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Corazón de atleta: la vida de un deportista con problemas cardíacos

Tuvo múltiples episodios cardíacos y sigue compitiendo al máximo nivel. Carreras, médicos, trabajo, entrenamientos, familia y estrés: la felicidad de una vida al límite. 

Tuvo múltiples episodios cardíacos y sigue compitiendo al máximo nivel. Carreras, médicos, trabajo, entrenamientos, familia y estrés: la felicidad de una vida al límite.
Por Federico Bianchini
Fotos de Javier Heinzmann


Hay adictos a la cocaína, al crack, a la heroína. Yo soy adicto al deporte. No pude, no puedo, no dejaré de practicarlo. 

Morí tres veces y luego pasé una semana en terapia intensiva. 

Esa semana volví a ver la muerte. La vi en los enfermeros de bata blanca que atendían al abogado del accidente con la moto, en los enfermeros de bata rosa que vinieron el tercer día, en los de bata verde, en los que estaban vestidos de azul. Los últimos en llegar fueron los del Incucai. 

El abogado del accidente con la moto también debe haberla visto, solo donó las córneas. 

La vi en el hombre enorme que empeoró lento mientras yo leía aburrido. En su caída a un costado de la cama y también en la cara de los seis enfermeros que trataban de levantarlo. 

Pero pienso: no se puede dejar de hacer lo que uno quiere hacer. 

Hace quince días, tardé seis horas, treinta y dos minutos en esquiar quince kilómetros, correr veintidós, hacer diez en kayak y cuarenta en mountain bike. A mis 59 años gané mi categoría en el tetratlón de Chapelco. Ocho veces me operaron del corazón. Alguien podría decir que me arriesgo. Y, sin embargo, estoy viviendo. 

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EN ABRIL DE 1985, el ingeniero industrial Daniel Féraud, integrante del equipo argentino de esgrima, trabajaba en el banco J. P. Morgan. Luego se entrenaba. Cada quince días, una competencia. 

Mezclaba diferentes tipos de estrés. A la mañana, al mediodía, negociaba préstamos de millones de dólares con grandes empresas. Préstamos de un día, dos días, cinco días. Préstamos a gente que no tenía tiempo, que si no se sentía bien tratada se iba a otro banco. Estrés mantenido, constante, duradero e intenso. 

Los fines de semana, en los torneos de esgrima, el estrés era otro, como si cambiara de color o de forma. Una mezcla de presión, ganas de ganar y esfuerzo para que no lo sacaran del equipo argentino. 

Incluso después de haber llegado a la final, descansando a la espera del último combate, Féraud seguía nervioso: la ansiedad lo carcomía. 

Y la ansiedad, dicen los especialistas, es dañina para las arterias que, sufrientes, se encogen abigarradas. 

En abril de 1985, Féraud corría en el Central Park de Nueva York cuando sintió una molestia en el pecho: una sombra de dolor. Paró de entrenar, volvió caminando. Fue al médico, pero no le dieron un diagnóstico. 

Unos días más tarde, ya en la Argentina, luchaba en la sala del Club Francés con Martín Burbridge cuando volvió a sentir la molestia. Más intensa. Esgrima: dolor sólido. 

Tuvo múltiples episodios cardíacos y sigue compitiendo al máximo nivel. Carreras, médicos, trabajo, entrenamientos, familia y estrés: la felicidad de una vida al límite.
Luchó igual, probablemente haya ganado, es un detalle. Lo importante es que empezó a sentir que le faltaba el aire, aunque cuando descansaba, volvía a estar bien. 

Las semanas siguientes al combate, en las dos cuadras que iban desde el estacionamiento a su oficina, paraba a mirar revistas en el kiosco. No podía seguir. Sentía dolor en el pecho, una presión insostenible. Se hizo chequeos, pero en esa época todavía no había buenos métodos de diagnóstico./B Los electrocardiogramas le daban bien. Las ergometrías recién empezaban a implementarse. 

El cardiólogo, que luego sería muy reconocido, dijo que lo mejor era operar. 

