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Tiro con arco: la precisión va por dentro

El tiro con arco no solo es un deporte olímpico o una antigua forma de conseguir alimento. Fuimos a lanzar flechas para demostrar que, en un templo zen en Japón o en un gimnasio de Belgrano, lo importante es la búsqueda del equilibrio interior. 

El tiro con arco no solo es un deporte olímpico o una antigua forma de conseguir alimento. Fuimos a lanzar flechas para demostrar que, en un templo zen en Japón o en un gimnasio de Belgrano, lo importante es la búsqueda del equilibrio interior.
  • Luis Falcone atesora el arte del kyudo zen, la arquería tradicional japonesa.
 

Por Cicco / Fotos de Denise Giovaneli 

Uno no tira. Uno deja la cuerda con la mayor de las suavidades. La mano libera la flecha en el momento más delicado del tiro. Si uno se propone soltarla, esa fuerza hará que la flecha, sutil, lábil, turra, desvíe su camino. El trabajo más difícil es sobre el cuerpo; cuando se tensa una parte del brazo que estira el arco, se debe relajar desde el codo hacia la mano. Normalmente, la tensión y la distensión las hacemos en su conjunto. Fraccionarlo te vuelve loco."¿A qué le estás apuntando?", interroga el profesor. "Al blanco", respondo como si fuera lo más obvio del mundo. "Estás equivocado. Tenés que apuntar a un globo en particular. Así hacen los cazadores: no apuntan al animal, apuntan a darle en el ojo; si fallan al ojo, igual aciertan. Esa es la actitud del arquero". Que el hombre sea hombre no se lo debemos al mono ni a un salto cuántico del genoma humano. Se lo debemos, mal que le pese a Darwin, al arco y flecha, decisivo en nuestra evolución. Antes de su invento, solíamos alimentarnos con hierbas y frutas, pasando el día en búsqueda de formas para saciar el hambre. Enfrentar cuerpo a cuerpo a animales salvajes o capturar a otros más veloces solo era tarea para los héroes de la tribu. Pero el arco y flecha cerró esta etapa y puso la carne en la olla -o lo que se usara entonces para cocinarla-. Comer carne le dio más proteínas al hombre y la posibilidad de alimentarse solo una vez al día. También algo importante: tener más tiempo libre para inventar ruedas, martillos, tornear el acero y poder así evolucionar y aplastar a otras tribus que aún no tuvieran su arco y flecha. Se cree que la arquería surgió primero como un instrumento musical de cuerda. Y luego a un antepasado se le encendió la chispa y entendió que esa tensión podía emplearse en una utilidad más básica. Ese hombre, perdido en la historia remota junto con el inventor de la rueda y el de la espada, fue el primer arquero de la humanidad. En la actualidad, salvo extrañas excepciones tribales, la práctica de arco y flecha ya no es objeto de cacería ni parte decisiva del armamento de un ejército. En lugar de precisión, los arqueros de la antigüedad necesitaban descargar durante la guerra un potente aluvión de flechas sobre sus enemigos: el asunto era más de rapidez que de puntería. Ahora el tiro con arco es un deporte olímpico. Y en el mundo loco de hoy se transformó en una práctica antiestrés, en una disciplina de autoconocimiento, en un arte que cada vez más gente emplea para dar en el blanco de su vida. 

El tiro con arco no solo es un deporte olímpico o una antigua forma de conseguir alimento. Fuimos a lanzar flechas para demostrar que, en un templo zen en Japón o en un gimnasio de Belgrano, lo importante es la búsqueda del equilibrio interior.
  • En la Argentina hay unos 500 arqueros federados
 

