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La increíble experiencia de cruzar los Andes a caballo

¿Qué significa cruzar los Andes a caballo en el siglo XXI? Recrear la gesta sanmartiniana 200 años después, como un modo de pensar nuestra historia. 

¿Qué significa cruzar los Andes a caballo en el siglo XXI? Recrear la gesta sanmartiniana 200 años después, como un modo de pensar nuestra historia.
  • En una planicie de altura, donde nada crece y el viento helado dificulta la marcha.
 

Por Pablo Scioscia / Fotos Hernán Nersesian 

Por este camino estrecho, que a veces es pura piedra y por momentos se hace río: por esta huella que aparece y desaparece, que interrumpe apenas la barranca en la montaña y atraviesa la Cordillera de los Andes, hace 200 años pasó un ejército. Mientras marchaban hacia Chile por el Paso de Los Patos, en la provincia de San Juan, los casi 4000 hombres y las 10.000 mulas que formaban la columna principal del Ejército de los Andes bajo el mando del General San Martín, vieron estos mismos paisajes y padecieron estos mismos climas. Acá, en esta parte de la cordillera donde no hay minería ni turismo intensivo, la geografía casi no se modificó desde entonces: 200 años son muchos en la vida de un país y muy pocos en la vida de la Tierra. 

Partimos desde Los Manantiales, una estancia sin casco que en 1817 funcionó como depósito de provisiones para el ejército de San Martín. Es un campo verde de 400 hectáreas, algo inverosímil en el desierto sanjuanino, donde cada año todo nace, vive y muere en los tres meses que no tienen temperaturas bajo cero. Somos casi 300 personas: 150 Civiles, 70 militares-35 argentinos y 35 chilenos-, 47 gendarmes y 37 arrieros, que están a cargo de los animales. Ochenta somos periodistas, 79 son funcionarios y uno es cura. Dos son españoles, uno es chileno, cuatro son uruguayos, uno es inglés y el resto somos argentinos. Ninguno es vegano. 

"El caballo es más obediente, pero la mula es mejor para la montaña. No se cae ni lo va a tirar nunca", me dijo un baqueano mientras me entregaba mi caballo. Al empezar a caminar, el animal daba cabezazos como si fuera un toro mecánico. Un arriero me vio la cara de desconcierto mientras me sacudía y me gritó que lo llevaba demasiado corto. Aflojé las riendas y el caballo empezó a moverse más relajado. Era eso. 

Subimos y bajamos por pedregales, cruzamos ríos donde las aguas cubrían totalmente las patas del animal. Aprendimos a confiar en él: entendimos que, en la montaña, puede tomar mejores decisiones que nosotros. Avanzamos en hilera, siguiendo el cauce. Bordeamos los primeros precipicios. Con el último sol de la tarde asomándose entre las nubes plomizas vemos el refugio donde vamos a pasar la noche. Está a orillas del río Los Patos, en un lugar donde todo es piedra y polvo. Se llama Trincheras de Soler, en homenaje al general del Ejército de los Andes que lideró la vanguardia en la columna de San Martín, pero nadie le dice así: todo el mundo lo conoce como Las Frías. 

¿Qué significa cruzar los Andes a caballo en el siglo XXI? Recrear la gesta sanmartiniana 200 años después, como un modo de pensar nuestra historia.
  • Del cruce formaron parte 300 personas entre civiles, militares y arrieros.
 

Los gendarmes nos reciben con una mesa llena de saquitos de mate cocido, café y té, agua hirviente en una olla y pedacitos de pan duro con mermelada. Tratamos de armar las carpas antes de que anochezca pero la tarea no es fácil; en el suelo donde nada crece, nada entra. Las estacas se retuercen en la tierra. Usamos piedras para asegurar las cuerdas y tiramos todas nuestras cosas adentro para que el peso impida que las tiendas se vuelen. Un gendarme desafina una melodía en una trompeta: la diana indica que la cena está lista. Comemos guiso de fideos y tomamos vino. En unas horas va a arrancar el primer fogón, pero yo ya sé que no voy a llegar. Estoy agotado, me duele la cabeza y mañana vamos a cabalgar ocho horas, en las que vamos a atravesar el Portezuelo del Espinacito, una cumbre de más de 4500 metros de altura. No sé qué hora es, pero me importa poco. Estiro el aislante y me acomodo en la bolsa de dormir. Las voces se convierten en murmullo y en menos de tres minutos, el mundo desaparece. 

