Los adioses

Una compañera de trabajo me dice que su padre, un hombre de 72 años que fue un ejemplo de vitalidad, está enfermo. El tiempo ha ido arrumbándolo en la casa que comparte con su esposa desde hace décadas, y él ha alcanzado un grado de obesidad que le impide desplazarse con naturalidad: su universo privado no va mucho más allá de un sillón y la cama, desde donde observa el futuro con fatiga y escepticismo. Mi compañera está angustiada, ahora es ella quien debe cuidar de su padre, arroparlo, cargarlo en sus hombros para que pueda dar pequeños pasos dentro de la casa y de ese modo su vida no se reduzca a dejarse apagar mientras recuerda tiempos viejos con melancolía. De a poco, el humor del padre vencido ha ido ensombreciéndose, y también ha ido crispándose la relación con su mujer: son dos personas mayores refunfuñando a toda hora, hostigándose mucho más de lo que ambos (y el vínculo que los une desde la juventud) se merecen. Alguna vez se amaron, y acaso sigan amándose de ese modo secreto, distante y algo hosco en que se aman los mayores, en apariencia desinteresados el uno del otro, hundidos en sus silencios, vencidos por la rutina o el pudor, un modo que, sin embargo, en algunos casos esconde sentimientos muy hondos y conmovedores. Mi compañera está angustiada porque ve cómo mengua esa vida, la vida de su padre, sin presentar batalla, desinteresado del mundo y de sus pequeñas alegrías: escuchar un disco de tango que antes lo emocionaba, caminar por el barrio donde lo aguardan sus vecinos de siempre, tomar algo de sol en la plaza o quizá, simplemente, conversar con su hija, una hija llena de preguntas como todos los hijos de esta Tierra, conversar de cosas triviales, naderías que en la voz de un padre pueden tener resonancias maravillosas. Mi compañera está angustiada porque ese mundo privado que alguna vez fue refugio y certeza le ha estallado en las manos, porque su padre envejece y su voz y su cuerpo se apagan, se retiran lentamente de este mundo, se distancian de ella. Es una hija que ama a su padre, pero no es ya su pequeña sino una mujer adulta que lo consuela y lo protege y empieza a llorar esa lejanía. Me cuenta esta historia, y cuando quedo a solas llamo a Micaela, escucho su voz en el mensaje del teléfono, dejo mi saludo después de la señal. Digo te quiero, no lo olvides nunca, y corto con las mejillas arreboladas por el pudor.

Mis memorias

Mi memoria frágil me trae a menudo una rara felicidad de orden poético: todo (un relato de infancia, el libro que acabo de cerrar, el cine que alimentó mi juventud) suele ser nuevo para mí, o en el mejor de los casos un recuerdo borroso cuyos detalles vuelven a deslumbrarme. Durante muchos años disfruté de ese estado virginal: nunca conocí el placer de releer viejas historias o revisar películas que alguna vez me conmovieron. He decidido consultar a un neurólogo sobre esa desmemoria, y la muchacha joven que ahora me examina tiene un rostro bello que se me ocurre inolvidable. El breve espacio donde aguardo tiene tres puertas con un destino literario. Leo en cada una de ellas Clínica del Dolor, Movimientos Anormales y Laboratorio del Sueño, y es ésta la que abriría si de mi dependiera, tentado por la posibilidad de adentrarme en ese infinito universo onírico para descubrir, al fin, si somos apenas el sueño de otro. Poco después, cuando la jovencísima doctora me examina, pienso que el modo distante con que me observa hará inevitable que pronto olvide mi historia, y que acaso cuando volvamos a encontrarnos seré para ella un paciente nuevo. Le refiero, pura y vana coquetería, sólo un atajo, la historia de Funes, el memorioso, esa criatura borgeana de memoria absoluta, sólo para añadir que mi caso no es ése aunque conserva alguna belleza literaria: todo en mí es olvido. Hay algo trágico detrás de esa belleza: en mi memoria los hechos han sido escritos con una tinta efímera de modo que ese pasado que se esfuma acaso no haya ocurrido. Consulto también mis dificultades con el sueño, el por qué de una vigilia (casi) constante. Nada parece fuera de lugar, haremos algunos estudios. Ya en casa recupero las voluminosas Obras Completasde Borges, en cuya página 485 se abre la historia de Irineo Funes. Es una historia naturalmente olvidada, y en la lectura recupero detalles minuciosos de ese encuentro de dos hombres. ?Diecinueve años había vivido como quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales. Poco después estaba tullido. El hecho apenas le interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles.? Es un cuento de una belleza indecible, y me da felicidad saber que alguna vez volveré a conmoverme cuando vuelva a llegar a mi vida por primera vez. Sólo retengo una frase que es, acaso, el principio de la memoria: ?Dormir es distraerse del mundo?.

Nino

Sebastián quiere saber de qué huyen. Observa la pantalla con ojos asombrados, sin pestañear, casi, asomándose a otro tiempo, lejano y oscuro, sembrado de amenazas. Estamos en casa viendo una película, solos los dos, la historia de una familia que escapa de algo innombrado en los días de la última dictadura argentina. En el comienzo de la historia, el padre le dice a sus hijos en un cónclave familiar que de ahora en más tendrán otros nombres, otros oficios, otra memoria. El protagonista es un muchachito de edad parecida a la de Sebastián, 12 años quizá, que ese día elije llamarse Harry y se apasiona con la historia de Houdini, el famoso escapista. De qué huyen, pregunta Sebastián con su guitarra a cuestas, en la que de vez en cuando puntea alguna melodía que sirve como comentario musical a lo que sucede en la ficción. No lo sabemos, respondo, pero imagino que los padres tienen alguna militancia política y eso los obliga a refugiarse. Me pregunta entonces qué hacía yo en aquellos años, si alguna vez sus abuelos o yo mismo corrimos algún peligro. Yo tenía 7 años cuando estalló la dictadura, recuerdo apenas las imágenes en blanco y negro que mostraban a soldados montados a caballo apaleando gente, soldados de rostros severos y manos nudosas y chaquetas verdes y bastones largos castigando a otros hombres, y también a mujeres, y recuerdo la voz de mi abuelo Nino diciendo hijoputas, bastardos de mierda y toda una retahíla de insultos que mi madre procuraba interrumpir, no digas esas cosas delante de Alejo, reprimenda que no hacía sino enfurecer más a mi abuelo, enrojeciendo su rostro de patriarca fatigado, y cuyo vozarrón gritaba a los cuatro vientos que alguna vez el socialismo iba a dominar el mundo, hijoputas de mierda, y entonces el cuello se le llenaba de venas anchas como ríos a punto de estallar y mi madre decía calmate, papá, no tenemos mucho por hacer, la vida es como es, y había resignación en la voz de mi madre, pero también mucho amor, las manos acariciándole la nuca y la boca besando la frente de su padre, y lentamente las aguas furibundas en el cuello de mi abuelo se aquietaban hasta que se dormitaba sentado en su vieja silla de paja desteñida, la misma silla donde se sentaba para contarme historias viejas de los días en que vivía en el Delta, recién llegado desde Italia, en una casita precaria donde lo asaltaban serpientes y toda clase de alimañas cuando no lo sorprendía, en plena noche, una crecida del río que lo obligaba a salvar del torrente de aguas embravecidas lo poco que tenía. Mi hijo escucha la historia con la misma fascinación con que se asomó siempre a los cuentos infantiles a la hora de dormir, y no deja de observar que en algo la vida de Nino se parece a la de los personajes de Horacio Quiroga. Me dice ahora que es una suerte que no haya estado allí, en medio de la batalla, cuando los militares perseguían a la gente, quizá te hubieran matado. Pienso unos segundos. No sé si fue una suerte, respondo, en el fondo siento alguna envidia por esas gentes que defendieron sus ideas poniendo el cuerpo, dispuestas a morir por ellas, es un gesto romántico que añoro en mí, tomar algún riesgo hasta sentirme en peligro de muerte. Sebastián dice que a él le hubiera gustado ser caballero en la Edad Media, atrincherarse en su armadura y empuñar su espada para derrotar a ejércitos enteros. Dos formas del heroísmo. Quizá no estén sólo escapando, digo ahora, no se trata de cobardía, quizá en esa huida estén viajando hacia alguna parte. Se queda pensativo mientras juega con las cuerdas de la guitarra, un pequeño ejercicio de improvisación que va cobrando lentamente forma hasta desembocar en un tema de los Beatles. El celular tintinea de pronto, y leo un mensaje de texto: Me preguntaba cómo imaginás recibir el nuevo año. Beso. Sabrina. Cenaré con los chicos, y después sueño con poder encontrarme con una mujer dispuesta a una buena conversación. Te dejo un beso ahí, en la comisura de la boca. Alejo. De qué te reís, pregunta mi hijo. Nada, una tontería. Un beso en la comisura de la boca: una pregunta sin respuesta, una invitación al deseo, el umbral del sexo una calurosa madrugada de verano.

