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Ideas millonarias: el perfume de Julián Bedel

Estudió química y botánica para crear sus propias fragancias. Hoy sus aromas los eligen Elton John, Michelle Obama y la viuda de Steve Jobs. 

  • Julián Bedel, creador de Fueguia.

 

Por Cicco / Foto de Ignacio Sánchez 

 

La belleza, para buena parte del mundo, entrará por los ojos. Pero a Julián Bedel le ha entrado fundamentalmente por la nariz. Hijo de arquitecto y artista reconocido -Jacques Bedel-, su casa era una pasarela de artistas, materia gris científica y grosos de los grosos bebiendo vino tinto importado y debatiendo sobre uno y el universo con papá Jacques. 

A Julián todo aquello lo hizo soñar en grande. Algo, por así decirlo, se olfateaba en aquel niño. En la escuela primaria Modelo -secundaria dio libre- era un apasionado con la química, pero le pesaba todo el resto. Cuando visitaba los campos que tenía su familia -y eran bastantes-, el pequeño Bedel olía todo: la leña ardiendo, las hojas secas, el pasto mojado y mañanero. 

De joven se volcó a la música y esa pasión por el arte y las maderas la puso un tiempo en el arte de construir guitarras. Fue un talento natural. De los 11 a los 14 años aprendió el oficio. En 2007, viajó a perfeccionarse a Estocolmo, donde trabajó codo a codo con un luthier durante seis meses. Construyó guitarras para los clientes de su maestro y guardó, de todo aquel viaje, una guitara para él. 

En un momento se puso corporativo y estrenó una consultora, Forma, especializada en el desarrollo de marcas, y entre sus clientes más resonantes tuvo la concepción del Malba. Un emprendimiento faraónico que le llevó seis años redondear. Lo hizo todo de punta a punta y a Bedel se le ocurrió la loca idea de encontrar, incluso, el aroma propio del lugar. Ya lo decíamos: la belleza, a él, le entraba por la nariz. 

Para eso, se encerró en su casa y, cual chico con juguete nuevo, se puso a experimentar. Creó 10 fragancias para el Malba, y su socia, Amalia Amoedo, nieta de Amalita, le subió el pulgar a una de ellas. Y esa ocurrencia, aparentemente lateral, terminó como protagonista de la vida emprendedora del olfateador serial de Bedel. 

Le gustó tanto el resultado que compró esencias, balanza y agitador magnético -es decir el kit básico de todo perfumero- y montó, entusiasmado, un laboratorio en la cocina. Luego, lo trasladó al living. Al final, en el cuarto. Hasta que se mudó a otra casa. Y tuvo el primer laboratorio hecho y derecho. 

Como buen autodidacta, aprendió a los golpes. Le llevó un tiempo, por ejemplo, comprender la volatilidad de los ingredientes, la diferencia entre pesado y ligero y que las fórmulas fueran, al final del proceso, lo que él quería y no un Frankenstein de los sentidos. También se hizo un matete durante la saturación de ingredientes, donde se busca controlar los elementos intensos y darles un respiro y un espacio a los elementos sutiles. En materia de conocimiento, Bedel se hizo de abajo, pero llegaría bien arriba. Llegó a conocer a los grandes proveedores de esencias. Entendió por qué la rosa de Bulgaria y el Oud tienen tanta fama, y tan bien ganada, en el mundo de los perfumistas. 

La primera fragancia que creó, tras el olor a Malba claro, fue una amalgama de cedro y olor a libro viejo. A Bedel se le encendió la lamparita -una lamparita que, en su familia, venía encendiéndose desde tiempos inmemoriales- y la bautizó, en honor a Borges: Biblioteca de Babel. Desde entonces todo fue hallazgo y revolución. Latinoamérica, donde no existía ni tradición ni competencia de laboratorios de perfumes, era un campo fértil para un creador de perfumes -un audaz que, por otra parte, como le decía, no tenía estudio alguno-. Y así, en ese campito de flores, Julián salió, hoz en mano, a capturar aromas. Su novia olía el resultado y daba el veredicto final. 

Tuvo apoyo incondicional -y, en especial, económico- de Amoedo, la nieta de Amalita, que se transformó en socia fundadora. Y a esa locura le puso nombre: Fueguia 1833, en memoria de una aborigen educada en Europa que luego regresó a su patria. Algo de eso pergeñaba el olfato de Bedel: emplear el refinamiento y la tradición de perfumistas made in Europe y darles un golpe de horno local. Así introdujo desde palo santo del Chaco, inciensos de Misiones y hasta destilaciones con -escuche bien- yerba mate. Los europeos, fascinados con esa actitud desafiante del naso. 