En una de las tres arterias del corazón se habían acumulado sedimentos de colesterol, la sangre no fluía bien, un sector comenzaba a acalambrarse. Era necesaria una angioplastía. Lo operaron. Le metieron un catéter por la ingle hasta el lugar de la obstrucción y luego otro catéter, más pequeño, dentro del anterior. Al llegar adonde el colesterol obstruía el paso de sangre, inflaron el segundo y así ampliaron la arteria: la grasa quedó a los costados. 

La operación, dijo el cardiólogo, había sido un éxito. Sin embargo, Féraud no podría competir más en esgrima. Podría entrenarse, hacer deporte, pero no competir. 

Dijo el médico: tenía dos hijos chicos, una familia de la que ocuparse. Si quería vivir mucho tiempo más, debía tomar una decisión seria. Si no, en cualquier momento, podría tener un problema grave. 

Féraud lo miró sin decir nada. Alguien que hubiera estado ahí habría dicho que con bronca. 

Aceptó la decisión, pero en los días que siguieron, si alguien le servía un plato con más colesterol del que él podía comer (y podía comer muy poco) se enojaba, gritaba con la sensación de que lo estaban atacando. 

Empezó a seguir una dieta estricta. No comió más achuras, ni pollo con piel ni fritos. Como si de eso dependiera su subsistencia. De eso depende su subsistencia. 

Hoy no come nada sin pensar en lo que se está metiendo en la boca. Aunque volvió a competir en esgrima. Acaba de ganar los Panamericanos de Costa Rica en espada, en las categorías de mayor de 50 años y de mayor de 60 (tiene 59, pero participa en la categoría porque cumple 60 durante 2013). 

Desde 1999, todo el tiempo, lleva una pastilla de nitroglicerina; si se sintiera mal, la pondría debajo de la lengua y esperaría el efecto vasodilatador. 

Su cardiólogo le dijo que no la necesita. Él, por las dudas, la tiene. Desde hace catorce años, la lleva en la billetera. 

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EL DOLOR DE CORAZÓN NO LO SENTÍS CON EL DEDO, sino con la mano. Es como si tuvieras una tortuga enorme pisándote suave el pecho. 

Sin aire, boqueás buscando el oxígeno que, sabés, está en alguna parte. Si descansás, hacés que las pulsaciones disminuyan. Como si no se hubiera dado cuenta, la tortuga levanta la pata de tu esternón, sigue caminando. 

Después de las palabras del médico, tuve seis meses de turbulencia emocional. Renuncié al banco y, mediante un vínculo familiar, empecé a trabajar en Compañía Química, de Bunge y Born. Luego de un año, me ofrecieron ser gerente de Comercio de seis empresas del grupo. Era un trabajo distinto, con otros tiempos, más tranquilo y de menos estrés. 

Pero me seguí entrenando. No podría dejar de entrenar. 

Tuvo múltiples episodios cardíacos y sigue compitiendo al máximo nivel. Carreras, médicos, trabajo, entrenamientos, familia y estrés: la felicidad de una vida al límite.
 

En abril de 1997, volví a cambiar de trabajo. Entré en Arcor como gerente de Comercio Exterior. Si había un problema, viajaba a resolverlo: Perú, Chile, Estados Unidos. Otras leyes, otro concepto de management, una nueva forma de estrés. 

Viajaba mucho. Sin que me diera cuenta, denso y espeso, el estrés se me fue acumulando dentro. 

Nunca tuve problemas económicos, problemas de no tener trabajo; a salvo de los nervios de la supervivencia, fui encontrando otros. 

Luego de una serie de disgustos personales, una psicóloga me ayudó a identificar lo que me ponía mal. Cuatro relaciones: tres familiares, una laboral. No quiero hablar de eso. Preferiría no hacerlo. Son cosas que todavía me duelen. Seguramente a otros les molestaría que yo las contara. Basta con decir que traté de solucionarlas: alejándome, hablando, pensando mucho en qué hacer. 

Identificar el problema me ayudó. Lo hice con ayuda de mi psicóloga y de mi entrenador. 

