Padre nuestro

Te quedaste dormido. Escucho la voz de Sebastián todavía adormilado bajo la tibieza de un sol inesperado, tendido en el sofá. Un momento antes, después del almuerzo, me había tirado a leer un Scott Fitzgerald. Esa tarde soñé con mi padre. Mi hijo se sentó a mi lado con su guitarra acústica y comenzó a tocar Escaleras al cielo, uno de los temas de Led Zeppelin que me acompañó durante mi juventud, y mientras lo escuchaba era consciente de la maravilla que me estaba regalando la vida. El jueves anterior a este lunes extraño me había reencontrado con mi padre. Mi padre murió hace unos ocho años, pero debí encontrarme con él para cumplir algunos trámites burocráticos. Hace algún tiempo me advirtieron que debía levantarlo de la tumba -así lo dice la burocracia funeraria- donde descansa, de modo que esa mañana nubosa me dirigí al cementerio para encontrarme con sus huesos y convertirlos en ceniza. Un hombre de rostro cetrino estaba esperándome junto al sepulcro. Le entregué unos documentos, y sin más se puso a cavar. Vaya a guarecerse ahí debajo, junto a los nichos, me dijo cuando empezó a gotear, unos quince minutos después, y él mismo se refugió en otra galería y encendió un cigarrillo. Miré las lápidas que tenía alrededor con curiosidad necrófila, y recordé que en algún viaje a Inglaterra visité una cantidad impensada de cementerios, tan parecidos a los que describe Charles Dickens en novelas que leí cuando era niño. Me entretuve leyendo nombres desconocidos inscriptos en la piedra funeraria y soñando un pasado para esos nombres extraños, escribiendo vidas imaginarias para esos muertos ajenos.

Lloviznó durante casi media hora, tenuemente, no lo suficiente para interrumpir el trámite, y el golpe de algunas gotas en el rostro me hizo sentir más solo en el cementerio vacío. Cuando emprendió de nuevo su tarea, me paré a unos tres metros de la tumba a la que no visité jamás en estos ocho años. De pronto el hombre lanzó al aire un hueso de colores terrosos que se parecía a un femur, y la breve curva que dibujó la osamenta antes de caer a tierra junto al sepulcro me hizo reir sin ganas: recordé la secuencia inaugural de 2001, la película de Kubrick. Estuvo así unos minutos, extrayendo restos que luego depositó en una bolsa celeste o gris. Al cabo de un momento caminamos juntos rumbo al crematorio: el hombre con mi padre colgándole en una mano, yo detrás. Entregamos a mi padre a un hombrecito gris que me dijo que el martes podía retirar las cenizas. El fin de semana pensé dónde esparcirlas, y después de darle innumerables vueltas al asunto decidí que lo mejor era que descanse cerca de River, el equipo al que le dedicó buena parte de sus sueños y en cuyo estadio compartimos muchas horas de felicidad. Detuve el auto en el boulevard que lleva al estadio, elegí al azar una maceta grande y hundí allí mismo unas piedritas pequeñas, sin testigos, en la primera hora de la mañana. Me quedé un minuto a su lado, los dos solos, en silencio, como sucedió tantas veces, dos hombres el uno junto al otro, reunidos en la memoria y el ensueño. Subí al auto, me alejé sin prisa. Recordé la última línea de El gran Gatsby: Y así avanzamos, botes que reman contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado.

Todo un hombre

Mi entrañable amigo Rubén, distante ahora de mi vida, ha leído algunas de estas anotaciones. Hace muchos años, cuando éramos muy jóvenes, me transmitió su inquietud por aquel momento en que un hombre se enamora: no comprendía, y yo con él, por qué razones un hombre decide elegir a una mujer para en ese mismo acto apartar de su vida a todas las demás. Pasaron unos veinte años desde aquella frase, y todavía recuerdo el momento exacto en que la soltó al aire soñoliento de un crepúsculo de verano, tras haber jugado un partido de tenis. Los dos nos habíamos enamorado ya entonces, y siempre nos había perturbado esa sensación de abandono del universo femenino, ese declive de la seducción salvaje e indiscriminada, esa concentración en un solo cuerpo y un alma única. Había en esa idea, además, un poco de resignación o melancolía: el azar quiso que ambos fuésemos hombres fieles: las mujeres (todas ellas) eran parte de nuestra conversación de todos los días, pero al cabo de esas meditaciones y fantasías regresábamos a la mujer amada. Veinte años después, esta mañana he recibido un mensaje suyo que transcribo: Caro Alejo, ellas nunca desaparecen, viven en la mujer que amamos; un te quiero deja a las ninfas sin morada. Leí esas tres líneas conmovido. Pensé que acaso su malicia me entretuvo durante años en una idea equivocada, que todo había sido un juego entre nosotros y que él siempre supo esta verdad que hoy parece nueva. Eramos jóvenes cuando nos dejamos llevar por ese juego, y entonces debíamos demostrar (y demostrarnos a nosotros mismos, mirándonos en el espejo de nuestro narcisismo) toda nuestra potencia sexual, es decir, nuestra masculinidad. Esta mañana sentí una súbita felicidad cuando comprendí que él había vislumbrado una verdad nueva. Sentí también que su mujer tenía a su lado a todo un hombre.

Interiores

La fatiga, la pereza. Me he levantado estos días sin ganas de escribir, indeciso sobre el futuro de estas anotaciones. Hemos vuelto con Marcela, se han acabado las tentativas de deseo, la promiscuidad adolescente, la excitación de caminar a cielo abierto sin saber qué me aguarda diez pasos más allá. He pensado en anotar minuciosamente las delicias de la vida familiar, pero sencillamente no he tenido ganas, quizá temiendo que la pequeña rutina de lo cotidiano habrá de despertar mucho menos interés que las correrías sexuales de un depredador, aunque la vida se parezca casi siempre más a una sucesión de repeticiones que a una sorpresa infinita. Hemos visto películas con Sebastián, hemos seguido una ficción con Marcela atragantándonos con sushi y vino blanco, hemos andado en bicicleta en los márgenes del río, merendado en la cama, salido a caminar bajo una llovizna. Caminamos en puntas de pie con ella, cuidando cada palabra para que no traiga el eco lejano de un desencuentro, rozándonos como hace veinte años, compartiendo silencios largos mientras tomamos té y leemos cada uno su libro: ella un Dostoievsky monumental, yo un Scott Fitzgerald. ¿Alguien querrá espiar ese retrato de la intimidad familiar? ¿A alguien resultará atractiva la historia privada de una vida sosegada de un padre de familia? Esta mañana me he levantado con esas preguntas rondando en mi cabeza. He llevado a mi hijo a la escuela, he escuchado algunas palabras del director, me he demorado en un barcito a leer el diario. Curioso: ellas (todas ellas, con sus cuerpos formidables y su potencia sexual) habían desaparecido de mi vista. Envié un mensaje de texto a Marcela: te quiero, también esta mañana.

