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Ferias de Buenos Aires: El mundo del Todo por 0,99

Soquetes, pájaros, frutas y verduras. En los alrededores de Buenos Aires, prosperan ferias donde el mercado muestra su cara nacional y popular. 

Soquetes, pájaros, frutas y verduras. En los alrededores de Buenos Aires, prosperan ferias donde el mercado muestra su cara nacional y popular.
Por Sebastián Hacher
Fotos de Sofía López Mañán


Esas medias que los vendedores ambulantes ofrecen en la calle, o en la entrada de los subtes, se hicieron en las grandes fábricas de China, con mano de obra muy barata y tecnología de punta. De allí viajaron en barco hasta el puerto de Iquique, en Chile, donde hay una zona franca, si es que no entraron de contrabando por el de Buenos Aires, o por algún otro punto del continente. Desde Iquique, un importador las llevó hasta Oruro, en Bolivia, y desde allí a Villazón, en la frontera con la Argentina. 

El resto del viaje fue más azaroso: un grupo de mujeres las cruzaron en bolsas hasta La Quiaca y otras cargaron las bolsas en micros. De ahí a La Salada, en un trayecto que puede durar el triple que un viaje normal, dependiendo de los controles que haya que esquivar en el camino. Así y todo, cuando un vendedor ambulante las compre al por mayor y las venda al doble de lo que las pagó, van a seguir siendo baratas.  

En esa travesía se resume la de muchos otros productos que hoy se comercializan en los mercados informales que rodean la ciudad de Buenos Aires. Está la ropa de La Salada, pero también los pájaros de Pompeya, las verduras de Escobar y las especias de Liniers, por nombrar sólo algunos.  

El aparente caos de la venta callejera y en galpones más o menos ilegales, los precios bajos, las chucherías importadas o la ropa fabricada en talleres familiares o clandestinos ya son parte del paisaje local. 

De La Salada -la más conocida de todas las ferias argentinas- se dijo que era el mercado ilegal más grande del mundo. El que formuló la frase seguro nunca viajó a Bombay, jamás estuvo en el DF mexicano, ni se perdió entre los miles de puestos de la feria de El Alto, en Bolivia. Cualquiera de esas ferias es más grande y más abrumadora que su par local. Pero que la frase haya pegado a pesar de su falsedad quizás se explique por otra cosa. La Argentina es un país acostumbrado a la formalidad del empleo, resumida en la máxima peronista: "De casa al trabajo y del trabajo a casa".  

"La economía informal -explica el sociólogo Ariel Wilkins- engloba un conjunto de transacciones y prácticas económicas que tienen en común no estar sometidas a la regulación del Estado."  

El Estado -el que cobra impuestos, impone reglas- queda al margen. El secreto del éxito de las ferias, en parte, se basa en eso: eliminar todo lo que está en el medio entre el productor y el consumidor. "Se apuesta -suele explicar Jorge Castillo, capo de La Salada- a vender mucho y ganar con la cantidad. No hay intermediarios, y en vez de remarcarle el ciento por ciento de ganancia, se le remarca el 20. Es un sistema que inventaron los bolivianos y que nosotros perfeccionamos."  

Cierto prejuicio las descalifica como "shoppings para pobres", en el que compradores y vendedores intercambian miserias, pero el éxito de las ferias parece demostrar lo contrario. Y no sólo porque cada vez más gente de clase media compra en sus pasillos. En lugares consolidados como La Salada -que ya cumplió 20 años-, muchos de los hijos de los puesteros son profesionales que estudiaron, construyeron sus casas y compraron sus autos gracias al trabajo en la feria.  

"Globalización popular", así llama el antropólogo brasileño Gustavo Lins Riberio a este fenómeno. Otros consideran que ese camino que recorren la mercadería y los hombres los convierte en una especie de noveno círculo del Infierno: la encarnación misma del Mal. "El paraíso de la corrupción", suelen titular los medios para darles pie a informes llenos de adjetivos que hacen ver a la ferias como antros donde todo es mafia y contrabando. 

"Es otro de los malentendidos -explica Wilkins-. La economía informal no es economía ilícita. Puede persistir porque muchas personas no consideran, necesariamente, que realizan actos ilegítimos o inmorales."

Soquetes, pájaros, frutas y verduras. En los alrededores de Buenos Aires, prosperan ferias donde el mercado muestra su cara nacional y popular.
 

La Salada: La madre de todas las ferias
El lugar: Camino de la Ribera Sur y Virgilio, Ingeniero Budge.
Cuándo: por lo general, martes y sábado, desde la noche hasta la madrugada del otro día.
El producto estrella: una docena de medias a $36, contra la oferta 3 x $10 o 3 x $15 que circula en las calles.
La contra: los horarios pueden cambiar sin previo aviso.

