amargo sentimiento ancestral, tomó mi mano y la frotó en su pelo risado una y otra vez mientras me decía con una dignidad de siglos: tocá, tocá sin miedo. Nunca supe su nombre, ese fue mi último tango en Chicago.
Dana conoció a su padre cuando ella tenía 7 años. Me recuerda esa historia en un pub en las cercanías de la oficina, en ese solaz que los americanos y los ingleses llaman after hour, cuando la jornada de trabajo se prolonga en una larga conversación que raramente incursiona en las vidas privadas pero fortalece la camaradería. No hago preguntas, pero Dana necesita contarme su historia porque acaso sienta que nos une algo más que las voluptuosidades del encuentro sexual. Es una muestra de confianza que agradezco. No sabe si tiene una buena relación con su padre, sólo sabe que lo tiene después de haber hecho muchas preguntas cuando empezó a descubrir que a los grandes eventos de su infancia (cumpleaños escolares, jornadas deportivas de fin de año) sus camaradas de aula llegaban acompañadas por alguien que en su biografía personal era un enigma. Dana dice que durante siete años fue algo así como una hija de desaparecidos, sólo que en su caso ese fantasma del que no tenía fotos ni prendas que hubieran retenido su olor un día dejó de ser un recuerdo vago o un sueño para convertirse en un hombre de carne y hueso. Se llama Federico, es músico integrante de una orquesta de cámara y está casado con una mujer a la que Dana aprecia pese a que algunas noches siente que le ha arrebatado los ojos de su padre. En el bolso lleva un libro de Hanif Kureishi, El buda de los suburbios, cuyo señalador es una fotografía en blanco y negro en la que se la ve abrazada a un hombre de ojos melancólicos e interrogantes que recuerdan los de Héctor Alterio. El abrazo es una rareza, según me cuenta, porque pese al tiempo transcurrido y a los viajes compartidos son muy pocas las veces en que padre e hija se tocan más allá del beso protocolar con que se encuentran y se despiden, más parecido a alguna forma de la cortesía que al fruto de un amor filial. Es un hombre que marcó su relación con todos los hombres en encuentros furtivos, amores en tránsito, sexo rápido, y en esa búsqueda frenética de amores descartables la adolescente desafiante encontró un modo de vengarse de su padre y de abandonar a todos los hombres de esta Tierra, como ella fue abandonada por él esos años que son aún una niebla espesa e inexcrutable y acaso un Paraíso perdido para siempre. Dana cuenta esto sin detenerse, bebe un trago de cerveza y retoma el hilo del monólogo para decirme que todo esto le sucedió siempre (las pasiones del cuerpo, el distanciamiento abrupto, la sensación vaga de venganza y el hastío), pero que algo extraño le acaba de suceder en la vida, algo excepcional que siempre rechazó pero a la vez aguardaba en secreto, desde que tuvimos nuestra primera conversación después de una noche de sexo. Eso que le sucede es que tiene ganas de quedarse, de llevar algo de sosiego a su vida, de demorarse conmigo, de estar a mi abrigo. No sabe qué despertó en ella ese sentimiento algo ajeno, impropio para una chica libertina como ella y dispuesta a desafiar siempre a los hombres, a amarlos con su cuerpo de niña-mujer y dejarlos en el mismo instante. Es que desde el primer dìa me resultaste afrodisíaco y completamente adictivo. Tiene un peso nuevo en la mirada, como si lo que acaba de confesarme se aproximara a alguna forma de la verdad. Gracias, le digo, pero acaso no sea un gesto de gratitud lo que ella aguarda de mí. Nos quedamos en silencio, observándonos en el fondo de nuestras almas.