Amores náufragos

Un amigo suele recordarme los primeros días de diciembre que es saludable tener sexo el último día del año. Es un modo de asegurarnos una buena cama para los doce meses siguientes, dice. Estamos tomando una cerveza en un barcito frente al río, y vuelve a referir esa leyenda como lo hizo durante los años que lleva nuestra amistad. No importa cuánto alcohol corra en nuestra venas esa noche, advierte, debemos rebuscárnoslas para echarnos un buen polvo. Hace mucho tiempo, cuando no había cumplido aún los 20 años, un 31 de diciembre abandoné la cena familiar para irme a caminar s solas con mi melancolía. No era un muchachito rebelde, de modo que la decisión llamó la atención de mis padres y abuelos. Caminé durante un largo rato bajo una lluvia fina, mientras el estallido de fuegos de artificios se hacía más frecuente. Eran las 11 de la noche cuando llegué a una zona habitualmente atiborrada de gente. No había un alma en la avenida, y en muchos ventanales titilaban las luces de los árboles de Navidad. Llevaba en uno de los bolsillos del piloto un libro de Juan Carlos Onetti, creo que era El astillero: una promesa de desencanto y melancolía. Me detuve en el umbral de un edificio viejo para guarecerme de la llovizna, abrí la novela y comencé a leer para dejar que pasase el tiempo. De pronto una sombra fugaz y algo cansina me quitó la luz de una farola. Levanté la vista: era una muchachita que arrastraba los pies sin énfasis, un alma desolada, eso me pareció. Me decidí a seguirla, un poco para ofrecerle abrigo pero mucho más para obtener su compañía y calmar mi silenciosa desesperación. Caminamos a la par sin decir palabra durante un momento largo. No era bonita, pero tenía una luz en la mirada que la volvía entrañable. Yo estudiaba periodismo, ella pintaba y soñaba con ser actriz. Llevaba un abrigo liviano, y de uno de los bolsillos asomaba un libro. Quise saber qué leía. Extrajo el volumen de El astillero, y entonces le mostré la portada de mi libro. Se río como hacía mucho que no le sucedía. Me pregunté si el amor era eso, y seguimos caminando hasta que dieron las doce (una sirena estridente en la quietud de la noche). Hablamos de la novela, de sus personajes devastados por la soledad y de lo que de ellos resonaba en nuestro interior: la literatura como un espejo en el que reconocemos aquello que nos es vedado. Tomemos un café en casa, invité. Llegamos a mi viejo departamento de la calle Sarmiento, cuando empezaba a escucharse el zumbido de los primeros paseantes: jóvenes bullangueros, voces estridentes, el decir sinuoso de algún ebrio prematuro. Nos desvestimos apenas ingresamos en el living. Quedé sorprendido por la belleza de su cuerpo, desdibujado hasta entonces por sus ropas sencillas o disimulado en el recato de sus movimientos. Hicimos el amor hasta la madrugada, un amor lento y pesado, demorándonos en cada parte de nuestros cuerpos, con la desesperación que trae la sensación de vacío (la soledad: esa náusea) pero también con la dicha de habernos encontrado. Se fue después de tomar un café cerca del mediodía. Nos besamos: éramos dos náufragos que habían llegado juntos a una playa desconocida. No nos vimos nunca más.

Alta fidelidad

Un compañero me cuenta esta mañana, mientras suena una de las bellas canciones que grabaron en un álbum compartido Brian Eno y David Byrne, que ha vendido su discoteca de vinilos. Solemos hablar de música con frecuencia. El lo hace con verdadera pasión, un poco dado a la desmesura en los adjetivos, mientras yo guardo un recato aprendido en los días tempranos en que escribía sobre música en un periódico estudiantil y luego en un matutino de Buenos Aires. En esa vida anterior al ejercicio de la publicidad, durante unos cuantos años me ocupé de reseñar discos y películas. Mi tarea se parecía poco a un trabajo, aunque a veces la marea de novedades me llevaba dos o tres veces al cine en un mismo día, y la mayoría de ellas a ver films dudosamente eróticos o de artes marciales, como correspondía a un principiante en el oficio de la crítica. A menudo regresaba a casa, me daba una ducha y de inmediato debía escuchar discos, uno detrás del otro, para a la mañana siguiente anotar mis primeras impresiones. En esos años acumulé discos de los géneros más diversos que me enseñaron el placer de la diversidad. Hace algún tiempo (vivía todavía con Marcela) decidí deshacerme de la gran mayoría de ellos, reservándome solamente los de música clásica y algunos ejemplares que marcaron mi vida para siempre, entre los que estaba la edición de Cinema Trascendental, de Caetano Veloso. El resto fue a parar a otra vida, literalmente. Esa tarde de domingo estaba solo en casa, y dos horas después de que llegó a casa el dueño de una disquería de viejo ví mi fantástica colección montada en una furgoneta dispuesta a abandonarme para siempre. Eran discos que amaba, y amo todavía. Desde el primero que llegó a mi vida (un ejemplar de Machine Head, de Deep Purple: la furia de la primera adolescencia), todos fueron cuidados con el mismo esmero con que se atiende a un enfermo en terapia intensiva: durante tardes enteras, me sentaba yo frente a la discoteca, humedecía un paño con líquido antiestática y dibujaba círculos perfectos en el sentido de los surcos. Esos vinilos tenían el mejor sonido del planeta, y durante mucho tiempo me negué terminantemente a abrazar la tecnología digital. Quisieron convencerme de los beneficios del sonido digital cierta tarde en que un amigo me invitó a ver Alrededor de medianoche, una película con Dexter Gordon, en una copia de disco láser. En una de las escenas, el protagonista espiaba al saxo tenor bajo una lluvia torrencial. Cuando terminó la proyección me preguntaron qué me había parecido. Dexter Gordon toca como los dioses, dictaminé, pero la lluvia jamás suena así: nada de esto es verdad. Muchos años después, cuando ya me había rendido a los avances de la tecnología, de pie junto a la furgoneta, les dije adiós a mis más de mil vinilos sin que se me cayera una lágrima. Lo que se alejaba de mí para siempre era una buena parte de mi adolescencia, y sin embargo algo de ese desprendimiento (no sólo la partida) me resultó conmovedor: comprendí entonces que esos discos, y la emoción que produce escucharlos, irían a iluminar otras vidas.

Adiós, Dr. Freud

Es la última vez que me recuesto en el diván de mi analista. Durante un largo instante intento reconstruir en mi memoria su rostro, mientras escucho su silencio a mis espaldas. Es un rostro que ví durante años aunque nunca pude detenerme en sus pliegues, pues a poco de ingresar en el consultorio estaba ya recostado y debatiéndome con mis demonios interiores. La primera vez que nos encontramos me preguntó que me había llevado hasta allí. Quiero algo de paz, dije con alguna teatralidad, diría que tengo una vida interior algo compleja que muchas veces me hace infeliz. Es un buen diagnóstico para empezar, fue su respuesta. Rafael tiene el rostro de un sabio chino. Es un hombre de unos 70 años, de baja estatura y delgado, detrás de cuyos anteojos destella una mirada llena de curiosidad. Es parco en sus intervenciones, pero su trato es cálido y cercano. Debe de ser un apasionado de la Historia, porque muchas veces sus comentarios traen al presente alguna situación de la Antigüedad con afán ejemplificador. Siempre me impresiona pensar que es una de las personas que mejor me conoce, al punto de que mira con astucia y sagacidad un mundo que suele resultarme viscoso: mi inconsciente. No siento miedo, digo ahora, mientras escucho por última vez el ruido de los pájaros que revolotean en la espesa arboleda del Zoológico y el olor acre de las manadas trepa por el balcón. No debe tenerlo, dice él, usted sabe cuáles son sus deseos, y sabe también cuáles son las barreras que interfieren entre ellos y usted. Sólo tiene que vencerlas, y puede hacerlo. Sonrío, halagado. Eso puedo tomarlo como un alta médica, me río. Puede hacerlo si es lo que necesita. Escucho el crujido del sillón cuando se levanta, me pongo en pie y caminamos juntos hacia la puerta. Rafael sonríe cuando estrechamos las manos, y se despide. Me debe unos libros de Wimpi, pero son suyos, disfrútelos. Hace algunos meses me prestó un par de libros muy viejos que había leído en su juventud. Le dije que estaba por comenzar a publicar algunas anotaciones sobre mi vida, una suerte de diario privado que podía llegar a ser publicado, y que tenía enormes dificultades para escribirlo en la certeza de que nada de lo que me ocurría podía resultar interesante para los demás. No tengo nada nuevo para decir, me defendí entonces. Ese atardecer de julio (una tormenta descomunal bramaba al otro lado del ventanal que da a República de la India y el estrépito de la lluvia sofocaba el sonido de los pájaros y el barido de los elefantes) su respuesta llevó tranqulidad a mi espíritu. Imagínese si hubieran pensado como usted los grandes escritores posteriores a los griegos. No tendríamos a Faulkner, a Proust, a Chejov, a Dostoievski. No tendríamos a Philip Roth ni a Ian McEwan, a quienes usted admira tanto. Y lo mismo sucedería con todas las artes y las ciencias: el mundo se hubiera detenido hace mucho tiempo. Espero haberlo ayudado, me dice ahora, en el umbral del consultorio. Cito entonces, a modo de agradecimiento, una frase de Sartre que compartimos alguna vez: La libertad es lo que haces con lo que te han hecho. Desciendo en el ascensor, gano la calle y camino hacia alguna parte donde me aguarda el futuro.