La Salada es el alfa y la omega de las ferias. Cuando abre sus puertas -dos veces por semana, por lo general de noche-, todo lo que está alrededor colapsa: el transporte, la calle, la seguridad. Por día recibe casi quinientos micros del interior, miles de compradores del Gran Buenos Aires y entre 10 y 20 mil feriantes. La verdad es que nadie sabe el número exacto. Lo único claro es que todos tienen el mismo objetivo: comprar y vender ropa al menor precio posible, y lo más rápido que se pueda. La feria está dividida en tres galpones: Urkupiña, Punta Mogotes y Ocean, cada uno independiente del otro, con sus propias administraciones, seguridad privada y leyes internas. En todas se repiten los pasillos enormes, los puestos de cuatro metros cuadrados y un ritmo tan agitado como contagioso. Hay una cuarta feria, La Ribera, que nació a cielo abierto y sin regulaciones claras. En enero de este año fue desalojada: oficialmente, se dijo que tenía 10 mil puestos ilegales. Muchos opinan que, de a poco, esos desplazados volverán. 

En La Salada, se consiguen réplicas más o menos fieles de la ropa que en los shoppings se ofrece a un precio diez veces más caro. También hay ropa sin marca: prendas que se fabrican en talleres familiares o que llegan importadas de China y son ofrecidas al público antes de que las grandes marcas les pongan su sello distintivo. Buscando bien se consiguen, por ejemplo, bermudas cargo a cien pesos o menos. La misma prenda, con la etiqueta y el estampado que le ponen las marcas, puede costar tres o cuatro veces más. Esa lógica se repite hasta con las cosas que luego se venden en las calles de las grandes ciudades: los soquetes que los vendedores ambulantes ofrecen a 10 o 15 pesos los tres pares en el centro porteño, en La Salada cuestan 36 pesos la docena. 

La calidad de lo que se consigue varía. Los que saben dicen que los jeans y las zapatillas son los que menos duran, y que las remeras, la ropa de gimnasia y la ropa interior es de lo mejorcito que La Salada puede ofrecer. "Una remera de 15 pesos", explica Helena, una feriante de Ocean, "con dos o tres lavados que aguante ya está amortizada: sale más barata que una pizza".  

Sobre todo para los porteños, lo difícil es llegar. Si bien la feria está custodiada por sus dueños, el Camino Negro -así se llama la ruta más directa- le hace honor a su nombre y asusta al que no conoce la zona. En internet hay varios tours de compra que ofrecen visitas guiadas y seguras. Uno de ellos, el más conocido, sale dos veces por semana desde la puerta del zoológico porteño. 

Soquetes, pájaros, frutas y verduras. En los alrededores de Buenos Aires, prosperan ferias donde el mercado muestra su cara nacional y popular.
Pompeya Pájaros y peces a granel
El lugar: Avenida Sáenz 790, Pompeya.
Cuándo: los domingos de 8 a 14.
El producto estrella: jilgueros desde $50, lo mismo que en cualquier comercio. La diferencia es que acá hay variedad y garantía.
La contra: se suspende por lluvia.

Un búho con un ataque de pánico mira fijo desde el fondo de la caja. Está al lado de una nutria, dos tortugas y varios jilgueros. Las cotorras de alas cortadas y el cajón donde se amontonan varios pollitos parecen ajenos al movimiento de gente. Es domingo y estamos en la avenida Sáenz y la vía, bien al sur de la ciudad. Alguien grita que la Gendarmería puede llegar en cualquier momento. En tres minutos, sólo quedan las señoras que vinieron a regalar sus gatitos sin raza. "Esto es la calle. Esto es ilegal", avisan. La feria tradicional, la que tiene todos los papeles y habilitaciones al día es la que está dentro del predio. La feria de pájaros de Pompeya.  

Aquí no se buscan mejores precios: a lugares como éste se viene a conseguir lo que en otros lados es difícil de encontrar: pájaros, peces o algún que otro reptil de criadero. Willy atiende el primer local. Vende sólo jaulas: una por cada tipo de pájaro. "Hace 64 años que esto funciona acá", explica. "Era una zona donde había muchos aficionados y lo empezaron a hacer para educar."  

El público son familias con hijos pequeños que van en busca de jilgueros, corbatas o cabecitas, los tres pájaros más fáciles de tener, y que los niños llevan en cajas de cartón como si fueran pequeños tesoros frágiles. Los más baratos se consiguen por 50 pesos, y los más caros -algunos de colores que parecen diseñados en algún estudio de Palermo- pueden costar 200 pesos, o más.  

