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Mundial Francia 1998: A solas en la redacción

 

Por Hernán Iglesias Illa / / Periodista y escritor

Pasé casi todo el Mundial de Francia en la redacción del diario El País, en Madrid, haciendo una pasantía en la sección Deportes. La cobertura de El País era grandiosa: el Mundial no era solo un campo de batalla en el cual se debía aniquilar a los rivales, sino también una oportunidad para contar historias. 

La sección se escribía casi toda desde Francia. En Madrid habíamos quedado unos pocos a cargo de darle forma al conjunto. Una de mis primeras tareas fue transcribir las columnas que mandaba Javier Marías por fax. Me advirtieron: "No cometas ni un error, porque se pone loco". Tipié entonces con muchísimo cuidado. Tanta atención le puse al texto que una vez me olvidé del título. En lugar de escribir Seis regates zurdos, el título que había mandado Marías, escribí Seis grandes zurdos. Nunca más volvieron a insultarme como me insultó aquel día, después de haber sido insultado por teléfono por Marías, mi jefe, un oso asturiano que respondía al nombre de Juanjo. 

Otro día me pidieron que eligiera la formación ideal. Armé la lista con los nombres más elogiados en la prensa e incluí al Burrito Ortega, uno de mis ídolos de adolescencia y, también, autor de dos goles recientes contra Jamaica. Me parecía una elección razonable. Pero uno de los editores dijo: "Estos argentinos siempre igual, haciendo campaña por otros argentinos".Desde ahí me cuidé de elogiar a los argentinos, y el Burrito, con su cabezazo y su expulsión contra Holanda, tampoco me dio demasiados motivos. 

Sobre la selección de Passarella, la crónica que más recuerdo la escribió Santiago Segurola, entonces redactor estrella, después del resultado Argentina 1-Japón 0. El título era "Todos somos Simeone" y el texto les reprochaba a Passarella y a su equipo haber elegido, para el primer Mundial post Maradona, un juego "industrioso, aguerrido y embarullado".En un país donde todos los pibes querían ser como Maradona, en la selección de Passarella todos querían ser, decía Segurola, como el Cholo Simeone. 

Mis sensaciones con aquel equipo, que estuvo a cinco minutos de cumplir su misión de llegar a semifinales, son parecidas a las que tengo respecto del menemismo. Ambos fueron, para mí, intentos fallidos y despistados de modernidad. El primer menemismo, el de la pizza con champán, fiestero e improvisado, había coincidido con la selección fiestera e improvisada del Coco Basile. El segundo menemismo, más tecnócrata e ideologizado, coincidía ahora con la selección aguerrida y sin sentido del humor de Passarella. Pero ni Passarella ni Menem tenían demasiado claro lo que significaba esa modernidad que decían buscar. Tenían claros los gestos externos, como la obligación del pelo corto y el acceso al consumo de bienes sofisticados, pero sin entender o compartir las implicancias y los valores que aquellas elecciones provocaban. 

Argentina-Inglaterra se jugó un martes, en uno de los pocos días que estaba de franco. Pasé casi todo el día dando vueltas por Madrid y volví a la buhardilla-monoambiente que alquilaba en Tirso de Molina antes de las nueve, para ver el partido. Cuando llegué, vi que me habían cortado la luz por falta de pago. Bajé las escaleras y subí al trote por la calle Magdalena en dirección a la estación de Atocha, buscando un lugar en el que pasaran el partido. Encontré una pequeña pizzería argentina donde había un televisor prendido. El marcador en la pantalla decía 1-1: me había perdido los goles de penal de Batistuta y Shearer. Pero la pizzería estaba cerrada y no me querían dejar entrar. Tuve que rogarles durante varios minutos. Me sentaron en un banquito a un costado y casi no me dieron bola, ni cerveza. Estas anécdotas normalmente terminan como otra historia sobre argentinos en el extranjero hermanados por la selección. Pero no me acuerdo nada de eso. Me acuerdo del gol de Zanetti, el mejor gol de pelota parada en la historia de la selección, y de los nervios en la definición por penales.  

El partido contra Holanda lo vi en la redacción de El País al lado de Diego, otro redactor argentino. Al final del pasillo que separaba las secciones Nacional y Economía, un grupito se había congregado alrededor de una televisión que colgaba del techo. Los oí festejar el gol de Kluivert. Un rato más tarde, festejamos nosotros, los inmigrantes, el gol del Piojo. Cuando Bergkamp hizo lo que hizo en el minuto 89, Ramiro, un redactor de Locales de quien me sentía bastante amigo, corrió en mi dirección con los brazos en alto. Me sentí más solo y extranjero que nunca. 

 

Carlos Roa

Arquero | 44 años | Jugó el Mundial de Francia 98 

"Mi primer recuerdo de un Mundial es el de México 86, con Diego en el pico de su carrera. Yo por entonces no me fijaba en los arqueros, porque jugaba de delantero. De hecho, me había ido a probar de 9 y había quedado". 


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