Historias mínimas

Estamos con Sebastián en un espectáculo a cielo abierto con una luna inmensa. La marea humana salta y agita brazos mientras se escucha un ritmo latino, una cumbia ligeramente sofisticada, música de los márgenes sociales que es bendecida por quienes a menudo desprecian esa expresión orillera. Mi hijo de 12 años me señala allá, a unos pocos metros de donde estamos, y veo a un muchachito de su edad que no para de menearse en compañía de su padre. La música es acompasada, y el niño la sigue a su modo, produciendo ligeras rupturas e introduciendo novedades rítmicas con el movimiento, síncopas inesperadas, como si hubiera decidido improvisar con su lenguaje corporal, libre de ataduras, a la manera de un músico de jazz. Durante un largo momento abandono esa escena, y cuando regreso a ella descubro en el rostro del niño los rasgos del Síndrome de Down. El padre se acerca a su hijo, mueve sus brazos como un adolescente, lo abraza y baila con él, ríe a su pequeño invitándolo a compartir la alegría de estar juntos, entregándose al festín de la danza, cantando a voz en cuello, alaridos de felicidad, como si el resto del mundo hubiese desaparecido y estén sólo los dos, padre e hijo, bajo una luna inmensa que es pura poesía. Qué bueno, dice Sebastián sin quitarles los ojos de encima, ambos nos hemos quedado prendados de esa pequeña historia íntima, ojalá yo pueda hacer feliz a un chico así cuando esté arriba de un escenario. Es un privilegio que tienen los artistas: aunque seamos parte de una multitud, son capaces de susurrar en el oído de cada espectador, digo con mi corrección política indestructible al pequeño monstruo cuyos ramalazos de rock duro en la guitarra (Led Zeppelin, AC/DC) están lejos de cualquier intimidad. Cuando todo termina, padre e hijo llevan la felicidad en sus rostros: ríen como niños que son, ríen y bailan en el silencio de la noche, sin hacer caso de la multitud que abandona el estadio ni de la luz cegadora que nos ha despertado del ensueño, baten palmas y siguen una extraña coreografía cuya música oyen en el interior de sus almas, y acaso continúen haciéndolo cuando la ciudad descanse de sus fatigas en plena noche y la música continúe sonando en sus oídos y los haga un poco más libres.

Sexo en penumbras

Cuando Violeta ingresa en el comedor (una flor amarillo Simpson en el pelo, anteojos negros muy Victoria Ocampo, vestidito breve con la figura estampada de David Bowie como Ziggy Stardust) la multitud enmudece. Nadie ha querido perderse el relato erótico con el que procurará ir más allá de los límites que estableció Dana con su relato de un encuentro de sexo casual en la penumbra de un cine. Sold out, se escucha una carcajada. Violeta disfruta el momento: abre una caja de comida china con lentitud y come un bocado de pollo con almendras, toma un sorbo de agua mineral, mira a la audiencia expectante. Apaguemos los celulares, sugiere una voz del fondo. Violeta comienza el relato diciendo un amigo, y entonces un murmullo de incredulidad trepa en el aire. Un amigo entró en un cine hace muchos años. No recuerdo los detalles (me contó esta historia en medio de una noche en la que bebimos mucho), pero sí cómo se encadenaron los hechos. Julio (llamémoslo Julio, el mundo de la publicidad es pequeño) estaba en su butaca, y un poco antes del comienzo de la película miró a un costado y una chica le sonrió. Una mujer algo mayor, quizá en los bordes de los 40 años, me dijo, nada fea. Un momento después la mano de ella comenzó a rozar la de él, comenzaron a explorar sus cuerpos, digámoslo así, se besaron como animales, indiferentes a la mirada de los otros, se entregaron al placer infinito de saber que eran protagonistas de una escena prohibida. Ella era muy activa, tenía una actitud (estaba en celo, movía las manos de un modo salvaje y sin pudor) que siempre está reservada a los hombres. Cualquier hubiera dicho que era una puta. Cuando terminó la película se miraron a los ojos: estaban en llamas. Quiero llevarte a mi departamento, dijo Julio, no había lugar para demasiados matices. Ella le dijo sí, pero antes quería tomar un café. Julio se levantó, comenzó a ganar el pasillo, y cuando se dio vuelta la mujer estaba parándose con dificultad apoyándose una muleta: tenía una imperfección en una pierna que la hacía renquear de un modo muy visible, producto de un accidente de auto. Julio se sorprendió, fue a su encuentro y la acompañó durante el largo momento que tardaron en alcanzar la calle. Quería que la viese tal como era, fuera de la oscuridad de la sala. Cogieron esa misma tarde, y Julio nunca se arrepintió. Es uno de los polvos que mejor recuerdo a lo largo de toda mi vida, me contó. Se vieron durante varios meses, y una noche él le dijo que quería ver una película en su casa, pero con una sola condición: debían verla desnudos en la cama. Entonces vieron Regreso sin gloria, una película con Jane Fonda y Jon Voight en la que el muchacho volvía de la guerra de Vietnam en una silla de ruedas. En un momento de la historia, los dos personajes se encuentran en la cama y tienen una relación sexual, ella montada sobre él, en la que es una de las encamadas más conmovedoras de la historia del cine. Julio y su compañera hicieron el amor en ese mismo momento, como si fuesen un reflejo de la pantalla, y cuando estaban llegando al clímax ella se puso a llorar, feliz y desesperada porque no sabía si alguna vez iba a vivir algo parecido: nunca antes (nunca después, quizá) sintió que la habían amado con tanta generosidad, que la habían deseado con tanta locura.