Y también cambié yo. Decidí trabajar solo lo suficiente. Controlé la carga horaria. Me obligué a limitarme. Tenía dos hijos, no podía arriesgarme más. Conseguí mejorar mucho la calidad de vida. Hoy tengo una empresa con dos amigos, el ritmo bajó. 

Pero no fue fácil llegar hasta acá. Solo pude hacerlo después de que el cuerpo me pidió que parara. Aunque la verdad, para lo que pasó, "pidió" es una palabra demasiado suave. 

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EN MARZO DE 1998, A DANIEL FÉRAUD se le volvió a obstruir una arteria.  

Lo operaron, le hicieron una angioplasta, le pusieron un stent: una cánula metálica que permite el paso de la sangre. 

En julio de 1998, se le volvió a obstruir una arteria. Operación, angioplastia, stent, cánula metálica. 

En noviembre de 1998, se le volvió a obstruir una arteria. Operación, angioplastia, stent, cánula metálica. 

En marzo de 1999, se le volvió a obstruir una arteria. Operación, angioplastia, stent, cánula metálica. 

En mayo de 1999, se le volvió a obstruir una arteria. 

Le iban a poner un quinto stent. El cardiólogo vio que no se podía. Había que hacer otra cosa y propuso un doble bypass coronario. 

Lo operaron el 26 de mayo. 

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SIEMPRE, LA DECISIÓN ES HACERLO LO MÁS RÁPIDO POSIBLE.  

Encontrado el problema, sacarlo. 

En algunos pacientes, los médicos hacen primero una cinecoronariografía, una intervención para ver si es necesario un stent y luego otra para ponerlo. Yo les digo que si entran dentro de mí, que resuelvan lo que está mal. De una sola vez. 

En todos los casos le dije al cardiólogo que me consiguiera hora lo más rápido posible. ¿Para qué esperar? 

Tres semanas después de la operación de doble bypass, fui al consultorio del médico en Belgrano. Me dijo que no podía hacer deporte, pero que podía caminar. ¿Cuánto?, pregunté. Lo que usted quiera, respondió. Desde ahí, para llegar a mi casa en Martínez tardé unas tres horas. 

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Jenefer, mi mujer, no podía creer que hubiera hecho algo así, pero el médico me había dejado. 

Ella dice que ponerme un stent me resulta menos problemático que sacarme una muela. Que voy a la mañana, y a la tarde ya estoy en casa. No sé si es tan así. Si bien a un observador le parecería que lo tomo como algo natural, me pongo nervioso. Trato de que no se note. 

Pienso, claro, que algo puede salir mal; pero es cierto, las ganas de sacarme el problema de encima son más fuertes. 

La primera operación, en 1985, sí me preocupó. Pero la tecnología avanza. Y la medicina avanza con ella. Por eso me entreno: estar bien para ganar tiempo. En dos o tres años habrá métodos mejores. 

Sé que me va a volver a pasar. 

Más allá de que los médicos me digan que no tengo que pensar en eso, sé que las arterias se me van a volver a tapar. 

Y sé lo que es la sugestión. Pero también sé lo que es la predisposición genética y no puedo distraerme; hay cosas con las que uno no puede distraerse. 

Cada seis meses me hago una ergometría. Porque soy consciente de que me va a volver a pasar. Por más que me cuide el colesterol y lo demás, se me tapará de nuevo una arteria. No es algo que me ponga orgulloso. 

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EL 20 DE JUNIO DE 1999, Daniel Féraud fue al cine con su hija Marina, vieron la película Corre, Lola, corre. Al salir se mareó. Propuso, mejor, volver por la calle principal del barrio. Tenía un cordón desatado. Cuando se agachó, vio la calle girar. Entraron a una bombonería. Pidieron un taxi. 

Al llegar a su casa, se acostó. Un mes antes le habían hecho el doble bypass. No pensó en eso. La verdad, no pensó en nada. Cuando llegó su esposa, por las dudas, fueron al hospital. 

Un médico que lo vio entrar le preguntó qué le pasaba. Féraud le habló del mareo. Andá a la guardia si querés, pero seguro no tenés nada, minimizó el hombre. Lo sentaron en una camilla, Féraud puso los ojos en blanco y cayó hacia atrás, como si se desmayara. 