Entre los que van siempre hay fanáticos perdidos. Gente que sabe que el jilguero, por ejemplo, tiene tres cantos: repique, redoble y cierre. Cada uno es una invitación a la guerra. Algunos tienen más desarrollado uno de los ritmos, otros combinan los tres. ¿Cómo saber cómo canta cada bicho? No hay otra fórmula que sentarse y escuchar durante horas. 

"Es la misma pasión que otros tienen por el fútbol", dice el señor Caputo, fanático que divide su tiempo entre vender aves los domingos y la verdulería que le da de comer todos los días. 

El de los peces es un tema aparte. Cacho Cufré tiene uno de los puestos más completos. Algunos son parecidos a las carpas del Jardín Japonés, pero en versión miniatura. "Son originarios de Asia", dice Cacho. "Hace unos tres mil años que los vienen ayudando a cambiar de color, básicamente haciendo cruzas." Cacho sostiene que los peces se estresan. Que para que descansen, él los trae salteado: una semana sí, dos semanas no. Y que hay que cuidarlos del calor, elegir el alimento, saber qué hay que poner en la pecera y qué no. Si los tratás bien -dice-pueden vivir catorce años. El secreto es leer y hacer cursos. Si se muere el pez, es un sufrimiento atroz: para el pez y para el chico que lo tenía. "Es atroz, te lo puedo asegurar."  

Escobar Verduras directo de la huerta
El lugar: Las Azucenas y Av. de los Inmigrantes, Escobar.
Cuándo: domingo a viernes, desde las 18 hasta las 8 de la mañana del otro día.
El producto estrella: tomates a $2 el kilo (hasta cuatro veces más barato que en cualquier verdulería).
La contra: sólo se consiguen productos de estación.

Soquetes, pájaros, frutas y verduras. En los alrededores de Buenos Aires, prosperan ferias donde el mercado muestra su cara nacional y popular.
Los productores llegan en sus camionetas cargadas de verdura. Algunos tienen las uñas llenas de tierra, la camisa transpirada pegada al cuerpo, el torso encorvado. Son iguales a los protagonistas de cualquier fotografía de campesinos de tierra adentro, pero su vida es mucho más urbana. Son quinteros bolivianos, inmigrantes que alquilaron tierras casi abandonadas y las convirtieron en un polo de producción de verduras de todo tipo. Acaban de cosechar y van rumbo al Mercado Concentrador Mayorista Frutihortícolas Colectividad Boliviana de Escobar. O, más fácil y cortito: el mercado boliviano de Escobar. 

El lugar abre de viernes a domingo, desde las seis de la tarde hasta la mañana del otro día. El secreto del éxito del mercado es el de cualquier feria: los que venden son los productores, sin ningún intermediario. La acelga, los distintos tipos de lechuga, el zapallo y los tomates tienen el olor de lo recién cortado: cuando se compra, todavía tienen restos de la tierra húmeda en la que crecieron hasta hace un rato. Muchas veces, las familias se dividen: unos se dedican a cuidar el campo y otros a vender todas las noches entre el domingo y el viernes. 

Si bien la mayoría de los tres mil compradores que van por noche son verduleros, tampoco faltan las familias que se organizan para comprar al por mayor, o el que va con su bolsita y compran de a pocos kilos. "Se vende por caja y por kilo. Aquí la gente cada vez viene más porque es más barato", explica Moisés Zambrana, uno de los directivos del mercado. "El cajón de tomates de mejor calidad, recién traído, sale 40 pesos, pero hay días que baja más. Cada cajón trae entre 18 y 20 kilos: usted saque la cuenta."  

El lugar es también un centro de reunión de la colectividad boliviana. Si bien no es una zona muy conocida, fue uno de los primero lugares que Evo Morales visitó en su último viaje a la Argentina. Allí, en el predio que incluye seis canchas de fútbol y una radio FM, se juntaron diez mil inmigrantes para saludar a su presidente. Los mismos que ahora, para crecer más, proyectan abrir otras ferias en la zona. 

Soquetes, pájaros, frutas y verduras. En los alrededores de Buenos Aires, prosperan ferias donde el mercado muestra su cara nacional y popular.
Liniers Paraíso de especias
El lugar: José León Suárez al 100, a dos cuadras de la estación de Liniers.
Cuándo: todos los días, todo el día.
El producto estrella: quinua a $18 el kilo (contra $30 en cualquier dietética).
La contra: sábados y domingos hay demasiada gente.

Algunos le dicen el Mercado Boliviano de Liniers. Otros, simplemente, Barrio Boliviano: una versión altiplánica y plebeya de su par chino. Es apenas a una cuadra de la calle José León Suárez, a dos de la General Paz y a una de avenida Rivadavia, en el borde oeste de la Capital Federal. Aunque a veces parecen perdidos en una selva de vendedores de ropa y comida, las estrellas del lugar siguen siendo los negocios de especias y granos. La mayoría de los puesteros son inmigrantes que compraron sus locales a principios de los 90, cuando cerró el mercado del barrio. El tiempo convirtió al mercado en un punto de encuentro y centro de distribución para la comunidad boliviana primero, y para cualquiera que busque sabores exóticos después. 

