¿Conocés alguno de estos restaurantes?
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Alejandro nos relata su último viaje, nos recomienda algunos lugares imperdibles y recorre el camino que trajo a Chandon a la Argentina
Nunca había estado en París tan cerca de las fiestas navideñas. Se sabe que París, como New York, Medellín o Quito, se suelen vestir temprano de Navidad, imbuyendo de este modo a la población del espíritu navideño durante un largo período de tiempo. Nunca entendí bien porque Buenos Aires viene siempre con un poco de delay, de demora. Todo se demora, hasta las compras para el arbolito, que explotan 3 días antes del 24 de diciembre. ¿Porqué será?
La cuestión es que fui a París en un viaje cuidadoso de investigación a ver que andaba pasando en la ciudad propiamente dicha, y luego extendí mi esfera de curiosidad a localidades como Epernay, Dormans y Reims. Mi pensamiento era que iba a encontrar una ciudad tranquila, en temporada baja, donde era posible que encontrara un respiro a los 70 millones de turistas que la visitan anualmente.
París estaba repleta de turistas. Además, consulté el pronóstico extendido y prometía: "lluvia, aguanieve, nieve, una temperatura máxima de 1ºC y una mínima de -1ºC y menos aún". No me engañaron, cumpliendo prolijamente. Madona Santa, les puedo asegurar que el frío fue algo tremendo, para el que todo abrigo era poco, porque encima, de tanto en tanto se hacía presente un viento que agravaba las cosas.
Apareció una tendencia en la ropa, todo muy trendy: el sobretodo corto para todo el mundo, arriba de las rodillas. Atenti que dije sobretodo, no camperas largas o gabanes marineros tan de moda en otros tiempos. No, sobretodos cortos. Ellas con calzas, claro y botas de todo tipo y color, poco femeninas, pero seguramente bien abrigadas. Personalmente llegué a lucir gorro de lana y guantes de lana de cabra, amén de una bufanda de llama muy abrigada, que salvaba mi garganta de las ráfagas heladas.
Claro, todo esto que podía lucir como un inconveniente, era la oportunidad tan anhelada por mi, de tomarme la sopa que uno encuentra en algunos puestos en la calle. Las he visto de todo tipo: de lentejas, de cebollas, de legumbres. Se venden sándwiches deliciosos, a los que se les añaden generosas cantidades de queso raclette para darle el toque caliente. Y los omnipresentes vendedores de castañas asadas. Es decir, típico mal que por bien no venga.
Por todos lados, a toda hora, en cualquier circunstancia se ve a gente de toda edad y condición circulando con valijas que anticipan su llegada con el típico "toco-toco". Creí que eran turistas, pero pronto me di cuenta que eran tanto turistas como parisinos que llevan elementos de trabajo, artistas viviendo en la ciudad. Van y vienen, aprovechando que las veredas son de cemento alisado, y que todos los medios de transporte, contemplan un lugar para que uno pueda acomodarse con este adminículo rodante.
Vi una invasión de motonetas de todo tipo, algunas eran de un nuevo modelo con dos ruedas delanteras. Uno de sus dueños me explicó que se obtiene una gran estabilidad en el pavimento húmedo, y además, no hay que montarla en ningún pie. Paran absolutamente en todos lados, amén de los espacios específicos que son muchos. Motos vi muchísima menos cantidad, pero las que hay son de gran porte.
