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La Fabricicleta: un hospital para tu bicicleta

Después de rescatar su antigua bici arrumbada en un altillo, una cronista de Brando la llevó a este espacio inspirado en las ciclofficinas italianas en el que cada uno aprende y enseña a arreglar su preciado vehículo. Historia de una recuperación. 

Después de rescatar su antigua bici arrumbada en un altillo, una cronista de Brando la llevó a este espacio inspirado en las ciclofficinas italianas en el que cada uno aprende y enseña a arreglar su preciado vehículo. Historia de una recuperación.
Por Daniela Belén Bianco

Casi todos podemos contar alguna historia con una bicicleta. En mi caso, heredé una con un destino un tanto trágico: la vieja bicicleta color bordó que en aquellos no tan lejanos años 90 mi madre usaba para dar algún que otro paseo por el río. Lamentablemente, el esparcimiento no duró mucho, y la bicicleta sufrió la peor desgracia que puede padecer alguien de su tipo. Pasó de ser un vehículo a un instrumento de gimnasia estático, impulsado por las modas de las dietas rápidas de aquella época. Así quedó sujeta al piso gracias a un pie que frenaba su rueda trasera. Permaneció adherida como la mosca que queda atrapada en una telaraña y espera su muerte en silencio. Mi madre la usó durante algunos meses de entusiasmo inicial. Cada fin de semana se aproximaba al velocípedo, se montaba en él y durante 10 minutos pedaleaba con la misma fuerza que le exigía la calle, como si la habitación estuviera llena de obstáculos, subidas, curvas. Pero fue eso mismo, el cansancio que le ocasionaba pedalear, lo que determinó el final. La bicicleta bordó fue olvidada. La sepultaron en el altillo junto a los juguetes de mi infancia. Ahí quedó archivada durante años, bajo el polvo. 

Pero un día la recuperé. En realidad, mi madre quiso hacer orden y me pidió que la "ubicara" en algún lado. Estaba oxidada, tenía las ruedas desinfladas. O sea, estaba cerca de convertirse en chatarra. Pero no para mí: tomé el tren hasta la estación Villa Urquiza y me planté en la puerta de La Fabricicleta, un taller de ciclomecánica popular que se ha convertido en el lugar más temido por los bicicleteros de la zona. Y con mucha razón, porque allí es uno mismo el que tiene el poder de arreglar su bicicleta de forma gratuita cada sábado. Inspirados en los talleres de autorreparación de bicicletas italianos, conocidos bajo el nombre de ciclofficinas, un grupo de amigos apasionados por el mundo velocípedo decidió por el año 2010 armar un proyecto similar en la Argentina. Así nació este lugar, con la idea de que cualquier persona que pasara por la calle tuviera el acceso a herramientas que le permitieran arreglar su bici. 

Después de rescatar su antigua bici arrumbada en un altillo, una cronista de Brando la llevó a este espacio inspirado en las ciclofficinas italianas en el que cada uno aprende y enseña a arreglar su preciado vehículo. Historia de una recuperación.
Es una tarde soleada de otoño. Un chico de unos veinte espera, junto a su bicicleta, que abran el lugar cuya fachada revela que alguna vez fue una pizzería. De repente, otro chico irrumpe en la escena montando una bicicleta con un canasto verde flúo. De él cuelga un cartel que reza "un auto menos". Así se presenta Francisco Jaime, una de las veinte personas a cargo del lugar y uno de los primeros en formar parte de él. Llegó hace casi tres años. Y no se fue nunca más. 

Francisco toma una llave y abre la puerta de entrada que, claro, está cerrada con el candado de una bicicleta. Entramos. El lugar es un espacio amplio, luminoso. Del techo cuelgan lamparitas de colores que juegan con cientos de carteles y libros que se cuelan por las estanterías. Comienza a llegar más gente del taller, entre ellos Nahuel Spinoso. Junto a Francisco ordenan el lugar y disponen las distintas estaciones por las que uno debe pasar para reparar la bici. De un lado la de frenos, del otro la de emparchado, y por otro la de centrado de la rueda. 

Le muestro a Francisco mi móvil histórico. No se sorprende. Lo examina, detecta su deterioro y me empuja a la primera tarea: desarmarle las ruedas. Me pide una llave n° 15 como si yo fuera una instrumentadora quirúrgica. Me da miedo, nunca toqué una herramienta. Hasta que veo que todo está perfectamente ordenado por número y tamaño y que no es tan difícil reconocer una llave con un número 15. Ahora, bajo la consigna de "hágalo usted mismo", me propone que sea yo quien desarme mi rueda. Entro en confianza, soy el cirujano de mi bicicleta. No es sangre lo que salta sino grasa cuando saco la cadena y me enchastro toda. Luego quito la llanta y chequeo, bajo indicaciones de mi maestro mecánico, si la cámara está pinchada. Mi guía desaparece, y llega con un balde lleno de agua. Me explica que para comprobar si existe una afección hay que meter la cámara en el agua y observar si salen burbujas por algún extremo. Una vez detectado el agujero, paso a la estación de emparchado. Desinflamos la cámara, marcamos dónde está el problema y lo cubrimos con una capa de un líquido. Por encima coloco (colocamos) un pequeño parche, esperamos a que se seque y ¡voilà! Tenemos nuestra cubierta en condiciones. 