Hola, mamá. Te traje estas flores, son gardenias, creo. Los ojos vacíos de mi madre envejecida, el rostro ajado y vencido por la ausencia de futuro, la mano agrietada con sus gruesas venas tomando el ramo. El perfume de mi madre que vence al tiempo. Está hermosa la tarde, debe ser un placer caminar por este jardín con este sol. Los chicos te mandan un beso, un día de estos vendrán a verte. El sol reverbera sobre el césped, agobia a quienes desean caminar por el jardín opulento del hospicio, y los residentes se refugian bajo los árboles espesos acompañados de sus visitas, gozosos de recibir algún pequeño regalo y de conversar con sus seres queridos. En un rincón una niña que lleva un disfraz de mariposa baila para su abuelo que ríe con la boca desdentada que asoma en medio de una barba espesa y enmarañada. Unos pocos residentes se mantienen en silencio, con un rencor mal disimulado en la mirada, agrios y distantes, ajenos a la dicha del reencuentro. Estás muy linda hoy, mamá, te sienta bien la primavera. Cierro los ojos: entre sueños veo a mi madre desde el mar, bailando junto a mi hermana bajo el sol tibio de un atardecer, su cuerpo elegante recortado contra los médanos. Enfermeras de impecable uniforme rosado caminan por el parque con bandejas de plata en las que llevan jugos de naranja fresco y unas galletas de miel. La niña mariposa toma un vaso de chocolatada, gira en el aire caliente de la tarde y unas gotas de leche manchan su vestido, y su abuelo ríe en una sonora carcajada de marinero. Ah, te traje también un disco, a ver si te acordás. Pongo en las manos de mi madre un viejo disco de Billie Holiday cuyas canciones podría reconocer en un segundo apenas, tantas veces las escuché sin escucharlas, porque mi mirada de niño no podía apartarse de las piernas de mi madre, del movimiento gracioso y elegante de sus pies, del desplazamiento inocente pero provocador de sus caderas agitándose al ritmo del jazz y del mambo, porque cuando mi madre estaba en vena las sutilezas del jazz cedían paso a los ritmos afiebrados del Caribe y entonces se desataba la fiesta, los cuerpos meneándose en el aire caliente del living, los hombros embravecidos, las bocas rientes, los ojos como soles. Quizá puedas escucharlos esta noche, mamá, y puedas cantar también, sin molestar a tus amigas, despacito como cuando yo me dormía con la cabeza apoyada en tu hombro con olor a menta fresca, un murmullo apenas, yo voy a estar escuchándote, mamá, voy a poner este mismo disco y cuando escuche la voz de Billie Holiday voy a estar escuchando la tuya, porque vos cantás mejor que ella, mamá, y quiero que cantes muy bajo, cada vez un poco más despacio, un hilo de voz, mamá, y entonces yo me dormiré a tu lado, como antes, como cuando era un niño y amaba mirar las estrellas y soñaba con viajar a la luna y vos bailabas con papá y murmurabas viejas canciones en mi oído, despacito.
Estamos en El Principado, un barcito situado en la calle serpenteante que bordea la estación de Vicente López. Hace muchos años descubrimos este rincón en los extramuros de la ciudad e imaginábamos a parejas jóvenes y afortunadas que desayunaban o almorzaban en esta esquina silenciosa y arbolada, con el murmullo del tren en el oído y la brisa colándose en las conversaciones. Pedimos dos cortados, como solíamos hacerlo las veces en que nos escapamos de los chicos para reomar una larguísima conversación acerca de la vida, el amor, la literatura y también las nimiedades cotidianas. Marcela decía entonces que conversar era para nosotros un modo de hacer el amor. Hablábamos largamente en las sobremesas, rodeados de velas que ella encendía con dedicación, a sabiendas de que yo pondría algo de música (Ella Fitzgerald, Chet Baker, Leonard Cohen, Mendelssohn) y esas extensas conversaciones eran impulsadas por pequeñas insinuaciones sexuales, coqueteos secretos que iban conformando una atmósfera de creciente sensualidad. Estás espléndida, le digo ahora en el mediodía del domingo, y es cierto: lleva un vestidito breve que deja al descubierto sus piernas fantásticas, bien contorneadas y con un bronceado ligero. Eso ya lo sabíamos los dos, a ver si te esmerás, dice ella blandiendo su espada, con una arrogancia sutil y desafiante. La última vez que nos encontramos fue para hablar de nuestra hija. Esta vez sucedió de pronto, como una necesidad de los dos, llevados por el deseo de cerrar nuestra historia como ella lo merece: de manera adulta, serenamente, sin daños colaterales que puedan ahondar las heridas del dolor. En algún momento habremos de vender la casa, separar la vasta biblioteca que construimos