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¿Cuáles son los orígenes del culto a la flacura?

De la exuberancia a la delgadez extrema, un recorrido por los cánones de la belleza y sus cambios, explicados desde la filosofía, la historia y la moda. 

De la exuberancia a la delgadez extrema, un recorrido por los cánones de la belleza y sus cambios, explicados desde la filosofía, la historia y la moda.
 

Por Alejandro Caravario 

La modelo y actriz Kate Upton es una belleza descomunal. Con un dejo de Ornella Muti en su rostro de ángel calentón, porta además un cuerpo expansivo, especialmente pantagruélico a la altura del escote. Un tipo con el ojo entrenado como el célebre fotógrafo Mario Testino le dice "el bombón americano". Y miles de hombres por el mundo le dirían cosas igual de elogiosas aunque quizás menos elaboradas si tuvieran a esta maravilla de la biología a tiro. No obstante, el archivo de la tiránica república de la moda nos revela que Victoria's Secret, la canónica marca de lencería, echó a la hermosa Kate de su pasarela por considerarla "vulgar". Luego se arrepintieron porque la chica ganó fama y portadas, pero lo que muchos consideran una boutade ofensiva, para la compañía líder en ropa interior significa una afirmación de principios. Upton tiene mucho de allá y mucho de acá. Y en lugar de hablar de exuberancia -es decir, alta concentración de atributos nobles-, los preceptores del gusto solo encuentran carne ociosa y antiestética. Un mal ejemplo para la humanidad. Gordura, bah. 

Los ángeles de Victoria's Secret son un elenco multiétnico de jóvenes espléndidas estrictamente seleccionadas. El Dream Team de las pasarelas, una liga de superestrellas cuyos anodinos avatares son seguidos por millones de chicas que las admiran con devoción. Una de ellas, Adriana Lima, le confesó al periódico británico The Telegraph los rigores a los que deben atenerse para dar la talla, encajar en la idea de belleza que alguien barrunta en su estudio de diseño y luego se vuelve un mandato bíblico. Luego del entrenamiento diario, un nutricionista mide la masa muscular de los ángeles, así como el porcentaje de grasa y los niveles de retención de líquido. La dieta, a medida que se aproxima el desfile, se transforma en hambre o una prueba de carácter, según como se mire. De hecho, durante las últimas dos semanas las chicas solo ingieren batidos -los sólidos podrían atentar contra su consistencia etérea- y agua, mucha agua, como si acabaran de atravesar el desierto. 

Al nivel de los mortales el asunto es distinto. Pero no tanto. Los varones disponen de licencias, como en todos los órdenes. Pero las damas, ay. El desprecio por el ínfimo asomo de grasa se ha estandarizado como causa inexcusable de censura social. Y, claro está, de autoflagelación, sobre todo cuando se acerca el verano y el cuerpo desnudo pide pista, salir al sol. Si bien hay matices y ciertos contraejemplos que destilan una falsa pluralidad (la exitosa cantante Adele, las modelos plus-size como Tara Lynn, una verdadera oda al volumen corporal), la delgadez ha ganado la partida y parece definitivo. Es cierto que a las gorditas se les permite ser sensuales -ya no solo bonachonas-, pero se trata de una concesión del mercado, no de la educación cotidiana que se imparte en los hogares. Los padres no quieren niños y niñas abundantes y no necesariamente por alertas sanitarias. 

De la exuberancia a la delgadez extrema, un recorrido por los cánones de la belleza y sus cambios, explicados desde la filosofía, la historia y la moda.
 

Se ha prodigado materia gris de especialistas y no tanto para ilustrar acerca de los perjuicios de esta imposición estética. Desórdenes alimentarios, infelicidad en sus más variadas categorías, discriminación, inconvenientes para comprar ropa y otras pestes a las que, por el momento -la duración de esta nota-, no vamos a volver sencillamente para ahuyentar la redundancia. Sí nos preguntaremos, casi filosóficamente, por los orígenes. 

¿Cuándo la humanidad comenzó a celebrar la escualidez como el fundamento de la belleza, la elegancia, la salud, la seducción, la clase y una vida plena? ¿Cuándo pasamos de los culos torrenciales y de humana flojera de "Las tres gracias", de Rubens (siglo XVII), al perdurable linaje de Twiggy y Kate Moss? 

La académica española Marta Llaguno hace un largo salto en la historia que la deposita en el momento nodal de todas las sagas: la aparición de la comunicación masiva. En su ensayo La tiranía de la apariencia en la sociedad de las representaciones, dice que a lo largo de la historia se registran distintas concepciones "del atractivo y la perfección personal". Sin embargo, la mayor repercusión la han tenido "aquellas imbuidas de valores fácilmente transmisibles a través de los canales de comunicación estandarizados". 

No siempre la sociedad alabó las virtudes físicas. Durante años, la belleza que se cultivaba y apreciaba provenía del espíritu, en línea con la tradición clásica y ciertos mandatos de la iglesia. Además, la pureza del alma se adecuaba mejor a los modos de difusión de la época, más aptos "para comunicar contenidos que continentes". 