Al rato me despierto temblando, agitado. Es de noche y tengo los pies congelados: me entero de que mi bolsa no sirve para estas temperaturas. Entonces me replanteo todas las decisiones que me trajeron hasta acá: proponer la nota al editor, pedir acreditación al gobierno de San Juan, subir al avión en Buenos Aires, a la 4x4 en la ciudad de Barreal y al caballo en Manantiales. Necesito volver a mi casa, a la comodidad de la oficina, al hacinamiento del subte. Extraño el calor húmedo de Buenos Aires y el calor seco de San Juan. Extraño el calor. Busco mi campera, un buzo y una bufanda de lana en mi bolsón portaequipo: me tiro encima todo lo que tengo a mano. Mientras trato de volver a dormir, escucho que el cierre de una carpa se abre y alguien vomita. Eso es soroche, mal agudo de montaña. Bienvenidos a la Cordillera de los Andes. 

Detrás de la estampa 

San Martín cruzó los Andes: la estampita más famosa muestra al General sobre un caballo blanco y brioso, pero hay muchas cosas que no entran en el cuadro. No entran los más de 5000 hombres que participaron de la campaña: soldados, granaderos, trabajadores y también esclavos que se sumaron con la promesa de ganar su libertad. No entran las mujeres cuyanas, que no cruzaron la cordillera, pero se quedaron sosteniendo la economía de sus hogares, de sus pueblos, de sus provincias. No entran las 10.000 mulas en las que montó el ejército: ni las que llegaron a Chacabuco ni las que murieron de hambre y frío en una travesía que tenía una épica que les era completamente ajena. No entran los hombres que cruzaron por los pasos del Planchón, del Portillo, de Comecaballos y de Guana, que no participaron en las batallas principales pero fueron fundamentales para desorientar al gobernador de Chile, Casimiro Marcó del Pont, y complicar sus planes de resistencia. No entra la guerra de zapa ni hay rastros de las guerrillas de Manuel Rodríguez, que confundieron y debilitaron a las tropas realistas y prepararon el terreno para que el Ejército de los Andes pudiera reconquistar Chile en un solo día. No entra el frío, no entra la sangre, no entra el temor de los soldados y granaderos que marcharon por caminos imposibles a pelear una guerra revolucionaria con final incierto. 

¿Qué esperamos recuperar, de todo eso que falta, en estos seis días en la cordillera? Marcelo Lima, vicegobernador de la provincia de San Juan, explica que el objetivo no es emular ni reconstruir, sino comprender. "El primer desafío es personal: la montaña es una lupa de la condición humana. Acá te vas a encontrar con lo mejor o lo peor de cada uno". Lima es una de las tres personas que participó en todas las ediciones del cruce de los Andes que el gobierno provincial organiza desde 2005. "El primero fue muy rudimentario", recuerda. "Vinimos prácticamente a colonizar. Éramos poquitos y tuvimos muchos inconvenientes con el clima: hubo lluvia, nieve y viento blanco. Nos costó muchísimo llegar". Me pregunto, entonces, si todo esto tiene sentido: internarnos en caminos a los que sólo se puede llegar montando o en helicóptero, con climas inhóspitos. Me pregunto si es necesario, si no cabría la posibilidad de un homenaje más cómodo, menos exigente. Me pregunto si, en la era de Netflix, todavía vale la pena elegir el camino del esfuerzo. 

Uno de los pocos que participó de ese primer cruce fue un hombre fundamental para que nosotros hoy estemos acá: Edgardo Mendoza era secretario académico en la Universidad Nacional de San Juan cuando Claudio Monachesi, un joven oficial del Ejército, se acercó con una propuesta en el marco de un convenio de cooperación institucional: "Usted es historiador y yo soy experto en fotografía satelital. Trabajemos sobre el cruce de los Andes. Veamos si podemos establecer alguna ruta". Mendoza aceptó y a partir de esa investigación, en 2004, publicaron un libro en coautoría, San Martín y el cruce de los Andes. José Luis Gioja, que entonces era gobernador de San Juan, los convocó a su despacho y el resto es historia: "El año que viene hacemos parte del camino para llegar al límite el 12 de febrero, el día de la Batalla de Chacabuco", dijo. 