Reencuentro

Entonces sucedió: armamos dos bolsos a las apuradas, nos subimos al auto y viajamos tres horas hasta llegar a un casco de estancia, los dos solos otra vez, como hace veinte años. No me pregunten cómo ocurrió: un llamado a medianoche, te extraño, vayámonos por ahí tres o cuatro días, y de pronto nos descubrimos sentados en la sala de estar de una casona de principios del siglo XIX, con su biblioteca colmada de libros en francés y los olores de la comida casera viniendo de la cocina. Pasamos horas enteras mirando el campo, sus sembradíos de girasoles y sus árboles añosos, yendo a ordeñar las vacas y cabalgando sin prisa. Horas mirándonos a los ojos (y viendo en ellos los fulgores del pasado que entonces nos pareció remoto), conversando sobre los libros que habíamos leído en estos meses de separación, sobre las músicas que yo había descubierto y sin saberlo añoraba compartir con ella, sobre los temores y las felicidades que nos agobiaron siempre. Cuatro días dedicados a nosotros dos, sin interferencias ni anotaciones. Te quiero, susurré en su oído cuando emprendimos el regreso. Marcela sonrió apenas, miró el campo que dejábamos atrás y se arremolinó en una manta. No hablamos demasiado hasta llegar a su casa, que es la casa que fue mía. Yo también te quiero, dijo, me dio un beso en la boca y se bajó. Caminó unos pocos pasos y desapareció tras la puerta de la casa. No miró hacia atrás ni levantó una mano en señal de despedida. Quizá prefirió mirar el futuro.

La otra mujer

Lorena está sentada con un libro en la mano. Lleva unos anteojos rojos de carey que le dan un aire de modernidad inesperada, una blusa clásica y una falda corta que deja ver sus piernas bien torneadas. Cada tanto hace pequeñas anotaciones en los márgenes del libro con un lápiz, cuya punta mordisquea como si fuese una niña de colegio secundario y no la mujer que es. En el barcito soleado se beben las últimas cervezas del verano. Cuando llego a su lado, sin decir una palabra, apenas una sombra que interrumpe el calor de los rayos del sol, Lorena levanta la vista por encima de sus anteojos, sonríe y dice estás más guapo que nunca. Está hermosa, con ese aire de interrogación y vulnerabilidad que, aunque no lo haya sabido jamás, hizo que tantos hombres se enamorasen de ella. Nos damos un beso, y nos retenemos el uno al otro en un abrazo largo. Quiero saberlo todo, digo. Ríe, y cuando entrecierro los ojos regreso a la oficina de paredes descascaradas donde conversábamos largamente sobre el amor y la desdicha. Eran los hombres, no era yo, dice con picardía, y en esa frase resuenan sus amoríos truncos, sus desepciones en el sexo, su abatimiento sentimental sin retorno. Alejandra, dice de pronto, y los ojos se iluminan como sólo sucede cuando estamos enamorados. Conoció a Alejandra en una reunión de amigos. Una muchacha algo menor que ella, en pareja con un arquitecto, bonita y risueña. Lo primero que me enamoró de ella fue ese derroche de vitalidad, la fuerza de su juventud, el ansia por devorarse la vida; sólo mucho tiempo después descubrí su belleza física, dice Lorena, su cuerpo de mujer apasionada, entregada al deseo físico, libre de cualquier pudor, y cuando descubrí su cuerpo descubrí también el mío, hasta entonces prisionero de los hombres, un cuerpo sexualmente sin vida. Tomo un sorbo de un capuccino. Lorena me mira en esa pausa, abre su bolso, toma un cigarrillo y lo enciende. Debiste haber probado conmigo antes de tomar una decisión, dejo caer la frase con una sonrisa tenue, algo cínica y también una demorada (inútil, ya) declaración de amor. O de deseo. Sólo por jugar, o por intentar llegar al fondo de las cosas, le pregunto si antes había tenido fantasías sexuales con mujeres. No de modo consciente, sólo una vibración extraña cuando entreveía un cuerpo femenino en la piel desnuda en el tajo de una falda, o ese abismo fugaz que se abre a la mirada deseante cuando una mujer se entrecruza de piernas. Perversa, digo con complicidad, casi un gesto de aprobación, y Lorena vuelve a reirse. Dice que lo hubiera hecho conmigo alguna de esas tardes lluviosas en que la deriva de la conversación nos condujo a hablar de sexo. Me gustaban tus manos, agrega, pero a tus manos no les gustaba mi cuerpo. Nada de eso es cierto, lo sabemos los dos. Es casi mediodía cuando ella debe irse. Prometo llamarte, retomar nuestra vieja conversación. Nos damos un beso, esta vez un beso nuevo que trae el aliento de una boca desconocida. Por los viejos tiempos, dice ella mientras se va, contonea las caderas, da vuelta la cara para mirarme por una última vez. Por lo que vendrá.

