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Kike Ferrari: el escritor subterráneo

Lleva publicados ocho libros, ganó el codiciado premio Casa de las Américas y lo editaron en España, pero recién se hizo conocido cuando Crónica TV descubrió su doble vida de trabajador del subte que escribe en los ratos libres. 

  • Foto Alejandro Guyot

Por Hernán Panessi 

Cuando se piensa en el prototipo de escritor es probable que venga a la mente alguien rodeado de libros, no muy atlético y con estirpe flemática. Kike Ferrari es escritor y no se parece en nada a ese arquetipo: está tatuado, es cinturón negro de taekwondo y trabaja de maestranza en el subte de 11 de la noche a 5 de la mañana. Escribió gemas como Lo que no fue y la melancólica Entonces solo la noche, y fue por estas novelas que recibió respectivamente el premio Casa de las Américas y el tercer lugar en el Fondo Nacional de las Artes. A su vez, fue finalista del Prix SNF du polar de Francia con la novela negra Que de lejos parecen moscas. A sus 43 años, ya lleva publicados ocho libros. Lo curioso es que Kike escribe en sus recreos laborales. Y, prescindiendo de los aires a Dr. Jekyll y Mr. Hyde, sigue dándolo todo en el subte. 

Al principio, sus compañeros no podían creer que el mismo tipo que se fumaba un pucho con ellos en los descansos, que se autodefinía como trosko y se involucraba en toda lucha gremial, también estuviera en la solapa de un libro. "Pensaba que los escritores eran más blanditos", le dijo uno, después de una ardua jornada laboral. Eso era un doble elogio. 

Kike trabaja en la línea B del subte pero antes fue panadero, fletero, taxista, jardinero, ayudante de electricista, empleado en un instituto de menores, en una fábrica de cromado, vendió seguros, fue lavaplatos, pocero y atendió llamados en un call-center. A fines de los años noventa, la falta de trabajo lo llevó a los Estados Unidos. Ahí terminó en un shopping vendiendo cuadros. Y lejos de parecerle un martirio, los cambios significaron aventuras y aprendizaje: "Siempre tuve miedo de la tragedia de tener un solo trabajo en la vida. Tenía de rol model a los beatniks, a Charles Bukowski". Se fue sin querer irse y volvió queriéndose quedar. No tuvo chance: lo deportaron. 

Salir a la superficie

"Fueron días raros", reflexiona Kike después de su aparición en Crónica TV. Lo entrevistaron con el mismo criterio que usa ese canal para todo, por ser una curiosidad: el escritor premiado que limpia los pisos del subte. "La tele te hace existir", comenta recordando que su pase por allí le valió la venta de un centenar de ejemplares. 

Toda su vida fue autodidacta: no estudió en la facultad ni concurrió a talleres de grandes plumas. Terminó el secundario a los ponchazos e intentó tres veces comenzar el profesorado de letras: nunca prosperó. Sin embargo, la lectura estuvo siempre presente en su vida y, desde chico, en su familia apostaban porque fuera escritor. 

Viajar a la Semana Negra de Gijón lo puso en el mapa. "Si no agitás ni aparecés, no vendés". Fue publicado en España y, al tiempo, Paco Taibo, famoso escritor de policiales mexicano, lo llevó a tierras aztecas. "Todo eso me cambió la vida", cuenta emocionado. A partir de este raid, le empezaron a pedir textos, cuentos, artículos y colaboraciones varias. Aquí comenzó su etapa de profesionalización. 

Podemos decir que Kike no gana plata con la literatura pero, aun así, asegura que las cervezas más ricas se las tomó con el dinero que hizo escribiendo. "Escribir nunca me pagó la olla, pero hay días que me imagino viviendo de la escritura y hay días que no", reconoce. ¿Por qué? "Porque no vivir de la literatura te da libertad". Lejos de sus yeites, quiere escribir una novela sobre una madre soltera en los 70 y cómo la relación con su hijo termina siendo lo más importante que tiene. "Para lo que vengo escribiendo, es el antiplan", se sincera. 

Amigo de Leonardo Oyola, autor de Hacé que la noche venga (novela ambientada en un subte) y de la famosa Kriptonita, reconoce que la literatura lo vinculó con personas que admira. De hecho, tuvo un fanzine llamado Juguetes Rabiosos, que recibió palabras de elogio del mismísimo Ricardo Piglia. "Se lo dejábamos en la puerta de la casa y un día nos nombró en una nota de la Revista Ñ como una de las cosas más interesantes que había leído en ese tiempo", recuerda. 

Así como los jóvenes del conurbano sienten fascinación por los trenes (hay piedras y poemas, hay bardos y correteos, hay trabajo y escuela), él -porteño- siempre la tuvo con los subtes. Lo conmueve eso de "estar y no estar en la ciudad". Por ahora no piensa dejar su labor y hasta tiene entre manos una posibilidad de ascenso. "El subte de noche es como una ciudad abandonada", insiste llenándose el pecho de historias. El escritor no le ha ganado al maestranza. Tampoco viceversa. En él conviven ambos mundos: ni Dr. Jekyll ni Mr. Hyde, Kike Ferrari se permite ser un hombre libre. 


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