juntos, pero este domingo no es momento todavía. Le cuento el caso de una compañera de trabajo que, cuando faltaban unos pocos días para que su pareja abandonara la casa en la que vivían juntos, una noche bajo las escaleras a hurtadillas, se dirigió a la biblioteca y, con un ojo en la puerta y el oído atentísimo, comenzó a estampar su nombre con fechas apócrifas en los libros que deseaba conservar. No temas, se ríe Marcela, me quedo con Borges y te dejo a Sábato. Es una broma que su inteligencia merece. Cuando sucedió, dice Marcela. Ella siempre hizo las preguntas difíciles. Siempre necesitó ponerle palabras a las cosas, indagar en nuestros corazones, comprender lo que sucedía. Yo siempre desplegué mis dotes de torero, me hice a un costado frente a sus embestidas a mi verónica, sólo de cuando en cuando clavé un puñal en su lomo embravecido. Sucedió, en algún momento los dos dimos la vuelta a la esquina y el otro ya no estaba esperándolo. Ella lo había dicho en una conversación vieja: temía al desamor, al fantasma de una pasión que se esfuma, a los movimientos invisibles del corazón y del deseo. Pero acá estamos, quizá sea otra forma del amor, dice, y el estruendo del tren apaga el último eco de las palabras. Nos miramos, largamente y en silencio, perplejos ante esa idea nueva, interrogándonos sobre sus significados, deseosos de que haya en ella una verdad que nos ayude a descubrir otro modo de estar juntos, de compartir la vida, de amarnos todavía.
Nos reunimos a comer en un boliche inmundo que, afortunadamente, no tiene aspiraciones de pertenecer a Palermo Hollywood. Es un almuerzo de oficina que compartimos cuatro o cinco compañeros, en un mediodía soleado, y la charla deriva sin dificultades hacia los temas de siempre: el deporte, las mujeres y el ejercicio que une a ambos, el sexo. Como corresponde a una charla entre hombres, no hay hondura ni mayor intimidad. Sostenemos una conversación inteligente que abunda en referencias culturales (Valeria Bertucelli, Basquiat, John Lee Anderson, The Offspring, Benicio del Toro: los temas de esta mañana cuyo hilo musical es Vicentico y los Cadillacs), con observaciones de índole autobiográfica, pero siempre a resguardo de sumergirnos en complejidades emocionales que nos rocen siquiera el alma. Nos dispersamos en temas insignificantes. Mañana tengo mi primera clase de remo con mi entrenadora personal, digo. Dejo caer la frase seguro de lo que vendrá: risotadas algo vulgares, chistes misóginos, historias de otros hombres que entrenaron con mujeres entregándose a las tensiones de un invisible juego sexual. Imaginamos escenas eróticas en el gimnasio, frente al espejo, montados en la bicicleta o tendidos en las colchonetas, a solas y en el silencio interrumpido por los gemidos del deseo, y las fantasías siempre nos muestran sometiéndolas a ellas, posesivos hasta la humillación. Nos reímos con las bocas abiertas, risas masculinas, potentes y cómplices. Esteban dice que esta mañana recibió diecinueve mails de índole sexual, invitaciones a mejorar su desempeño en la cama y el tamaño de su pene, imágenes insinuantes de mujeres exóticas. Está harto del correo electrónico que escupe ofrecimientos sexuales con pobres muñequitas rusas, mamoushkas exiliadas que andan ofreciendo su cuerpo por el mundo hechas spam. Ninguno de nosotros ha estado nunca con una mujer rusa, pero las soñamos ardientes en sus cuerpos firmes y blanquísimos, carnosas y rugientes, vociferando sonidos extraños e incomprensibles que, sin embargo, denuncian los ardores del deseo y el placer de la carne. Comienza entonces una batalla por imponer la aventura más extraña con mujeres extranjeras, mujeres que gimen en lenguajes desconocidos, mujeres que huelen a perfumes rarísimos: frutos secos, cítricos, madera. Pero no rusas. Las rusas son un enigma para todos, al menos para los integrantes de la mesa, aunque en los últimos años las agencias matrimoniales que ofrecen chicas rusas al mundo occidental se han multiplicado, dice alguien con alguna autoridad. Mirá vos. Che, Alejo, una muñequita rusa, eso te falta, se burlan mis compañeros de oficina, y las risas vuelven a sus mandíbulas cuadradas de muchachones rústicos con lengua filosa. Me río con ellos, pura camaradería masculina, y cuando llego a la computadora reviso mi correo: tres o cuatro mails ofrecen chicas rusas dispuestas a contraer matrimonio. Miro unas galerías de fotos, me aburro. ¿Nos vemos mañana? Dana del otro lado del messenger: Pensé que me habías olvidado. De ningún modo, muñeca, dicen que se acaba el mundo, tenemos que celebrarlo como sabemos hacerlo los dos.