Se acuerda de haber escuchado gritos, de abrir los ojos y ver a una, dos, tres, cinco personas alrededor que le preguntaban si estaba bien. Del tipo que quería saber si se había cagado. Y él sin entender, hasta que después de nuevo el mareo, los ojos en blanco, la caída hacia atrás. 

La tercera vez que el monitor indicó que el corazón no latía, los médicos se dieron cuenta de que Jenefer, la mujer del paciente, seguía junto a ellos. Le dijeron que saliera; en el pasillo del hospital, desde su celular, llamó al cardiólogo de Féraud. 

Mi marido se está muriendo, le dijo. 

El hombre escuchó callado y luego: seguro es una pericarditis. Pasale el teléfono al médico que esté a cargo. 

Cuando Féraud se despertó en una cama de terapia intensiva, se sentía como si no le hubiera pasado nada. 

Tuvo múltiples episodios cardíacos y sigue compitiendo al máximo nivel. Carreras, médicos, trabajo, entrenamientos, familia y estrés: la felicidad de una vida al límite.
Le explicó después el cardiólogo: por una causa genética su cuerpo genera más suero que otras personas. La cicatriz del doble bypass que le habían hecho un mes antes había supurado tanto que inundó el pericardio, la tela de piel que recubre el corazón. Tanto que el corazón no tenía espacio para latir, se detuvo tres veces. 

Luego vino el llamado de Jenefer, una punción y Féraud en terapia intensiva, aburrido, leyendo revistas. 

* EN MAYO DE 2006, corría con Jenefer una carrera de bicicletas en una ruta de Tandil cuando se me cruzó un perro. Volé y caí con la cadera en el pavimento. Ella venía atrás, junto con la ambulancia. Le dije que siguiera, que no había problemas, pero decidió quedarse conmigo. 

En el hospital del pueblo, me sacaron una radiografía y me pusieron dos tornillos de veinte centímetros. Tardé dos años en volver a correr. 

Al mes y medio empecé a nadar con profesor. Iba a la pileta en silla de ruedas. 

En octubre todavía no podía caminar muy bien, necesitaba bastón, pero si mantenía rígida la espalda no me dolía al pedalear. Andaba en bicicleta con una mochila donde metía el bastón. 

Tengo un problema auditivo, escucho muy mal, uso audífonos en los dos oídos, si me los saco no oigo. Leo los labios. Y, en la primaria, si el profesor se daba vuelta, yo no sabía lo que estaba diciendo. Pude terminarla con apoyo de mi madre y la ayuda de uno de mis compañeros; todos los días lo llamaba a la casa y le preguntaba qué había que hacer para el día siguiente. 

En la secundaria y en la facultad, lo mismo. 

Esforzarme es algo normal en mi vida. 

Si me pongo un objetivo, lo cumplo. No me dejo tentar, no me desvío. 

Si tengo que entrenarme, hace frío, si estoy cansado o llueve, fuerza de voluntad. 

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A FINES DE 2007, intentó subir al Lanín. Llegó casi hasta la cumbre, pero por mal tiempo no pudo terminar el ascenso. 

El primero de marzo de 2007, falleció su madre. 

Dos semanas después, a Daniel Féraud se le volvió a obstruir una arteria. 

Operación, angioplastia, stents, otras dos cánulas metálicas. 

En mayo de 2009, corrió un Ironman en Florianópolis. 

Ciento ochenta kilómetros de bicicleta, cuarenta y dos a pie, casi cuatro nadando. 

En marzo de 2010, falleció su padre. 

En julio, Féraud se hizo los análisis correspondientes. Como todo estaba bien viajó al tetratlón de Bariloche, participaba con una compañera, él solo competía en kayak y bicicleta. 

Al volver, el médico le mostró los estudios, le dijo que se le había vuelto a obstruir una arteria. 

Operación, angioplastia, stents, otras tres cánulas metálicas. 

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HACE UN TIEMPO LE DIJE A MI CARDIÓLOGO que me preocupaba tener nueve stents dentro del cuerpo. 