Sigue Llaguno: "En la era preindustrial, los juicios de valoración se divulgaban individualmente o en grupo, sobre todo a través de narraciones orales, manuscritos e impresos y obras artísticas. Por estas vías, los valores inmateriales tenían más posibilidades de difusión, irradiación y traslación que los plásticos. A través de parábolas, anécdotas, fábulas o historias fácilmente asimilables y recordables -primero orales y después escritas-, era fácil inculcar recetas y condiciones para aumentar virtudes teologales y cardinales, y hacer que estas normas se asimilaran y corriesen entre el pueblo iletrado. Sin embargo, no resultaba tan sencillo transmitir masivamente criterios estéticos. Los íconos y obras de arte, que plasmaban cánones corporales, eran indivisos, irreplicables e inamovibles y difícilmente divulgables. En consecuencia, sus efectos resultaban geográficamente muy circunscriptos y demográficamente muy selectos". La imagen, eso que ahora circula sin cesar en soportes surtidos, estaba acotada a conventos y palacios. Arduo resultaba entonces propalar cánones, y mucho más colonizar estéticamente como hizo a partir del siglo XX la meca del cine de los Estados Unidos. 

Precisamente el cine, la fotografía y los medios gráficos contribuyeron a que la estética (no solo aplicada al arte, sino a la observación del propio cuerpo y sus adornos) terminara de sustituir a la ética y a la espiritualidad que habían signado la ruta occidental. 

El desarrollo tecnológico permitió la reproducción a gran escala y, en consecuencia, las fotos inductoras del consumo colmaron los hogares. Walter Benjamin, en su tan socorrido como genial texto La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, cita a Paul Valery, una pluma exquisita: "Igual que el agua, el gas y la corriente eléctrica vienen a nuestras casas, para servirnos, desde lejos y por medio de una manipulación casi imperceptible; así estamos también provistos de imágenes y de series de sonidos que acuden a un pequeño toque, casi a un signo, y que del mismo modo nos abandonan". 

De todas maneras, todavía no llegamos a la imposición de la delgadez como férreo patrón. Justamente el tema que nos trajo hasta aquí. El flujo de imágenes, entre otras revoluciones, cambió la función del arte, como dice Benjamin. Pero aún faltaba que una autoridad dominante bajara línea desde un baluarte estético del siglo XX: la moda. 

La culpa del culto a la flacura la tiene Coco Chanel. Esa brillante emprendedora autodidacta marcó a fuego usos y costumbres de la primera mitad del siglo XX al leer con claridad -y provecho económico- las secuelas de la Primera Guerra Mundial. De infancia muy pobre y mal nutrida, Coco, que antes de ser una marca de la moda fue cantora de cabaret y solícita amante de señores con dinero, convirtió la imagen del hambre asociada a la guerra "en modelos estéticos". Tal es la hipótesis de la profesora de Artes de la Universidad de Buenos Aires (UBA) Elina Matoso, en su trabajo Cuando la delgadez es negocio. Dice Matoso: "Frente a hombres mutilados, heridos y tambaleantes en la construcción de su nueva imagen de poder, construye un nuevo cuerpo femenino, parecido al del hombre y en condiciones de competir con él. Chanel creó un diseño de ropa que se hizo universal: el trajecito; emblema, máscara femenina de toda reunión política, académica, de negocios; tarjeta de presentación de las mujeres de hoy, pasaporte al mundo laboral". 

Hasta entonces, la mujer muy magra sugería alimentación deficiente. Ergo, pobreza o, en todo caso, problemas de salud. Coco desmontó el sentido común al instalar la delgadez como un rasgo de estilo. Un nuevo estilo, que denotaba modernidad, dinamismo, éxito. La irrupción de la mujer en el mundo. Ese fue el verdadero diseño cultural de Chanel. "Cuerpo chato; pechos sin marcar; pollera recta sin destacar caderas; cuellos de camisas sobre solapas de saquitos oscuros. Cuerpos asexuados pero con detalles atribuibles a lo femenino: un fino collar, una delicada pulsera. La mujer descarta un cuerpo con sus redondeces a cambio de un lugar ejecutivo; compra delgadez -residuo de la escasez y del hambre- a cambio de que se borren los rasgos asociables con roles de segundo orden, los del ama de casa, de la vedette, de la reproductora de crías", escribe Matoso. 

El consumo, la aparición de las marcas, el cine. El cóctel del último siglo es vasto y picante. El resultado: la sucesión y también la coexistencia de distintas utopías estéticas en torno a la anatomía humana, en especial, como ya se dijo, la femenina. 

Cada tanto ha emergido la mujer rellena, aunque asociada al desborde erótico más que a la elegancia. Desde las chicas pin up como Bettie Page (precursora total del flequillo rolinga: lo popularizó antes de que existieran los Stones) hasta ciertos fenómenos contemporáneos del tipo Kim Kardashian y Nicki Minaj. Sin embargo, el prestigio del cuerpo austero, flaco, continúa inalterable. Más allá de algún permiso eventual para lucir rollos, fomentado por las marcas que buscan una posición políticamente correcta, las visiones de Chanel se han consumado. Fuera de su responsabilidad -al fin de cuentas, solo era una modista-, una compleja y machacona maquinaria (¿los medios de comunicación?, ¿siempre los medios de comunicación?) ha logrado subordinar las subjetividades en este aspecto. Alguien lo llamó, quizá de un modo rimbombante, revolución somatoplástica. 

Es decir, "la reducción de mi realidad corporal a la imagen estética socialmente consagrada". Una versión amable de la esclavitud. 


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