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La habitación alemana, el libro de Carla Maliandi

La primera novela de Carla Maliandi narra con tono melancólico la fuga de una mujer en crisis a la ciudad alemana donde pasó la infancia con su familia de exilados. 

La primera novela de Carla Maliandi narra con tono melancólico la fuga de una mujer en crisis a la ciudad alemana donde pasó la infancia con su familia de exilados.
  • Carla Maliandi
 

Por Alejandro Caravario  

 

La heroína y narradora llega a la ciudad alemana de Heidelberg, "un lugar de cuento de hadas", en plena crisis post separación, con las cuitas agregadas de la mediana edad. Se acaba de fugar de Buenos Aires, de su hogar en ruinas y alrededores, sin previo aviso. El desembarco, de todos modos, no es azaroso. Allí, en ese pueblo tan del Primer Mundo, tan alejado en apariencia de los contratiempos persistentes de las comunidades pobres y con culturas más sanguíneas, transcurrió parte de su infancia dentro de una familia de expatriados en época de dictadura. No es, por lo tanto, un pasado redondamente feliz. Pero es el pasado onírico de la niñez, la patria remota donde quizá se puede hacer pie. 

Precisamente, como en los sueños incómodos, la mujer sufre un desajuste cotidiano: se hospeda en un hotel de estudiantes y ella no lo es. No tiene la edad ni los propósitos (una carrera, una "vocación" cuya consistencia testea lejos de casa) de los estudiantes. No se trata de una regresión sino de la búsqueda de un paréntesis. Un no-tiempo en el que suceden cosas a deshoras: un romance fugaz e intenso, cuando ella se creía acogida por las aguas quietas de la vida conyugal; la amistad imprevista con una rara y rica joven suicida. Es decir, la aventura perdida, el descubrimiento. 

Y, a la vez, el reencuentro con la historia familiar: un profesor, antiguo protegido de su padre con el que compartió exilio y vivienda en los años difíciles, reaparece, treinta años más tarde (él no se ha movido de Heidelberg), como anfitrión y asistente, compañía adulta y confiable, réplica de aquel padre que ya no está. 

Esto ocurre en La habitación alemana, la primera novela de Carla Maliandi (1976, dramaturga, directora de teatro y docente), que no parece una obra debut, sino la prosa segura, que revela sus cartas con progresión metódica, de una avezada narradora. Quizás es el efecto que produce la austeridad y precisión de la escritura, atributos que proporcionan el oficio y el talento, pero sobre todo la voluntad de evitar la estridencia. ¿Es ese un gesto de aplomo y madurez? Difícil decirlo; sí favorece la novela. 

La copiosa acción se filtra en un susurro que remite al diario íntimo. Es que ese anhelo de ¿respuestas?, ¿consuelo?, ¿aprendizaje? cifrada en la fuga de la protagonista es una gesta melancólica. Un viaje interior, un reconocimiento a distancia de la vida ordinaria; en suma, una prueba que no se sabe en qué consiste, que no arroja conclusiones ni utilidad visible. Podría decirse que es la pura experiencia -imposible de transferir más que como suma de menudencias- en cuyo centro está la maternidad. A poco de pisar Alemania, la heroína triste se entera de que está embarazada y la novedad termina apropiándose de su viaje. 

La primera novela de Carla Maliandi narra con tono melancólico la fuga de una mujer en crisis a la ciudad alemana donde pasó la infancia con su familia de exilados.
  • LA HABITACIÓN ALEMANA. Carla Maliandi / Mardulce
 

"Ahí, en la pantalla, están todos: familia, amigos, jefes, compañeros de trabajo, gente que no conozco, avisos del banco, vencimientos de facturas, publicidades. Ahí están, todos esperando una respuesta, y yo de este lado los miro sin tener la fuerza de contestar ninguno", dice la narradora y sintetiza de modo exacto su plataforma de enunciación. La misma tensión propone el embarazo (¿siempre y a todas?): la expectativa vertiginosa ocurre en paralelo a un enorme cansancio físico. 

La convergencia multinacional de la pensión estudiantil severamente conducida por Frau Wittmann subraya la ajenidad de la mujer. Las migas con un tucumano dicharachero serán un anclaje hogareño que ella no busca, pero acepta. Al otro lado de la contención masculina, del remedo de sosiego familiar, se mueve la señora Takahashi, extraviada por partida doble: en la ciudad lejana de su tierra y por la tragedia del suicidio de su hija. 

En la variedad de peripecias de La habitación alemana no hay un trayecto hacia, digamos, la claridad. No existe introspección que deje enseñanzas, sino la vida como un tumultuoso inventario. 

 


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