¿Qué significa cruzar los Andes a caballo en el siglo XXI? Recrear la gesta sanmartiniana 200 años después, como un modo de pensar nuestra historia.
  • En la montaña, los caballos pueden tomar mejores decisiones que nosotros.
 

"El primer día tuvimos una lluvia terrible", recuerda Mendoza. "Un oficial planteaba la posibilidad de volvernos. Gioja llamó al jefe baqueano para preguntarle qué opinaba y el hombre le dijo: quédese tranquilo, arriba hay sol. Nosotros pensábamos que estaba loco pero efectivamente, unos kilómetros más adelante, cuando superamos el colchón de nubes, había un sol tremendo. Ese mismo día, el diario Los Andes de Mendoza había publicado una nota donde decía que el cruce había sido por su provincia. Si hubiésemos vuelto, habríamos sido el hazmerreír. Este año los mendocinos celebraron un acto el 24 de enero, en recuerdo del día en que San Martín partió desde allá, pero para internarse inmediatamente en San Juan. Han hecho de la necesidad virtud". 

La crisis del Espinacito 

Los caballos y las mulas se amontonan en la salida de Las Frías, a la vera del río Los Patos. Tenemos por delante nueve horas de cabalgata y el primer gran desafío: atravesar el Portezuelo del Espinacito. El camino es espacioso y tranquilo, pero la comodidad "si es que esto es la comodidad" no dura mucho tiempo: hay que empezar a subir. Los baqueanos revisan las cinchas de los animales, porque la pendiente va a ser abrupta. Pienso en el ejército de San Martín: intento imaginar una hilera de cuatro mil hombres en este camino donde trescientos formamos una fila que parece interminable. Pienso en que ellos tenían un chasqui que recorría trayectos durante días enteros para llevar información de una columna a otra y nosotros tenemos satélites que le permiten al equipo periodístico de Telefe salir en televisión en vivo tres veces al día. Pienso en que nosotros tenemos camperas térmicas, carpas y bolsas de dormir y ellos dormían al aire libre, tapándose con los pellones de lana que usaban para montar. Y, sin embargo, esas diferencias no me parecen esenciales. Hay una distancia insalvable en la información con la que contamos: nosotros sabemos cuánto tiempo vamos a cabalgar cada día, a dónde vamos a llegar, a qué hora va a ser el acto central en el Valle Hermoso. Ellos marcharon sin conocer el final de la historia: no sabían con qué ejército se encontrarían tras atravesar la cordillera. Iban a pelear por la independencia de un país, cuyos límites reales desconocían, sin saber siquiera qué forma de gobierno sucedería al virreinato. Nosotros tenemos pasaje de vuelta. Ellos cruzaron la cordillera sin la certeza de volver a casa. 

Llegamos al Espinacito, el lugar al que todos temen. Marchamos en hilera, como hormigas. Los animales avanzan y frenan: respiran. Hacen todo el esfuerzo. Lo nuestro, una vez que la idea de cabalgar al borde del abismo dejó de parecernos una locura, sólo consiste en tener paciencia. Al lado del camino, el cerro es un barranco infinito en el que hay que tratar de no pensar. Los últimos 50 metros son más empinados. Las mulas y los caballos tienen que trepar traccionando con todas sus fuerzas. No sé si tardamos tres minutos o catorce horas en hacerlos, pero cuando llegamos a la cima, cuando el suelo se vuelve a poner horizontal y se termina el precipicio, entonces los Andes dicen: acá estamos, esto es lo que tenemos para dar. A los animales, por supuesto, el paisaje y la historia les dan lo mismo. Están exhaustos. Mientras sacamos fotos, algunos se revuelcan en el piso porque tienen la cincha demasiado apretada. Los baqueanos los levantan y los aflojan, pero después los vuelven a ajustar. Porque la subida fue difícil, pero ahora hay que empezar a bajar. 

¿Qué significa cruzar los Andes a caballo en el siglo XXI? Recrear la gesta sanmartiniana 200 años después, como un modo de pensar nuestra historia.
  • Las herraduras son indispensables para que los caballos puedan moverse sin problemas.
 

