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Berlín no existe

Veinte años después de la caída del muro, Berlín ya no importa. Ahora lo que cuenta son los barrios. Sus habitantes trabajan poco y pasean, van a bailar los domingos y consumen solo productos orgánicos. Crían bebés y drogas blandas en edificios reciclados. 

Veinte años después de la caída del muro, Berlín ya no importa. Ahora lo que cuenta son los barrios. Sus habitantes trabajan poco y pasean, van a bailar los domingos y consumen solo productos orgánicos. Crían bebés y drogas blandas en edificios reciclados.
Por Marina Mariasch
@purasensacion


Berlín no existe. Nueva York tampoco, ni Buenos Aires. La ciudad como idea de unidad se desbarató. Ahora los fenómenos son los barrios: Williamsbursg, Palermo, Kreuzberg. 

Hace veinte años junté los ahorros de un año de trabajo y viajé a Europa. Era el uno a uno. Berlín me recibió fría y con el Muro que dividía el Este del Oeste en plena demolición. Todavía podían juntarse pedacitos de concreto con rastros de grafitis para traer a casa como souvenir del fin de siglo, de las ideologías, de la historia. 

Ahora llego a un barrio amable, con cafés y negocios de cosas lindas, color pastel, caramelos de plástico y latón. Los edificios son antiguos, pero las molduras de hombres trabajando tienen pintura nueva. Esto era el Este. Estoy en Friedrichshain. Es una de las zonas elegidas por las parejas jóvenes para tener a sus bebés. Hay un baby boom y hay infraestructura: tiendas de juguetes didácticos, edificios con juegos en la planta baja y niñeras. Mientras, los papás suben a mandar mails. Tienen trabajos precarios, free lance, son artistas. Berlín es barato y pueden vivir así. Trabajan poco, crían bebés y marihuana. De lunes a viernes pasean cochecitos por las calles. Los fines de semana, por los mercados. 

¿Qué pasó? Hace unos años en Berlín estaba mal visto ser madre, sobre todo si una mujer seguía una carrera. La intendencia decidió subsidiar la remodelación de los edificios del Este bajo la condición de que los dueños conservaran los precios de los alquileres. Hoy una pareja joven vive en un departamento amplio, arreglado a nuevo, por ?350. Los pisos son de madera; la decoración, moderna. Confort, confort, confort, y drogas blandas. Y lentas. Cultivo propio y conciencia bio. Comen sano, casero, regional, y toman una cerveza genial. También una bebida rara, mezcla de coca y Fanta. Y la coca se vende en los kioscos disfrazada de cafeína, o a la inversa, pero funciona y es barata. 

Berlín es divertida, y es la república de jóvenes y niños. Los viejos no existen, pero que los hay, los hay. Cuando vine a Berlín hace veinte años, el Este era una zona gris, con las calles oscuras. Asomaban los primeros bares ganados a los edificios monumentales del socialismo, pero todavía parecían cabarets de posguerra. Cuando te subís al bahn -al U-Bahn, al S-Bahn, el sistema de transporte urbano, nunca repleto, siempre constante-, hay personas mayores, pocas, que van a barrios sin gran interés. En los vagones, la mayoría son jóvenes que toman cerveza a la mañana, al mediodía, a la noche también, y tienen esos raros peinados del Berlín de siempre. Son nietos del punk pero autorregulan su pase al transporte público. No hay molinetes ni boleteros. Si te agarran, son dos de civil que te tratan como a un traficante ilegal de armas. 

Me prestan una bicicleta, las bicisendas son una autopista, pero la guerra contra los autos es un problema global. Aunque los autos también están en la onda verde. Los motores de los autos se detienen en cada semáforo. No están rotos, así ahorran energía y contaminación. Los inodoros tienen dos botones, con mayor y menor presión, para bajar el consumo de agua. 

Todavía no me acostumbro y subo al subte con la mochila en la panza. Acá en Berlín no pasa nada, no hay pungas ni robos, pero te pueden matar a patadas. Anoche en Alexanderplatz, centro neurálgico de la ciudad, una bandita le dio a un chico hasta matarlo, por haberse metido en una pelea. No eran neonazis ni nada. Es la pulsión de cualquiera, furia social, mal canalizada. 