Cine triple X

Si quieren les cuento mi historia erótica perfecta, aunque no estoy segura de que estén muy preparados para escuchar a una chica dar tantos detalles de un encuentro sexual algo perverso. Escucho la vocecita de Dana, y un escalofrío viborea en mi espalda. Comemos en la oficina, en un saloncito de pocas mesas donde cada mediodía la gente se apiña con sus viandas para compartir las noticias del día, chimentos maliciosos y algo de sus vidas privadas. Aquí, entre estas cuatro paredes ilustradas con grandes fotografías del mundo pop, una compañera contó que iba a hacerse las lolas, un muchacho relató minuciosamente las últimas horas de su padre enfermo y decrépito y una madre primeriza narró entre lágrimas las sensaciones que tuvo durante el parto. Aquí se ventilan todos los días sueños y pesares, encuentros sexuales, dramas íntimos, conversiones al otro sexo, tragedias conyugales. La comedia humana resplandece en los mediodías con olor a fritura y a pescado, a salsas caseras y frutas cítricas, y ese furibundo choque de mundos privados va construyendo una camaradería tan parecida a la amistad. Te escuchamos, Dana recibe el aliento curioso de un compañero, y entonces nos cuenta su historia. Era una tarde de verano, una tarde muy calurosa, yo llevaba apenas un vestidito corto y unas sandalias, y decidí meterme en un cine a ver una película al azar, con Tom Cruise. Saqué mi entrada, entre en la sala cuando ya estaba con las luces algo bajas, y me senté un poco lejos de la pantalla. Eramos unas veinte personas, no más, en esa función de los mediodías a la que no suele ir mucha gente. De pronto las luces se apagaron, y en ese momento sentí un ruido a mi derecha, torcí la cabeza y ví a un hombre que se acercaba. No lo ví claramente, apenas un perfil, llevaba un libro en las manos. Yo miraba la pantalla, pero no podía dejar de espiarlo por el rabillo del ojo. Se sentó a mi lado, se calzó unos anteojos y entonces comenzó la película, una comedia romántica algo superficial que ya no recuerdo. Habrán pasado unos quince minutos, cuando sentí que algo me había rozado una pierna a la altura del muslo. (Suena el estruendo de un celular, Esteban extrae el aparato del bolsillo de la camisa y atiende bajo la mirada fulminante de una audiencia incrédula. Nadie dice una palabra, pero los ojos inyectados de odio le dicen que corte ya. Te llamo en media hora, beso.) Unos segundos después volví a sentir el mismo roce y algo que se deslizaba hacia mi rodilla para luego desaparecer. Quedé paralizada, bajé ligeramente la vista y reconocí una mano en la penumbra, la mano en reposo de mi vecino. Sentí un escozor en el cuerpo, y cuando los dedos volvieron a rozarme empecé a respirar muy profundo, cada vez más rápido, con los ojos clavados en la pantalla sin ver. No me pregunten por qué, pero en algún momento mi mano fue al encuentro de la suya, buscó ese calor inesperado, y poco después su mano ya estaba sobre mi pierna, acariciándola, buscando la cara interior del muslo y el calor de mi pubis, tocándome una y otra vez. No sé cómo lo soporté sin moverme, quieta de terror, inmóvil y con el corazón galopando en el pecho y la lengua fría en la boca. De pronto mi mano buscó la hebilla de su pantalón, y lo demás podrán imaginárselo. Termimanos húmedos los dos, hechos una fiebre y exhaustos. Nunca más volvimos a vernos... Violeta interrumpe el silencio espeso. Dice eso no es nada, yo tengo algo mejor, mañana se los cuento durante el almuerzo, hagan sus apuestas, señores. Será mañana, entonces.

Eternautas

El hombre que tengo ante mí es el número 1 en una empresa de comunicaciones. Todos los días toma decisiones financieras, inclinado sobre el mapa estratégico de la compañía, maneja un cuerpo de gerentes a los que brinda coaching en el área de management, indica el camino a una organización de casi doscientas personas. Es un hombre faro: sus ideas iluminan, infunde liderazgo en los demás. Cada tanto nos reunimos para compartir impresiones sobre el mercado publicitario y de medios, pero algo nos desvía hacia temas de alguna intimidad, una curiosidad en la conversación masculina. El hombre que tengo ante mí (cuarenta años, una familia consolidada, una situación económica firme y una rara consistencia cultural entre sus pares) tiene un padre itinerante que vive en el extranjero. Ha sido un padre algo autoritario y distante, me dice. No hago preguntas. Quizá esté a punto de develarme (y acaso de develarse a sí mismo) un pequeño misterio. Hace algunas semanas, sonó el teléfono en la casa de Manzanares donde vive. Levantó el tubo, escuchó la voz firme de su padre, la voz de siempre aunque ajada por la fatiga de los años. Hablaron de cosas tribiales, naderías. De pronto, la voz al otro lado del teléfono cobró la sonoridad entrañable y quebradiza de la melancolía: "A veces me pregunto qué anda pensando esa cabecita loca?. El hombre que tengo ante mí repite la frase, una risita contenida en la comisura de los labios, y me gana una emoción extraña. La palabra de su padre lo ha devuelto a la infancia: para el anciano que hace cuatro décadas le dio la vida sigue siendo el muchachito a quien debe guiar y proteger de las hostilidades del mundo. ?Decidí entonces hacerle saber en qué estuve pensando en estos últimos años. Le envié dos listas con los libros y los discos que me conmovieron, que dejaron una huella en mí.? Lo cuenta con la misma ligereza con que su padre le hizo saber que añoraba estar más cerca de él: un padre preocupado por su hijo, que desea conocer algo de su destino y ponerlo a resguardo de cualquier daño. No sabe, no puede saberlo, que el suyo es un gesto amoroso de rara dimensión poética. Ni sus minuciosas lecturas del Dante ni la curiosidad que lo ha llevado de la gran tradición helenista a los pensadores del siglo xx (el hombre que tengo ante mí forjó su visión del mundo en una vasta cultura humanista aprendida en los mejores colegios de Roma, San Pablo y Buenos Aires) lo eximen de ser, cuando se enfrenta a sí mismo, un hombre pequeño: no es la grandeza lo que vemos al mirar en el fondo de un espejo, sino las grietas minúsculas que nos vuelven débiles, vulnerables, humanos. Cuando nuestros hijos son niños, el enigma es más fácil de descifrar. En las conversaciones que mantenemos con ellos, creemos poder escuchar la música que suena en sus almas. Miro a Sebastián, mi hijo de 12 años, en la penumbra del cuarto, la lámpara del velador iluminándole un mundo nuevo: esta noche de eclipse de luna le he regalado El eternauta, la novela gráfica de Oesterheld que compré hace varios meses aguardando este momento: un amplio ventanal se abre a un cielo infinito donde el candor infantil descubre planetas lejanos e inexplorados. Mi hijo lee con devoción, y cuando cierra el libro lo guarda en el estante más cercano a su corazón: después de alisar la portada, lo deja junto a su colección de Los Simpson y Star Wars. En el parpadeo en que lo despido con un beso en la mejilla húmeda, entreveo a Juan Salvo, Bart y Luke Skywalker, sus héroes en las noches de ensueño que fatiga su imaginación. Apoyo la cabeza en su pecho, como lo hacían los médicos de antaño, y escucho las voces de esos héroes que agitan la pequeña rebelión que comienza a gestarse en su cabecita loca de niño ya crecido, orgulloso y conmovido al sentir la ansiada cercanía de la adolescencia. ?Chau, pá?, me aleja dándose vuelta, es suficiente ya. Entonces vislumbro el momento de la partida, cuando abrazar a su padre le produzca rubor o no tenga siquiera ese impulso de la infancia, o cuando simplemente la vida nos aleje de modo inevitable, y quiera yo preguntarle que sueños y pesares andan dando vuelta por su cabecita loca.

Bajo el cielo protector

Miro los rostros de los chicos, envueltos en el estruendo del aplauso de sus padres, y me pregunto qué será de ellos. Lo que acabamos de escuchar en el salón de música de la escuela son tres canciones a cargo de nuestros hijos durante un acto de fin de curso. Sebastián abraza su guitarra eléctrica, limpísima después de haberle pasado un paño húmedo a primera hora mientras tomaba un vaso de leche chocolatada. Está serio, ensimismado, con la mano recorriendo el traste de la guitarra en algún ejercicio de digitación para calentar los dedos. Junto con Timo, uno de sus compañeros más entrañables, con quien está comenzando a dar sus primeros pasos en la amistad masculina, leen una anotación musical en un cuaderno, se dan codazos de complicidad, ríen con nerviosismo. Cuando empieza la canción, un estándar del jazz al que Sebastián aporta su guitarra rítmica, pienso en esas viejas fotografías publicadas en Guitar Player o Rolling Stone que muestran a Pete Townshend o Eric Clapton en alguna celebración familiar, cuando soñaban con ser estrellas de rock. Qué será de ellos. Hace unas horas, apenas, debí sentarme frente a algunos buenos compañeros de trabajo para anunciarles que una reforma estructural obligaba a desvincularlos de la compañía. Temí durante semanas enteras la llegada de ese momento, y muchas noches, cuando iba camino de mi casa, los imaginaba en el instante en que ellos habrían de llegar a sus hogares para contarles a sus parejas y a sus hijos que habían perdido el trabajo. Uno de aquellos días, mientras sonaba un disco de Stanley Turrentine, me senté junto a Sebastián en el living y le pedí disculpas por algún arresto de furia que derivó en un grito. Le expliqué que estaba muy tenso, vencido por la pena, y le dí las razones de esa tristeza. No te preocupes, me respondió mientras me abrazaba, si vos perdieras el trabajo yo te querría igual. Hubo algo reparador en esas palabras. En el eco de esa idea había una sabiduría que yo no pude descubrir. Anoche, cuando había pasado todo, tuve una sensación de vacío y una fatiga infinita. Sebastián me llamó a última hora para saber cómo me había ido. Supongo que mejor de lo que esperaba, dije en el teléfono, todo fue bastante amable y en algún caso fue afectuoso. Quiso saber si algunos de mis compañeros había llorado y le dije que sí, una de esas personas había llorado, pero no tenía de que preocuparse: aunque no tenía hijos, alguno de sus buenos afectos la abrazaría, y luego la vida seguiría su curso. Nada es para siempre, no lo son el dolor ni la desdicha. Esta mañana, cuando llegué a mi oficina, debí enviarle un correo electrónico a una de esas personas pidiéndole un contacto de su red laboral. Recibí lo que necesitaba al instante, y respondí con una línea: sos la misma bella persona de siempre. Cuando la llamé para confirmarlo, le pregunté cómo estaba. Todo bien, dijo la voz inesperadamente luminosa, con mi sobrina recién nacida en brazos. Era ése el abrazo protector que merecía.