La niña pez

No quiero, les juro que no. Prefiero quedarme leyendo un buen libro en el sol del atardecer o garabatear alguna idea en mi notebook o simplemente caminar por el césped junto al lago. ¡Muerte al depredador sexual! Basta, ya. No quiero, porque la compulsión del deseo comienza a provocarme trastornos físicos (sudores inesperados, excitaciones físicas fuera de tiempo) y el sueño erótico en plena vigilia me impide concentrarme en mi trabajo. Pero ella está ahí, tendida junto a la pileta, el cuerpo humedecido, la malla enteriza dándole una elegancia inesperada para su edad, y caigo en la trampa. Hola, saludo al grupo de profesores de natación, venimos con Sebastián a una prueba de evaluación. Hola, soy Zarina, vení conmigo. Mi hijo de 12 años la acompaña, me siento a una mesa en una terraza que da a la piscina, pido un café. Zarina (una muñeca rusa, una muchachita de aspecto frágil salida de un cuento de Chejov o de una película de Nikita Mijalkov) lo toma de los hombres (las manos delgadas de una pianista rusa, la piel blanquísima), le da algunas indicaciones (los labios gruesos como los de Nasstasja Kinski en Tess cuando mordisquea una frutilla), y el muchachito se lanza al agua. Ella lo sigue recorriendo el borde de la pileta; cuando llega a uno de los lados, hace algunas correciones mostrando el movimiento deseado: los brazos son dos aspas afiladas en la espalda firme, las piernas torneadas simulan el pataleo. Ríe, y cuando lo hace se encienden los pómulos de la cara y una línea casi invisible, como de nieve, se dibuja en la frente amplísima y despejada. Se lanza al agua, gana el andarivel vecino y comienza a nadar junto a mi hijo; cada vez que alcanzan uno de los bordes mantienen una pequeña conversación, y Zarina vuelve a corregir algún desplazamiento de los brazos o el modo en que las manos ingresan en el agua. Casi no mueve el cuerpo cuando nada, se desliza sin esfuerzo sobre el espejo de agua, o eso parece a los ojos de quien nada sabe, y sin embargo la niña pez avanza a una velocidad inusitada. Nunca hice el amor en el agua, pienso mientras la observo subir por la escalera lateral; agita la cabeza, pestañea, me mira con una ligera señal de aprobación. Sebastián guiña un ojo: intuye a su padre. Cuando me acerco, Zarina me dice que estuvo muy bien, quiere saber qué me ha parecido. Respondo que nada sé de natación, me gustó verlo así a mi hijo, tan seguro de sus movimientos, tan concentrado en esa tarea como cuando explora sonidos nuevos con su guitarra, pero el agua no es lo mío. Se ríe, y dice que nunca se sabe, debieras probar, las sensaciones que uno tiene en el agua son únicas, la próxima vez podés meterte con nosotros, yo te ayudo. Lo pienso, respondo con un beso: vainilla, huele a vainillas, Zarina. Cómo fue. Sebastián está diciéndome algo cuando miro la pantalla del celular: Lorena me invita a cenar mañana, tenemos algo pendiente que resolver.

Amores viejos, deseos nuevos

El celular viborea sobre la mesa en la amplia terraza que mira al río. Dejo el libro (Philip Roth: Indignación ), atiendo y una voz femenina, al otro lado del teléfono, dice seguro que no sabés quién soy, aunque te acuerdes de mi todas las noches. Es una voz que fue cercana en otro tiempo, cuyos rastros se esfumaron con los años. No sólo todas las noches, miento, te recuerdo durante las mañanas, y también entre sueños. Se abre un silencio que ella corta con una deliciosa risa matutina, siento el calor de su aliento en la cara. Una muchedumbre de siluetas fugaces corre en los bordes de la costa, anda en bicicleta o pasea a sus perros; una hilera de veleros con sus panzas infladas se recorta a lo lejos sobre el río. Si querés jugamos a que adivinás quién soy, me desafía la voz. Soy malo para eso, no sé si tenés tiempo, respondo. Un grupo de chicos ríe sobre sus patinetas cuando uno de ellos se cae cerca de mi mesa. Depende para qué, interviene la voz, si el juego me gusta tengo todo el tiempo del mundo. Es una voz familiar, ligeramente grave, de una sensualidad algo inesperada, cuyo eco se pierde en la memoria. Me apasiona el cine, y si no recuerdo mal alguna tarde de lluvia hablamos de una pasión compartida, las películas de Francois Truffaut. En medio de esa bruma que son los recuerdos comienza a delinearse la figura bellísima de aquella muchacha que una mañana ingresó en mi oficina para una entrevista laboral y con quien compartí tardes enteras de meditaciones sobre el deseo y el amor, una mujer hermosa y algo triste. Cómo estás, Lorena, supongo que de algún modo te invoqué escribiendo sobre vos. No fue una invocación, dice ella ahora, sentí que era un llamado, y aquí estoy. Quiero saber cómo está. Con muchas ganas de verte, responde, sabés más de mí de lo que yo sé de vos. Aunque lo que yo sé me da alguna ventaja: hace muchos años estuviste enamorado de mí, o eso escribiste, al menos. No pregunto cómo llegó al blog, no sé si alguien le habrá advertido sobre esta vuelta del destino. Nunca miento cuando escribo, digo. En el fondo del silencio se escucha un suspiro. Yo nunca miento cuando llamo a un hombre después de casi veinte años, dice Lorena, y en los pliegues de la voz aletea una sensualidad nueva. Quiero verte, quiero verte ahora, tenemos algo pendiente que resolver.

