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Luca Prodan: el chico de las canciones agónicas

La obra del prototipo del artista romántico nos transporta a esos años a los que nuestra melancolía recuerda como los mejores. 

La obra del prototipo del artista romántico nos transporta a esos años a los que nuestra melancolía recuerda como los mejores.
 

Por Santiago Llach

Una noche, en los 90, invité a salir a una chica y la pasé a buscar en auto por su casa. Tenía puesto en el equipo de música uno de los discos solistas de Luca Prodan que editaron post mortem. La chica me preguntó qué era esa música. Luca Prodan, le dije, el de Sumo. "¿Quién? No lo conozco", me dijo. Instantáneamente supe que la cita no iba a funcionar. Y así fue. 

Supongo que hay una relación entre la intensidad con que uno idolatra a algunos artistas en la adolescencia y la inseguridad con la que encara la vida en esa etapa. Y la intensidad de la idolatría depende un poco de cuán obsesivo sea uno. Hay gente que escasamente se comporta como fanática, que nunca agarró la obra de un artista y la consumió toda entera. No era mi caso; yo me aferraba a mis ídolos, como a pilotes que sostenían mi desarreglo hormonal. La galería de esas figuras que presidieron mi imaginación adolescente sigue sobrevolando mi cabeza, como un compendio de murciélagos endebles que orientan mi modo de percibir las cosas. 

Crecí, y mi manera de pensar cambió bastante. A los 43, y con un pasado rebelde, soy algo muy parecido a un señor conservador. Mi evaluación del rock nacional, lo confieso, es bastante negativa. Supongo que eso significa que en alguna medida no terminé de crecer: seguir aferrado -aun de manera no positiva- a cosas que hicieron personas hace treinta años es un poco quedarse anclado en aquel momento, el de la juventud dorada; es resistirse a crecer. 

Si con los viejos ídolos del rock que siguen vivos (el Indio Solari) por momentos siento algo parecido al enojo, con Luca Prodan lo que me aflora más bien es una ternura compasiva. Yo tenía 15 años cuando murió: fui carne de cañón de su prédica nihilista. Hoy no puedo dejar de verlo como a un chico desgraciado, un joven con problemas mentales que no pudo encontrar su lugar en este mundo, que nunca lo soportó y murió trágicamente a los 34 años. Los seis últimos años de su vida, sin embargo, le alcanzaron para caer a este rincón perdido del mundo y transformarse en héroe, mártir y mito. Luca es el prototipo del artista romántico: su potencia es mortuoria. A los que decidimos transitar caminos menos extremos, ¿nos ilumina en algo esa inconsciencia trágica? 

En un punto pienso que no. Pero: busco en YouTube After Chabon, el último disco de Sumo, y lo escucho entero. (No deja de sorprenderme esa instantánea disponibilidad de la producción cultural universal que caracteriza a esta época; el exceso digital conspira, de alguna manera, contra los mitos: democratiza e iguala. Pero eso, me digo, es también un pensamiento romántico: es una sensación que ya otros expresaron ante los avances tecnológicos). Luca, o la mitología precaria que se tejió en torno a él, me resulta infantil, desahuciado. Pero escucho sus canciones y las emociones que producen en mí siguen intactas. En parte, claro, porque la música tiene esa magia. Es como la famosa magdalena del personaje de Proust, cuyo sabor le traía de repente una inundación de infancia. La música, arte sensorial, me lleva de un golpe a otra época, a los años que mi melancolía cree mejores o que, irremisiblemente, ya pasaron. 

La obra del prototipo del artista romántico nos transporta a esos años a los que nuestra melancolía recuerda como los mejores.
 

(Como siempre que escribo esta columna, mientras lo hago siento que hay un exceso de primera persona. ¿Lo que importa acá es Luca Prodan o lo que me pasa a mí con Luca Prodan? No tengo pretensiones de importancia; pero lo que intento hacer es registrar lo que le pasa a alguien con la música, un x como yo. 

Luca Prodan fue una polilla incendiada que giró en torno de ese oxímoron llamado rock argentino mientras este se organizaba como industria. En el reciente Juventud divino tesoro, su biógrafo Oscar Jalil dice que hacía un "rock brutal y distinguido, arrogante y cercano". Italiano-escocés con residencia sentimental en la Londres punk del 77, Luca cargaba también los equívocos prolíficos de la relación histórica entre Argentina e Inglaterra: las invasiones, los ferrocarriles, los frigoríficos y la Baring Brothers. En la era post Malvinas, este país contradictorio convirtió a un exiliado proto-inglés en su máximo héroe alternativo. En un campo cordobés (en Nono, una localidad con toques de colonia inglesa) y en un suburbio también con fintas aristocráticas anglo (Hurlingham), Luca coció su Jekyll y Hyde: el reggae y el punk como dos maneras agónicas de narrar lo que veía y sentía. Así, sostenido por una banda sólida en su desparpajo (Sumo fue una escuela de la industria cultural), Luca cuajó en su último disco, meses antes de morir de inanición emocional, una profecía tierna ("No tan distintos (1989)"), un divertimento melódico con algo de arqueología rockera ("Hola Frank"), una canción alegre para los chicos que íbamos a misa ("Noche de paz") y un hermoso poema en ralentti a la amistad entre el hombre y la mujer ("Percussion Baby"). Versátil, exagerado, tonto y mortal, Luca fue al fin sólo un chico que hizo canciones. Más no se le puede pedir a nadie


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