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Miguel Brascó: Las cien vidas de un sibarita

Hizo publicidad, fundó clubes, diseñó boliches, fue amigo de Cortázar y de Walsh y rescata palabras para describir vinos. La nueva novela de un hombre con mundo y proyectos. 

Por Cicco

Puede desconocer quién es Miguel Brascó. Puede desconocer su voz, su obra poética, sus novelas, su andar arrastrado, sus temidas críticas gastronómicas, pero no puede pasar por alto un hecho ineludible: su naso. Su naso, como aguijón en la cara, lo hizo célebre. Brascó sumergió su nariz en un sinfín de copas, la empleó para aspirar cuanto plato se le cruzó en programas culinarios y la llevó tan alto que dos bodegas bautizaron vinos en su honor. 

Brascó será experto en bodegas y comidas. Pero el que escribe esto es abstemio -al menos desde hace cuatro años- y tan flaco que cuando hizo el chequeo médico para entrar al servicio militar y le pidieron que se quitara la remera, el doctor hizo un gesto de espanto: "Ni hace falta que te pese, pibe -explicó-, con ese físico no servís".  

Así que aquí estamos en una parrilla de Puerto Madero llamada Le Grill. Brascó, que la conoce bien y la recomienda, viene con una nueva novela bajo el brazo, El prisionero, donde da cuenta de la vida de un recluso en tiempos de la Revolución francesa, que más que sufrir, lo que hace es comer, beber y tener tertulias pintorescas sobre política, Dios y, por supuesto, comida y bebida. Por mi parte, vengo sin nada bajo el brazo, ni siquiera desodorante, pero ando con buen apetito, así que liquido a gran velocidad la molleja de chivo que sirven de entrada. 

"Yo no suelo almorzar, porque cuando como, me gusta comer bien y tomar vino, y si almuerzo me duermo", dice Brascó, que se sienta y se le acercan dos mozos, algo temerosos. A la par viene el encargado del restaurante. "Pero voy a hacer la excepción contigo".  

"¿Quiere pedir a la carta, Miguel?", le ofrecen. 

"No, ustedes traigan", indica él. "Cuando un restaurante es bueno, lo que hay que hacer es intervenir lo menos posible. ¿No tomás vino? ¡Qué aburrido, viejo!".  

Un camarero descorcha un Merlot. Y Brascó le mete su famosa nariz. Es un momento delicado, expectante. El mozo siente que las cabezas pueden rodar. "Está bien", sentencia sin probarlo. 

Brando: ¿Los mozos le tienen miedo, no?  

Miguel Brascó: Los mozos no. Los dueños sí. Pero deben tenerle más miedo a Alicia Delgado, yo no soy tan importante.  

Brando: ¿Deja propina?  

Brascó: Claro, y bastante. Después de tanto tiempo, soy amigo de casi todos los mozos. Un amigo me dijo que tengo paladar de comedor de caviar pero bolsillo de pobre. Creo que tenía razón.  

Brando: Tengo la sensación de que el argentino es ideal para el chamuyo enológico.  

Brascó: No te creas. En todas partes es igual. Además, ese vocabulario fue desarrollado en Estados Unidos. Lo creó una mina, se llama "la rueda de los aromas". Y puso todo el vocabulario posible referido a los vinos. De ahí viene todo. La otra vez escuché a uno diciendo que un vino tenía el aroma del "recado de caballo que acaba de galopar". Demasiado para mí.  

Brando: Alguna vez djio que para ser un buen crítico de vinos, primero había que ser un poeta.  

Brascó: Es cierto. Creo que el enólogo y el escritor van muy bien. Yo saqué palabras del olvido para describir los vinos. La crítica necesita la perspicacia del que vivió la vida y el vocablo del poeta. Yo uso un vocablo preciso para cosas imprecisas. Uso arcaísmos, invento palabras. Para el 60% de los vinos no hay mejor descripción que decir "piripipí". 

Brando: ¿Qué tal "mustio"? Esa la escribe en su libro.  

Brascó: Ahí está. "Mustio", esa palabra sirve para describir un vino cansado.  

Brando: ¿Cuál fue el mayor bolazo que escuchó en una cata de vinos?  

Brascó: En una presentación, un enólogo reconocido tomó el vino, miró al techo -toda la liturgia de siempre- y dijo: "Cada vez que respiro este vino me acuerdo del olor de los pantalones de cuero de mi abuelo". Hubo un silencio en la sala. Un periodista preguntó: "Y, dígame, qué parte de los pantalones". Ese periodista era yo.  

Le traen un ojo de bife que llena todo el plato. Lo corta y está crudo, tirando a morado. Pero su nariz traza una línea vertical de aprobación. 

Brascó: Así es como tiene que estar la carne.  

Brando: Desde acá parece viva. Mi entraña, por suerte, vino más a punto.  