Una mujer hermosa y algo triste

La primera vez que la ví estaba montada en unos tacos altísimos, enfundada en un vestidito rojo, ceñídisimo, y unos ojos que me recordaron los de Barbara Mujica: serenos y a la vez desafiantes, invisiblemente provocadores. Era una entrevista de trabajo, y apenas traspuso la puerta de la oficina yo supe que era ella quien debía trabajar a mi lado: me enamoré. Se llamaba Lorena, tenía unos 25 años, leí mucho o eso me pareció en ese primer encuentro, era inteligente sin demasiado énfasis (la sobriedad de la inteligencia, un modo de mirar las cosas) y sobre todo se interrogaba sobre el mundo con un escepticismo que nunca llegaba al cinismo. Trabajábamos hasta las 6 de la tarde, y a esa hora ?la última luz del día filtrándose por la persiona americana, un cigarrillo encendido, la fatiga en el cuerpo? empezábamos a conversar. Eran puras divagaciones, casi siempre acerca de amores y desamores, de relaciones truncas, de corazones dañados. Ella mantenía una relación de años que jamás la había hecho feliz, pero estaba anclada allí incapaz de rebelarse, inmóvil durante años, preguntándose sobre el amor sin esperanza, sexualmente frustrada por su hombre, que en el fondo (lo sabíamos los dos) no era más que un niño. Nos asomábamos a ese precipicio como si se tratase de un juego, seducidos por el peligro y sabiendo que siempre podríamos regresar de él indemnes, los dos solos en la oficina en penumbras, abatidos por una soledad metafísica. Una noche recibí un llamado en casa: estaba en terapia intensiva, había intentado suicidarse. La visité la tarde siguiente: sonreía tenuemente debajo de una bata celeste en un cuarto de paredes descascaradas. Al tiempo se había repuesto, y pronto abandonó el trabajo y dejamos de vernos. Extrañé siempre (extraño todavía) esa posibilidad de conversar con una mujer hermosa y algo triste, seducido coo estaba por ese espíritu vulnerable. La perdí de vista por años. Esta mañana me llamó un amigo que la conocía, y me dio la buena nueva: Lorena está feliz, acaba de irse a vivir con la persona que espero toda su vida sin saberlo, y está pensando en adoptar un niño. Se llama Alejandra la persona que ama. Pensé entonces que era afortunado al no haberle dado cuenta jamás de mi sentimiento, pues una vez más lo habría hecho con la mujer equivocada.

Dos amigos

¿Listo para cumplir los 40? El tipo se está divirtiendo conmigo. Somos amigos entrañables hace años, y ese sentimiento de hermandad le da licencia para matar. Hace fresco en la terracita del bar, casi vacía. La muchedumbre de oficinistas cool (diseñadores, periodistas, arquitectos: pobladores de esto que se ha dado en llamar Palermo Hollywood) se agolpa en el interior, montada sobre palms y notebooks, bulliciosa e hiperactiva. Listo, sí. Rubén sonríe, deja correr unos segundos y pregunta entonces cómo estoy llegando a ese momento central en la vida de los hombres. Puede ser una broma, pero los dos sabemos que el tono humorístico y siempre algo cínico no impide que yo me tome las cosas muy en serio. Tengo alguna mala fama en eso: en la oficina, o eventualmente en la calle, cuando me preguntan cómo estás suelto una perorata brutalmente honesta que deja boquiabierto a los demás. Con Rubén es más sencillo, porque su pregunta quiere indagar en mi interior y porque además me quiere. Doy un sorbo al capuccino, miro hacia atrás, y lo que veo es una vida que nunca consiguió alcanzar cierta paz interior. Supongo que lo que me duele es no haber podido alcanzar cierta paz interior, digo con un nudo en la garganta, esbozo una sonrisa. Pero no debo quejarme: tengo dos hijos maravillosos, una profesión que me apasiona, mi biblioteca, mis discos, y un amigo hijo de puta al que de vez en cuando se le ocurre ponerme a pensar. Nos reímos, pedimos más café. El barcito comienza a despoblarse, y se me ocurre que empezamos a escuchar nuestra conversación. Cómo está Micaela. En tránsito, respondo, se va a la India dentro de algunas semanas, así que imagino que está interrogándose sobre el mundo y sobre sí misma mientras fuma marihuana y escucha a George Harrison con Ravi Shankar. Leí en tu blog una frase que me preocupó, dice Rubén cuando al fin deja de reirse, está lista para que caiga sobre ella cualquier depredador. El cielo es una nube espesa, lloverá pronto. Escucho la voz del padre moralista que hay en mí. ¿Y resulta que ahora te preocupa que alguno de esos pajeros que andan por ahí se acueste con mi hija? No, por supuesto que no, lo que me preocupa, Rubén demora cada palabra, disfruta cada sílaba, es que creas que todavía no sucedió. Lo dice, y en ese instante los dos entendemos que hemos llegado demasiado lejos llevados por nuestra esgrima verbal. No hace tanto tiempo que Mica decidió no ser madre, y los ecos de ese momento no deben haberse acallado del todo. Me ensombrezco, tomo el teléfono y envío un mensaje rápido: ALMORCEMOS MAÑANA, TE QUIERO, DAD.

Una vez en la vida

Un amigo en común ?una amistad larga, hecha de madrugadas etílicas, charlas sobre cine y literatura? me dice que Ernesto acaba de separarse de la mujer con la que compartió veinticinco años de su vida. Pero la novedad no es esa: lo que sorprende es que el Flaco, un hombre de más de 50 años, cardíaco y con dos intervenciones quirúrgicas que lo trajeron de este lado de la muerte, se enamoró de una pendeja de 23. Hay que decirlo así, sin eufemismos ni elegancia excesiva, porque fue eso: se conocieron una madrugada cualquiera en una fiesta a la que Ernesto fue solo, y desde entonces no se dejaron de ver más. Fueron seis meses de encuentros a hurtadillas, mentiras en casa, estrategias para extender la (falsa) jornada de trabajo y un pequeño set para simuladores siempre listo en la mochila: un perfume, pasta de dientes. Fue puro vértigo, me dice este mediodía mientras almorzamos. Está algo más delgado, el pelo algo más revuelto, viste un equipo urbano de Puma y carga en su iPod música de una época que no es la suya, esta: Coldplay, Radiohead, Mars Volta, Dr. Dre, es decir, un mainstream musical que no daña. Ojo, nene, también tengo una selección de Julio Sosa, se desenmascara con los amigos. Parecés un pibe, le digo. Todo sucedió muy rápido: las dificultades con su mujer, el arrobamiento con la muchachita de 23, el engaño, la pasión desbocada. Ni yo mismo puedo creerlo, pero el cuore aguanta, dice. Recordamos juntos Una vez en la vida , una película fabulosa con Jeremy Irons que cuenta la historia de un diplomático con una familia consolidada que de pronto se enamora de una muchacha dispuesto a perderlo todo. El final es trágico, che, espero que lo mío sea más sencillito, dice Ernesto. La tragedia, suelta detalles, sucedió la última semana, cuando debió abandonar el piso que mira al río en la avenida del Libertador para mudarse a un departamento de dos ambientes en Caballito: mientras reunía sus libros y sus discos, su mujer lo apremió de modo tal que él debió reconocer que tenía una aventura desde hacía meses y que esa aventura había destruído lo que quedaba de su matrimonio. Sos un hijo de puta, escuchó por única vez en su vida de boca de ella, y allí concluyó todo: lo que siguió fue un llanto desconsolador que él no pudo contener. Tengo 54 años, ya sé que no todo puede suceder en mi vida, pero de pronto descubrí que esto sí, que era verdad que había vuelto a enamorarme y que tal vez, si lo dejaba pasar, no volvería a pasarme nunca más. Sonrío, le pregunto qué tal en la cama. ¿El corazón? Excelente. El problema es mi pene. Y mi cuerpo: con dos operaciones a corazón abierto, imaginate, parezco un mapa de rutas. Nos reímos, pedimos un par de cervezas. Nos interrumpe un mensajito en mi celular: Pa, no me olvides, el mes que viene me voy de viaje. Mi hija en movimiento, una botella en el mar, una muchachita que, sin proponérselo, puede despertar pasiones viejas en un hombre de 54 años que sepa descubrir su belleza o, mucho antes que eso, que sólo sepa mirarla. Está hermosísima Micaela, lista para que caiga sobre ella cualquier depredador.

