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Rock in crisis: la supervivencia del más apto

España se derrumba, pero, mientras tanto, el festival indie Primavera Sound crece y se expande 

Por Pedro Cifuentes

Junio. Barcelona. Una de la madrugada. A cincuenta metros del mar, Robert Smith (que cada vez canta mejor) lidera la última formación de The Cure (con su flamante fichaje, Reeves Gabrels, el guitarrista de David Bowie) en un concierto de tres horas que condecora la edición 2012 del Primavera Sound, el festival indie por excelencia de España (y quizás Europa), que en un país con un 25% de desempleo convoca a 241 bandas y reúne a 140 mil personas durante tres días y tres noches sin final. El precio del abono es de 190 euros (1100 pesos). Se venden más de 200 mil litros de cerveza. Un presupuesto total de 7,4 millones de euros, sin apenas subvenciones públicas (un 3%), que tiene una segunda sede en Oporto una semana después. 

Ni siquiera la ausencia de la teórica cabeza de cartel, la islandesa Björk, desluce el magnífico evento, reducto pasajero del flower power en un mundo convulso. 

Podría parecer por un segundo que la población española decidió olvidar la crisis, haciendo honor a su carácter festivo, y se entrega a la música con fervor. Pero no es del todo así. Solo unas semanas antes, en mayo, los organizadores del Rock Coast Festival de Tenerife (para el británico The Guardian, uno de los festivales más importantes de Europa), que contaba este año con nombres como Marilyn Manson , Smashing Pumpkins , Iggy Pop o Fatboy Slim, habían suspendido el certamen por "la falta de interés de las instituciones hacia el proyecto, así como el momento económico que está atravesando España y, especialmente, Canarias".  

El célebre Festival Internacional de Benicàssim (FIB), que este año levantó una polvareda por su decisión de incluir en el cartel al DJ David Guetta (considerado mainstream para un festival pop-rock indie), vivió el mes pasado su 18a edición, en la que congregó durante los cuatro días a un total de 160 mil personas, un 20% menos que en 2011. Siete de cada diez eran británicos. Y eso que el FIB ofrecía abonos rebajados a 99 euros para desempleados. El director de Rock in Rio se vio obligado a aclarar que el festival no abandonará España, pese al descenso de audiencia experimentado el mes pasado en Madrid. 

¿Cuál es entonces el secreto de un festival como el Primavera Sound, que sin ayuda estatal es el tercer evento que más impacto económico genera cada año en la ciudad de Barcelona? Un activo ha de ser su coherencia: por dispares que puedan ser algunas de las bandas que ofrece (el hardcore punk violento de los suecos Refused convive con el tecno meloso de Saint Etienne), su propuesta resume extraordinariamente bien el concepto "indie" (a estas alturas ya indefinible, aunque toda aproximación debe recoger el término "alternativo"). Además, está el efecto purificador de la propia crisis, que por su dinámica equilibra el mercado y expulsa las propuestas sobrevaloradas. 

España, gran víctima de la crisis financiera mundial en 2012, vive los nefastos efectos de una "burbuja" inmobiliaria. Y, al igual que en la construcción, la bonanza económica de la primera década del siglo hizo que los festivales musicales proliferaran descontroladamente: si cada ciudad parecía necesitar (por alguna razón) su propio museo de arte contemporáneo, también hacía falta un festival. Y así surgieron numerosos certámenes de personalidad escasa y aparición oportunista. La crisis parece estar encargándose de equilibrar esa oferta, exigiendo que cada uno encuentre su nicho de mercado (si hablamos en términos económicos) o precise su dirección artística (si de música hablamos). 

Los españoles (que sí parecen tener la crisis en mente) invirtieron en 2011 un 3,7% menos en actividades de ocio, cultura y espectáculos respecto de 2010. Solo se sabe que la baja del 2012 será aún mayor. Y los festivales no se salvan de la caída en picada de la financiación pública y de la pérdida de patrocinios. La falta de liquidez de las arcas públicas y las reducciones de los presupuestos en cultura (ayuntamientos, gobiernos autonómicos, entre otros) han dinamitado los planes de muchos promotores. Y, sin embargo, aunque permeables a esa omnipresente crisis, algunos festivales españoles se mantienen como un ejemplo de industria cultural que funciona relativamente bien: no solo por dejar a un lado las ayudas públicas (en fuerte contraste con el cine, por ejemplo), sino también por producir un impacto económico relevante en los lugares donde se celebran. Y si los hay que cierran, otros se amplían: el Primavera Sound abrió una sede en Oporto (Portugal) y el festival electrónico Sónar, su primo hermano barcelonés, abrió en mayo una sede internacional en San Pablo. 

La noche siguiente al recital de The Cure, el sábado, sube al escenario la mítica banda Yo La Tengo, de Hoboken (Nueva Jersey), considerados unos de los "padres" del indie rock en el planeta. Nadie se acuerda de la crisis financiera esa noche. Su guitarrista, Ira Kaplan, enardece al público calificando al Primavera: "De corazón, el mejor festival indie del mundo". Será por la coherencia y la amplitud del cartel, o porque lo indie (en sus diferentes acepciones) sobrevive en un mundo que huye de los artificios financieros, por el clima preveraniego, por detalles como el restaurante Healthy Point para vegetarianos y celíacos, por ofrecer una jornada dominical gratuita en el centro de la ciudad (con conciertos notables como Yann Tiersen o Richard Hawley). O quizás, como dice su director, Alberto Guijarro, porque "es un sitio estupendo para descubrir grupos nuevos". En todo caso, constituye un saludable ejemplo de cultura sin subvenciones en un país al que este año no le salen las cuentas. 


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