Encuentra tu objetivo

En la Argentina hay unos 80 clubes de arquería y 500 arqueros federados. Y cada día se suman más. En Capital Federal, hay dos polígonos de arco y flecha con campo abierto y, por lo menos, 20 lugares para practicar arquería indoor, donde se tira a una distancia menor a 18 metros. Nunca la disciplina elevó tan alto su puntería. "Una vez que empezás no lo podés dejar. Tirar es contagioso", se entusiasma Juan Carlos Chazarreta. Con 40 años de arquero, este ex maestro de karate trabajó durante 20 años como encargado del Banco Itaú. Hoy es entrenador en el Club Universitario de Arquería (CUDA). Diez años atrás, apenas lograban sumar más de cinco personas; ahora, cada fin de semana, tienen 15 practicantes en cada uno de los cursos. "Para los chicos acostumbrados a las cosas electrónicas, agarrar un arco es algo nuevo. De pronto, ven una película o un jueguito de arquería y a la semana los tenés acá tomando clases". Así como hay toda clase de arcos y abordajes a la arquería, también hay una forma barrial de practicarlo. Cada semana, los arqueros de la Escuela de Tiro con Arco (ETCA) empinan sus arcos en clubes y gimnasios. Convierten, como ahora, esta cancha de paddle en polígono de tiro donde Raúl Vildoza enseña a tirar a unos 180 alumnos por mes. Vildoza es el director de las cuatro sedes porteñas de la ETCA y su currículum está atravesado por flechas: cada dos por tres, cuando a un periodista se le ocurre hacer un informe de arquería, lo llaman a él. Y él va y explica, con la paciencia del cazador. Porque disparar, dice Raúl, no es solo apuntar al blanco. Para los maestros arqueros, si alguien sabe tirar con arco y flecha, significa que su cuerpo y mente están en orden, una orquesta en armonía perfecta. Poder acertar un disparo equivale a que uno puede alinear y acertar en los objetivos que se propone. "Si te relacionás mejor con tu cuerpo -dice Vildoza-, resolvés mejor tus problemas mentales". El asunto, como en el zen, es el viaje que en cada flecha se dispara hacia dentro. "El tiro con arco se basa en el manejo de energía de tu propio cuerpo", cuenta Raúl. "La mayoría de los deportes no apuntan al reconocimiento del cuerpo. Acá es todo lo contrario: el objetivo es aquietar la mente". Aprender arquería es progresivo, no es cuestión de calzarse el arco y empezar a repartir flechazos a todo lo que se mueve. No señor. El aprendizaje es gradual y yo tomo mi lección inaugural en el ETCA con Raúl, en el segundo piso de un gym en el barrio de Belgrano. Para enseñar, Vildoza se basa en el Programa Federal de Tiro con Arco. Recibe desde chicos de 8 años hasta hombres de 70. Hay programadores informáticos, psicólogos, contadores públicos. "Al tener que manejar la percepción corporal, sí o sí tenés que dejar afuera la mente". Primero, se entra en calor y se estiran los músculos. Raúl, con esto, es meticuloso: explica hasta cómo funciona la fibra muscular. Lo que sigue es la postura frente al espejo. "Vos mirame cómo lo hago. 

El tiro con arco no solo es un deporte olímpico o una antigua forma de conseguir alimento. Fuimos a lanzar flechas para demostrar que, en un templo zen en Japón o en un gimnasio de Belgrano, lo importante es la búsqueda del equilibrio interior.
  • Cicco, nuestro cronista, en su primera clase de arquería
 

En el cerebro tenemos neuronas espejo que copian lo que el otro hace. Así que es más fácil que me mires hacerlo que explicártelo con palabras". Luego hay que determinar cuál es el ojo dominante que apunta y eso depende de cada persona. Lo que sigue es trabajar sobre una banda elástica que hace de arco; se la tensa cual chicle, una y otra vez. Cuando Raúl te ve alineado y en orden, lo que hace el muy astuto es empujarte. Te empuja de un lado y te empuja del otro. "No lo hago de jodido -explica-, lo hago porque estas son las fuerzas que van a desplegarse una vez que tengas el verdadero arco". Esto determina que uno encuentre sus puntos cardinales, su apoyo, su puntal. Luego de 40 minutos de entrada en calor y práctica con el elástico, llega el momento cumbre. "Acá tenés", dice Vildoza y entrega el arco con tres flechas como quien coloca una medalla. "Tirar es el arte de la repetición". Planta un blanco de papel a 12 metros de distancia y le cuelga tres globos que -la pucha digo- se mantendrán inflados a pesar de lo mucho que les dispare. 

Música de cuerdas

No se trata solo de dar en el blanco. A decir verdad, en el kyudo zen, la arquería tradicional japonesa, lo que menos importa es si uno acierta o no. En los exámenes, cuando 11 maestros revisan, cada uno por separado, los diferentes aspectos del tiro -la postura, el movimiento, la actitud, el desplazamiento, la respiración-, no hay ninguno que se fije si la flecha del postulante ha dado en el blanco. "Mi primer examen para lo aprobé sin dar en el blanco", recuerda Luis Falcone, el arquero zen que atesora el kyudo en la Argentina. "En el zen, el tiro es el hombre". Más de 200 alumnos ya recibieron las lecciones de Falcone. Un maestro arquero que en sí mismo parece una película oriental: elegido de joven para vivir en carne propia el kyudo junto a los grandes maestros de Japón, Falcone es discípulo del sensei Masamitsu. Viajó, mamó de su fuente y convivió con los mejores arqueros del mundo. Todo eso para que, si un día Japón explota por los aires, alguien conserve intacto el tesoro de la arquería meditativa zen. "Fui adoptado en la manera tradicional, al igual que 11 personas de 11 países diferentes", recuerda Falcone, graduado en 1995. "Cada uno recibió un conocimiento distinto del shugendo, que consiste en 22 materias. A uno le tocó la ceremonia del té, a otro la limpieza de hoja de sable. A mí, la arquería". 

