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Reciclaje de basura: ¿Cómo convertir la bosta en oro?

Tres amigos descubrieron la fórmula para fabricar plástico biodegradable a partir de unas lentejas que comen desechos orgánicos. las plantas se alimentan de basura para que vos tengas un vasito ecológico en tus manos. 

Tres amigos descubrieron la fórmula para fabricar plástico biodegradable a partir de unas lentejas que comen desechos orgánicos. las plantas se alimentan de basura para que vos tengas un vasito ecológico en tus manos.
Por Ana Claudia Rodríguez

Fede es un emprendedor serial. "No lo puede evitar", dicen sus compañeros. En 2011, de vacaciones a bordo de un tren, marcó el número de Sebas con una mano mientras que con la otra sostenía un vasito de plástico biodegradable (donde le habían servido la sopa del menú). Al celular, le dijo: "¿Y por qué no hacemos esto en la Argentina?". 

Meses después, Federico Seineldin (43), Eduardo Mercovich (44) y Sebastián Lagorio (33) eran un equipo: Mamagrande. Un emprendedor tecnológico, un "casi biólogo" (se está por recibir) y un biotecnólogo con una sola función: reproducir un vasito biodegradable. El inicio consistió en investigar las técnicas disponibles para que fuese sostenible su manufactura, porque hasta el momento el proceso de fabricación de bioetanol -la base para la elaboración de plásticos biodegradables- usaba la caña de azúcar o el maíz. Según ellos, este sistema "no cierra" porque quitan de un lado para poner en el otro; para generar combustible sacrifican el alimento. 

Al tiempo, surgió la combinación ideal, una fórmula inédita. Recibieron distinciones (la Cámara de Diputados la declaró "de interés nacional") y llegaron a las TEDx, y en abril de 2012 surgió la oportunidad. Habían dado en el clavo y el municipio santafesino de Totoras quería comprobarlo en la práctica. 

Tres amigos descubrieron la fórmula para fabricar plástico biodegradable a partir de unas lentejas que comen desechos orgánicos. las plantas se alimentan de basura para que vos tengas un vasito ecológico en tus manos.
A finales de julio pasado, en 4,1 hectáreas de la localidad de Totoras, los chicos de Mamagrande demostraron que los desechos ya no son desechos, o al menos no los que provienen de cargas orgánicas (cloacas o criaderos de animales, por ejemplo) que, dicen, son los que generan mayor impacto. En la práctica, la cosa es así: en dos piletones de 150 x 160 metros (el equivalente a dos manzanas), siembran la planta "lenteja de agua" (que es autóctona, de la familia Lemnaceae) y la acompañan de unos microorganismos que se encargan de descomponer las moléculas de los contaminantes orgánicos para que el vegetal pueda absorberlos mejor. "En tres o cuatro días se duplica o triplica la cantidad de plantas como resultado de esta sinergia, y en menos de diez días ya tenés el agua más limpia", explica Lagorio, que durante cuatro años estudió en la Universidad Nacional de Rosario para dar con la mezcla. La dupla no invade ni altera el ecosistema, solo depura la zona. 

El paso siguiente es el procesamiento de la lenteja de agua en las llamadas biorrefinerías: después de recolectarla y deshidratarla secándola al sol, se fermenta el almidón que contiene mediante técnicas bien conocidas (usadas para la producción de combustible a partir de otros cultivos). El resultado es el bioetanol y el ácido láctico, aunque en esta etapa inicial, Mamagrande se centrará en el primero, que es menos complejo. 

Los números hablan bien. Según sus cálculos, a un año de trabajar en Totoras, se habrán limpiado 760 mil metros cúbicos de agua (lo que consumen cinco mil personas en un año), se generarán 30 mil litros de etanol (equivalente al combustible necesario para recorrer 400 mil kilómetros en auto) y capturarán 200 toneladas de dióxido de carbono. 

Por el momento, media docena de ciudades se han mostrado interesadas en este modelo cuyo único requisito es tener un clima templado (los bichos no se llevan bien con el hielo) y contar con una inversión inicial, que en el caso de Totoras ascendió a 120 mil dólares. Una vez amortizada esta cifra no habrá más gasto -calculan-, sino solo ganancia: aproximadamente, un millón de pesos al año. "Por no mencionar el costo de limpiar el agua, que no se está midiendo, la generación de áreas más sanas, más pájaros, menos insectos y un sistema sin olores", asegura entusiasta Mercovich. 

Mamagrande decidió no patentar el invento para que todo el mundo pueda acceder libremente a esta tecnología. ¿Y ellos de qué van a vivir? "Como somos los que más sabemos de esto, creemos que la gente nos llamará, y cobraremos un porcentaje de las ganancias", continúa Mercovich. Y ya los contactaron desde Brasil y Asia. 

Su modelo de funcionamiento se basa en la misma dinámica que la de la aceleradora argentina que les dio el impulso, Njambre, que apoya el nuevo emprendimiento y se compromete adquiriendo acciones de la empresa emergente. Mamagrande le sigue los pasos: la relación con sus clientes es de asociación (si gana uno, ganan todos). 

No es una empresa tradicional ni una ONG, Mamagrande está a medio camino. Es una empresa innovadora y social que quiere resolver problemas de comunidades postergadas a la vez que "ataca" la problemática del entorno. "Nuestra misión es mitigar el sufrimiento humano y medioambiental", resume Sebastián, mientras Eduardo se extiende desechando la disyuntiva "ecología o desarrollo" que persigue a las compañías convencionales: "Esa dicotomía es falsa, es una mentira. El desarrollo no existe si no cuidamos lo que tenemos alrededor. Desde Mamagrande creemos que es posible una industria cíclica, que vaya junto con la vida. Ya tenemos el conocimiento para llevarla adelante, ahora solo debemos practicar un poquito más". 


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