Es de mañana cuando veo las noticias. No escucho el audio, simplemente veo el rostro inalterado de una locutora muy bonita mientras me cambio y desayuno unas tostadas con café a las apuradas. El rostro no exhibe rastros de emoción, se asemeja al de tantas locutoras que dan cuenta de asaltos, paros docentes, caídas bursátiles o tantas otros sucesos de la vida cotidiana. Un texto impreso de pronto en el borde inferior de la pantalla arroja un hecho extraordinario: un hombre ha muerto, un hombre de 55 años que conduce uno de los clubes más populares del país, y su deceso fue producto de una deficiencia cardíaca. Subo el volumen para escuchar detalles de la noticia, pero en ese instante la locutora pasa a ocuparse de un tema insignificante aunque conserva el mismo gesto anodino y distante, extremadamente profesional, con que ha anunciado al mundo que un hombre de 55 años murió de un infarto. Que ese hombre se llame Pedro Pompilio es un dato que tiene tan poca relevancia para mí como la noticia que siguió el anuncio de su deceso. Leí ese nombre alguna vez entre las noticias deportivas pero jamás supe nada verdaderamente importante acerca de su vida. Esta mañana, sin embargo, el modesto anuncio de su fallecimiento provocó en mí un devastador huracán emocional y todas sus derivaciones físicas: un mareo ligero, la vaga sensación de una náusea, una picazón inexplicable en las puntas de los dedos y el galope tenue en el centro del pecho que suele traer la taquicardia. Lo primero que me vino a la mente fue esto: el pobre Pedro Pompilio se murió dentro de dieciséis años. Son diedicéis los años que me separan de mis 55. Iba a ser una mañana dichosa, y me levanté con esa vitalidad extraña con que suelo despertarme los días en que voy a mi clase tenis, pero la muerte de Pedro Pompilio fue una bofetada que me derrumbó. Deiciséis veranos, pensé, y eso si tengo suerte, porque al fin de cuentas Pedro Pompilio fue un afortunado en su desgracia: llegó a los 55 años, lo cual no es moco de pavo, tuvo una carrera profesional de cierto éxito y formó una familia que supo quererlo. No es poca cosa si se lo piensa desde la perspectiva de tantos otros hombres que no llegaron a vivir 55 años, ni mucho menos, y que cayeron fulminados por el rayo de la tuberculosis o el cáncer o el más sencillo ataque cardíaco pese a haber sido esmerados con su dieta atlética y con las comidas. Cada vez que se muere alguien ligeramente mayor que yo (y dieciséis años son nada, un parpadeo en la vida del mundo), regreso entonces a mis dietas con alimentos orgánicos y a la rutina deportiva, en la esperanza de que esos cuidados me prolongarán la vida. Este mismo mediodía, pocas horas después de seguir detalles de la noticia en las versiones digitales de los periódicos, he comido una tarta de calabaza y espinaca acompañada por agua mineral, y he retomado la idea de empezar algún seminario de meditación o algún curso de yoga. Recordé una frase de un amigo de otro tiempo: ya hemos probado todos los modos de cagarnos la vida, ensayemos alguno que nos haga bien. Los hombres solemos dilapidar la excepcional fortuna de estar vivos. No sé si Pedro Pompilio fue uno de nosotros, individuos neuróticos o melancólicos sin remedio, cobardes incapaces de disfrutar de lo que nos ha sido dado. Quizá su fortuna mayor no haya sido vivir hasta los 55 años, sino haber aprovechado esa experiencia vital con la energía de quienes creen en alguna forma de la felicidad. Cuando encuentro a Dana en la oficina, a eso de las 6 de la tarde, mira mi gesto cabizbajo y quiere saber qué me pasa. Que se murió Pedro Pompilio, se murió dentro de dieciséis años. Dana enarca las cejas sin entender, y unos segundos después me regala una carcajada. No perdamos el tiempo, entonces, llevame a pasear el fin de semana. Y a coger que se acaba el mundo, dice mientras se va.
