Último momento

 

Leer en

Ideas millonarias: los juegos Ikitoi

Con piezas de cartón y conectores de plástico, una pareja de diseñadores creó una línea de juegos que desarrollan la inteligencia espacial en los niños. 

  • Manuel Saintotte y Laura Lospennato, creadores de Ikitoi.

Por Cicco 

Un camión de bomberos que una vez que se enciende activa la sirena y anda solo por toda la casa, un conejo que bate los tambores y camina y camina, una rampa que eyecta autos y los hace volar: esos no son juguetes, no se confunda, sino golpes en la ingle de la imaginación. Tal vez, estemos acostumbrados a eso, pero los bajos niveles de creatividad en sangre que ya son plaga social y afectan a los estudios, a las profesiones, y vuelven todo este mundo de un tono gris cemento, tienen su origen, se cree, en esos juguetes de la infancia que, como dijimos, no son juguetes, son insultos. Trampas para que los niños se acostumbren a ser espectadores en lugar de construir su propio destino. Generaciones y generaciones de delivery y clics, en lugar de generaciones de cocineros y creativos. 

Bueno, perdón, el introito con espíritu de manifiesto nihilista; pero todo esto viene a cuenta de mostrar qué tenían en mente Manuel Saintotte -hijo de arquitectos- y Laura Lospennato cuando concibieron Ikitoi, un emprendimiento de juguetes que tiene al niño como hacedor de su propio juego. A simple vista, los Ikitoi no dicen demasiado: son cartones y más cartones con conectores de plástico. A usted que pagó por eso le parecerá un insulto, pero los niños, que ven lo que usted no ve -aún son creativos en potencia-, observan allí un mundo infinito de posibilidades: construir, en tamaño niño, cohetes, casas, cocinas, refugios, túneles, aviones, trenes. En fin, a esta imposibilidad de ponerles rótulos a los juegos se la llama final abierto, un concepto que viene de los juegos de rol, de videogames, donde todo es posible, como el Minecraft, y de las sagas de Elige tu propia aventura. Gente que no quiere un mundo masticado, sino elegir ella misma lo que se lleva al plato. 

Pero esta es la historia de Ikitoi y, si no volvemos a ella, nos embalamos con otros asuntos, y antes que una historia de emprendimientos, esta es una historia de amor: Laura y Manuel se conocieron estudiando Diseño Industrial en la UBA. Y allí donde había un trabajo de grupo, ellos siempre cheek to cheek. Para la cátedra de Diseño Industrial II, crearon un pingüino con luces que si lo pateabas subía la intensidad de la luz. También idearon unas zapatillas con forma de repisa para conexión USB -al final, Manuel terminó empleado en Teclastar, diseñando un prototipo similar de zapatillas- y unos desayunadores multitarget que incluían toda la familia. Y, siempre juntos, empezaron a convivir en 2008. Y hasta recibieron huevazos de egresados el mismo día, en la misma explanada de Ciudad Universitaria. Luego, por supuesto, casorio. 

Y así fue como concibieron, en paralelo a la facultad, el grupo Alaska de diseño industrial para pymes. Primero, el desarrollo de una vajilla para una empresa top de catering, con un sistema de accesorios que facilitaban el trajín del bandejeo festivo. Luego, unas mesas floridas para Arboris en 2008. Un años más tarde, unos bancos circulares muy modernos para Waterprint, que recibieron un premio en Casa Foa. Y, a pedido de la empresa de cosméticos sustentables Natura, fabricaron 30.000 unidades de un Memotest hecho 100% en cartón. 

Además del grupo Alaska, Laura hacía diseños en una cooperativa cartonera, así que el cartón era, por así decirlo, su segundo hogar. Pero toda historia tiene un giro, un quiebre, un momento bisagra, y esta también tiene el suyo, y sucede en Japón. El dúo de enamorados industriales viajó, beca en mano, a Tokio a especializarse en Management de Diseño. Conocieron Toshiba, Toyota y hasta tuvieron un encuentro cara a cara con un diseñador de Honda, pero la papa estaba en la calle. Tokio es una ciudad que parece de videojuego. La gente lleva caritas en las mochilas; la policía está identificada con sus propios personajes animados: cada cosa, cada cosita de morondanga tiene su carita, su sonrisa, su espíritu juguetón. Cada señal de tránsito, cada cartel, cada centímetro de publicidad eran una oportunidad para interactuar con el niño que cada japonés lleva en lo más profundo de su maletín. 