Después de rescatar su antigua bici arrumbada en un altillo, una cronista de Brando la llevó a este espacio inspirado en las ciclofficinas italianas en el que cada uno aprende y enseña a arreglar su preciado vehículo. Historia de una recuperación.
 

Cuando salgo del trance mecánico en el que estuve hasta ahora, me doy cuenta de que el lugar está lleno. Hay gente corriendo de un lado a otro, desarmando bicicletas, agarrando herramientas, llenando baldes con agua. También hay niños. Una nenita que vino con su papá camina de un lado a otro convidando galletitas, siempre a punto de tropezar con algo. Nahuel, a su vez, ceba mate mientras charla con la gente, algo que, me confiesa, es lo que más disfruta del lugar. El clima que hay allí es cálido, familiar. Sin embargo, Francisco aclara: "No somos superhéroes ecologistas como a veces nos quieren tildar. Simplemente somos gente con ciertos valores. La bici es lo que me permite ir a cualquier lado, en cualquier momento. Es libertad, de por sí sus ruedas despiden revoluciones, y es así, una revolución sobre ruedas". 

Por otro lado se escucha a Andrés Santamarina, quien mayor tiempo atestigua en La Fabri, como la llaman cariñosamente. Le informa a la gente nueva que el taller no es pago, que se manejan con un sistema a la gorra. "El intercambio que proponemos es de una colaboración -indica-. Tal vez sería práctico cobrar una pequeña cuota. Pero nos parece que está bueno generar alternativas. Si no tenés, podés venir igual".  

Después de rescatar su antigua bici arrumbada en un altillo, una cronista de Brando la llevó a este espacio inspirado en las ciclofficinas italianas en el que cada uno aprende y enseña a arreglar su preciado vehículo. Historia de una recuperación.
Continúo con mi móvil, que ahora empieza a revivir. Un joven de rulos abultados se me acerca. Me pregunta cómo desarmé la rueda y qué herramientas utilicé. Le cuento. Lo comprende. Lo hace. Y allí se produce la magia que es, precisamente, la razón de ser de ese sitio. El hecho de que la gente que lleva su bici se convierta en un nuevo eslabón en la cadena de enseñanza le da un sentido colectivo al asunto. Tal como explica Andrés: "Una de las cosas que propone La Fabricicleta es que el conocimiento se puede construir en el taller, y se puede trasladar de manera horizontal. Es decir que no hace falta ese orden tradicional de un maestro impartiendo la clase y prestándole atención a uno solo. También hay parte del conocimiento que se construye laburando, en la práctica. Obvio que uno le da una mano a la gente". Y Francisco completa: "Todas las personas que ves acá, aunque ellos no lo sepan, son La Fabricicleta. Porque la idea es traspasar conocimientos de uno a otro. Yo aprendí todo acá. De hecho me armé una bici de cero".  

Ahora me dirijo a la estación de frenos. Esta parte es más complicada, porque cada modelo de bicicleta tiene un sistema en particular. Por eso, me asiste un hombre experto en el tema. Es algo tímido y habla suave y pausado. Cual médico que chequea a un paciente, examina los frenos y enseguida determina el diagnóstico: uno de ellos está trabado, producto del óxido. Toma una pinza y lo corta. Me muestra el problema. Hay que cambiarlos por completo. Busca alambres y una funda nueva, pero no consigue. Se acabaron. Otro de los chicos corre, como enfermero que asiste una urgencia, hacia una ferretería en busca de la funda que cubra las heridas de mi móvil. Mientras espero, charlo con Francisco, que recién ahora pudo parar un rato. "La gran mayoría viene con un poco de temor. Algunos no saben cómo funciona La Fabri, se piensan que es una bicicletería de barrio. Te tiran la bici. Después, cuando se enteran del sistema, creo que todo el mundo se va muy contento. Porque se llevan el saber que lo hicieron ellos mismos".  

Son las ocho de la noche. Estuve toda la tarde acá. Francisco da la orden para que terminemos. Todos hacen los últimos ajustes a sus seres de dos ruedas. Algunos todavía no tienen el alta para salir a rodar por la ciudad, así que seguirán la próxima. El chico que había salido por las fundas para mis frenos vuelve con las manos vacías. No pudo conseguirlas. Ajustamos provisoriamente. La vieja bicicleta y yo partimos de regreso a mi hogar, con la promesa de volver para reparar los frenos. Ironías de la vida, dirán, mi bicicleta va a seguir inmóvil por un tiempo pero con una certeza: por suerte ahora está mucho más de moda andarlas que pegarlas al piso. En eso estamos. 


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