Carne sobre carne

El almuerzo se parece a un viaje de estudiantina. Los hombres hablamos de sexo en el trabajo con lenguaje procaz. Se hizo costumbre que Violeta se una a nosotros, la única mujer en una banda de muchachitos rústicos detrás de su aparencia refinada. Violeta no se inmuta, a veces es ella quien nos desafía con comentarios inesperados. Pedimos unas hamburguesas que despedazamos a dentelladas. Alguien pregunta cuáles son nuestros lugares preferidos (secretos) para tener sexo en el trabajo. Cuento entonces una historia vieja. En la medialuz de una sala de cine de barrio, cuando todavía no había cumplido los 15 años, cierta tarde asistí a una función que perdura aún hoy entre mis mejores recuerdos eróticos. Eramos un grupo de púberes en plena explosión hormonal, y la recomendación de algún adulto nos había llevado hasta el Regina, un antro confuso donde habitualmente se exhibían películas de sexo y aventuras y donde el niñerío del barrio ensayaba sus primeras puñetas. Lo que proyectaban ese día era Carne, un título prometedor que no defraudó nuestra expectativa y cuya protagonista era una mujer de sexualidad primitiva y carnes firmes y abundantes llamada Isabel Sarli. Esa fue la primera vez que me toqué mirando a una mujer en movimiento. No era el único. En medio del silencio de la proyección, apenas interrumpido por diálogos a los que nadie prestaba atención, se escuchaba el traqueteo de las viejas butacas de madera frotándose contra los goznes desaceitados, movidas por la agitación de los cuerpos, y con el ulular de la respiración de bocas abiertas de los espectadores más exaltados. Una de las escenas más memorables de Carne (su clímax en la memoria de esa película) es el momento en que algunos empleados del frigorífico asaltan sexualmente a una compañera en el interior de un camión. ?Carne sobre carne?, dice uno de ellos mientras lanza a la mujer sobre una res sangrante. Recuerdo los rugidos de euforia adolescente, las palabras soeces, el estrépito de las risas retumbando en la penumbra, tan parecidas a estas con que ahora los muchachos festejan la retahíla de groserías machistas en este pequeño bar de Palermo. Violeta no mueve una pestaña, hasta que de pronto dice que un fotógrafo maduro le contó hace tiempo su más ardiente experiencia de sexo en el trabajo: se había montado a una compañera (fue eso, montársela, cabalgar la grupa anchurosa de la mujer escuchando sus alaridos) en la tenue luz de un laboratorio fotográfico, allí donde se producía la magia del revelado durante la jornada de trabajo y donde cerca de la medianoche, cuando las máquinas impresoras escupían ya de a miles los diarios del próximo día y la redacción se vaciaba de gentes y de ruidos, los más urgidos por el llamado de la carne saciaban su calentura. Dice Violeta que ella sueña con una cogida así, que la tomen por las ancas en una situación inesperada, que un hombre desconocido la someta en la oscuridad sin que ella vea su rostro y cabalgue su húmeda grupa, que un hombre (o mejor, la mano de un hombre) hurgue su sexo debajo de su falda mientras mira una película cualquiera sin mirarla, aguardando la caricia tosca de los dedos, abriéndose de piernas, jadeante y húmeda, cerrándose de pronto para sentir el calor de esa mano anónima entre las piernas. Dice eso Violeta, o sueño que lo dice, mientras observo su rostro poco agraciado, su rostro dócil que nada dice aunque yo la sueñe como la mujer más perra de la Tierra.

Pablo

Pablo llega en un arrebato, hace una entrada teatral en el bar, porque todo en él cobra la intensidad de una gran performance. En los ojos trae un mal sueño, en el cuerpo las marcas de una mala alimentación. Está angustiado, en un pozo profundo, siempre ha sido así cuando se sintió despechado, sólo que esta vez el arrebato de histeria y neurosis que tanto daño le causó en el pasado (peleas monumentales a la vista de todos, agresiones físicas, humillación pública) dejó su lugar a una despedida que es dolor puro, tristeza infinita. Me dejó por otro, dice antes de darme un beso y demorarse en el abrazo. Nos conocimos hace muchos años en una agencia donde éramos creativos junior, y en nuestra primera conversación dejó sentado un pedido: Si alguna vez decidís cambiar de lado, aquí estaré, esperándote. Desde entonces nos unieron muchas cosas y no ha dejado de conmoverme su espíritu vulnerable, su generosidad y su refinamiento para entender el mundo y sobre todo los afectos, la compleja red de vínculos amorosos que siempre consiguió desmadejar con astucia y una mirada muy honda de los hombres (y las mujeres). Tengo problemas muy básicos, dice frente a una cerveza, pero en este momento es esencial para mí alimentarme y dormir. En otros tiempo supo tener una costumbre singular: se enamoraba (y desenamoraba) de hombres fugaces, amores en tránsito, turistas o residentes que un día decidían viajar al exterior. Pero un día se enamoró de un arquitecto, compartieron un departamento, comenzaron a viajar juntos. Es el hombre de mi vida, me confió entonces, y era una frase nueva en su vida tumultuosa de pasiones incendiarias y gestos despechados. Me cuenta una historia que he escuchado antes: estaban enamorados, llenos de proyectos, y de pronto descubrió que había alguien en medio de los dos. Qué tristeza, dijo esa noche frente a la evidencia de la mentira, no te creía capaz de esto. Y entonces su hombre empezó a hacer las valijas, y en ese tránsito hubo roces de cuerpos y besos desesperados porque los hombres (los hombres que amamos a otros hombres, enfatiza Pablo) resuelven sus conflictos en la cama, en el choque violento de los cuerpos, en la pasión física, un poco como lo muestran las películas de Fassbinder o Pasolini, me dice. No han hablado casi desde entonces. Pablo se ha entristecido, ha llorado mucho, siente una vez más que su vida perdió el sentido para siempre. Se despidieron esta mañana. Un largo abrazo, quizá el último. Dice Pablo, y echa a llorar. Me levanto conmovido, lo abrazo, dice gracias. Siempre estoy acá, a tu lado.