En todos estos años -tiene 50-, Falcone vio hazañas y logró hazañas: vio cómo un maestro no perdía la postura incluso en medio de un sismo y hasta fue invitado por Norio Tsuchiya, jefe de la guardia imperial, a entrenar en el palacio de Tokio con los guardianes del emperador, un privilegio que nunca tuvo ningún occidental. En un mundo donde todos quieren todo y ya mismo, Falcone, que compiló sus andanzas con el arco en el libro Kyudo Zen. Memorias del Japón, es como un quijote. Enseña a esperar, a conectarse con el cuerpo, a liberarse al fin de todo lo que no sea la experiencia del disparo. En sus clases de dos horas, durante los primeros 20 minutos, los alumnos limpian el dojo y arman sus arcos. Cada pequeño rito es un eslabón en la cadena del tiro. En el kyudo se pueden demorar hasta cinco años solo en aprender a respirar y encontrar la postura correcta. "El arquero siempre tiene dos flechas, una gira hacia la izquierda, la otra hacia la derecha", apunta Falcone en su estudio con toque oriental, donde se dedica también a la kinesiología. "En la primera flecha, el arquero libera un pensamiento negativo. En la segunda, se libera de una emoción. Así entramos en estado de mu, en estado de vacío". En Japón, los presidentes de Mitsubishi y Toyota son maestros de kyudo. En nuestro país, Falcone recibe en su dojo a científicos, psiquiatras y gente que jamás imaginarías jugando a Robin Hood. A la par, da clases de protocolo y ceremonial kyudo en la Universidad de 3 de Febrero, dentro de un posgrado para músicos de todo el mundo. "Solo con el sonido de la cuerda, los maestros zen saben cómo se encuentra tu espíritu al disparar -dice Falcone y sirve té-. La cuerda, para nosotros, es música". 

Conocé tu flecha

Existe una arquería para todos los gustos y no todos los arqueros apuntan a lo mismo: para aquellos que quieren un camino espiritual, para aquellos que quieren desarrollarlo como un deporte diferente, y hasta para aquellos enfermos de El señor de los anillos que imaginan que sus flechas harán que este mundo tenga menos orcos. Para todos ellos hay un arco disponible. "No sabía que se podía practicar la arquería en la ciudad", se asombra Patricio, estampador de tazas y arquero novato, alumno del ETCA. "A mí, siempre me gustó la cosa medieval". Por si quedaba alguna duda, Robin Hood, la primera estrella pop de la arquería, existió. Y su legado aún persiste. 

El tiro con arco no solo es un deporte olímpico o una antigua forma de conseguir alimento. Fuimos a lanzar flechas para demostrar que, en un templo zen en Japón o en un gimnasio de Belgrano, lo importante es la búsqueda del equilibrio interior.
  • Dar en el blanco. Una tarea nada fácil para un novato
 

El mérito de Robin no solo era sacarles a los ricos y darles a los pobres. Ser arquero en sus tiempos era bravo; las flechas eran por entonces de madera y no tenían la perfección industrial de las actuales. Un arquero profesional como él debía conocer todas y cada una de sus flechas, sus incli-naciones, sus defectos, sus mañas. Hasta le ponían nombres. Sería más sencillo ser Robin en el siglo XXI, hasta la más económica de las flechas es más efectiva. En el mercado de la arquería hay flechas de aluminio -para principiantes, salen US$ 10-, flechas para el aire libre, fabricadas con fibra de carbono, y flechas olímpicas hechas con una combinación de aluminio y carbono, una pieza perfecta que se puede conseguir a partir de US$ 60. Con los arcos es otro cantar: uno para principiantes cuesta en promedio US$ 150. Si la idea es competir profesionalmente, hay que desembolsar mínimo unos US$ 1.500. Ignacio Bonorino se inició en la arquería al mismo tiempo que se creó la Federación de Arqueros de la Argentina, durante los años 70. Hoy es instructor del CUDA y da charlas sobre arco y flecha en clubes de caza, en el hotel Llao Llao y hasta en centros de rehabilitación al lisiado. Esta es una actividad diferente, la puede hacer toda la familia sin distinción", dice Bonorino. "Por otro lado, es un deporte unipersonal y de permanente autosuperación. A nivel competitivo, exige mucha concentración, y esto hace que, cuando entrenamos, nos olvidemos del ruido del mundo. La gente necesita algo como la arquería para salir de la rutina y pensar en otra cosa". En medio de la clase, Raúl Vildoza explica el protocolo del disparo. Cómo guardar las flechas. Cómo esperar a que el otro tire y no haya accidentes, cómo extraer las flechas del blanco -si es que lo acertás, por supuesto- y cómo volverlas a guardar en ese bolsito portaflechas que no sé cómo se llama. 

Se tarda un año promedio en asimilar la técnica y, para ser medianamente bueno, se exigen más o menos 10 años. Es entonces cuando uno puede desplegar su arco para hacer algo decente y certero con él. No es mi caso: cada vez que tiro mis flechas van a parar a un costado del blanco. El objetivo es grande y estoy cerca, pero no logro dar en el círculo. Y menos aún acierto a los globos. Raúl es optimista: "Fijate que agrupaste todas las flechas en un mismo lado. Eso significa que repetís bien el movimiento, la primera clave del aprendizaje". Termino mi primera clase algo errático, pero satisfecho. Tal vez, si me pierdo en el bosque, no pueda sobrevivir cazando liebres, pero quizás logre, de tanto en tanto, clavarla sobre algún elefante herido. O muerto en manos de un arquero con mejor puntería, un arquero más gordito de tanto comer carne y con tiempo suficiente para hacer evolucionar esta bendita especie de una buena vez. 


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