Sebastián ha dormido anoche en casa. Está vestido con el uniforme del colegio, un harapo lleno de remiendos, porque aunque hace tiempo que ha gritado al mundo adulto que es ya un adolescente sigue revolcándose por el piso como un niño. Está con su guitarra a cuestas, y sus dedos de uñas ennegrecidas puntean la melodía de The Number of the Beast, de Iron Maiden, una y otra vez, el mantra rocker de un muchachito que busca afirmarse en el mundo adulto. En su frente viborea la huella color frambuesa que le dejó la operación, y un flequillo beatle lo resguarda de las bromas crueles de sus compañeros. Comemos frente a la pantalla del televisor, sentados sobre almohadones, mientras vemos las imágenes inaugurales de Apocalipsis ya, con el estruendo mudo de las bombas que destrozan una aldea vietnamita y la lúgubre versión de The End a cargo de los Doors. Sebastián se ríe a mares con esa lluvia de fuego que se devora vidas enteras, un poco ajeno a la sordidez del mundo, divertido con la secuencia de cadáveres cuyo estallido en mil pedazos (pedazos de carne humana, vísceras y miembros amputados, pies y brazos desprendidos de los torsos ensangrentados, ojos vacíos que miran la nada) observa con la mirada sorprendida y la agitación del espíritu con que observa la pantalla de un videogame. Es una película algo excesiva para su edad, me dirá más tarde su madre cuando hablamos por teléfono, porque como sucede con todas las madres quiere resguardar a su pequeño de las inmundicias de este mundo, de sus bajezas morales, del horror que se agazapa en los rincones del alma humana. No te rías tanto, le digo después, porque en el fondo la locura del coronel Kurtz es la misma que Bush mostró cuando invadió Irak. Bush es, por una de esas rarezas de la vida, su enemigo público número 1. Una noche, mientras algún noticiero mostraba imágenes de las atrocidades que había cometido el ejército norteamericano en Abu Ghraib y reproducía las fotografías de presos iraquíes sometidos a distintas vejaciones, dijo qué hijo de mil puta y desde entonces la sola mención de Bush le recuerda que el hombre puede descender muy bajo y convertirse en un animal siniestro. Quizá fue un buen hijo, quizá es un buen padre, le dije con aire de provocación, en la esperanza prematura de que comprendiera las contradicciones del alma de los hombres. Esa noche debí explicarle qué era la sodomía en una inesperada aceleración de su educación sexual. Ahora, cuando el teniente Kilgore quiera que sus combatientes surfeen las grandes olas de las playas de Saigón bajo un fuego cruzado, Sebastián se ríe a carcajadas y yo con él, encantados con el delirio de las imágenes detrás de cuyo sentido del gran espectáculo asoma la visión antibelicista de Coppola. No hay que olvidar que ese hombre es un asesino, le digo con corrección política. Dos horas después estamos vencidos por el sueño. Nos recostamos el uno junto al otro, y le acaricio la frente primero y la cabeza después como lo hacía hace muchos años, mientras lo acunaba con alguna canción de Caetano Veloso y lo soñaba hombre. Me dice que me quiere, se lo repito. Lo bueno es que además de personas como el coronel Kurtz también hay papás como vos, me dice apretándose contra mi cuerpo. Me pregunto quién será dentro de algunos años, le beso la herida revolviéndole el pelo, me duermo.