El cuerpo en llamas

Es un día insípido de lluvias bochornosas. Todo parece suspendido, detenido en el tiempo. Suena un disco de Jane Birkin que he comprado esta mañana: la pequeña voz de un ícono pop del Swinging London, el recuerdo de su cuerpo frágil en Blow up de Antonioni. En la computadora parpadea un mensaje de Violeta: El deseo sin límites, el orgasmo en los bordes mismo de la muerte, y seguidamente me sonríe un emoticón color Simpson. A unos veinte metros de mi escritorio, Violeta lee estos apuntes, sabe más de mí por lo que delatan estos textos que por nuestras conversaciones siempre precarias y fugaces. ¿Almorzamos? Respondo que no, ando un poco abrumado por las presentaciones de fin de año, las interminables reestructuraciones y, tal vez, estoy algo fatigado de mí mismo, de mi insaciable perfil de seductor serial. Qué pena, escribe, me gustan tus historias, me gusta cómo me retrataste en ellas. Eso es lo tentador, escribo yo ahora, observarse a lo lejos, la distancia estimula la curiosidad. Beso, escribe, y enseguida un emoticón que es un corazón partido. Dana apoya una cadera en mi brazo, levanto la vista y veo en su rostro un mohín de despecho mezclado con una sonrisa. Ya lo decía Woody, dice ella ahora, el corazón es un músculo tan flexible. Como ves decliné la invitación, soy un monje tibetano. Reímos. Bajo a tomar un café en un barcito adonde suele mostrarse la fauna de la televisión, en las cercanías de una productora. Hay una muchacha bonita que lleva en el rostro los restos espesos del maquillaje, un cronista deportivo y el hombre que todas las mañanas anuncia el estado del tiempo, las probabilidades de lloviznas y otros detalles meteorológicos que pueden cambiar la vida de los hombres y a quien los responsables de la emisora han decidido entregarle horas enteras de la programación, sólo comparables a las destinadas a la crónica roja: asesinatos, violaciones, incestos, secuestros, deguellos y venganzas cuyo relato minucioso es apenas interrumpido por el simpático meteorólogo, cuya palabra oracular es aguardada por la feligresía como se espera la bendición papal. En la mesa contigua, agazapada detrás de unas pestañas y un tocado muy teatrales, sonríe una mujer de unos 40 años, de mentón cuadrado y ojos recargados de sombras, las piernas cruzadas debajo de la mesa enfundadas en una minifalda ceñida. Sonríe, y mi ofrece su sonrisa sin pudor. Diríase que es una mujer bonita, aunque las facciones son algo toscas bajo la crudeza de los rayos del sol. Está tomando un trago en una tulipa, y juguetea con la copa humedeciéndola con unos gruesos labios que dejaron ya huellas de rouge en los bordes. Hola, dice mi vecina, y la voz resuena, gruesa y rotunda, entre las paredes del pequeño bar. Hola, respondo con cortesía, y abro un libro para evadir la conversación. Transcurren unos minutos en silencio, durante los que me meto de lleno en El mal de Portnoy, de Philip Roth, la historia de un muchachito que descubre su cuerpo y con él las delicias de la masturbación y los peligros de la clandestinidad, dejando tras de sí, oculto a la mirada severa de sus padres, un rosario de simientes viscosas sobre butacas de cine, colchas, toallas, cortinas y su tesoro más preciado, las prendas íntimas de su hermana mayor. Eso es lo que cuenta al menos el capítulo Pajas, y el sentimiento de culpa que agobia al personaje me recuerda los modos en que durante mi adolescencia debía sofocar los crujidos de la cama bajo la frotación nerviosa del cuerpo en llamas en medio del silencio de la noche, y la desazón que producía en mí,  a la mañana siguiente, ver el dibujo humillante de las manchas amarillentas en las sábanas. Debe ser bueno ese libro porque hace cinco minutos que no me mirás. El vozarrón me quita de la historia, pero sobre todo es inquietante el tono desafiante. Levanto la vista con cuidado, y una luz nueva me deja ver entonces el espesor de los tobillos, la contundencia de las caderas, la indisimulada rusticidad de manos y rodillas. Es una mujer sola, o el recuerdo de un hombre que habitó en ella. Te pago 200 pesos si esta noche dormimos juntos. Qué lástima, pensé que pagarías bastante más, respondo y sobreactúo la broma, e imagino que en unos minutos mi amiga contará sus desdichas de travesti viejo en un programa de chimentos baratos. Cuando suena el celular, escucho la voz urgente de un amigo entrecortada por la angustia. Me estoy separando, dice Pablo, solloza como un niño, es la misma voz que me acunó en mis peores momentos, compañera y protectora. Fabián se enamoró de otro hombre.

El amor después del amor

Marcela abre la puerta de la casa. Lo primero que observo es su sonrisa perfecta, el rostro sin maquillaje, el atuendo sin pretensiones pero cuidadosamente elegido. Nos saludamos con un beso prudente, calculado por los dos, un roce apenas de las comisuras de los labios, equidistante de las crueldades del despecho y de las fogocidades del amor perdurable. En una caída de párpados, como sucede cuando pasan una a una las diapositivas de las vacaciones familiares, la vista recobra tres o cuatro imágenes del pasado. Son los mismos los sillones del living, las pequeñas estatuas egipcias adquiridas en algún viaje europeo, la lámpara de pie bajo cuya lumbre leí las obras monumentales de los grandes autores y el chismorreo del mundo del espectáculo, la alfombra azul con una guarda de motivos asiáticos sobre la que jugué con mis hijos y donde algunas noches terminamos haciendo el amor en silencio con Marcela, sofocando los crujidos del sofá y el gemido de los cuerpos ardientes. Todo está detenido en el tiempo, intocado casi, como si apenas hubiese abandonado yo la casa esta mañana rumbo al trabajo, y sin embargo han pasado tres meses desde el día en que nos dijimos adiós, tan solo eso, una despedida provisoria y sin énfasis, la inauguración de un paréntesis. Son las 9 de la noche, y cuando regresa de la cocina (cinco minutos, no más, suficientes para sentir la inquietud que produce lo familiar cuando se vuelve extraño), Marcela me ofrece una copa de vino rosado que acompaña con queso trozado y aceitunas negras, todo sin hacer preguntas innecesarias. Imagino que estamos aquí por muchas razones, otra vez juntos al abrigo del mismo techo, pero la única que nos atrevimos a poner en palabras es la necesidad de dividir los libros y los discos acumulados durante años, muchos de ellos de autores que veneramos los dos, y otros ofrendas entregadas amorosamente a la persona que amamos para alumbrarle un universo poético hasta entonces desconocido. Nos sentamos en el piso frente a la vasta biblioteca, y recién entonces comprendemos que la tarea será ardua. Algunas cosas están claras. Mi equipaje habrá de cargar los desvencijados volúmenes de Sartre y Camus, el ciclo de novelas policiales de los grandes creadores del género incluídos Dashiell Hammett y Raymond Chandler, el jazz y la bossa nova. Marcela se quedará para siempre con los maestros rusos que perviven en volúmenes elefantiásicos y con la poesía española urgente cantada por Paco Ibañez, con las canciones sefaradíes y la colección de National Geographic, un precioso catálogo en el que atesora su gusto por la naturaleza y los espacios abiertos, una muestra de su vitalidad arrebatadora y su sentido de la aventura, tan distantes de mi vocación por el encierro y el aislamiento. Lo demás será parte de una larga conversación. Sigo una hilera de libros con el dedo índice en el sector de la S, y me topo de pronto con Los amores difíciles de Italo Calvino, una broma del destino, lo abro y leo una línea de la dedicatoria en la que reconozco la letra cursiva agitada de Marcela: Ojalá compartamos toda la vida el placer de la dificultad. Ella está sentada junto a mí, y mira con curiosidad un disco de Caetano Veloso como si en la imagen de la portada (mar y arena, sol y un cielo infinito) encontrase la esencia de un amor perdido. Nos miramos. Me parece que nunca nos despedimos, dice ella tomándome la mano sin tomarla, una caricia, la pasión recobrada o la melancolía. Nos besamos como niños, un deseo nuevo, los cuerpos vibrando en el reencuentro, húmedos de deseo y de miedo, nos besamos largamente como la primera noche, reconociendo cada pliegue de la boca, los movimientos tentativos de las lenguas, mordiéndonos orejas y cuellos, palpándonos y oliéndonos, ardorosos y al tiempo cohibidos como adolescentes, amándonos hasta quedar exhaustos. Escribo de mañana, horas después, y llevo todavía en los dedos el olor imborrable del sexo, la memoria del cuerpo recobrado, el amor inscribiéndose para siempre en la carne y en la piel.