Solo en la ruta

Solo, en la penumbra de una habitación desconocida, con la luz azulada del televisor titilando sobre las paredes anónimas y sin historia, solo y pensativo, sin haber cazado una presa en el lobby del hotel donde sonaba un trío de jazz ni junto a la barra del bar, a menudo un territorio amigable para un depradador sexual, con sus mujeronas de gruesas caderas y pechos desafiantes venidas hasta aquí para alguna convención internacional, aburridas de la atmósfera corporativa y las presentaciones formales, un placer conocerte, aquí tienes mi tarjeta, hartas ya de la caballerosidad impostada y los hombres de negocios, de sus severidades y obsesiones, estamos enfocados en nuestro desarrollo regional, me encantaría compartir la visión estratégica de nuestra compañía, cansadas de tanta risotada insincera y falsa cortesía. Solo, en el cuarto cinco estrellas, la ciudad dormida diecinueve pisos abajo, las calles tapizadas de los restos de euforia para que coman de ellos quienes vagabundean en plena madrugada revolviendo basurales o chupando la nada de botellas vacías. Solo sin poder llamar a casa, donde todos duermen y siempre aguarda una voz compañera, abrigo y complicidad, con una botellita de frigobar recién descorchada, no tan fría ya, dos boxeadores fajándose ahora en la pantalla azulada, y ahora dos mujeres besándose sobre un auto vintage descapotable, y luego un show bizarro en árabe o en alguna otra lengua desconocida, cuando las primeras luces empiezan a filtrarse en la habitación y la boca está reseca por el alcohol, el cuerpo reblandecido en el insomnio, fatigado de tantas noches en cuartos ajenos que no tienen pasado ni tendrán futuro, porque nada se inscribe en ellos tras el paso fugaz de sus huéspedes ni su música funcional es parte de ninguna biografía. Solo en el mundo, a miles de kilómetros de nuestra cama y de sus familiares honduras, con el deseo de regresar a casa para arrebujarnos en nuestras rutinas. Se viaja así, a veces, sin el frenesí de un encuentro furtivo ni sorpresa de una experiencia erótica. Se viaja así: solo.

Sexo en el camino

Una amiga nueva ?no una vieja amiga, cuyos secretos conozco tras años de complicidades, sino una que acaba de llegar a mi vida, con sus historias del pasado y sus sueños del porvenir? está en viaje por América latina. Se llama Paula, y todo lo ignoro de ella: su cuerpo y su rostro, sus ilusiones, sus amores imposibles, sus deseos ocultos. Es en ese umbral de las relaciones nuevas, en esa vigilia del nacimiento de sentimientos desconocidos, donde nos deslumbra la maravilla de ingresar en un mundo hasta entonces extraño. He leído con mucha atención sus anotaciones entre las mías, y me alegra reconocer su nombre todos los días entre quienes ventilan con generosidad sus pensamientos más íntimos para demorar (y enriquecer) esta conversación. Paula está de viaje, y es tanta su curiosidad que en el futuro le contará a sus hijos esta aventura que la ha llevado hasta las entrañas de una comunidad aborigen, o a sus alrededores enigmáticos y por eso movilizadores del espíritu, pues sé que ese mundo inmemorial le apasiona. Es una mujer enamorada, me ha dicho, y mientras recordaba eso esta mañana pensé en que aun los enamorados suelen establecer un paréntesis en sus vidas cuando vagan por el mundo, poniendo en suspenso las certezas y las deliciosas rutinas que los abrigan todos los dìas. Es en ese vagabundeo que los viajeros nos disponemos a encuentros furtivos, nos abandonamos a la dicha de una sensualidad renovada, nos entregamos a cuerpos forasteros (ignorados y por eso inquietantes) con el frenesí de saberlos nuevos y la tranquilidad que nos da saber que jamás regresaremos a ellos. En esos apareamientos (eso: dos cuerpos apareándose en una penumbra, el deseo de la carne, la pulsión de un sentimiento físico primario que no se hace preguntas) nos sentimos más libres, porque todo es tan breve, tan deliciosamente fugaz, que no hay tiempo para interrogantes y el pasado queda en suspenso, entre nieblas, y tampoco el futuro nos perturba con sus interrogantes. Es presente puro. Yo era muy joven (un cazador de 19 años, un depredador sexual que terminaba sus noches angustiado por la sensación de vacío) cuando tuve una de esas experiencias que no se olvidan durante los carnavales de 1989, en Río de Janeiro. Había llegado a esa tierra de promesas sexuales sin saber que la mujer carioca no es una mujer fácil, sino que tiene una relación distinta con el erotismo: ama explorar y el sexo es siempre una experiencia compartida, nunca (o raramente) una relación de dominación y sometimiento. Estaba en la playa, la planta de los pies ásperas de tanto bailar sobre la arena durante un show de Gilberto Gil, cuando una muchachita algo más joven me miró con esas miradas penetrantes que sólo se ven en Brasil: son una llamada, una invitación anhelante que nadie puede desestimar. Hicimos el amor esa misma madrugada, un par de horas más tarde, en los bordes de la playa, apenas disimulados por un grupo de palmeras de troncos muy flacos y protegidos por la discreción de la muchedumbre dispersa. Estuvimos juntos tres días, sin salir casi de la habitación, y cuando abandoné el hotel el conserje me extendió un sobre color rosa que olía rico, dentro del cual una letra adolescente anunciaba: EU JA TE ESTRANHO. La semana siguiente recibí su llamado en Buenos Aires, y escuché en su media lengua que tenía planeado venir a la ciudad para reencontrarse conmigo y tal vez para pasar juntos el resto del verano. Le dije que no me parecía buena idea por pura cobardía, y hoy lo lamento de verdad. Al verano siguiente viví una experiencia parecida con una bahiana, en San Salvador, una negra que olía a naranjas, o eso me parecía. A veces, cada tanto, en medio de estas divagaciones, me conmuevo pensando qué habrá sido de ellas, qué vidas habrán construido, y siento curiosidad por saber si, como sucede conmigo, tendrán en su memoria algún lugar para esos encuentros furtivos que me enseñaron a amar a las mujeres, las bellas y las feas de esta Tierra.