Mi hermana me ha llamado desde España esta mañana. El timbre del teléfono me despertó de las pesadumbres de un sueño oscuro. Cómo estás, guapo. Escucho la voz de mi hermana, que es la de mi infancia, con la felicidad que produce reencontrarse con los momentos más entrañables del pasado, o mejor con el recuerdo que tenemos de ellos, que es el modo en que la memoria se las ingenia para embellecer sucesos de nuestras vidas que no lograron conmovernos antes como lo harían muchos años después, cuando todo pareciera más hermoso gracias a la añoranza o la melancolía. En el fondo, claro, lo que hace más bellos esos instantes es que siempre los recordamos sabiendo que entonces éramos más jóvenes y soñábamos el futuro. Que estoy muy bien, venga. Mi hermana tenía 22 años cuando se fue a la tierra de sus abuelos persiguiendo las mismas ensoñaciones que alguna vez su abuelo había intentado alcanzar viniéndose a Buenos Aires con una novia gallega amarrada al brazo. Cuando llegó al aeropuerto de Barajas mi hermana estaba sola, sin mucho más equipaje que su violoncello y el ímpetu invencible con que pensaba llevarse el mundo (el mundo de la música clásica, en principio) por delante. Conoció a un actor español con el que se casó y tuvo dos hijos, uno de los cuales, Luciano, nació con una alteración neurofisiológica que lo convirtió en un niño autista. De seguro que te he despertado, sigues siendo el mismo cabrón perezoso de siempre. Durante años mi hermana fatigó consultorios europeos en busca de novedosos programas de recuperación, y su dedicación a su hijo menor fue absoluta. Se entrevistó con especialistas, consultó a personas que decían haberse recuperado de la enfermedad y fue una creyente fervorosa en su poder para rescatar al pequeño de su aislamiento y su temor a lo nuevo e imprevisto. Tenía una costumbre un tanto extraña que había sido desaconsejada por los médicos, quienes le habían indicado que la vida del muchachito debía transcurrir en un ambiente calmo que no lo sometiera a demasiadas sorpresas. Mi hermana arropaba al pequeño en las sonatas mansas de Mozart o las canciones de Satie, pero todo los días sometía a su hijo a una terapia de shock haciéndole escuchar las sonfonías de Beethoven: decía, y lo dice hoy con el convencimiento de que esa decisión fue la madre de todo lo que vino después, que la música briosa y vehemente de Beethoven, con su furia incontenible y su invencible vitalidad, era un modo de arrancar a Luciano de su acuosa vida interior para devolverlo de una vez por todas a esta Tierra. Cuando Luciano cumplió los 17 años, un mediodía de domingo sonó el teléfono en casa, y del otro lado de la línea escuché el llanto de mi hermana entrecortado por risitas breves de temor o felicidad. Un médico le había dicho que su pequeño se había recuperado casi por completo, y mi hermana me dijo ese día que para ella la vida había merecido ser vivida y que todo lo que viniera después era de regalo, los días que había conseguido arrebatarle a la muerte. Dormido y con resaca, y que me venís a joder a estas horas, cabrona. Lo que vino después es la dicha de un hombre nuevo, lleno de promesas y de deseo, cuyo pasado es un enigma todavía. Luciano nunca ha sabido decirnos qué era eso cuyo nombre es autismo, como tampoco han podido explicar la muerte quienes dicen haber regresado de ella. Luces, sonidos, la memoria fugaz de alguna escena familiar perdida, como si los hechos ocurridos en un presente absoluto no hubieran encontrado su lugar en el recuerdo y sólo hubieran sucedido para disolverse en el olvido. Que te tengo la noticia del año. Y qué carajo es eso. Que Luciano va a ser padre, va a tener un niño. Escucho de nuevo el mismo sonido de tantos años atrás, la risa adolescente que se confunde con el llanto, y siento que mi hermana ha espantado el dolor de su vida para siempre. Te felicito, cabrona, serás la abuela más hermosa de España. Nos reímos como bobos, como nos reímos tantas veces a hurtadillas mientras espiábamos a nuestros padres cuando se besaban en el living bailando alguna canción de Duke Ellington o Cole Porter. Quisiera contarle a mamá, cómo está ella. Hay una mueca de tristeza que no coincide con la felicidad del momento, algo fuera de lugar. Mamá está bien, en su mundo. Este fin de semana iré a visitarla al neuropsiquiátrico. Seguimos hablando un momento, nos despedimos con la promesa de escribirnos y de que viajaré para el nacimiento del niño. El fin de semana iré entonces a visitar a mi madre, le contaré que su nieto será padre, y quizá la despierte de ese sueño donde prefirió refugiarse del mundo, aislada y sola, el día en que descubrió que el desamor y el engaño podían ser una forma de la locura.