Si no lo hace habitualmente, no deje probar instalarse en la zona de la Port de Maillot. Es allí nomás, del otro lado del Arco de Triunfo, donde la Av. de la Grande Armée se cruza con varias calles y avenidas, entre las que están Gouvin St Cyr o Pereire. También hay una callecita encantadora que se llama Saint Ferdinand, que a una cuadra de la avenida desemboca en la placita del mismo nombre. En esa placita había una Boutique du Pain, a la que me sentí convocado cotidianamente a hacerme de una baguette pequeña, para complementar mi compra en la Fromagérie que está justo enfrente, de toda la variedad de quesos que se puedan imaginar para probar, acompañado todo con algún tinto de Borgoña o Burdeos, que también -siempre con el espíritu de investigar que me había guiado- rotaba a medida que los iba consumiendo para profundizar en la actualidad vinícola francesa. (No pude dejar de imaginarme degustando acompañados por los expertos Luis Uranga o Pablo Battro, hummmmm ),
Un día me tomé un tren "normal" -para nosotros sería un tren de alta velocidad- a la villa de Épernay (24.000 habitantes). Allí me esperaba Philippe Coulon, viejo enólogo retirado de la bodega Moët-Chandon, casado con una chilena, y que fue un soporte invalorable -a partir de la década del '70- para toda la operación de este grupo en la Argentina. Me interesaba la visión y la memoria de Philippe de aquellos años, que además tiene un castellano perfecto, por si lo quiere entrevistar un no franco parlante.
Philippe fue hábilmente engañado por mi autobombo, y pidió una sala en la mansión Moët para que pudiéramos charlar tranquilos. La sala tenía vedado el acceso con un cordón de esos de terciopelo colorado, que hay en los museos, para que uno se pueda asomar y desear sentarse en ese mobiliario ancestral. Vino Patrick Scmuck -sommelier de la casa desde hace 28 años-, retiró el cordón, nos hizo pasar, cerró la puerta de dos hojas detrás nuestro, nos convidó con un champagne rosé 2002 de la casa, y allí comenzamos a desgranar los recuerdos precisos de Philippe.
Luego me trasladé a Dormans, o más bien cerca de este pueblecito, donde tienen su casa de campo los Condes de Vogüé, Ghilan y Catherine. No sé si me sabían descendiente del conde de Cliford, buen amigo de Juan Manuel de Rosas, exiliado en el Buenos Aires de entonces por un "quita de aquí estas pajas" con el rey Jorge de Inglaterra. O bien, alguien les rumoreó que por mis venas corre la sangre de Julián Martínez, marqués de Carmona, que donara las tierras para la fundación de la ciudad de Dolores, en la provincia de Buenos Aires (algunos de la familia lo seguimos maldiciendo por habernos dejado sin herencia). La cosa es que los condes me recibieron casi de entrecasa, familiarmente, podria decir...(republicanos recalcitrantes, abstenerse).
Robert Jean de Vogüé, padre de Ghilan, fue el que tomó la decisión con otro conde, Frédéric Chandon -accionistas mayoritarios de la Maison Chandon- de instalar la primera inversión fuera de Francia en la Argentina de 1958, que terminaría gestionando con mano firme Bertrand de Ladoucette, el padre del Barón B, entre otras cosas.
Como la cosa era entre condes (¿quién demonios me podría decir si esos títulos "familiares" míos hoy están en cabeza de algún usurpador? Jajajajajja), Ghilan me llevó hasta la estación de Dormans para que pudiera tomar el tren a París. Condujo velozmente y mostrando que conocía cada curva del camino. Evidentemente, el tomar champagne, como dije, rejuvenece.
Imaginen lo que queda por contar, si esto fue un solo día.Lo concreto, es que me di cuenta que no estoy errado en mi percepción. La clásica comida francesa, ahora aggiornada un poco, no demasiado, sigue reinando en el país de los galos. Los pequeños bistrós siguen permitiendo comer en abundancia y sabrosura sin igual, y a unos precios ridículos (por ejemplo, 11 ? para almorzar o cenar un menú de dos platos y bebida, o plato, postre y bebida, acompañados de generosa panera, manteca y sal de mar, todo incluido en el precio). Los barrios siguen repletos de estos pequeños establecimientos, o de locales que venden delicias para llevarse a la casa por poca plata. Seguramente hay una crisis, porque todos hablan de ella, pero ya verá que tuve motivos para no notarla en la calle. Continuará. A bien tôt!
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