A Saintotte y Lospennato el viaje les voló los pajaritos y les pateó el pingüino. Volvieron a fines de 2013 con la maleta llena de chucherías entrañables: hojitas, cartitas, cuadernos, agenditas, tuppers de diseño -allá las viandas son un mundo aparte, hasta tienen diseños de trenes eléctricos- y una abrochadora que abrocha sin broches, enhebra el papel, así el broche de metal no arruina el proceso de reciclado. 

A dos meses de aterrizar, el dúo se propuso trabajar en una línea de juguetes sustentables. Estaban convencidos de que, en ese universo, los juguetes cada vez tenían más protagonismo y los chicos menos. Por otro lado, eran testigos del avance del tanque de guerra de los juegos virtuales, y el arrastramiento de caracol de los juguetes palpables, concretos, carne y plástico. Así fue como se propusieron lanzar una línea que les devolviera a los pobres niños el protagonismo perdido a manos de pilas, controles remotos y lucecitas de colores. 

Apelando a la cercanía de Lospennato al mundo cartonero, idearon 10 posibles juguetes, que potencian el desarrollo de la inteligencia espacial en los niños. Claro, algunos, para el desarrollo, demandaban un año y medio, así que cortaron por lo sano y concretaron el más sencillo en dos meses: una caja con 24 piezas de cartón, más 50 conectores de plástico. Lo probaron en ferias y en plazas. Y los chicos, chochos; no había ni que explicarles nada. Ellos, contentos de volver a ser el centro del juego, ponían manos a la obra como si ese lugar siempre les hubiera pertenecido. 

Evaluaron nombres ponjas para honrar el país donde todo es un juguete. Pensaron en Nameneko, pero era largo y complicado. Les gustaba Iki porque "iki" es una palabrita que, en sí misma, desgina algo bello, único y sencillo. Acostumbrados a que lo bello y único por estos lares sea extravagante, exótico y lleno de cuchuflos, la idea de que fuera sencillo también resumía el espíritu de su línea de juguetes. Así que lo llamaron, después de consultar con socios, ensayar con clientes y repetirlo una y otra vez: Ikitoi

Invirtieron $200.000 en la primera producción. Esperaban el día de la entrega del stock como nene con chiche nuevo, pero la entrega -pautada para un viernes- llegó antes. Además, lo que había dicho el proveedor eran siete pallets de mercadería y, en el camión, las cuentas daban 17, y el camioncito ocupaba la mitad de la cuadra. Desesperados y sin un depósito tan grande para albergar todo eso, tuvieron que alquilar de raje otro depósito extra, pero el esfuerzo valió la pena. En esos pocos meses, lograron vender 450 kits y facturar $300.000. Eran vísperas de Navidad y el 24 de diciembre, a las seis de la tarde, hacían la última entrega -ellos mismos, ¡qué Papá Noel ni Papá Noel!- en Devoto. 

La irrupción de Ikitoi fue un éxito. Instalaron un concepto nuevo: los juguetes con final abierto. Sin género. Ni machismo, ni estereotipos. Y el furor llegó a Narda Lepes, que al ver jugar a su hija, diseñó a cuchillo y tijera su propia cocinita de cartón. Luego harían con ella un Ikitoi con cocinita. 



 

El último año vendieron 1.400 kits y para este esperan vender un 50% más. La última Navidad lanzaron una línea de robots que, en breve, incluirá robots con personalidad. Todo, claro, meta cartón y conectores de plástico. 

Hicieron actividades junto con Monoblock, Paez, Pesqueira y, por supuesto, la juguetona de Narda. Y sus paneles los armaron y desarmaron niños en el Centro Cultural Konex, en la Feria Masticar y hasta en el Lollapalooza, en la sección KidzaPalooza. 

La fiebre por los Ikitoi llega desde la conductora radial Julieta Pink hasta la panelista Mariana Brey, que subió fotos en Instagram. 

Que vivan los juguetes de final abierto, que vivan los niños con músculo creativo y pongamos fin, de una vez por todas, al control remoto, a las perillitas y a los muñecos que se las dan de inteligentes. Y, si siguen en pie de guerra, que sepan que tenemos de rehén a uno de los suyos: un pingüino a pilas que, de tan pateado, saca chispas por los ojos. 


Notas relacionadas