Sexo oral

Lo que más extraño de ella es el sexo oral. Digo disimulando una sonrisa, y entonces Rafael me consuela: Eso es fácil de resolver si sabe cerrar los ojos en los bosques de Palermo y usa la imaginación. Nos reímos con ganas, dos viejos cómplices en esto de las confidencias: he regresado al consultorio de mi analista el día después de haberme cruzado a Marcela con otro hombre. Estaban hablando durante la cena, tan solo eso, y eso es exactamente lo que añoro: las conversaciones extensas rumbo a la medianoche, un poco bebidos los dos, ligeros de equipaje a esa hora en que el día languidece. Para nosotros hablar es una forma de hacer el amor, me había dicho ella años atrás, y tenía razón. Nuestra primera conversación ocurrió en una biblioteca, yo mencioné algo sobre el cine de Francois Truffaut, ella escucha con la reverencia con que escuchamos a un maestro. Esa tarde comenzó una larga conversación de veinte años que muchas veces nos condujo a la cama o se resolvió, sin más, en un sillón o en algún rincón de la cocina. Conversamos de cine y de literatura, y también de nimiedades de la vida diaria, de los hijos y de nuestras vidas. Admiré en ella su sensibilidad para hacer de cualquier diálogo un intercambio de ideas muy atractivo, durante el que demostraba una agudeza y aun un sentido poético que volvían interesante el hecho en apariencia más insignificante. Cuando las pequeñeces de la vida cotidiana nos empezaban a abrumar, compartíamos una broma y nos reíamos de nuestras veleidades intelectuales. ¿De qué estarán hablando en este momento Borges y María Kodama?, nos preguntábamos, imaginándolos en una tienda suiza mientras compraban la cena del día. Me gustaba escucharla conversar, descubrir su curiosidad sin límites y su gusto por los juegos verbales. Eramos dos espadachines buscando dar la primera estocada, provocándonos, insinuándonos, amándonos a la distancia, cada uno con su taza de café o su copa de vino, hasta que yo decía me encanta nuestro sexo oral y ella reía y tomaba el desafío: No nos pongamos tantos límites, respondía, y me tomaba de la mano para llevarme a la cama.

La mujer del prójimo

Sabrina abre la puerta del ascensor, y un resplandor centellea en la noche. Camina hacia mí, pasos breves, leve movimiento de caderas, el mentón ligeramente erguido, una mujer acercándose a su presa. No nos hemos visto en los últimos meses, desde la noche en que despedimos juntos el año viejo, y hay razones para ese distanciamiento: de todas las mujeres que conocí en todo este tiempo, es ella la única que estableció entre ambos esa sensación de peligro que trae la intuición del enamoramiento. No ha sido amor a primera vista, pero lo que en otras ha sido deseo incontenido y afiebramiento sexual en Sabrina se adormece y cobra una calma (y una hondura, también) que puede preanunciar el amor. Caminamos por una calle moribunda en la que se huele el olor penetrante de las caballerizas. En una esquina, nos sentamos a una mesa en el exterior, pegados a un ventanal amplísimo desde el que se ven el interior vacío y la cocina abierta a la curiosidad de los comensales. Una moza de ojos clarísimos, con un piercing en la nariz y un tatuaje en el cuello que deja ver el pelo cortísimo, nos pregunta qué deseamos comer en una media lengua que delata su procedencia bahiana. "Acarajé", respondo con malicia, y la sola mención de ese bocado delicioso frito en aceite de dendé hace que su boca se estire en una sonrisa y desnude una hilera de dientes blanquísimos. Cuando la mesera se va (un ensueño: el cuerpo bahiano alejándose en un contoneo de caderas, el sol abrasador, el murmullo de las palmeras agitadas por la brisa oceánica, un ronroneo que trae un samba reaggae de Gilberto Gil), conversamos sobre nuestras vidas. Sabrina me está diciendo algo sobre su trabajo en una revista femenina, cuando por el rabillo del ojo entreveo que alguien se sienta a mi lado, al otro lado del ventanal. Tomo un sorbo de malbec, giro la cabeza por esa curiosidad malsana que nos hace curiosos por conocer el vecindario, y el rostro de Marcela me dedica una sonrisa invisible para otros ojos que no sean los del hombre con el que compartió veinte años de su vida. No pestañeo, la conversación de Sabrina es ahora un rumor lejano. Estamos pegados, sin poder tocarnos, juntos y distantes a la vez, amarrados por toda una vida y sin poder rozarnos siquiera: ¿hay modo más contundente de contar lo que nos pasa? Son dos segundos, no más, los que me tomo para cruzar la vista al otro lado de su mesa. Es un abrir y cerrar de ojos, y como si estuviera mirando bajo un agua viscosa, una figura masculina empieza a cobrar forma. El hombre que está frente a Marcela es rudo: una cara cortada a cuchillo, mandíbula cuadrada, manos toscas. Tiene unos 50 años, quizá algo más. No tiene un cuerpo atlético, pero se mantiene en forma. ¿Te aburro? Me despierta la voz de Sabrina, me abruma la culpa por mi descortesía. No, disculpame, me excuso, conozco a esta chica que está junto a nosotros, me quedé curioseando con quien está. Sabrina echa una mirada y dice con malicia femenina: Es una mujer hermosa, podría estar con un hombre más interesante. Me río estúpidamente, la mandíbula colgando de la boca. Es un momento que tememos los hombres: no el instante de sabernos sin ella, sino el de saberla con otro. No saberla así, conversando amablemente con el destello de las velas viboreando en los rostros, las manos aproximándose sobre la mesa en esa frontera que trazan el vértigo y el pudor, no así. Saberla en la cama, desbocada y húmeda, abierta a las voracidades de otro hombre, entregada a sus sudores y a sus olores nuevos, una mujer lasciva, puta, dame, quiero más, una mujer sin límites, el rostro desfigurado cuando la poseen, el rostro más bello de este mundo, iluminado por el deseo y transformado por el dolor, una mujer de palabras sucias, desaforada y lasciva, esto es mío, dámelo, una mujer devoradora, come hombres, la boca inflamada de calentura, la lengua hurgándolo todo, así, más. Una mujer ajena, la mujer de otro. La mujer del prójimo. Lo siniestro: cuando lo familiar se vuelve extraño.