En lugar de botellita de diseño, con forma de cinturita de avispa como uno encuentra en tanto free shop, hizo unas botellas tradicionales y les puso, de puño y letra, el nombre y, por otro parte, le dio la espalda a distribuir en free shops, para marcar diferencias. Y a los aromas les dio alto vuelo literario y argentino: hay perfumes borgeanos y otros que remiten a paisajes ciento por ciento nacionales, como Misiones y la Pampa Húmeda. 

El hombre se propuso, como buen argentino, nadar en contra de la corriente. Mientras las grandes corporaciones perfumistas los tienen a Antonio Banderas o a Johnny Depp, o se engalanan con Shakira, Paris Hilton o Taylor Swift, pero apuestan por los aromas sintéticos, Bedel se resistió a apostar el destino de sus perfumes por los hombros de una celebrity. Y, en lugar de pagar contratos millonarios por enrostrar a estrellas en sus modelos, se gastó hasta lo que no tenía en encontrar la planta justa para lograr el perfume. No importaba que hubiera que esquivar cobras o rodear volcanes. Él los quería. Y pagaba por ello. Su experiencia en el campito familiar le sirvió de apoyo: nada como el olor de la naturaleza. 

Hoy Bedel, winner, consagrado por las grandes narices del planeta, dice que sus perfumes no son de lujo, son de nicho. O, en otras palabras, un lujo tan exclusivo que la palabra le queda chica. De cada modelo, en lugar de fabricar botellitas a mansalva por decenas de miles, él elabora 400 por lote. No más. Es decir, probablemente, un año más tarde, ese mismo modelo huela algo diferente. Como la vida misma, no todos los domingos son iguales. 

Hoy los perfumes de Bedel cotizan, promedio, US$ 250 en el mercado -igual, todo varía, la última colección que acaba de lanzar en 2017 no baja de los US$ 800-. El laboratorio de su casa en Palermo ahora lo mudó a Milán, donde compone sus nuevas creaciones nasales con la magia de 830 ingredientes, algunos traídos de las profundidades de su Argentina querida. Otros for export y otros sintéticos, concebidos por su capricho de inventor. Se consiguen en un centenar de puntos de venta en 22 países. Tiene locales propios en Nueva York, Moscú -el primero en el exterior-, Estocolmo, Taipéi, Milán, Tokio. Y, entre sus fans, hay superstars. Una de ellas, Elton John, que compone rodeado por velas aromáticas de Fueguia -Bedel pensaba que Elton compraba tanto que los regalaba, hasta que le contaron su manía de llenar su casa con velas, cual templo budista-. También Michelle Obama, que olía a las creaciones de Bedel en sus tiempos de primera dama, y Laurene Powell, la viuda de Steve Jobs, que no suelta su perfume Ballena de la Pampa ni aunque vaya al súper. Tiene sus razones: Ballena de la Pampa incluye un ámbar que expulsa la ballena por la boca -lo vomita, bah, pero queda feo decirlo aquí en medio de este texto tan aromático-, y luego Bedel le sumó un dejo a pasto seco, imaginando esa ballena dormida sobre el pasto de la eterna Patagonia. 

"Fueguia 1833 es a los perfumes lo mismo que el caviar de Beluga es a la comida, o que Valentino al mundo de la costura", lo ensalzó una periodista norteamericana, para la inauguración de su local en el Soho. 

Hoy en día, Bedel, que lleva US$ 18 millones invertidos, tiene un centro botánico en Uruguay, de donde hace las extracciones de la naturaleza. No es nada fácil. Para que se den una idea, un jazmín tiene 300 moléculas, un cedro 50 y el olor del café son 800 moléculas en juego. Esto, Bedel, lo aprendió estudiando química y botánica por cuenta propia, quemándose las pestañas. Y él, al cabo del tiempo, descubrió qué moléculas quiere en su perfume y cuáles no, aun dentro del mismo jazmín. Cosa de locos. Pero esa obsesión por el detalle es lo que hizo que su Fueguia llegara tan lejos: y Bedel haya quedado para la historia de los perfumistas y su nariz para el bronce. 


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