Brascó: El 90% de los argentinos devuelve una carne así. Pero es una locura. Si la carne está muy cocida, toda sabe igual. Yo con el pescado soy muy meticuloso. Si está cocido más de tres minutos, uno y medio por cada lado, lo devuelvo.  

Brando: ¿Se cansa de devolver pescados?  

Brascó: No, porque yo les aviso antes. Si está cocido, no hay forma de darte cuenta si es salmón, trucha o boga. Todos tienen el mismo gusto.  

Brascó fue muchos Brascó en una sola nariz: publicista, poeta, fundador de clubes de hombres, folclorista, abogado, diplomático, empresario de conciertos en Bolivia, funcionario universitario, empleado de corporación y diseñador de boliches. 

Fue amigo de Cortázar, de Rodolfo Walsh y de Xul Solar. Perdón, dijimos ¿diseñador de boliches? 

Brascó: Sí, fue una época. Hice murales en una boîte. Y también uno de ocho metros en el "futuro" Paseo Alcorta, pero no prosperó. Lo sacaron.  

Brando: ¿Y cómo le gusta que lo definan?  

Brascó: Como escritor. Yo siento que no soy un artista. Soy un escritor que dibuja. Ayer alguien me insistía para que hiciera una muestra de dibujos. Pero me da fiaca.  

Brando: Sin embargo, todos dicen que usted es un obsesivo del trabajo. Tiene 86 años, ¿para qué trabaja tanto?  

Brascó: Tengo la sensación de que la vida es muy efímera y necesito ponerme un deadline. Además de este libro, tengo uno de poemas y una nouvelle próximos a salir.  

Brando: No lo imagino amigo de Walsh. Parecen opuestos. Usted es más contemplativo y gastronómico. Él, aguerrido y frugal.  

Brascó: Nada que ver. Rodolfo tenía un gran sentido del humor y le gustaba mucho cocinar. Eso sí, una vez lo crucé en la avenida Santa Fe a las dos de la mañana y lo sorprendí de espaldas para darle un susto. Él me apuntó con una pistola. "No lo hagas nunca más", me dijo. Yo era joven, no sabía mucho.  

Brando: Me gustaría hablar de sus clubes masculinos.  

Brascó: Fundé tres. De dos me echaron.  

Brando: Fa.  

Brascó: Yo trataba de reivindicar el concepto de club. Estaba hecho para invitar a amigos a comer y no tener que lavar. Eran solo treinta socios. Y no podían entrar mujeres. Pero qué pasó: cuando el club adquiría prestigio, el restaurante crecía. El socio podía cocinar en una cocina profesional y el restaurante aportaba todo. El único club del que no me echaron fue el Epicure, donde un día me tocó limpiar veintiocho patas de cordero.  

Brando: ¿Llevaban mujeres?  

Brascó: Era solo para hombres.  

Brando: Pero ¿no convocaban a mujeres para el postre?  

Brascó: No se confunda. Era un club para comer y beber. No mezclábamos los tantos.  

Brando: ¿Le gusta combinar la comida con las mujeres?  

Brascó: Para nada. Cuando voy a esos restaurantes árabes y vienen las mujeres a bailar, para serle sincero, lo padezco. Cuando uno va a comer, come. A lo sumo, solo debe conversar, pero no tanto como usted me está haciendo hablar.  

"Ah, mirá quién está acá", dice mientras una mujer de unos 40 se acerca a saludar a Brascó, que le da un buen beso. "Esta es mi novia no oficial", dice él. "Lo que pasa es que está casada". La mujer, que dirige la agencia de prensa que maneja la parrilla, le pregunta por su salud. "Me operaron de cataratas. Antes leía el diario con lupa. Ahora puedo ver sin anteojos. Y, además, puedo ver a través de los textiles", Brascó achina los ojos con un destello de maldad. "Funciona muy bien con las mujeres".  

Brando: Dos preguntas sobre su fantástica novela El prisionero. Leí una tercera parte, esto para un periodista es un récord. Cuando describe a la amante de Lucien, el protagonista dice que tiene pechos bíblicos, ¿a qué se refiere?  

Brascó: Me refiero a esos pechos firmes que se ven detrás de la telita. Esos son pechos bíblicos.  

Brando: ¿Por qué inventó una prisión como Maubeuge, donde los reclusos comen y beben como reyes y donde no hay cerrojos?  

Brascó: Antes, en las cárceles se comía muy bien. El tema de la falta de cerrojos parte de mi idea de la libertad. Yo soy un convencido de que más valiosa que la libertad física es la libertad existencial.  

"¿No le gustó, señor Brascó, la carne?", le consultan. 

Brascó: Todo muy rico, lo que pasa es que no se debe charlar tanto cuando uno come.  

Y llega entonces el momento en que, sin titubeos, Brascó se limpia las miguitas del pantalón, deja a un costado los cubiertos, un ejemplar de su novela y anuncia sin más: "Bueno, che (bufa), pongámosle fin a esta entrevista". Y eso es todo. Es su modo elegante y sofisticado de cerrar al público sus fosas nasales. 


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