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Gracias al oro verde, la ciudad santafesina reactivó su zona portuaria. Hoy, el 78% de la producción sojera nacional navega por el río Paraná. 

Gracias al oro verde, la ciudad santafesina reactivó su zona portuaria. Hoy, el 78% de la producción sojera nacional navega por el río Paraná.

Por Francisco Marzioni
Fotos de Matías Sarlo


Soja, la última frontera. La franja verde oscura que hoy es parte del paisaje común del campo en nuestro país no tiene más de diez años de ser la producción agropecuaria estrella en Argentina. Para quien le dé un vistazo rápido al tema, resulta muy difícil comprender cómo un producto que en el siglo XX fue una producción menor, lateral, complementaria, hoy sea el centro de la economía de la región litoral y principal sostén de las exportaciones del país.

Cuentan los lugareños que en Sunchales, una pequeña ciudad productora de leche y soja reconocida por ser el hogar de la láctea Sancor, un chacarero fue visto en los 70 por sus colegas como una rara avis por dedicar una parte de su campo a esta planta que, en aquellos tiempos, sólo servía para alimentar animales de granja. Recién a mediados de los 80 comenzó a producirse en cantidades importantes, y no fue hasta comienzos de esta década cuando sucedió lo que llamaron "el boom". Hoy, prácticamente todo el sector agropecuario imita a este pionero, relegando el resto de las producciones agrarias -trigo y maíz- a reemplazar la soja durante los períodos de rotación.

Fue luego de la devastadora crisis de 2001 que el campo se refugió en la soja para salvar la rentabilidad en tiempos difíciles, ya que el sector venía de una década en que la producción agraria era importante pero muy reducida en cuanto a volúmenes. En esos días, quien hasta entonces era el mayor productor de soja del mundo, Estados Unidos, se salió del negocio, y al mismo tiempo China entró como un fuerte comprador, utilizando la planta como insumo para el ganado que alimenta al inabarcable mercado interno de ese país. Este cambio le permitió a la Argentina tender un sólido puente con Oriente para colocar la producción, que en principio se dio a través de los mercados, y afirmándose en 2003 a través de las relaciones diplomáticas del nuevo gobierno conducido por Néstor Kirchner. El kirchnerismo supo aprovechar el gran negocio que el país tenía entre manos luego de la devaluación y, especialmente, de la caída de Estados Unidos como actor, y aunque fue incrementando las cargas impositivas, también brindó un contexto ideal para la exportación de granos de soja, es decir, las semillas que nacen de las plantas sembradas en los campos.

En lo territorial, el amplio litoral fue la región favorecida, abarcando Santa Fe, Córdoba, Entre Ríos y norte y centro de Buenos Aires, zonas fértiles y con el clima ideal para que la soja crezca con comodidad. Fue a principios de esta década, cuando la multinacional Monsanto colocó semillas transgénicas de su propia marca, que permiten mayor producción no sólo acelerando los tiempos de siembra, sino también generando hasta tres cosechas anuales cuando antes existía una sola. Estas condiciones se sumaron a un incremento paulatino y sostenido del precio internacional: mientras que en 2004 la tonelada se valuó en 230 dólares promedio, en 2010 esta media alcanzó los 325 dólares, llegando a picos de 478, y se espera que aumente o se sostenga al menos por cinco años más.

Gracias al oro verde, la ciudad santafesina reactivó su zona portuaria. Hoy, el 78% de la producción sojera nacional navega por el río Paraná.

Rosario, la Babel sojera

Pero el negocio de la exportación sólo puede cuantificarse a través de las cifras desprendidas de los puertos. Desde los inicios de la Argentina a mediados de siglo XIX, la puja por la renta de las exportaciones entre las provincias fue la tensión económica que definió la política, sobre todo por la desigual relación entre las salidas del puerto de Buenos Aires y el interior. Hoy existe el Consejo Portuario Argentino, entidad que reúne a los quince puertos estatales del país, de los cuales sólo Buenos Aires, Rosario y Bahía Blanca tienen la jerarquía para poder exportar. Y aunque la política ya no se centra en estos puntos, lo cierto es que, en la exportación de soja, las terminales a la vera de los ríos resultan clave para comprender el fenómeno.

En ese sentido, el complejo portuario de Rosario, compuesto por quince terminales privadas y una estatal concesionada, concentra hasta el 78 por ciento de las exportaciones de soja argentina, y esta cifra asciende con los derivados de la soja, es decir, aceites y harinas. Esta megalópolis agroexportadora se extiende por 60 kilómetros a la vera del río Paraná, desde la pequeña localidad de Timbúes hasta el pueblo de Arroyo Seco, con centro en Rosario, donde se encuentra el puerto estatal, que estuvo en manos nacionales hasta que una ley de 1994 lo derivó al gobierno de Santa Fe, y hoy está concesionado a la empresa Terminal Puerto Rosario SA. Según Angel Elías, director del Enapro, organismo que regula la actividad portuaria gubernamental, esta terminal estatal tiene un "fin social", ya que permite que los productores de la región puedan colocar la soja sin pagar excesivos cánones a las terminales portuarias privadas, lo que incentiva considerablemente la producción local y la descentraliza de las grandes compañías extranjeras. Elías concede al actual gobierno santafesino de Hermes Binner la reactivación de esta terminal, lo que generó un enorme negocio que abarca no sólo Santa Fe, sino también las provincias aledañas, incluso el norte de Buenos Aires. "Antes de 2008, sólo llegaba un barco que trasladaba la producción hacia Buenos Aires y recién ahí salía al exterior; teníamos un puerto prácticamente inactivo, y los pocos beneficios que generaba iban a parar al tesoro de otra provincia. Ahora conseguimos la calificación de puerto oceánico, que nos permite exportar directamente y que los impuestos se queden en Santa Fe."