Sabrina mira a los ojos cuando dice: mis padres están desaparecidos, algo extraño de entender, estamos siempre buscándolos en medio de la multitud, los sabemos muertos pero un impulso vital nos hace soñarlos todos los días. He pasado a recogerla por su casa, y estamos ahora sentados a una mesa durante la cena. Es un placer escucharla hablar, y como sucedió el día en que nos conocimos la conversación va ganando la temperatura de un encuentro íntimo, muy personal, como si ella confiara en mí pese a que acabamos de enredar nuestras vidas. Durante toda esta noche me hablará de sus padres muertos, de su temprana militancia en una agrupación que reúne a los hijos de los desaparecidos, de sus años de infancia junto a sus abuelos, de la noche en que una patrulla militar irrumpió en su casa (gritos, llanto, un estruendo de globos en la habitación contigua, su madre subiéndose bajo una lluvia fina a una camioneta de toldo verde y detrás del toldo los rostros desencajados y abatidos de seres desconocidos) y entonces su vida cambió de una vez para siempre. Pero todo eso lo contará después sin dejar caer una lágrima, aunque en el fondo de los ojos se agazape el dolor y acaso la furia. Ahora, en cambio, levanta las cejas en señal de interrogación, se revuelve el pelo como al descuido y me pregunta si me gusta su corte de pelo. ?Estás hermosa?, respondo a su coquetería, y sonríe agradecida como una muchacha, los pómulos ruborizados cuando se da cuenta de que tal vez haya dado un paso de más. La sensualidad de una mujer pudorosa. La noche del 12 de enero de 1977 un grupo militar arrasó con su casa. El recuerdo es una bruma, un sueño: Sabrina tenía 2 años, y la memoria le trae fogonazos del pasado, imágenes fuera de foco en las que cree vislumbrar los gritos de su madre, la serenidad de su abuela acariciándole la cabeza, el rostro de su padre diciéndole adiós con los ojos mientras hombres vestidos de verde lo arrastran hacia otro cuarto. Recuerda sobre todo un estallido de globos, su madre diciéndole que alguien está celebrando un cumpleaños, quedate tranquila, y luego los mismos hombres desprendiéndola a ella del cuerpo de su madre, de su olor a lavanda y a cítricos, de las redondeces de su vientre y de sus pechos que no recuperará jamás. Recuerda todo eso (y a su madre tironeada por dos hombres que la empujan al furgón y a la muerte como harían los nazis con otras víctimas en las películas sobre el Holocausto que verá muchos años después) y recuerda el relato de su abuela, las evocaciones cariñosas de sus padres muertos, el día en que le entregó algunas pertenencias personales de los padres que ella conserva en su casa y a las que vuelve cada tanto para evocar un olor, o la memoria de ese olor en una bufanda de su padre o en un par de pendientes de su madre. Hay también una película casera, en colores debilitados por el tiempo, en la que sus padres juegan como enamorados en una playa argentina, y luego otra en la que el muchacho de bigotes espesos y pelo revuelto baila junto al mar con una beba de mesas, Sabrina, una mañana soleada en la que la vida era futuro. Cada tanto mira esos fragmentos, regresa a ellos, porque quiere refrescar la memoria no sea cosa que alguna tarde se los cruce en una calle de Buenos Aires y no los reconozca del todo y entonces los pierda para siempre. Dice eso mientras la observo como se observa a una mujer en ese instante en que algo (un ardor en la garganta, un aleteo en el estómago) nos augura que acaso nos enamorames de ella uno de estos días. ?Estás hermosa, y es hermosa tu historia, o es hermoso el modo en que la contás.? Sabrina ríe con agradecimiento, porque sabe que el origen de esa hermosura es el amor por sus padres desaparecidos, el modo entrañable en que los evoca. Le pregunto qué hay de sus ideas, las de sus padres, qué sabe del sueño de ambos. ?Dos soñadores, eso eran: dos estúpidos soñadores. Pero esa historia te la cuento otro día.? Nos vamos caminando, cada uno con sus pensamientos. ?Conté tantas veces esta historia, y sin embargo me emocionó contártela.? Nos miramos, dos miradas que se amarran hoy aunque se han venido encontrádose durante años. A mí me ha gustado escucharla.