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Malicia, el nuevo libro de Leandro Ávalos Blacha

Un asesino serial de vedettes y otros monstruos irrumpe en la temporada estival de Carlos Paz. La nueva novela de Leandro Ávalos Blacha es un bestiario delirante y pasado por sangre. 

Un asesino serial de vedettes y otros monstruos irrumpe en la temporada estival de Carlos Paz. La nueva novela de Leandro Ávalos Blacha es un bestiario delirante y pasado por sangre.
  • Leandro Ávalos Blacha
 

Por Alejandro Caravario 

Las ficciones de Leandro Ávalos Blacha bordean el gore, el relato fantástico, el policial clásico y la novela de aventuras. Todo a la vez y cohesionado por el pulso delirante aprendido en años de ejercicios con el maestro Alberto Laiseca. 

Su aparición fue con Berazachussetts, novela que ganó el Premio Indio Rico, por decisión de un jurado selecto, en 2007. Aquí el dispositivo hace convivir a zombis, funcionarios corruptos y pingüinos -entre otras especies de una fauna abigarrada-, dentro de una trama llena de meandros que concluye con un enfrentamiento generalizado y la tierra literalmente arrasada. 

Esa tierra es una invención literaria donde el conurbano bonaerense sufre, solo en la superficie de los nombres, una infiltración internacional irónica: Berasachussetts, Guayaquilmes, Ciudadelhi, Pehuajóllywood, Merlovaquia y así. El híbrido que suena a mamarracho y que remite quizá -solo quizá- a ciertas mixturas indigestas. Digamos pizza con champán o alguna otra. 

Pero la febril prosa del joven Blacha no está atada a la inmediatez política. Los cachivaches prodigados por el menemismo y sus escuelas han derivado en otros modelos. Ahora vivimos la pura negación del aparato crítico (¡expresado por un licenciado en Filosofía!), es decir, un mundo sin opinión ni voluntad. Un páramo regido por los reflejos y otras respuestas físicas. Tal es la utopía descripta por el discurso oficial. 

Decíamos: lejos del escenario político bizarro, Ávalos Blacha pone a prueba su poética desaforada con enorme eficacia y gran placer del lector. Con Malicia, su más reciente novela, demuestra que su sintonía con lo social es, detrás del estruendo de las historias, una sutileza. 

Juan Carlos y Perla son nombres menos adecuados para una pareja joven que para una idea del matrimonio enclavada en el acervo barrial. Así se llaman los recién casados que viajan a la popular Carlos Paz de luna de miel, con la compañía de un amigo del novio que permite abaratar costos. 

La localidad cordobesa, como es habitual en verano, hospeda a lo más granado del teatro de revista y a un público ávido por ver de cerca a los famosos. Entre ellos, refulge la gran Vilma Menta, un alias literario de Moria Casán, quien presenta el show de producción más ambiciosa y en torno al cual se articula la intriga. 

La temporada estival y el recreo de la joven pareja se ven abruptamente descuajeringados por el asesinato de una vedette, la posterior cabalgata de hechos de sangre y la ampliación del elenco de villanos a monjas satánicas, espíritus, visitantes de un planeta ignoto y padres homicidas. Una constelación deforme que es arriada sin desequilibrios por la mano sabia del autor, bajo la forma de capítulos breves, en los que la tensión, el suspenso y el enigma, las armas básicas del policial, jamás se negocian. El delirio como principio (de construcción y acumulación) requiere un control firme. 

Un asesino serial de vedettes y otros monstruos irrumpe en la temporada estival de Carlos Paz. La nueva novela de Leandro Ávalos Blacha es un bestiario delirante y pasado por sangre.
  • Malicia / Leandro Ávalos Blacha Entropía
 

Juan Carlos es un adicto al juego. Del modo en el que es adicto un peregrino, un devoto; no un tahúr. Un hombre de fe que, fuera de las reglas del azar perceptibles en la quiniela y las máquinas tragamonedas del casino, tiene escasos intereses y, sobre todo, escasos sentimientos nobles que ofrecer. Prepotente, ignorante y, como tal, acopiador de prejuicios, tampoco es mucho mejor que su flamante esposa, indolente hasta la exasperación. Al matrimonio lo une la más desabrida historia de amor, favorecida por la madre de Juan Carlos, una arpía consumada. 

En fin, nada de lo que ocurre del lado de acá, de la normalidad, parece efectivamente opuesto al bestiario delineado por Blacha, esa supuesta contracara habitada por psicópatas y asesinos hacia la que se desliza la novela. En realidad, funcionan como dos versiones de lo monstruoso. Una, diluida en ciertas fórmulas sociales, algunas de ellas valoradas. O en cierta santificación de la gente común, las señoras y los señores del barrio con su acotado inventario del buen gusto, las buenas obras y las buenas maneras. 

El plano de la sangre derramada es complementario -desopilante hipérbole mediante, el copyright Blacha- de los principios que alimentan, por caso, la televisión basura, de presencia protagónica en Malicia. El doble fondo, el deseo que no se puede revelar (los productores y periodistas de la programación trash jamás irían tan lejos). 

¿O Carlos Paz no daría más miga durante el verano si hubiese monstruos más atractivos y complejos como un asesino extraterrestre o una secta extraída de El bebé de Rosemary? La imaginación de Ávalos Blacha es toda una respuesta a los propósitos mezquinos que rigen la vida y la vuelven festivamente mediocre. El mal también puede ser más interesante. 


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