Veinte años después de la caída del muro, Berlín ya no importa. Ahora lo que cuenta son los barrios. Sus habitantes trabajan poco y pasean, van a bailar los domingos y consumen solo productos orgánicos. Crían bebés y drogas blandas en edificios reciclados.
Sale un rayito de sol -que casi nunca sucede- y los chicos de 16 se quedan en remera en todas partes del mundo. Saben inglés. Los de más de 40 tal vez no: si crecieron en el Este puede que sepan ruso. Puede, también, que celebren la época, pero que sus padres no hayan festejado tanto la caída del Muro. Estaban acostumbrados a la vida ordenada, a que les dijeran qué hacer, y se encontraron perdidos y tristes. Como cuando abrieron el inmenso manicomio y los pacientes prefirieron quedarse adentro. Más allá está la ciudad utópica, construida bajo influencia de la Bauhaus para el funcionamiento armónico de la sociedad. Una persona se define por sus condiciones. 

A los alemanes les gusta asignarles un nombre metafórico a los edificios, además del institucional. Como, por ejemplo, el Palacio de las Lágrimas, una construcción típica de los 60 donde los ciudadanos pasaban del Oeste al Este, y entre familiares se despedían y, claro, lloraban. Puede ser vía metáforas, pero de sentimientos no hablan, ni existen los malos humores repentinos ni las intimidades en una charla. El ánimo está templado por una educación que así lo prefiere. Un buen tema puede ser el clima. Ahora llueve, como casi todos los días en esta temporada, y recorro en bicicleta la Karl Marx Allee completa. En otros países, uno hace lo que jamás haría en el propio, como trabajar de lavacopas. 

Esta avenida está franqueada por edificios a la medida del socialismo, monumentales, el clasicismo socialista estilo torta de bodas, hasta llegar a Mitte, el centro, donde está la aguja, la torre de TV que conectaba con Moscú. Mitte, el barrio con onda, ya pasó su cuarto de hora y su glamour está cristalizado. Sigue siendo coqueto, pero muy comercial. La onda ondula y se va moviendo: ahora pasa por Oranienstrasse. Allí hay galerías con cartones pintados con frases de canciones de los 80; otras mejores, en las que el soporte forma parte de la obra tridimensional: la tela se apoya en latas, en laptops. Los que saben dicen que la pintura mala ya fue. 

En Kreuzberg pasan cosas. Me acerco a una carpa con pintadas levantada en una plaza. Los militantes me cuentan que protestan por los campos donde alojan a los inmigrantes. Pueden tenerlos ahí hasta diez años "tramitándoles los papeles". Hace poco uno de los habitantes de un campo se suicidó y eso provocó un éxodo masivo de los inmigrantes, que ahora viven en la calle con ayuda de esta organización. 

La avenida Marx -que antes se llamaba directamente Stalin- tampoco es lo que era: el café en el que paraban los teóricos de la revolución a cranear el futuro de la clase obrera está convertido en un local de venta de aparatos para hacer gimnasia. Las dos ciudades están fusionadas, y la visita al pedazo de Muro que quedó es un punto más en el paseo por el Museo de la Memoria, que incluye Holocausto, Muro y ahora el Museo de la Stasi, una excursión a los cuarteles de control. Una época que se respira ridículamente cerca. Ya no hay tanto control. Un chico se arma un porro enfrente de una comisaría. 

Esas cosas pasan ahora. El resto es pasado. Los ciudadanos de Berlín ya no cargan con la mochila de la culpa por el nazismo. Usan unas bolsas de tela mucho más livianas. Esa historia no es la suya. Se la contaron. Se la contaron en quinto, en séptimo grado y dos veces más en el secundario. Se la contaron tanto que algunos dicen que les produjo efectos adversos, que el temita los tiene hartos. No hay judíos en Berlín. Una chica me dijo que conoció a uno cuando tenía 20 años. 

Ahora, al lado del Köpi, el primer edificio tomado de Berlín, funciona la primera huerta urbana organizada por una comunidad. La cosa empezó en un terreno baldío en el que, hace ya casi diez años, un grupo de jóvenes empezó a hacer fiestas al aire libre, en verano, y a vivir en tiendas y construcciones precarias, como si fueran una compañía de circo itinerante. Las fiestas se transformaron en Bar 25, y eran las más exitosas de Berlín. Hasta que en 2010 fueron canceladas por la corporación que construye en la zona. Los organizadores, que ocupaban la tierra, apelaron y ganaron la contienda, motivo por el que se convirtieron en un símbolo contra la gentrificación. Ya no hacen más fiestas. Pero enfrente abrió un nuevo club donde -como se usa ahora- se va a bailar los domingos. 


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