Amor propio

Anoche envié un e-mail a un amigo en el que le reprochaba que hace un buen tiempo que no me da señales de vida. ¿Mucho sexo?, pregunté divertido y algo cínico. Su respuesta: "Mucho sexo, sí, aunque no siempre acompañado (lo que los franceses definirían como una época con mucho amor propio)".

Sexo con amor

Anoche he leído estos apuntes desde el comienzo. Bitácora de un hombre solo, catarsis digital, leídos de un tirón no parecen ciertos. Marcela, la mujer con la que compartí veinte años hasta nuestra separación, me preguntó en estos días si nuestro hijo de 12 años lee mis anotaciones cargadas de lascivia, sexo explícito y fantasías perversas. Sólo le leí algunos textos que hablan de él, respondí, pero hasta donde sé no conoce la dirección. Releo el diario de viaje a solas, con el murmullo de Talking Heads ronroneando en mis oídos. Todo parece haber sucedido hace mucho tiempo, entreveo los hechos a través de una bruma. Más lejos, detrás de esa niebla espesa, está mi vida familiar junto a la única mujer de la que estuve enamorado. De todas las mujeres que he tenido en mi cama, o que me han poseído en la suya, con ninguna alcancé el estado de gracia sexual que tantas veces compartí con Marcela. Fuimos amigos entrañables durante años, pero un día, cuando una fiesta entre amigos estaba en su punto culminante, nos caímos al piso el uno sobre el otro y empezamos a besarnos como dos desconocidos. Hicimos el amor esa misma noche, casi sin darnos cuenta, llevados por la fiebre del momento, después de haber bailado la noche entera. No recuerdo detalles, pero sí la perplijidad que nos sorprendió a la mañana siguiente, cuando en un barcito de Cañitas, todavía con la resaca encima, los dos amigos de siempre nos encontramos frente a frente. Desayunamos, mudos e introspectivos, procurando comprender qué había sucedido entre nosotros, que calentura nos había arrojado a la hoguera del deseo, y sobre todo interrogándonos sobre qué sería de los dos en el futuro. Desde entonces aprendimos a amar nuestros cuerpos, nos recorrimos con curiosidad y apasionamiento, pero siempre tuvimos en claro que esos encuentros no eran el polvo de una felicidad pasajera: había en esos abrazos, en ese hurgar al otro, en el deseo de seguir juntos apenas habíamos acabado nuestro encuentro amoroso, una hondura que no comprendíamos del todo, conmovidos como estábamos, fatigados y pensando ya en la noche siguiente durante el día, en el roce de pies y manos apenas nos encontráramos en la cama, ese modo de buscar calor primero, de acercar los cuerpos expectantes con apenas una caricia fugaz e interrogante, para luego entregarnos nuevamente a los arrebatos del erotismo más ardoroso. Sucedió así, una y mil veces, siempre un encuentro nuevo y sin embargo tan familiar, siempre el ansia de ser sorprendidos y también el deseo de reconocer el mismo cuerpo y aparearse con él como la noche anterior, mordiendo otra vez las mismas regiones del cuerpo afiebrado, hurgando sus mismas concavidades, reconociendo sus vibraciones más imperceptibles. El mismo rito, y sin embargo siempre distinto. Pienso en todo eso y vuelvo a evocar a Ian McEwan en Sábado : "Cuando piensa en el sexo, piensa en ella. En esos ojos, esos pechos, esa lengua, esa acogida. ¿Qué otra mujer podría amarle con tanta complicidad, con tanta calidez y humor burlón, o acumular con él un pasado tan denso? En toda una vida no sería posible encontrar a otra con quien aprender a ser tan libre, a quien complacer con tanto abandono y pericia. Por algún accidente del carácter, la familiaridad le excita más que la novedad sexual".

Calenturas

No hay rostro más bello que el de una mujer en éxtasis. Me dice esto un compañero durante el primer momento de la mañana, en la oficina todavía en penumbras. No hay nada más hermoso que ese rostro bellamente desfigurado: los labios inflamados, las fosas nasales dilatadas, los ojos idos a otra parte, la boca imperfecta con dientes que buscan morder. No hay nada como esa cara que delata el dolor junto al placer, deformada por los alaridos contenidos o el grito que retumba en la noche. Nada hay, tampoco, como las manos crispándose sobre las sábanas o el césped de un parque a oscuras, como la lengua encendida y húmeda que todo lo hurga, insaciable, como los ruidos de la garganta de una mujer (y los de su cuerpo) cuando va camino de un orgasmo. Quizá haya esos detalles en el hombre durante el apareamiento, pero sabemos poco: las mujeres raramente nos hacen saber qué de nuestro cuerpo las excita, además de zonas erógenas que son obvias para todos. Queda pendiente esa conversación llena de infidencias y calentura. Si hay una mujer allí, quisiera escucharla.