Después del Espinacito, avanzamos siguiendo el curso del río hasta que, no sé cómo ni cuándo, dejamos de subir y bajar por las laderas de los cerros y nos metemos en un vergel verde. Eso, intuyo, significa que llegamos al Valle de los Patos Sur. A lo lejos, a orillas del río, se ve una construcción de piedra. Es el refugio Sardinas, en donde vamos a dormir las próximas tres noches. El año pasado hubo récord de lluvias en San Juan, una bendición que acá significa que el terreno está inundado y los animales tienen que avanzar en el pantano, embarrándolo todo. El refugio es como la utopía: avanzo dos pasitos, él se aleja dos pasitos. Pasaron ocho horas desde que salimos de Las Frías. La aventura está muy bien, pero algunas cosas podrían ser más fáciles. 

Cuando finalmente llegamos a Sardinas, tengo algunas certezas: no quiero escuchar un solo relincho ni un rebuzno más; no quiero seguir sintiendo este olor a mierda de mula. Me tiro en el suelo, uso una piedra como almohada. Oh, mi almohada. Tenemos un rato para descansar. Cuando lleguen las cargueras tendremos que volver a armar las carpas antes de que el guiso esté listo. Y si recibimos nuestras cargas, seremos privilegiados: algunos bolsones no van a llegar y, aunque nadie lo diga en voz alta, todos sabremos que una mula se despeñó y cayó al precipicio en La Honda, el camino más difícil del viaje, el que tendremos que transitar a la vuelta. 

Suena la diana. El guiso es de arroz y lentejas, y hay muchos sobres de queso rallado: un lujo que estoy dispuesto a aceptar. Después se arma el fogón y esta vez nos sumamos todos porque mañana es día de descanso. Aparece un lechón para tirar al fuego y hay quien se encargue de eso: Guillermo Pariente, que va por su séptimo cruce consecutivo, porta el cargo ad honorem de asador de los Andes. El cielo está despejado, lleno de estrellas: la noche es diáfana. La montaña, pienso, a veces es mágica. 

Un cruce exprés 

El tercer día es tiempo de descanso en el Valle de los Patos Sur. Nadie obedece a la diana de la mañana. Nos vamos levantando de a poco y nos entregamos a las horas apacibles de la cordillera. Algunos se van al río, otros juegan al truco, leen, escriben o aprovechan para darse un baño. Porque en el refugio Sardinas, a 2856 metros sobre el nivel del mar, en el Valle de los Patos Sur, Cordillera de los Andes, provincia de San Juan, República Argentina, no hay un solo inodoro, pero sí hay seis duchas con agua caliente para que los 300 expedicionarios puedan bañarse en su día de descanso. Mientras tanto, los gendarmes encienden el fuego porque hoy, además, se almuerza asado. Qué linda es la vida sin cabalgar. 

La calma se interrumpe cuando un helicóptero aterriza a unos 500 metros del campamento. El gobernador Sergio Uñac y el vicegobernador Marcelo Lima se acercan caminando y los fotógrafos, corriendo: fin del descanso para ellos. Cuando la puerta se abre, bajan dos personas que visten sombrero de gaucho, poncho y bombacha, botas de montar y alpargatas. Me acerco y veo que son la ministra de Seguridad de la Nación, Patricia Bullrich, y el ministro del Interior, Rogelio Frigerio. Van a participar del cruce en modo exprés: mañana van a cabalgar hasta el límite internacional con Chile y desde ahí van a volver a San Juan en helicóptero. 

A Frigerio se lo ve cómodo y contento, es el segundo año que participa. Bullrich está más rígida, como tratando de entender qué es todo esto y respondiendo a la maraña de periodistas que la rodea. 

Los funcionarios se sacan fotos con todos los que se lo piden y después se despiden hasta la cena. Se van a sus habitaciones, en la planta alta del refugio Sardinas, donde también duerme el Gobernador Uñac. Y la noche, en el comedor, son dos expedicionarios más. Pancho Godoy y los del Tullum cantan zambas, tonadas y cuecas e invitan a Patricia Bullrich a tocar el bombo legüero. Ella acepta. 

