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El poeta de los comunes: Andrés Calamaro y Los Rodríguez

Andrés Calamaro, Los Rodríguez y una oda a la felicidad y al misterio. Historias de una banda de música light y vida trágica. 

  • El salmón en su salsa

Por Santiago Llach 

Cuando mi generación, la de los nacidos en los 60 y 70, se asomó a la adultez, se pusieron de moda las palabras posmodernidad y light. Era, se suponía, una nueva época, sin grandes relatos, de relaciones más livianas y vacías, y juventudes entregadas a la falta de ideales. Ese discurso cada tanto reaparece, aplicado a generaciones más nuevas: antes de que los memes se llamaran memes, había uno con un montón de citas de pensadores que, desde la época de los griegos hasta acá, se quejaban de la apatía de los jóvenes. 

Como sea, los 90 -como cualquier otra época, supongo- fueron malentendidos. Las etiquetas -las palabras- nunca son suficientes. Nos adornaron con la leyenda de la languidez, pero para nosotros aquello tuvo el peso verdadero de la vida: amar y trabajar nunca fueron cosa fácil, ser joven tampoco; pero no hay nada más feliz e inconsciente que la propia juventud cuando el tiempo pasó. 

Quiero cantar acá la gloria y la alabanza de Los Rodríguez, la aventura española de Andrés Calamaro & co, el rock alegre que nos musicalizó la primera mitad de esos años malentendidos: un símbolo de nuestro pop perdido y de lo común que hay en nosotros. 

Calamaro nunca tuvo la fragilidad poética de Spinetta, la guitarra lírica de Cerati, el brillo hermético de Charly ni la bajada hipnótica de los Redondos, pero su llaneza cultivada narró y cantó la emoción de vivir en esta tierra. Toda su carrera puede ser vista como un gran crossover, mezcla atenta de estilos de la fraternidad de la música popular, con conciencia vibrante de la función de su profesión: cantarle, simplemente, a la vida y al misterio. Calamaro es la gran persona común en el escenario narcisista del rock argentino, el hombre de clase media que ha leído y vivido, luchando con su propio ego para proporcionar canciones que identifican a muchos. A diferencia de otros, el público de Calamaro no amerita sociologías, aunque podría: es quizá, simplemente, un público aspiracional, sin pretensiones ni desesperaciones, que consume su música y va a sus recitales también a celebrar, a escuchar a alguien que le transmite emoción. 

Los Rodríguez fueron su aterrizaje forzoso en Madrid después de vaya a saber uno qué hiperinflaciones privadas, tras el mítico -usemos ese adjetivo- solista Nadie sale vivo de aquí, en el que se había apuntado como poeta fértil y un herido más de nuestra guerra civil. Y fueron también el respiro y el curso de honor, la preparación para que, casi una década más tarde, ya vuelto a su Camboya natal, Calamaro se fuera convirtiendo en gran poeta nacional a partir de esas dos bombas finiseculares que fueron Alta suciedad y Honestidad brutal, y que darían lugar a El Salmón, un proyecto desmesurado de 5 discos y 103 canciones que supera cualquier record nacional de productividad. 

El mestizaje de Los Rodríguez -dos madrileños y dos porteños de dinastía judaica- dio tres discos oficiales y otros tantos no tanto de rock and roll clásico rumbeado con sones de índole diversa. 

La hispanidad musical se hizo presente a través de la rumba, la ranchera, el flamenco y el bolero. En esa década de apertura comercial, Calamaro se arrimó a las capitales del mundo para contrabandear información musical y cultural. Se dio la gran vida en la mejor Malasaña e iluminó nuestros sueños. Fue vocero cómico y sensible de la relación tensa y pasional entre España y Argentina. 

Los Rodríguez, a mucha honra diría yo, fue una banda hermosamente light. La trayectoria de sus integrantes no tanto: su guitarrista Julián Infante murió trágicamente joven, en el 2000, y Daniel Zamora, el último bajista de la banda, se suicidó en 2007. 

Calamaro sabe algo que saben los grandes artistas: la magia está en lo simple. Su seducción no está en la oscuridad, sino en el hit y en el espíritu lúdico, que sin embargo nunca son ingenuos. La de Los Rodríguez fue música para el salón, el fogón y la habitación. La amistad y los amores difíciles fueron rimados por ellos para que no nos olvidáramos de nada: ni de la música ni del sentimiento. 

Todo a lo largo de su colección colaboracionista de aportes al sonido argentino, el querido Calamaro representó con estilo el papel de esa bohemia tumultuosa que desde el arte cuestiona y adorna. Sus años españoles nos aliaron de aquí a la eternidad con él: fue nuestro embajador en la época justa en que pudimos soñar que éramos livianos. Los Rodríguez fueron grandes y fueron nuestros: como dice una de sus mejores canciones, el tiempo lo dirá. 


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