El proceso de este mercado fue inverso al tradicional: empezó como una cuadra llena de locales que se esforzó por convertirse en una feria. Hoy ningún negocio tiene vidrieras o mostradores. Cuando llega un cliente, las vendedoras se asoman por un pasillo minúsculo entre montañas de productos sin orden aparente: manzanilla, petardos, papas andinas, ajo, nueces, serpentinas, ungüentos de hoja de coca, charangos y limas conviven entre condimentos gourmet de todo tipo.  

Miguel abrió su local a mitad de cuadra. Está ahí desde 1992. "Vendemos productos naturales", dice. "Acá la gente se concientiza de que lo nuestro es más sano. Lo que vendemos viene directo de los productores. Las legumbres las traemos de Córdoba. Los pimientos, de Jujuy."  

Todo lo que es vanguardia gastronómica parece haber nacido en esta cuadra. Se consiguen desde los condimentos para hacer un buen ceviche -incluido el rocoto, ají reglamentario para el pescado macerado con limón-, pasando por una docena de tipos de granos de maíz enormes, hasta la ya clásica quinua, a mitad de precio que en las dietéticas. Cualquier novedad gastronómica que sorprende al sibarita porteño -la hierbabuena, el amaranto o el consagrado jengibre- acá tiene la misma jerarquía que un ramo de perejil.  

Entre el olor a condimento y los adornos y accesorios de puro kitsch andino se proyectan videos de grupos musicales. La imagen que predomina es la de cholitas vestidas de colores brillantes, sobreimpresas en los paisajes más lindos de Bolivia o Perú. Todo parece estar diseñado así: imágenes superpuestas, colores estridentes, objetos de telgopor, mezclado con los símbolos de una cultura milenaria. La cuestión es dejarse llevar y descubrir la maravilla en medio del caos. 

Soquetes, pájaros, frutas y verduras. En los alrededores de Buenos Aires, prosperan ferias donde el mercado muestra su cara nacional y popular.
Solano Bienvenidos al cambalache
El lugar: desde Av. San Martín hasta la estación de San Francisco Solano.
Cuándo: miércoles y sábado, desde la mañana hasta pasado el mediodía.
El producto estrella: todo lo que se pueda imaginar, al precio que uno discuta en el momento.
Contras: nada tiene garantía y el origen de algunos productos es dudoso.

La feria de San Francisco Solano está en el conurbano profundo: casas de ladrillo a la vista y calles de tierra. Funciona dos veces por semana y se extiende por alrededor de quince cuadras, desde la Calle 844 hasta donde se instale el último feriante. Sobre el asfalto de Donato Álvarez están los puestos más formales. Algunos ofrecen la misma ropa y zapatillas que se consiguen en La Salada. Hay estructuras de alambre, lonas para cubrir la mercadería del sol y cierto orden.  

Lo bueno -lo distinto- está en los bordes. Como una periferia dentro de la periferia, a medida que se alejan del centro, los puestos se vuelven más precarios. Se convierten en lonas o tablas apoyadas sobre el piso de tierra. 

Con paciencia, se puede encontrar de todo: desde un Atari destrozado hasta computadoras de dudoso origen, pasando por herramientas de albañilería, dientes postizos y electrodomésticos, o restos de ellos. Mucho está usado, descalibrado, roto, es inservible a simple vista. O no. El secreto es caminar, agacharse, mover las cosas de lugar, hablar con los vendedores. Si hay algo que requiere electricidad, muchas veces el feriante y el comprador tienen que ir juntos hasta una casa cercana para pedir un enchufe prestado y probarlo. Si no hay corriente eléctrica a la vista, el precio es otro: como no hay garantía, es cuestión de saber negociar. 

De la feria de Solano se dicen muchas cosas: que los anticuarios de San Telmo y no pocos diseñadores se nutren de sus ofertas retro para luego multiplicar el precio en las casas a la moda. Que además de cartoneros, buscavidas y gente que vende sus recuerdos, muchos de los puestos venden cosas robadas. 

Pablo Fierro, un habitué de sus calles, camina entre los puestos con la seguridad del iniciado. Allí compró un estéreo casi igual al que le robaron del auto, y logró conseguir una pieza que creía extinta: un cigüeñal en buen estado para su viejo Citröen 2CV. Lo que nunca compró -cuestión de ética, dice- son los bolsos con herramientas que se venden a tan bajo precio. Se imagina que se lo sacaron a algún albañil de esos que salen de madrugada antes del amanecer y siente que no, que no todo lo barato es bueno. 



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