Intimidad en el parque

Diego es uno de mis compañeros de trabajo. Nos une esa afinidad liviana que enhebra dos vidas en conversaciones fugaces (y en apariencia triviales) cuyo escenario inesperado puede ser la cocina donde buscamos el café. Suelo hacer en ese ámbito preguntas inesperadas. A veces le pregunto a alguien si es feliz, y en caso de que la respuesta sea afirmativa (siempre lo es) intento averiguar por qué. Mis compañeros me miran con alguna curiosidad, pero siempre responden: todos necesitamos ser escuchados, hace oir nuestros sentimientos más íntimos y sentir que le importamos a alguien, sea esto o no verdad. Diego tiene una hija de 7 años. Eso me dice mientras pulsa un botón en la máquina de café, y agrega que este fin de semana se fue de picnic con su pequeñita. El sábado a la mañana cargaron una pequeña heladera sin muchas más ambiciones que ir juntos a un parque para escapar del bochorno de la ciudad: fiambres, gaseosas, un mazo de cartas y un frisbee. Lo demás fue una extensa conversación entre padre e hija. No hay temas menores en esa charla. Aunque nos hablen de sus juguetes preferidos o de algún altercado escolar, no importa lo mínimo que sea el tema, escucharlos es un modo de vislumbrar cómo crecen nuestros hijos. Diego le preguntó a Lola (su hija se llama Lola, uno de los nombres más hermosos que pueda llevar una mujer) quién es ahora su novio. Lola le ha respondido cosas de niños: se ha peleado con el anterior, un gurrumín que la tuvo a maltraer dos semanas enteras de su pequeña vida, y un nuevo varoncito ocupa ahora sus fantasías de princesa candorosa. Diego habla de su hija con una luz nueva en los ojos. Es el fulgor que llevamos los padres en la mirada cuando hablamos de aquello que amamos de una vez y para siempre. La niña corre por el parque, se detiene frente a un grupo de niños que arrían un barrilete, sube a unos juegos de madera en un arenero. Su padre la sigue con la curiosidad con que se observa el paso de un asteroide: todo ser humano es un enigma, y más aún lo son los hijos camino de su futuro. A veces, cuando ví corretear a un muchachito en la plaza o jugar con plastilina en las guarderías, me vino a la mente la imagen de personajes siniestros durante sus infancias. (Adolf Hitler siempre es la primera imagen: un niño rubio, algo retraído, de rostro redondo y con un bigote mínimo en el centro del labio superior.) Hace muchos años la madre de mis hijos me preguntó, un poco en broma, qué destino soñaba para Sebastián. Le dije entonces que me gustaba la idea de que fuera parecido al de Marlon Brando, uno de los grandes actores del siglo XX. Marcela abrió los ojos, incrédula. No entendía por qué razón me dejaba enceguecer por los brillos de la celebridad, que me impedían ver la realidad más cruda: Brando fue un artista abrumado por los padecimientos, me recordó, entre los cuales ocupó un lugar central el suicidio de su hija Cheyenne, de 25 años, víctima de profundas depresiones. Tenía razón. Esta tarde no pude preguntarle a Diego qué destino sueña para Lola. Sólo me pareció una imagen bellísima la que me regaló junto a la máquina de café, y luego, cuando ya habíamos vuelto al trabajo, los imaginé regresando en el auto, ella exhausta después de tantas correrías, el vestidito arrugado y con manchas de hollín, los zapatos con los restos de la arena, él henchido de bienestar. Imagino que sueña que sea feliz, que es el modo más noble de soñarlos, porque saberlos felices es lo único que le da un sentido verdadero a nuestras vidas.

Pasaje a la India

Micaela está sentada en los bordes de la cama. Cenamos juntos un pollo al curry delicioso, charlamos mucho y sin embargo ella parecía estar en otro lado, un tanto ajena a la conversación, sumida en pensamientos extraños. Qué sucede, pregunto mientras suena en el living un lied de Schumann y crece entre nosotros una atmósfera de familiar intimidad. Está planeando un viaje, eso es todo. Quiere conocer la India, sumirse en sus enigmas milenarios, quizá inscribirse como voluntaria en la orden de la Madre Teresa de Calcuta. Es uno de esos viajes iniciáticos que todo adolescente soñó alguna vez en ese instante en que buscamos un sentido a la vida y tendemos la mirada al interior de nosotros mismos. Se abre un silencio que Mica interrumpe con una sonrisa de dientes blanquísimos para decirme que extrañaré sus reproches. No suelen ser tantos, no exageres. Me dice que viene rumiando esta idea desde hace ya un tiempo, algo incómoda con el mundo en que le ha tocado vivir. Necesita vivir una experiencia interior, tomar contacto con cosas más verdaderas, interrogarse sobre su futuro. Hace una pausa, la miro en el fondo de los ojos y antes de que haga preguntas me dice que sí, es probable que la decisión de no tener un hijo la haya llenado de preguntas nuevas. La voz de barítono de Dietrich Fischer-Dieskau, en la cúspide romántica de Schumann, añade una nota de melancolía. Mica bebe un sorbo de té de menta, apoya el pocillo en su falda y recuerda que compramos esa pieza de cerámica con pequeños caracoles incrustados en alguna playa uruguaya, cuando éramos una familia que soñaba el porvenir. Todos seguimos teniendo sueños, digo con alguna gravedad, en el afán de protegerla del desencanto. Dice sí riéndose con los ojos, una concesión al padre de buena conciencia y militante de la corrección política. Quiero saber lo que ha dicho del viaje Marcela, su madre, y apenas hago la pregunta recuerdo que en su juventud temprana Marcela recorrió durante algunos meses América latina. Me dijo que eran ritos de pasaje familiares, ella quiso vivir una experiencia similar cuando cumplió 18 años. Tiene un gran recuerdo de esa aventura, conoció en Cuzco al primer gran amor de su vida. Por suerte no funcionó, si no quién sabe dónde estaría yo ahora. Es una mujer, Micaela. No te preocupes, me las habría ingeniado para encontrarte otra madre, no me hubiera perdido una hija así por nada del mundo. Mica pega un brinco sobre la cama y en dos segundos está abrazada a mí, me estampa un beso en la mejilla y me revuelve el pelo. Imagino entonces a mi hija haciendo ese movimiento en la cama, con otro hombre a su costado, tan niña ayer y ahora capaz de encender el cuerpo de su compañero. El mundo sigue avanzando, y con él nuestras pequeñas vidas. Afuera se levanta una ventisca que trae el golpe repetido de un ventanal. Te llevo, vamos. Bajamos en el ascensor y caminamos hacia el auto abrazados, el uno junto al otro, y ya extraño el calor de su cuerpo cuando emprenda el viaje con el que ha soñado siempre, el viaje que la llevará a tierras desconocidas tan lejanas y donde sin embargo se encontrará consigo misma, con sus sueños, con su futuro.

Tus zonas erógenas

Dana levanta una ceja, arroja el diario del día sobre mi escritorio y me dice: estás por ingresar en tu mejor momento. Tomo un sorbo de café, leo la noticia del momento: el 65 por ciento de las personas que hacen una consulta sobre alguna disfunción sexual tiene menos de 40 años. El reverso de esa información es lo que importa: el año próximo pasaré a formar parte de una comunidad masculina sin excesivas dificultades en el plano erótico. O mejor: los jóvenes, sementales hasta no hace mucho en la afiebrada imaginación de las mujeres, no son lo que parecían ser. Sonrío. Dana me mira ahora desde su escritorio, montada en un par de botas tejanas que le dan un aire sado interesante. Uno de mis compañeros se detiene un segundo frente a mí, se quita los auriculares del iPod y me pregunta quién es la muchachita cuyo pie me ilusionó tanto la tarde de ayer. Pasó el último tramo del día mirándole los pies a las chicas, buscando ese pie delicado y perfecto, aunque reconoce que no es una de sus zonas erógenas preferidas. Almorzamos temprano en el bar de siempre, y el tema reaparece pese a que se ha sumado al grupo una compañera llamada Violeta, cuya presencia no calma a las fieras sino todo lo contrario: los varones disfrutamos de escandalizar a una dama, y mucho más si ella es prudente en sus comentarios y algo tímida. La nariz, dice uno de los sexópatas del grupo, hay algo en ese apéndice sexualmente ignorado que lo seduce, y mucho más todavía si la montura de la nariz es excesiva como sucede en las mujeres judías cuya fogocidad, digámoslo de paso, es legendaria. Otras regiones del cuerpo tienen mayor consenso durante la conversación: allí donde se ahueca la espalda, las muñecas, el ombligo, los hombros, el umbral de la vulva. Violeta escucha detalles en silencio, nada dice pese a la mirada insistente de los hombres. Utilizamos un lenguaje si no delicado, al menos bastante más sobrio del habitual, porque la provocación tiene sus límites. La lista descarta tetas y culos, desde luego, porque son zonas erógenas que están fuera de cualquier discusión y acuden a la pulsión sexual del hombre primario. Violeta dice de pronto que el cuello es su región preferida en los varones: de acuerdo con su experiencia, en ese tronco se asienta la masculinidad o mejor la hombría, y un cuello firme y preferentemente grueso augura en su imaginación un hombre protector y, lo que es más importante, un miembro igualmente firme y dominante. Todo eso lo dice con un tono neutro, sin sumarse al clima de contenida estudiantina, como si se tratase de una hipótesis académica que presenta a una audiencia de expertos. Se produce un silencio breve pero significativo. Digo entonces (será la primera de mis dos únicas intervenciones) que en cualquier caso la lengua es nuestra mejor aliada en el reconocimiento del cuerpo femenino, y con ella la boca que todo lo hurga. Violeta dice entonces que produce en ella un raro placer que la muerdan, y alcanza la cumbre de su calentura cuando siente el filo de los dientes clavándose en la carne, y agrega que la excitación es aun mayor cuando en la embriaguez del deseo siente que afronta alguna situación de peligro. La idea del peligro me sugiere entonces confiarle al grupo que uno de mis placeres más altos es tomar a la mujer del cuello y presionar con mis manos con firmeza aunque sin perder el control, lo suficiente para sentir que a ella le falta el oxígeno. Es una práctica llamada asfixiofilia, utilizada con mucha frecuencia en ámbitos del sexo sadomasoquista con utilización de cinturones, corbatas y otros accesorios que permitan incrementar la excitación mediante la privación de oxígeno. Violeta pestañea debajo de los anteojos. Es una situación de goce extraña y maravillosa, dice. El resplandor del sol pegándonos en las caras no me deja ver con claridad, pero creo entrever que su respiración se ha agitado de un modo sutil. El silencio es ahora más largo. Los hombres nos miramos preguntándonos si debemos avanzar en la conversación. Sexo y muerte, un clásico de todos los tiempos, dice ella levantándose, y se va. No es especialmente bonita, su cuerpo no convoca las miradas cuando nos deja. Es sólo su cuello, el deseo sin límites, el orgasmo en los bordes mismo de la muerte.

