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¿Qué le pasa al cuerpo cuando salimos a correr?

Ahora que todos corremos, ¿qué le pasa al cuerpo cuando nos calzamos las zapatillas? Radiografía de los cambios que nos sanan mientras tomamos la calle. 

Ahora que todos corremos, ¿qué le pasa al cuerpo cuando nos calzamos las zapatillas? Radiografía de los cambios que nos sanan mientras tomamos la calle.
 

Por Pablo Corso

Si sos corredor amateur, conocés la rutina: levantarse a las siete de un domingo, preguntarse si vale la pena, desayunar liviano. Llegar hasta Palermo o la Costanera y encontrar a los de tu especie: zombis de remera estridente y andar decidido, relojeados por humanos que salen de una noche de fiesta. Cuando hay más árboles que edificios, escuchás al locutor bien arriba sobre la electrónica repetida. Estás acá una vez más. Mirás a los que, como vos, arrancan una entrada en calor suficiente pero no excesiva. Piensan en llegar, en bajar los tiempos. En la paz mental que da tener una misión. Tienen caras hiperconcentradas. Cuerpos viejos y jóvenes, duros y blandos, con tabla de lavar o panza de cerveza. 

Las carreras urbanas son inclusivas. Una masa de 3, 5 o 10.000 personas que hacen lo mismo y piensan parecido, pero nunca salen de sí mismas. En la largada hay chistes al paso y nervios que rompen el hervor de la cuenta regresiva. Los primeros 1.000 metros son fáciles: hay que esquivar gente y marchar como pingüinos. A partir de los 2.000, cada uno encuentra su ritmo y el pelotón se dispersa. Durante los próximos cuarenta minutos, vas a sentirte bien, mal y regular. Con aire y con piernas. Con aire y sin piernas, o al revés. Sin ninguno de los dos. En cada fase, la cabeza es fundamental para alivianar las pequeñas traiciones del cuerpo, o ponerlas en primer plano. 

La marcha constante hacia delante tiene algo particular. Por la constancia o por el cansancio, en un momento te sumergís en una especie de nada, un estado irracional que solo pide poner un pie delante del otro. Correr es todo lo que hay. Y cuando las neuronas vuelven a oxigenarse, ya vislumbrás el final. Hay algo de épica instantánea en la última recta, con los bajos de nuevo al palo y el cruce triunfal ante la mirada de los otros. El cuerpo no está seguro, pero la cabeza te dice que sí, que otra vez valió la pena. 

El corazón

Lo primero que le pasa al cuerpo que corre es el aumento de la frecuencia cardíaca. Si en reposo es de 70 latidos por minuto, en competencia puede alcanzar los 150 a los dos minutos. El deportista entrenado mantendrá ese ritmo durante toda la prueba. El de elite tiene menos pulsaciones: su corazón late menos para no comprometer el sistema. Para todos, una cuenta rápida permite evitar riesgos: 220 menos la edad del corredor. En alguien de 35 años, por ejemplo, 185 es la frecuencia máxima aconsejada. Más allá, hay riesgos de falla cardíaca. 

La sangre

Cuando estamos quietos, la sangre se estanca. Cuando corremos, las células de todo el cuerpo demandan más oxígeno y el flujo empieza a recircular. El corazón impulsa la sangre ralentizada y la hace fluir en mecanismos nerviosos que la llevan del tubo digestivo a los músculos de las extremidades y al cerebro. El volumen sistólico (sangre bombeada por minuto) puede pasar de 6 litros en reposo a 17 durante la competencia. Además, el entrenamiento constante baja la presión arterial y mejora los cuadros de colesterol y triglicéridos. 

Las células

Todos los corredores hacen un intercambio químico básico: consumen oxígeno y glucosa, eliminan dióxido de carbono y ácido láctico. En el círculo aeróbico virtuoso, la glucólisis transforma la glucosa en ácido pirúvico, que a su vez se convierte en energía para la contracción muscular.Pero un pique fuera de programa para mejorar los tiempos puede jugar una mala pasada. El músculo responde, pero se queda sin oxígeno y entra en anaerobiosis: se corta el ciclo anterior y el ácido pirúvico se transforma en láctico, un tóxico metabolizado en el hígado que puede provocar dolores y calambres. 

