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El gobierno del tecnooptimismo

La gestión de Cambiemos llegó al gobierno con una fe: toda tecnología es buena y debe aplicarse ya. ¿Es tan así? 

Por Natalia Zuazo 

Si algo no le podemos negar al cirujano Macri es su bisturí de precisión. Con rigor de acupunturista, sus primeras medidas pincharon en puntos clave: el dólar, el trabajo, los medios. Tras encargarse de ellos, emprendió un viaje al centro del mundo financiero, es decir, del poder: el Foro Económico de Davos. Allí su agenda incluyó reuniones con los CEO de las tres empresas tecnológicas más grandes del mundo: Sheryl Sandberg de Facebook, Eric Schmidt de Google y Satya Nadella de Microsoft. Las tres responden a la fe Cambiemos: darles la llave del futuro a las corporaciones. 

"La entrada de la Argentina al siglo XXI ha estado retrasada", dijo el nuevo presidente en su discurso de asunción, en sintonía con el tecnooptimismo radical, que sostiene que siempre a más tecnología se consigue más progreso, e incluso, la paz. Y que siempre es mejor aplicarla primero y medir sus resultados después: de no hacerlo, pierde el tren del futuro y se cae en el atraso. Nobleza obliga, una parte del diagnóstico del doctor Macri es cierta. La Argentina vive, en muchos aspectos, un grave retraso tecnológico. Comunicarse por celular es imposible. Las empresas del sector lideran el 80% de los reclamos de defensa del consumidor, tienen los precios más caros de América latina y cuentan con una de las peores coberturas 4G del mundo (Argentina está en el puesto 65 de 68). Los proveedores de internet nos conectan a un promedio de seis megas (contra los 22 de Uruguay y los 14 de Chile) y con el precio más caro de la región (solo superado por México). 

Una parte es herencia del gobierno kirchnerista, que hizo poco por regular un mercado de telecomunicaciones que seguía en pocas manos y concentrado en el centro rico y urbano del país. Pero, aun con esa deuda importante, también había realizado avances de la mano de la voluntad estatal: la inclusión digital de las más de cinco millones de computadoras del programa Conectar Igualdad y el desarrollo de un software libre propio como Huayra, la fabricación y la puesta en órbita de los dos satélites Arsat, el desarrollo de infraestructura de fibra óptica de Argentina Conectada (aunque no llegó a implementarse totalmente), el sistema de Televisión Digital Abierta, la actualización regulatoria de telecomunicaciones de la ley Argentina Conectada

Con algunas de esas medidas nuestro país había comenzado a preguntarse cuál era el rol que quería para la tecnología. Y lo más importante: se había empezado a ubicar la decisión política con alguna importancia en las decisiones tecnológicas. El otro modelo, en cambio, es el que se está comenzando a transitar en los dos primeros meses del nuevo gobierno: dejar esas decisiones en manos de las grandes corporaciones. 

¿De qué habló el líder del PRO con Sheryl Sandberg, Chief Operating Officer de Facebook? De los dos proyectos más publicitados de la empresa de Mark Zuckerberg: Facebook at Work y Free Basics. El primero es una aplicación que, imitando el entorno de diseño de la red social, las empresas podrán usar para coordinar flujos de trabajo y tareas y, según promete la compañía, mejorar la eficiencia. La idea es sencilla: si los empleados se la pasan gran parte del día en la red social, las empresas querrán adoptar la novedad para que "se conecten" y trabajen al mismo tiempo. De paso, claro, esos mismos empleados van dejando datos: cuánto tiempo están conectados, de qué temas hablan, quién se relaciona con quién. Si hasta hace un tiempo nos preguntábamos si era posible o incluso legal que los jefes pudieran acceder a las comunicaciones de sus equipos, bueno, Facebook parece dar por terminada la duda. 

Sin embargo, el punto de alarma de la reunión es la posibilidad de que Free Basics llegue a la Argentina. Lanzado en 2013 con el nombre de Internet.org, el proyecto tiene un objetivo declarado: llevar conectividad de internet a países en vías de desarrollo. (¿El objetivo real de Zuckerberg? Entrar al mercado del 57% de la población del mundo que todavía no está conectada). Para ello, Facebook se asoció con seis empresas de telefonía móvil (Samsung, Ericsson y Nokia, entre ellas) para que sus teléfonos incorporen una aplicación que permita conectarse a internet a través de una versión "light" de Facebook, que incluye también servicios de salud y educación. Para los usuarios el acceso es "gratis", pero también implica el acceso a internet de segunda, una red para "pobres", porque está limitada a algunos servicios. Con ello, además, Free Basics viola la neutralidad de internet, porque privilegia algunos contenidos por sobre otros. Por esa razón, y por una fuerte oposición de activistas por derechos digitales, la iniciativa fue rechazada en febrero en India, el primer gran mercado al que el dueño de Facebook apuntaba. Pero América latina, y la Argentina, sigue en la lista. 

También inquietante fue la reunión con Satya Nadella, el CEO de Microsoft, que le ofreció al presidente argentino "software gratis para estudiantes". También con el cartel de "free", la apuesta de la empresa es clara: si los niños acceden a las computadoras con sus programas desde pequeños, será natural que luego los quieran seguir utilizando de adultos. Pero, claro, ya no serán gratuitos. Por eso, la compañía de Bill Gates es una de las que más dinero gasta en lobby por año en Estados Unidos (casi 9 millones de dólares solo en el Congreso), precedida por Google, Facebook y Amazon. En América latina también está presente en cada oficina estatal, donde su misión principal es, a cambio de "regalar" algunos productos, ganar las licitaciones para las distintas reparticiones estatales. Con esto, los gobiernos también resuelven rápidamente el problema con una solución "llave en mano": le dan todo el negocio a una compañía, incluyendo la reposición y el mantenimiento de la tecnología. 

En principio, la solución parece eficiente. Sin embargo, con el tiempo, genera otro problema: los Estados compran todo a empresas con know-how importado de países del norte y sus recursos técnicos locales van perdiendo capacidades de aprendizaje y de innovación. A la larga, esto implica un retraso para el país, que luego solo es capaz de seguir comprando tecnología empaquetada, en vez de desarrollar una propia. Negar el progreso, por supuesto, no es la solución. Pero adoptar toda tecnología sin mirar su letra chica puede tener graves consecuencias a futuro. 


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