Fetiches

Es una reunión tensa en la que se juega el destino de muchas personas y el futuro de la compañía. El mundo ha cambiado, el futuro es un enigma indescifrable, los efectos sobre la industria son visibles. Sentado en un extremo de la mesa, rodeado de colegas de gesto circunspecto, llama mi atención un movimiento ligero debajo del extenso plano de vidrio en torno del cual está sentada la línea de gerencia. Miro por el rabillo del ojo, la cabeza apenas inclinada: es un pie femenino aleteando, como si se moviese a la sombra de un ritmo que sólo escucha su dueña. Es un pie hermoso, de piel tostada, las uñas pintadas de blanco, cinco piedras preciosas en las extremidades de los dedos delgados. El pie está enfundado en una sandalia de tiras angostas que lo dejan casi al desnudo, dejando ver las venas que corren como ríos sobre el empeine. Levanto la vista para observar el rostro de la mujer. Es un rostro bello, sereno y armonioso como el resto de su cuerpo, pero los azares del deseo han querido que ni la precisión de los hombros ni las voluptuosidades de los pechos y las caderas (mal disimulada por una amplia pollera que deja apenas al descubierto el comienzo del muslo que ella, cada tanto, cubre con preciosa coquetería) convoquen mi atención. Sin proponérmelo, casi, vuelvo al pie que aletea tan sutilmente, y comienzo a imaginar su sabor, un perfume de duraznos y las deliciosas asperezas de la piel, las inesperadas durezas de las uñas esmaltadas, las concavidades del arco y las formas más pequeñas de los dedos, la ascensión del empeine conduciéndome a las firmezas del tobillo y a las promesas carnosas de la pantorrilla y a todo lo demás. El pie es tan sólo el comienzo de la aventura erótica, pienso en medio de ese sueño, arrullado por mis fantasías. Cuando vuelvo a levantar la vista, cinco minutos después o quizá diez, mi compañera me está observando con una media sonrisa que no llega a ser complicidad pero sí una disculpa, o pura coquetería, tras haberme pescado mi mirada indiscreta e insistente. Cruza entonces las piernas cambiándolas de posición, y el movimiento deja al descubierto parte del muslo y agita un viento que trae el frescor de su perfume, aunque inmediatamente ella vuelve a cubrirse, discreta, que es también un modo de ofrecerse. Me mira, curiosa, interrogante, lejana. Me encanta tu sandalia, miento. Se ríe en una carcajada.

Encuentro con Carlos Gardel

Es un hilo de voz el que me arranca del sueño; una voz que, imagino, alguna vez derrochó virilidad y cautivó el corazón de las muchachas. El tarareo vacilante me hace saber, sin embargo, que lo que suena es un tango, una canción triste de otro tiempo que trae el recuerdo de un amor traicionado. Es noche aún, la voz fatigada se abre paso en el silencio de la madrugada, deja escuchar su historia doliente, evoca los fulgores de un amor vehemente y las desdichas que lo sepultaron. De pronto calla, no cuando la canción concluye sino apenas su letra trae alguna imagen mísera del pasado que la enmudece. Cuando regresa, la voz quiere recobrar esplendores de otro tiempo, pero se derrumba sin más: es el recuerdo de una voz, la voz de un hombre viejo y solo.

Escucho al cantor con la inocencia (y la felicidad súbita) de un niño. Es su voz la que me acerca sonidos de la infancia, tangos antiguos que solían despertarme en las mañanas. Es la voz de mi padre, solo en la cocina de la casa, jugando a que ha cumplido con el sueño de ser cantor de tangos. Es mi padre procurando enseñarme los estilos de cada orquesta, ensayando un extraño silbido que evoca los violines de Carlos Di Sarli o el golpe rítmico insistente de La yumba, de Osvaldo Pugliese. Es la eterna discusión sobre el Polaco Goyeneche, cuya expresión honda y fatigada admiro en sus últimos años para desesperación de mi padre, que conoció los resplandores de esa voz treinta años antes y se enfurece conmigo. ?No entendés nada?, se enoja conmigo. Y entonces soy yo quien arremete con Astor, provocándolo con tal de prolongar esa charla antes de que me lo arrebate el trabajo, o mi madre, o sus silencios, y es mi padre quien me dice que el mejor Piazzolla fue el arreglador de Troilo, que después dejó de hacer tango, que eso era otra cosa, aunque con el tiempo irá a reconocer que alguna razón tenía yo, y entonces concederé que sí, porque no se puede hacer de hijo todo el tiempo, que el Polaco de la década del 50 era fantástico, quizás el mejor de todos.

Un leve quejido me devuelve de ese recuerdo. La voz se ha detenido un instante y aprovecho ese paréntesis para ir a su encuentro. Me detengo en el umbral del vecino, hago sonar la campanilla y aguardo. La puerta se abre y me deja ver a un hombre cualquiera a no ser por un hecho excepcional: su rostro es casi una réplica del óvalo inconfundible de Carlos Gardel. Me hace pasar sin hacer preguntas. Tampoco las hago. El anciano se sienta en un sillón, en uno de los rincones del cuarto en penumbras, y me invita a que lo acompañe. Escucho, de pronto, un rasguido metálico de guitarras viejas, un sonido familiar que no consigo reconocer del todo en la grabación lejana y gastada. Sólo me llega la verdad cuando el anciano aclara la voz y retoma su canto fatigado: las guitarras son las que acompañaban a Gardel y el tema es Mi noche triste.

Permanecemos así un tiempo largo, cada uno entretenido con sus recuerdos. Empieza a vislumbrarse el sol a través de las persianas cuando el anciano se detiene, disponiéndose a hablar. Me pregunta cómo llegué hasta allí. ?Me trajo su voz?, le digo. Sonríe, halagado, y deja ver una sonrisa fulgurante, como detenida en algún tiempo remoto, que nada tiene que ver con su edad. Quiere saber si me gusta el tango. Le hago saber que sí, lo escucho desde mi infancia, guiado por la voz de mi padre. Me pregunta qué cantaba. No he retenido nombres de tangos, respondo, sino de intérpretes: Marino, Fiorentino, Goyeneche. No concibe que la nómina no incluya a Gardel. ?Nunca le gustó demasiado, ni a mí?, digo sin precaución, de puro gusto por provocarlo. Me cuenta entonces, sin remordimientos, su pequeña historia: toda su vida ha imitado a Gardel, favorecido por su parecido físico, en películas olvidadas, en locales nocturnos donde se bailaba el tango y aun en las ferias de las calles de Buenos Aires. No ha sabido hacer otra cosa, su vida ha sido la réplica de otra, el recuerdo de una figura y una voz ajenas. No ha tenido familia, ni amigos. Sólo el recuerdo de un temprano amor despechado, la compañía quejumbrosa de las guitarras, el fugaz aplauso de un auditorio pasajero. "Pero siempre es a él a quien aplauden", dice, con más resignación que abatimiento, como quien hace mucho tiempo aceptó un destino y decidió ser otro.


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  • AutorAlejo

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