Amores perros

Te quiero en mi cama, ya. Dice C., y en media hora estoy en la puerta de un piso de la zona de Recoleta, cuyos ventanales amplios dejan ver toda la ciudad. Te quiero en mi cama, ya, dice tras haberme dado dos o tres datos de su vida personal (es actriz de teatro, vivió tres años en España) antes de descargar en el teléfono sus palabras deliciosamente obscenas. La puerta se abre: los ojos de C. centellean en la penumbra. Mis viejos están de viaje, tenemos tiempo, dice. Paso, y apenas ingreso dos manos firmes me dan vuelta y me tiran sobre la puerta, un poco bruscamente, con esa firmeza que trae el sexo urgente. Hurgamos los cuerpos desconocidos, caemos al piso, nos quitamos las ropas. C. se detiene, se aleja, me mira, desnuda y jadeante. Chasquea la lengua de fuego, humedece dos dedos de su mano izquierda y la baja lentamente por su cuerpo hasta llegar allí donde todo comienza y todo acaba: acaricia su vello púbico, sin prisa, con un breve movimiento circular, mientras empieza a tener estremecimientos ligeros, imperceptibles casi, pequeñas contracciones de los músculos acompañadas por los sonidos del placer: gemidos, exalaciones, gritos contenidos. La manos (dos dedos humedecidos por su lengua humeante) desciende tres o cuatro centímetros, juguetea en la vulva, hurga brevemente en su vagina y cinco segundos después vuelve a salir. Me lanzo sobre ella como un animal en celo, me recibe. Está ahora de espaldas, las caderas amplias, los hombros tendidos hacia atrás. Tomo el pelo que cae sobre la espalda con firmeza, sofoca un grito de dolor. Más. Gira la cabeza para mirarme, el rostro ahora imperfecto tiene las huellas del goce, crispado y bellísimo. Quiero más. Montó la grupa de la mujer entregada a los ardores del deseo. Perra. Clavo las manos sobre sus muslos, abro las caderas, la poseo. Extiende un brazo hacia atrás, lleva mi cadera hacia la suya. Un movimiento acompasado, lento en el comienzo, furibundo después. Juntos. Cabalgamos nuestros cuerpos en el silencio de la noche, dos o tres alaridos breves se estrellan contra el ventanal. Exhaustos, quedamos tendidos de bruces. Me encantó, pero tenés que irte, dice. Media hora después de haberme encontrado por primera vez con ella, vestido a las apuradas, nos despedimos con un beso sin saber nada del futuro.

Sexo en el teléfono

El sábado a la noche recibo un mensaje de C. Me calentó mucho lo que escribiste, dice, no pare de tocarme. Quiere que la llame. Escucho esa voz que soñé tantas veces: la voz de una desconocida, ajena y distante, un enigma. Es la primera vez que hablamos: le pregunto si le gusta tocarse, cómo lo hace, dónde. Dice en cuanto puedo, en mi cuarto. Vive con sus padres, pero la habitación está lejos del cuerpo central de la casa: puede gritar cuando se toca. Cortamos rápido, pero la conversación continúa en mensajitos de texto urgentes que traen las calenturas del sexo. Quería que me hicieras acabar en el teléfono, escribe. Nos decimos palabras sucias, soeces, palabras perras, casi siempre reservadas para la cama o la penumbra, raramente salen a la luz. Me encanta sentirlo en mi boca. Dice más que eso, con un lenguaje explícito y desafiante. Escucho mientras observo su foto en el messenger: una mujer hermosa, una elegancia que está lejos (o tan cerca) de sus palabras afiebradas y deliciosamente obscenas. Me calentas mucho, dice ahora. ¿Te puedo pedir un favor? Un hombre es demasiado débil en circunstancias como esta. Desde luego que puede pedírmelo, pero será lo último: un amigo me espera para salir. ¿Me llamás de nuevo así pongo el teléfono en vibrador y siento como vibra sobre mi sexo? Digo que no, sólo por extender el juego, se enoja. Me aburrí, demasiadas vueltas. 20 años: un precipicio, el vértigo de la juventud, las urgencias de un sexo inmediato. Nos hablamos el lunes, escribo. Pero ya no está en línea: su cuerpo de nínfula viaja ya, caliente y deseante, hacia la noche, acaso en busca de otro cuerpo forastero.

Sexo a ciegas

Nínfulas, niñas inocentes, lolitas. Nadia reaparece en mi correo electrónico: dice que podría yo escribir un manual de iniciación sexual. Es una idea que atrae a los hombres desde el comienzo del mundo: desflorar a una mujer en el comienzo de su viaje erótico, iniciarla en los placeres de la carne. No he tenido ese privilegio nunca, pero he soñado con él, he imaginado el llanto y la felicidad nueva que provoca ese primer goce en un cuerpo inmaculado. He visto el sexo rasgado, las gotas de sangre sobre las sábanas, los muslos contrayéndose, temerosos, y abriéndose luego a una dicha desconocida y embriagadora. Nínfulas, niñas inocentes, lolitas. He escrito unas pocas líneas al correo privado de Candela, una mujer joven que me pidió que la buscara. No sé quién es, no sé si quiero saberlo: me tienta el juego de dos desconocidos que se atraen en la negrura de un cuarto a oscuras, que se tocan sin verse, que se huelen y se muerden sin abrir los ojos jamás. Dos animales sexuales, mudos y sin pasado, desconocidos entre sí y desinteresados de conocerse, un presente absoluto de gemidos, caricias, humedades, mordeduras, gritos. Sexo a ciegas, a tientas, en la oscuridad anónima de un cine o en la negrura de una noche de tormentas furibundas que todo lo acallan, los murmullos del lento juego sexual y los alaridos del orgasmo. Quiero saber si sos vos, dejame una señal en tu texto, me ha escrito ella, ha querido saber si el hombre que desea, aunque no conoce, es éste y no un estafador de identidades, un burlador digital que se agazapa detrás de otros. No conoce a ninguno de los dos, y el encuentro con ambos sería igualmente excitante y anónimo, rodeado de silencios y sin pasado, pero ella se ha sentido atraída solo por uno de ellos, siente que conoce algo de él, tiene unos pocos detalles de una biografía personal que puede ser apócrifa, pura invención, pero ella necesita creer en esa historia, volverla cierta, entregarse a ella para así entregar su cuerpo de nínfula al cuerpo más adulto de un forastero.

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  • AutorAlejo

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