El repertorio se hace largo y pesado: la política, dice Foucault, es la continuación de la guerra por otros medios. Poco a poco la peña se diluye, los funcionarios se despiden y los que quedamos despiertos volvemos a armar el fogón. Esta vez no hay carne pero sí un queso de cabra, que se va a derretir sobre una chapa oxidada y será bautizado como "quesito ferroso". En la cordillera, uno tiene que ser su propio bistró. 

Una posta de fierros 

Febo asoma: hoy vamos hacia el límite internacional con Chile en Valle Hermoso, donde se hará el acto central del cruce, un encuentro institucional de autoridades de ambos países. Después, empezaremos a volver: no se permite andar en territorio chileno con animales argentinos. 

Son poco más de tres horas de marcha en las que ascendemos a más de 3500 metros sobre el nivel del mar. Llegamos a un punto donde el camino se vuelve a ensanchar antes de subir a una loma. Ahí, antes de hacer el último tramo, los caballos se amontonan. Nos agrupamos para ir al encuentro de los chilenos, que nos esperan en la frontera. El viento despliega todas las banderas y uno empieza a cantar la marcha de San Lorenzo. Otros lo siguen. Cuando llegan los últimos, alguien da la orden: avancen. Galopamos. Parecemos el pelotón de Corazón valiente a punto de enfrentar su destino de libertad, pero en vez de Mel Gibson en pollera, a la vanguardia va Patricia Bullrich en poncho. Nos esperan con banderas de Chile, de Argentina, de Uruguay, de Perú, de Vaticano, de la Asociación Sanmartiniana y de la Cámara Argentina de la Mediana Empresa. Bajamos de nuestros caballos y nos acercamos al lugar donde se realiza el acto, se cumple el protocolo y los funcionarios argentinos y chilenos se entregan obsequios y hablan de integración, de libertad y orgullo. Nosotros nos saludamos y nos abrazamos. Hace una semana no nos conocíamos y ahora estamos acá, cantando el Himno juntos con un nudo en la garganta. Éramos amigos y no lo sabíamos. Alguien me convida un traguito de ginebra. Viva la patria. Empiezo a entender que estar acá vale la pena: el territorio da lo que el mapa no puede dar; en este lugar, la historia se te pega a los huesos para siempre. Creamos un lazo eterno con un lugar que probablemente no volveremos a ver en nuestras vidas. A nuestro costado, una posta de fierros marca que ahí termina un país y empieza otro. Pero la patria, pienso, es otra cosa: el relato más grande, una ficción que no acepta límites físicos, en la que elegimos creer. Hay un cuento de Fabián Casas, El bosque pulenta, donde los personajes, unos pibes de Boedo, van a enfrentar a otra barrita para demostrarle quién manda en el barrio. "¿El parque Rivadavia queda en Boedo?" pregunta el más temeroso. "Boedo queda donde estemos nosotros", le responde el otro. Algo así. 

¿Qué significa cruzar los Andes a caballo en el siglo XXI? Recrear la gesta sanmartiniana 200 años después, como un modo de pensar nuestra historia.
  • La columna principal del Ejército de los Andes contaba con 4000 hombres y 10.000 mulas
 

La cornisa 

En el regreso desde el límite internacional hasta el refugio Sardinas cae aguanieve. A esta altura, no nos quejamos: sabemos que lo más difícil va a ser mañana, cuando volvamos de Sardinas a Las Frías por el Portezuelo de la Honda, un camino algo más corto que el Espinacito, pero también más complicado. "La pendiente es terrible. Algunos no lo soportan, prefieren bajarse de la mula y hacerlo caminando", me dice una compañera que está haciendo el cruce por cuarta vez. Serán, de nuevo, más de ocho horas de cabalgata donde vamos a volver a superar los cuatro mil trescientos metros sobre el nivel del mar. 

La diana vuelve a sonar temprano y yo no me acuerdo cómo era despertar sin la ayuda de un gendarme con vocación artística. Voy a buscar mi caballo y veo que tiene las patas delanteras sangrando. Mario, el arriero, me cuenta que a la noche se quiso ir y se quemó con la soga con la que lo habían atado. "No tendría que haber hecho eso, si acá tiene agua y comida", me dice. Pienso que a lo mejor no se quiso ir porque tenía hambre sino porque se cansó de trabajar para nosotros. Pienso, pero no digo nada, porque tengo que volver a cabalgar. 

