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Fakes: La era de los impostores

Desde personajes de fantasía como Pibe Trosko hasta fakes de escritores como Fabián Casas, en las redes sociales proliferan los dobles y las construcciones virtuales. ¿Cuál es el placer de ser otro? ¿Hasta dónde importa una identidad real? 

Por Martín Jali

Desde personajes de fantasía como Pibe Trosko hasta fakes de escritores como Fabián Casas, en las redes sociales proliferan los dobles y las construcciones virtuales. ¿Cuál es el placer de ser otro? ¿Hasta dónde importa una identidad real?
Se dice que Paul Auster, a comienzos de su carrera, contrataba a un actor para que se hiciera pasar por él en conferencias y presentaciones literarias. Nick Drake, de manera un poco más rudimentaria, colocaba una maqueta de cartón de tamaño natural en las presentaciones de sus discos, porque su timidez crónica era tal que le impedía enfrentar a periodistas y fans. Se sabe: la vida da sorpresas, a veces un poco irónicas. El futuro también. A comienzos del siglo XXI, la masificación de las redes sociales, los foros, el streaming, el delirante crecimiento de la cultura del ego y la explosión del comment como dispositivo ad hoc de nuestro flujo cotidiano moldeó una nueva figura: el fake. Así, enérgicos, paródicos, con una dosis sorprendente de dedicación, más o menos creativos o trillados, con la máscara bien puesta o a los tumbos, llegaron para adornar nuestro presente digital. Un poco más allá, como peligros alternativos, el trolling, el hacktivismo compulsivo. Como sea, a mitad de camino entre el doble y la corporización virtual del engaño, los fakes incrementan día a día nuestra cuota de neurosis colectiva. Analicemos el asunto: ¿qué necesita un buen fake para posicionarse como tal? No basta con perseverancia u oportunismo, hace falta, además de trabajo, un propósito y cierta lucidez para significar una identidad o bien duplicarla expresamente. 

El mes pasado Máquina Casas, el supuesto perfil en redes de Fabián Casas -autor de El salmón, Los Lemmings y Ensayos bonsai, entre otros libros de poesía y relatos-, renovó la figura del fake con un plus bastante interesante. Un perfil que, en pocas semanas, sumó cientos de amigos, likes a poemas, links a entrevistas y piropos digitales. El truco era impecable: a una serie de estrategias de verosimilitud, como fotos con viejos amigos -desde Fogwill a Washington Cucurto-, posteos de libros propios y ajenos y un conocimiento centrípeto de la escena literaria local, MC sumó un aporte inédito: un oído lo suficientemente afinado para captar el fraseo de su falsificado. El truco fue tal que el propio Fabián Casas debió emitir un comunicado a través del Grupo Planeta, su casa editorial: "Alguien abrió una cuenta de Facebook en mi nombre, lo cual me está dando algunos dolores de cabeza. Por eso quiero aclarar que no tengo Facebook, Twitter, blog ni ningún otro formato en las redes sociales. Mark Zuckerberg creó Facebook para hostigar a una chica y se hizo millonario. También les simplificó el trabajo a las agencias de control del Imperio (CIA, policía Nova, etcétera). Recuerden que la amistad en Facebook no es amistad".  

Al verse descubierto, MC lanzó un contraataque feroz, que destila algo que muchos identificarían con cierto despecho o resentimiento que abunda en ese universo literario al que se propone atacar: "Esto es una maquinaria anónima, que funciona con Casas, con Piglia, con Aira y con todos aquellos escritores que no están en Facebook pero que pronto estarán. La máquina se lleva puesto todo. Y mirá si importa o no el Facebook que se hacen declaraciones de este tipo. Declaraciones de quienes no terminan de entender que no son tan importantes como creen".  

Debajo de este magma, laten un par de preguntas: ¿cómo modifica el efecto de lectura de un texto la noción de identidad?, ¿las ataduras al yo, en términos textuales, siguen más vivas que nunca? "Con las redes sociales tengo una relación de experimentación. Pero para conocer gente, prefiero una barra y whisky", arremete MC como un bon vivant neoclásico y agrega, con exceso de vitalismo: "No me interesa la literatura, me interesa la vida".  

De alguna manera, Máquina Casas es más que un fake. Como un pequeño Pessoa, construyó una constelación de heterónimos que incluyen a Richard Piglia, a quienes intervienen y comparten ideas, chismes y un flujo incesante de comments. Un verdadero trabajo de hormiga para probar que, hoy más que nunca, el patrimonio simbólico y la pulsión de propiedad que se desprende del yo están más vivos que nunca, tanto para lectores como para autores. Dentro de la cultura geek que multiplica la imagen y las versiones identitarias, MC se propone desbaratar la figura del autor. "Imagino que a la gente sigue sin importarle si se desmiente el fake o no, lo único que le importa es que su estrella hable y actúe: sea Britney Spears o Fabián Casas".  

Pero ¿cuál es el problema de ser Fabián Casas, después de todo? El operativo MC se apodera de un autor -de su patrimonio y su poder de convocatoria- para gritar que aquel es un engaño, puro espejito de colores. ¿No habrá en todo fake un ímpetu de disputa por desplazar al real? ¿O, incluso, un deseo de ser como él? 

A un clic de distancia del universo Fb, aparecen los fakes de Twitter, quienes entre la impostación como usina paródica y el gag hipercondensado, brillan en la red: @drapignata , @pibetrosko , @vivianasarnosa , @hemagnetto. Nada de trolls o agitadores del delito: los fakes o phony tweeters son un género en sí mismo, con reglas propias, pero infinitamente más divertidos que los políticos, empresarios o ciudadanos que representan. Un militante trotskista que vive con su madre e idolatra a Ricardito Alfonsín; una conductora de televisión sacadísima que no perdona a nadie; la doctora Pignata, "parte de la minoría blanca" que, junto a su mucama Olga, arremete contra peronistas y zurditos desde su casona en Martínez. Bienvenidos, amigos, al imperio del falsete. 


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