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Cómo llevar adelante un almuerzo con tu jefe

El restaurante es uno de los escenarios de la vida corporativa. Consejos para cuando nuestro compañero de mesa es nuestro jefe. 

Por Nicolás Artusi
@sommelierdecafe


Ni una grasienta tira de asado, ni un untuoso plato de tallarines con pesto: así en la comida como en la empresa, se aprecia la frugalidad. Si el misterio de las relaciones humanas se devela con una infinidad de pistas no verbales, aquel que sólo coma ensaladitas provocará desconfianza, por demasiado trémulo, y el que pida una botella de vino al mediodía cargará con el eterno sambenito del beodo: no sabe controlarse. En marzo empieza la temporada alta de reuniones y vuelve el almuerzo del trabajo, ese oxímoron de la vida laboral (una tortura placentera o un placer tortuoso), donde se decide mucho más que un plato: el Señor Gerente siempre estará observando al subordinado, en sus modales o en sus libaciones, para decidir el próximo ascenso o el inminente cambio de sucursal. 

Si es cierto que el bife comparte una mitología sanguínea con el vino, se cree que aquel que pide la carne demasiado jugosa adquiere la fuerza taurina: el jefe podría sentirse amenazado en su poderío. El almuerzo del trabajo es parte de la rutina laboral y, aunque se proponga como una ocasión para el relax fuera de la oficina, en realidad funciona como cámara Gesell para evaluar el desempeño social de un empleado, cómo se comporta con los colegas y cuáles son sus aptitudes para representar a la empresa ante los demás. 

Sea discreto. Coma poco. Si tiene el estómago de una ballena encallada, pique un snack antes de salir. Ya en la mesa, ordene según el precio, siempre apuntando a la mitad de la carta: el plato más barato puede sugerir que es un hombre sin ambiciones; el más caro, que es dispendioso en el manejo de presupuestos. Beba agua (con o sin gas, es indistinto) y sólo acepte una copa de vino si su jefe lo precede en la bebida. No le agregue hielo ni soda: lo verán como un palurdo. Tampoco exagere la solemnidad de la cata, en una aspiración por pretenderse fino. Elija comidas que no exijan demasiado de su atención: la impericia con unas ostras a la vinagreta pueden provocar una catástrofe profesional y, si se estima que la reunión pueda alcanzar ciertos niveles de tensión, evite los picantes: el estómago es el órgano más traicionero. Una excursión al baño en la mitad de una negociación será interpretada como señal de capitulación. 

Con el postre llegará el alivio. Y con la cuenta, una inquietud: ¿quién paga? Siempre, el empleado de mayor jerarquía en la mesa (por algo él tiene tarjeta corporativa y usted no, mísero asalariado). No se queje de los precios ni sobreactúe en el afán por compartir la cuenta, pero sí participe de la propina: sea generoso sin exagerar la empatía de clase con los mozos. El jefe debe verlo como uno de los suyos para que, después de la comilona, la posibilidad de obtener la subgerencia alcance el mismo nivel de promesa que en el patético remate de Olmedo frente al Señor Gerente: "Pérez, usted ya la tiene adentro".  


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