El camino hasta La Honda es soporífero: un campo de rocas donde, supongo, alguna vez hubo un glaciar. El sol pega de frente, llevamos cuatro días en la cordillera y el ruido de las pisadas de los animales es un arrorró. Serán un par de horas hasta llegar de nuevo a la montaña, en las que habrá que concentrarse en mantenerse despierto. 

San Martín y el cruce de los Andes son, al mismo tiempo, puntos de partida, de encuentro y de discusión en la cultura argentina. En todo el país hay ciudades, pueblos, localidades, calles, plazas, centros culturales, clubes y teatros que se llaman San Martín. Y si desde los sectores más conservadores se reivindica la estrategia militar y se da forma a un orgullo chauvinista basado en la figura heroica del Padre de la Patria, los más ligados con la izquierda destacan su carácter antiimperialista y continental en el marco de las guerras de independencia. Sólo Maradona puede permitirse el escepticismo: "Yo alquilo un avión de 40 lucas y cuando cruzo la cordillera se mueve todo.? Me van a decir que San Martín la cruzó en burro, enfermo y con nieve. ¡Andá!". 

En la subida me encuentro marchando atrás de Marcelo Lima. "Respeten a los animales", dice. "No los apuren, déjenlos respirar". La mula de Lima se detiene cada cuatro o cinco pasos e inclina su cuerpo hacia el vacío. "Lo hace para oxigenarse mejor", explica sin inmutarse. Diez centímetros separan el precipicio de la pisada de los animales. "El que tenga vértigo, que mire a la izquierda", dice Lima. Le hago caso. 

Llegamos a la cima de La Honda, pero ya no paramos a mirar el paisaje ni a sacar fotos: frenamos sólo unos segundos, que deben ser tiempo suficiente para decidir si vamos a bajar caminando o montando. Yo ni siquiera lo tengo que pensar: confío mucho más en las patas de mi caballo que en mis piernas. 

¿Qué significa cruzar los Andes a caballo en el siglo XXI? Recrear la gesta sanmartiniana 200 años después, como un modo de pensar nuestra historia.
  • Luego del galope llegó el acto en el que se habl{oi de integración, de libertad y orgullo.
 

Empezamos el descenso y la cosa no parece tan terrible. Sí, hay precipicio. Sí, es una pendiente pronunciada. Sí, los animales bajan despacio y el camino se hace largo. Nada que no hayamos hecho antes. Pienso que la gente exagera. Hasta que llegamos a un punto en el que la montaña por la que avanzábamos se convierte en un desfiladero en el medio de la nada: lo que se abre adelante nuestro es La Ventana de La Honda. A la izquierda hay precipicio y a la derecha, también. A un costado, después del vacío, yace el cuerpo muerto de la mula que nunca llegó a Sardinas. Acá habrá venido Frodo a practicar antes de llevar el anillo a Mordor. ¿A dónde miramos los que tenemos vértigo? 

Los animales bajan patinando y frenando a centímetros del abismo. Mi caballo mira el camino y frena: pará, pibe, hasta acá llegó mi amor. Respiro hondo y lo taloneo para que avance, pero no se mueve. Taloneo otra vez. Nada. Más adelante, Sebastián Carbajal, uno de los médicos y rescatistas de la expedición está supervisando el descenso. Me pregunta qué pasa. "No camina", le digo. "¿Me bajo?" "No, esperá. No camina porque tiene miedo", me dice. Se acerca, agarra al animal del tiro y lo ayuda a empezar a bajar. Avanzamos derrapando entre piedras y polvo. El caballo prácticamente se arrastra para no caer y me sacude para todos lados. Me pregunto a quién se le ocurrió que esto era un camino. Quiero bajar. Hermoso todo, la próxima reunión la hacemos en Buenos Aires. "Aguantá que ya falta poco", me dice Carbajal. Y cuando el caballo gira y encara la última pendiente, mientras me vuelvo a afirmar en los estribos, el médico se corre hacia un costado, me tiende la mano, sonríe y me dice: "Felicidades, mi hermano. Has hecho el cruce de los Andes". 


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