Por Alejandro Maglione
amaglione@lanacion.com.ar
A Puerto Madryn llegué hace unos 35 años atrás, acompañado por Andrés Cisneros, porque fuimos a participar de una reunión de abogados de bancos que se desarrolló en este pueblo. Y bien digo pueblo, porque creo que los habitantes no serían más de 12.000 en aquellos años.
En aquella oportunidad participamos de una cena de despedida de la profesión de uno de los abogados, que se desarrolló en el entrepiso, abierto al salón de la planta baja, del que creo que era el Club Náutico. Un viejo abogado despedía al otro hablando reiteradamente de las ninfas que habían inspirado la pluma jurídica en sus escritos magistales, y desde abajo, donde estaba poblado de rudos marineros, se escuchó una voz aguardentosa que gritaba: "¡Don, tírese una ninfa para este lado que hace mucho que no vemos una.!".
Otro orador emocionado dijo: "¡le he señalado a mis hijos el rumbo correcto!", apuntando con su dedo índice hacia el espacio difuso. De pronto, advertimos que el dedo en cuestión tenía la primera falange exactamente en un ángulo de 90º, seguramente fruto de una antigua quebradura. Y un inadaptado de entre los abogados presentes, acotó en voz baja: "y, con ese dedo así, seguro que perdieron el rumbo, si una parte del dedo apunta al norte y la punta al oeste.". A los que llegamos a escucharlo, se nos atoró el pollo y corrimos el riesgo de morir ahogados de la risa.
Disculpe el lector este merodeo, pero realmente es una anécdota que me vincula a Madryn con este recuerdo inolvidable, donde la línea de lo solemne y lo ridículo fue y vino borrosamente como si hubiera estado pautado por el ingenio de nuestra gente del interior. Lo concreto es que aquel pueblo de pocas casas, tuve oportunidad de volver a visitarlo cada 10 años, y siempre lo vi crecer y crecer sin parar. Hoy, sus habitantes ya llegan a 110.000 y van en aumento. El pueblo, es una ciudad.
Siendo que durante lustros dependieron del aeropuerto de Trelew, ahora tienen el propio, pero resulta que no está preparado para recibir la cantidad de pasajeros que llegan y parten. Los que llegan se encuentran con una cinta de retiro de equipajes insólitamente corta, que para peor corre mitad dentro del edificio y mitad por fuera, lo que obliga a los pasajeros a formarse frente a la misma en filas de a 6. Como los del fondo ni siquiera ven sus valijas, no las pueden retirar. Como no las retiran, no ponen otras.y así el perro se muerde la cola. Los lugareños me dijeron que hace lustros que le piden, sin éxito, a Aeropuertos Argentina 2000 que corra la pared un metro y así quedaría toda la cinta dentro del recinto. Otro de los pequeños dramas sin resolver inexplicablemente.
Este año las ballenas regalaron un espectáculo elogiado por todos los que lo disfrutaron. Llegaron 500 al Golfo Nuevo, siendo el atascamiento de tal magnitud, que un imprudente capitán del buque que tiene la Prefectura operando allí ¡se llevó una por delante por navegar con exceso de velocidad! (Me imagino al prefecto volviendo a su casa, su mujer preguntándole cómo le había ido, y él respondiéndole: "mal, choqué con una ballena.").
Pero las ballenas, se sabe, se quedan unos meses teniendo a sus bebes y haciendo cochinadas con sus novios a la vista de los turistas fisgones que no se cansan de observarlas. Cuando ellas se van, nada se termina. Quedan docenas de cosas para hacer en Madryn, que lamentablemente no son muy conocidas por el gran público. A mí me entusiasmaron las que paso a contarles.
Estos animalitos están todo el año en la boca del Golfo Nuevo haciendo su show de arreo de anchoítas para alimentarse. Se los conoce como delfines negros o de Fitz Roy. Al igual que sus primas, las toninas overas, les divierte nadar al lado de la lancha de observación, y llegan a acercarse para asomarse y espiar con increíble curiosidad a los raros bichos que los observan con sus salvavidas naranjas correctamente colocados.