Pero el gran negocio puede encontrarse en las terminales privadas, que fueron construidas a partir de 1992, cuando el gobierno de Carlos Menem abrió la puerta a las multinacionales y permitió que instalaran sus propios puertos a través de una ley. En 2010, el complejo portuario de Rosario exportó 58 millones de toneladas de soja y derivados, mientras que sólo un millón partieron de las terminales 6 y 7 ocupadas por el Estado santafesino. Así, en los muelles de las empresas Vicentín, Deheza, Dreyfus, Cargill, Bunge, Nidera y Molinos Río de la Plata -algunas de las principales empresas-, se maneja el voluminoso negocio del oro verde. Por estas terminales pasaron, en 2004, unos 1820 buques internacionales, y la cifra ascendió hasta 2350 el año pasado.

Mientras que en los 90 estos puertos exportaron trigo y maíz como principal producción, la mayor parte del millón y medio de camiones que llegaron hasta el complejo santafesino transportaron granos de soja y producciones derivadas, reuniendo la producción de varias provincias y enviándolas a los cinco continentes, especialmente China. Las cifras totales son contundentes: el promedio de exportaciones de soja de todo el complejo es de 50 millones de toneladas, lo que implica el 78 por ciento de la producción nacional, y esta cifra sólo descendió en 2009, luego de una fuerte sequía, cuando llegó a 44 millones.

A todo esto, la ciudad de Rosario impulsa desde 1997 un proyecto urbanístico para reconvertir la zona portuaria, con el desplazamiento de las terminales estatales hacia el sur de la ciudad y la construcción de un teatro y un centro cultural llamado Puerto de la Música, una megaobra emblemática para la provincia, única en su tipo en el Cono Sur. Obviamente, esto generó una fuerte disputa con el gremio de trabajadores portuarios, quienes aseguran que las zonas donde se realizará tienen utilidad para el movimiento de puertos, postura respaldada por el gobierno nacional. En este contexto, el gobernador santafesino Hermes Binner suspendió los avances del Puerto de la Música hasta tanto no se cierre la negociación con los portuarios, que realizan protestas semanales pacíficas en las terminales estatales.

Gracias al oro verde, la ciudad santafesina reactivó su zona portuaria. Hoy, el 78% de la producción sojera nacional navega por el río Paraná.

Luces y sombras del oro verde

La reactivación de la economía argentina es el principal punto a favor para la soja, ya que sus cuantiosos márgenes de ganancia no sólo sostuvieron en pie la producción agrícola después de la crisis, sino que le permitió al gobierno nacional lograr un altísimo índice de impuestos que financiaron la mayoría de las medidas sociales. Mientras que durante toda la década los ambientalistas advirtieron incansablemente de los peligros del exceso de soja para los suelos, los laboratorios de Monsanto fabricaron nuevas y mejores semillas que permiten más cosechas anuales y menos daños ambientales.

Sin embargo, otros problemas derivaron del boom que se dio luego de 2002, sobre todo, en materia de infraestructura vial. Casi el 95 por ciento de la producción se transporta a través de camiones que deben utilizar los mismos caminos que existían hasta entonces, y es así como en pocos años se congestionaron las principales rutas de la región central del país. Un automovilista que maneje por la ruta nacional 34, que comunica el puerto de Rosario con las regiones productivas del norte, podrá sentir en el parabrisas de su auto las semillas de soja que caen de los camiones, expulsadas por el traqueteo constante de la cinta asfáltica a la cual ningún mantenimiento le dura demasiado. A la vera de las rutas, durante muchos años, también pudo verse cómo los sembradíos de soja llegaron hasta las mismas banquinas, generando polémicas entre los gobiernos provinciales.

Es que la soja no reemplazó las demás producciones agropecuarias, sino que se sumó a las que ya existían, lideradas hasta 2002 por el trigo y el maíz. Por eso que el gobierno kirchnerista invirtió en rutas y caminos más que ningún otro gobierno en los últimos treinta años, y el reclamo de intendentes y gobernadores de la región sojera se centra en la mejora de los caminos para beneficiar no sólo la salida de la producción, sino también la seguridad de quienes transitan las rutas diariamente. Sin embargo, la obra pública tiene tiempos demasiado dilatados para el frenético negocio de la soja, que ya prevé futuros por decenas de miles de millones de dólares y no parece detenerse.

En la política argentina, la soja ocupa un lugar central, y la tensión entre productores, exportadores y gobierno es permanente. Mientras quienes llevan adelante el negocio reclaman mejoras en las condiciones, el gobierno argentino busca la forma de distribuir con equidad y sobre la base de sus propios intereses la fabulosa renta que genera. Mientras que, cuando asumió Néstor Kirchner, las retenciones a la soja apenas alcanzaban el 23 por ciento, esta cifra se amplió en 2010 al 36 por ciento, y ,en 2008, había generado un fuerte conflicto por el intento de la gestión de Cristina Kirchner para incrementar los impuestos a un promedio de 45 puntos porcentuales: la famosa 125. Aunque el gobierno dio marcha atrás con el aumento, lo cierto es que a medida que crece el negocio, se suma dinero a las arcas argentinas. En los últimos dos años, la administración nacional dejó de apoyar sus planes sociales en las retenciones y pasó a financiar el superávit fiscal a través de la AFIP, luego de estatizar las jubilaciones, con el fin primario de desprender al gobierno de la dependencia sojera.

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1 comentarios Recientes y 0 respuestas
 
  • 1  
    Ver perfil del usuario
    07.01.12
    18:17
  • leonardowalterhabría que reactivar los trenes de carga para alivianar el tránsito de camiones en las rutas,claro pero el capomafia de moyano lo impide...
  • ResponderVotar (0) (0) Abuso
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