Ahora que todos corremos, ¿qué le pasa al cuerpo cuando nos calzamos las zapatillas? Radiografía de los cambios que nos sanan mientras tomamos la calle.
 

Los músculos

Mientras quemás grasas y kilómetros, sentís el calor de la marcha en muslos, pantorrillas, cuádriceps e isquiotibiales. Una carrera a buen ritmo, además, fortalece lumbares, abdominales, cintura, brazos y un músculo desconocido pero importante: el psoas, inserto entre la pelvis y la columna vertebral. Eso sí: aunque ganes la maratón de Berlín tres años seguidos, tu masa muscular se va a quedar como está. No hay cambios fisiológicos ni anatómicos si no te cargás con pesas. 

La respiración

Los vasos sanguíneos tienen quimiorreceptores por los que circula el aire. Cuando el corredor entra en ritmo de competencia, elimina cada vez más dióxido de carbono y alerta sobre un mayor requerimiento de oxígeno. Así se intensifica el estímulo a los centros respiratorios cerebrales. Los pulmones se vuelven protagonistas, "despertando" y ventilando un 40% más de alvéolos. 

Los pies y la columna

Los médicos dicen que la hinchazón de los pies no es significativa después de correr diez kilómetros, pero advierten sobre ampollas o microtraumas, como la pérdida de una uña por ponerse mal una media. Y, como después de los 30 años, todos empezamos a sufrir problemas de columna o patologías de artrosis, el calzado es crucial para bajar el impacto del peso sobre el suelo. La zapatilla equivocada puede afectar a las articulaciones. La adecuada protege los pies del roce o, los que pueden generar micosis o ulceraciones. 

La cabeza

El aumento del flujo sanguíneo en el cerebro sostiene el sistema motor en condiciones de alerta. El corredor también libera las ya célebres endorfinas, sustancias euforizantes y placenteras, parecidas a la morfina desde lo farmacológico. Corré si estás deprimido: vas a sentirte mejor y más fuerte. Y tratá de llegar sin quemarte: evitás la frustración del abandono y dejás el circuito con la paz de haber logrado el objetivo. 

Excesos y lesiones

El doctor Adrián Desiderio defiende el concepto de "deporte & salud" y mira de reojo el fenómeno de las masas lanzadas a pruebas de alto rendimiento sin la preparación adecuada. "En todas las carreras, las ambulancias se llevan a un tipo en condiciones deplorables", lamenta. "Empezó a correr al lado de una minita veinte años menor y genera una competencia dentro de la competencia". La lesión más frecuente es el desgarro y la más grave el infarto: suele pasarles a hombres mayores de 50 años, que corren sin controlarse ni saber si tienen una afección cardíaca, sobreexigiéndose hasta las 180 pulsaciones por minuto. "El que se lesiona en estas carreras, se frustra y no hace más deporte", advierte Desiderio. 

Desde la organización de los 10K de LAN en Palermo, su colega Guillermo Paoloni relativiza el diagnóstico. Apenas 0,54 de 100.000 corredores sufren un paro cardíaco en estas pruebas, según The New England Journal of Medicine. Lo que sí llama su atención es el aumento de casos de sobrehidratación, que puede provocar la pérdida de osmolaridad o concentración de solutos en la sangre. En los casos más graves (consumos de hasta cinco litros durante una maratón), causa problemas renales o edemas cerebrales. La pérdida de líquidos, plantea Paoloni, depende del entrenamiento, la ropa y los factores climáticos. En una carrera de 10.000 metros, una persona de setenta kilos no debería perder más de medio litro. 

Los datos surgen de entrevistas con los doctores Adrián Desiderio (médico deportólogo y presidente del comité de Deporte y Salud de la Asociación Médica Argentina) y Guillermo Paoloni (director médico de la empresa de eventos deportivos TMX Team y responsable de la carrera LANPass).

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