La respuesta fue que tenía un paciente con diecisiete. 

Él no me firma el apto médico, pero dice que me acompaña. Y dice también que en la historia de la medicina no hay un caso como el mío. Incluso, me preguntó si podía exponerlo en un congreso. Le dije que sí, claro. Sin embargo, pienso que esta no es la excepción a la regla, sino la confirmación de que los enfermos cardíacos podemos hacer mucho más deporte de lo que el prejuicio supone. 

Muchos, al escuchar mi historia, van a decir que estoy loco, que lo más conveniente sería que trabajara tranquilo, o que viajara o disfrutara de la posición que conseguí con el apoyo de mi familia, luego de años de trabajo, pero para mí eso no sería vivir. 

Puedo pensar en dejar de trabajar, pero no en dejar de hacer deporte. 

Las carreras no son riesgos, sino decisiones. Hago todo lo que tengo que hacer, solo me presento a las competencias cuando sé que puedo terminarlas. 

Y las disfruto. Mis carreras no son explosivas. Son largas, con técnica, planificación y las pulsaciones bajo control. 

No estoy dejando la vida, es la única que tengo y me gusta. 

Si corro con alguien y me apura, dejo que se vaya. 

Tuvo múltiples episodios cardíacos y sigue compitiendo al máximo nivel. Carreras, médicos, trabajo, entrenamientos, familia y estrés: la felicidad de una vida al límite.
 

La esgrima es otra cosa. Es combate. Y si el otro te ataca, tenés que defenderte. 

El último torneo lo hice con monitor cardíaco. 

En las carreras, aunque me esfuerce mucho, trato de no pasar las 132 pulsaciones, aunque en Chapelco, en la parte de esquí llegué a las 158. En el último torneo de esgrima alcancé las 165. 

Lo vi después de terminar el combate. Es un número alto. A veces, asumo algunos riesgos. 

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NUNCA SE OLVIDA DE TOMAR LOS REMEDIOS.  

Si viaja lleva varias cajas: unas con él y, por las dudas, otras en la valija. 

Toma dos pastillas para el colesterol: una a la mañana, otra a la noche. Por los problemas coronarios, una aspirineta por día. Además, complejo de multivitaminas y, después de los entrenamientos, también aminoácidos. 

No le gusta el vino, pero el cardiólogo le dijo que una copa diaria hacía bien para el corazón, así que la toma; le agrega una cucharada de azúcar o elige vinos de postre. 

Los lunes, va al gimnasio y a la kinesióloga. Los martes, corre quince o veinte kilómetros. Los miércoles, anda en bicicleta. A la tarde, quiropráctica. Los jueves, de ocho a diez, corre. Los viernes, a la mañana, gimnasio. Los sábados, corre; los domingos, anda en bicicleta. Además, preside Voyer International, una consultora de búsqueda y contratación de ejecutivos. 

Una o dos veces por semana, se entrena en el gimnasio de su casa. Un gran gimnasio que hizo después de que sus hijos se mudaron. 

Duerme siete horas. A las once de la noche trata de estar en la cama, lee hasta las doce. Sigue a rajatabla las indicaciones de su equipo. De su entrenador, de su kinesióloga, de su endocrinóloga y, siempre, salvo cuando volvió a competir en esgrima, también de su cardiólogo. 

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EL 20 DE JUNIO DE 1999, estuve clínicamente muerto.  

Muchas veces, me preguntaron si había visto una luz, si había hablado con Dios, si la vida me había pasado delante de los ojos, si había visto a mis hijos nacer, a mis padres fallecidos. Siento decepcionarlos, nada de eso ocurrió. Si los tranquiliza, puedo decirles que morir es una experiencia agradable. 

"El peor de los males, la muerte, no significa nada para nosotros, porque mientras vivimos no existe, y cuando está presente, nosotros no existimos", decía Epicuro. "Así pues, la muerte no es real ni para los vivos ni para los muertos, ya que está lejos de los primeros y, cuando se acerca a los segundos, estos han desaparecido ya", escribió. 

En otras palabras: la propia muerte nos es ajena. 

Antes, se apaga la conciencia. 


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