No es programa para adolescentes, aviso. Algunos papás se empecinan en llevar a sus criaturas de 12 a 15 años, y las pobrecitas duermen todo el paseo, seguramente pensando en el delfín o la tonina con la que estuvieron divirtiéndose la noche anterior. Asimismo, se recomienda a las personas impresionables, no prestar atención a las damas compatriotas -las extranjeras ni sueñan con hacer algo así- que lucen sus shorts hechos con tela de jean, dos números más chicos, que aprietan sus gluteos de manera peligrosa para una sana circulación de la sangre. El espectáculo no es estético, por lo que mi recomendación es concentrarse en los animalitos que están en el agua.
También están allí todo el año a disposición de nuestras inagotables cámaras de fotos. Pero hay una vuelta de tuerca que recomiendo a quien pueda hacerla: ¡nadar con los lobos en el agua! Esta excursión consiste en ir a una alejada restinga, siempre dentro del golfo, donde los lobos, apenas ven a los turistas tirarse al agua, se les acercan amigablemente a jugar con ellos. Es de no creer. Claro que hay que llegar en una lancha, con guía y esas cosas. No se le ocurra mandarse solo.
Los animales se mueven con cuidado, y como hasta es habitual, se nos previene de lo que puede pasar: que nos den como un abrazo con sus aletas para invitarnos a hundirnos y jugar con ellos. Pero todo con mucha suavidad, hasta se podría decir que con respeto; un apoyarse en la espalda o los hombros nuestros.
También se puede ir a la famosa Punta Tombo a ver los pingüinos de Magallanes. Se han hecho instalaciones para asegurar el contacto visual con los animales hasta el hartazgo, pero moviéndose en sendas que impiden que los visitantes invadan su hábitat. En ésta época están criando sus polluelos, que son unos gordos gritones, que reclaman comida sin cesar. Lo normal es que cada pareja empolle un huevo, pero yo vi nidos con dos o tres de estos gordos escandalosos, alimentados por una misma madre.
Para que se dé bien una idea: todos los años llegan desde las aguas del sur de Brasil algo así como medio millón de estas bestezuelas. Y parten hacia las aguas riograndenses cerca de un millón. Así que, si usted quiere ver y fotografiar el pingüinito con la mamá, tiene el espectáculo garantizado.
Tiene para todos los gustos. Llenas de gente tipo Mar del Plata, o desoladas pero a 10' de las primeras. Sin olas dentro del golfo, con olas fuera del mismo. A mí me invitaron mis amigos Víctor y Elisa, madrynenses contumaces, a pasar una tarde en su carpa del balneario Las Dunas. Amén de ser un lugar donde hay de todo para sentirse cómodo, y unos diligentes asistentes que constantemente pasan preguntando si pueden ayudar en algo o traer alguna bebida o alimento que estemos precisando, me quedé sorprendido de encontrar un mar claro ¡y tibio! Cuando le digo tibio, y sin exagerar, tipo las playas de Río en sus buenos días.
Ese mar tan benigno es el marco para la pesca submarina o los deportes de vela que se le ocurra. Nunca había disfrutado la playa madrynense y reconozco que esta vez me quedé con ganas de sacarle un poco más de jugo.
Tiene para todos los gustos. Antropológicos, paleontológicos o marinos. En el museo del Hombre y el Mar, que fuera la casa de un rico poblador, construida en 1915, me enteré que había una célebre pareja de orcas que visitaba el golfo: Bernardo y Melanie. Los lugareños adoraban el deambular romántico de esos predadores gigantes, hasta que un día.apareció un comedido y dijo: "pero.Melanie es un macho.". Hoy las fotos que los recuerdan dicen "Bernardo y Mel". Saque sus conclusiones.
Esta es una actividad que se hace caminando por los acantilados, en bicicleta, o simplemente sentándose en lo alto de las bardas a ver la salida del sol o de la luna, el atardecer o la inmensidad de un golfo que impresiona por su tamaño hasta cuando se ven fotos de él desde el espacio.
Le quedo en deuda para contarle toda la parte del Madryn gastronómico, que fue mi verdadero objetivo del viaje. Se lo debo. Pero confieso que los madrynenses me abrumaron y sorprendieron positivamente con la oferta que tienen para los turistas que los visitan fuera de temporada. Viaje a la parte del mundo que le dé la gana, pero no deje de mirar por el espejo retrovisor, y darse cuenta que la Argentina que queda atrás es inagotable en su oferta turística. Puerto Madryn es la prueba. Gracias Cecilia, Alicia, Adrián y todos los que hicieron posible este reencuentro con este rincón de mi amada Patagonia.
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