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Auriculares: un pequeño oasis personal en la ciudad

Son a los oficinistas lo que el casco a los obreros. En tiempos de caos y ruido, la música brinda un pequeño espacio de tranquilidad y control. 

Por Nicolás Artusi
@sommelierdecafe


Una fantasía paranoide diría que la Matrix nos envía instrucciones inalámbricas y que nosotros respondemos como autómatas: caminamos por la calle con un aparato que nos tapa los oídos, en completa abstracción de la realidad circundante y, muchas veces, moviendo la boca, confirmando el sambenito social sobre los locos: ¿hablamos solos? 

Si la miniaturización fue la ambición máxima de la industria electrónica en los últimos años, los auriculares se convirtieron en un foco de rebeldía: cuanto más grandes, más potentes. Y, mientras las nuevas leyes de la urbanidad prohíben escuchar música a todo volumen en colectivos y subtes, los auriculares nos habilitan el último bastión de independencia humana mientras viajamos como ganado: crean un oasis de intimidad personal en el espacio público. 

¿Los auriculares nos vuelven seres antisociales? Lo necesario, apenas: es como decir "estoy acá, pero estoy ocupado". O "por un rato no me hables". Sudados, apretujados, hacinados, podemos viajar a Islandia con la tarjeta SUBE y en insólito desafío a los 45 grados promedio de la Línea B una tarde de verano, mientras Björk nos susurra en el oído. Para cualquiera que padezca el transporte público porteño, el auricular es la versión portátil del estéreo del auto: crea una atmósfera controlada. Algo similar sucede en el trabajo. En el mundo contemporáneo, la producción manufacturera fue reemplazada por la economía de servicios y, según publicó la revista yanqui The Atlantis, el 70 por ciento de los empleos modernos se ejecutan en oficinas de cubículos cerrados o plantas abiertas, superpobladas de escritorios. El empleado necesita, como el obrero sus guantes de trabajo, los auriculares que lo protejan del entorno y que recreen un nido de sonidos propios. La música relaja los músculos, reduce la ansiedad, baja la presión, mejora el ánimo, sea que el cantante de Metallica te machaque en el cerebro "exit lighttt" o que el Polaco Goyeneche repita, en el agrio amargor de un desencuentro, que ni el tiro del final te va a salir. 

Todos juntos, pero solos. Los auriculares reproducen la música como se oyen los pensamientos, en la hermética intimidad de la cabeza y con un resquicio último de libertad personal: compartir o no compartir, ésa es la cuestión. ¡Suban el volumen aunque retumbe el cráneo!  

Del aislamiento a la noción de comunidad, uno puede reconocer en otro con auriculares un momento de felicidad y establecer una empatía silenciosa como la que se siente por el desconocido que lee la novela de un autor favorito, imaginar una amistad probable o fantasear con un romance: con ese agite de la cabeza, intento acompasarme al ritmo ajeno, y me pregunto con ilusión: "¿Están tocando nuestra canción?".  


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