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El taller de los oficios modernos

Antes era mecánica, ahora es programación. En un comedor comunitario de Banfield un grupo de jóvenes les enseñan a otros herramientas para trabajar en la industria informática. 

Por Sebastián Bonaudo

Mariano Stampella puede responder a la pregunta sobre su ocupación diciendo que es ingeniero en Sistemas, docente en la Facultad de Ingeniería de la UBA, bajista frustrado a punto de casarse y CEO de FDV Solutions, una empresa argentina que desarrolla software. Pero también puede decir que fue tortuga ninja, guerrero de la Edad Media y hasta animal salvaje de circo. De eso se disfrazaba en 2004, mientras cursaba el último tramo de su carrera, cuando pasaba los sábados en el comedor Contra Viento y Marea de Villa Centenario, en Banfield. Era el truco que encontró con sus amigos para mantener atentos a los niños del taller que daban. 

El final de cada jornada era una escena repetida con tipos de veintipico enmascarados, gritando y a los empujones, arengados por un salón lleno de chicos de menos de diez años y revueltos en el absurdo. Buscando mejorar esa contención, nació el proyecto Nahual, pensado para capacitar programadores, diseñadores, testers o cualquier otra tarea vinculada al software. Se busca mejorar la inserción en el mercado laboral, en una industria que demanda cada vez más mano de obra. 

Según el observatorio de la Cámara de Empresas de Software y Servicios Informáticos, nuestro país necesitará un mínimo de siete mil nuevos profesionales por año en el sector. El dato, de 2011, es optimista en cuanto a las posibilidades que genera, pero alarmante desde la oferta que el sistema educativo produce actualmente, cubriendo menos de 3.500 puestos de trabajo. De ahí surgen proyectos como Nahual, reconocido el año anterior por la Fundación Sadosky (abocada a revertir la falta de profesionales en las carreras relacionadas con las Tecnologías de la Información y la Comunicación) como uno de los programas más efectivos del sector. 

"El comedor ofrecía clases de Word y Excel a los alumnos del colegio de adultos. Nosotros decidimos aprovechar las computadoras los sábados para enseñarles a programar a los chicos. Eso era lo que realmente sabíamos hacer. Al principio programamos jueguitos, los típicos de patear penales. Después, armamos un programa para los que estaban finalizando el secundario, o lo habían terminado pero no habían podido seguir estudiando en la Universidad", explica Mariano sobre los tiempos prehistóricos de Nahual y de cómo el comedor al que asisten más de cien chicos por día se fue convirtiendo en un espacio de potenciales trabajadores de software. 

"Al principio fueron clases con mucha teoría, y encima los sábados por la mañana. Eran un plomazo. Por suerte, los pibes soportaron nuestros comienzos, que, pedagógicamente, no tienen nada que ver con lo que hacemos ahora", explica Fernando Chafer Waisman, otro de los profesores nahualeros. 

Hexacta, una empresa de consultoría y desarrollo de software que tiene un programa de responsabilidad empresaria, se interesó en el proyecto. "Cuando nos preguntaron qué necesitábamos -cuenta Mariano-, dijimos la verdad: no queríamos computadoras, sino laburo para los pibes. Lo único que pedimos fue tiempo: una entrevista laboral". Lo consiguieron, y tres chicos capacitados en Nahual obtuvieron su entrevista. 

Uno de ellos fue Ariel Luna, que trabajaba en un supermercado mayorista de Burzaco, en el turno noche. Amanecía los sábados en Nahual, tratando de concentrarse en la clase. "Del supermercado -recuerda- me despidieron un 31 de diciembre, y a mediados de enero empecé la capacitación laboral en Hexacta. Enseguida me inscribí en la UTN para la Tecnicatura en Programación". Hoy es uno de los profesores de Nahual. "Trabajar distendido y de algo que te entusiasma es inspirador", explica. 

Esa motivación por compartir y contar la experiencia llevó a los primeros trabajadores que surgieron del proyecto a enlazar la cadena del software solidario. Por esa vía arribó Gabriel Escobar (24), amigo de Ariel y que hasta hace dos años deambulaba por diferentes trabajos, como repositor y cajero de un supermercado Día, como asistente de stock en una fábrica de jeans en Flores y en un outlet barrial de Lomas de Zamora, dividiendo sus jornadas con las horas que cursaba Administración de Empresas en la UBA, siempre y cuando el trabajo se lo permitiera: "Hoy el software es sinónimo de futuro, y la primera decisión que tomé cuando vi que esto era en serio fue anotarme en la UTN", señala Gabriel. 

Estos dos jóvenes trabajan en el área de Sistemas y Control de Calidad de Software del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, siguiendo la efectividad de aplicaciones que harán más ágil la visita de usuarios/ciudadanos para realizar reclamos vía web. Este es el tipo de tareas que motivan a Gabriel a crecer en una industria en expansión. "Cuando hago una tarea que le facilita a una persona hacer un reclamo, siento que en cualquier área del software se pueden hacer cosas nuevas. Y sé que poder compartirlo con pibes que están algo desorientados, o sin trabajo, es cambiar el mundo, mejorarlo", asegura. 


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