La mitad de las notebooks que compremos en 2012 se habrán fabricado en la provincia más austral. Pero mientras que la principal función es el ensamblado, sigue la duda: ¿el modelo de sustitución de importaciones es viable?
Mi primer televisor color fue un Philips con un sistema picture in Picture que nunca aprendimos a usar. Había sido fabricado en Tierra del Fuego. Llegó tarde a la familia, en 1991, cuando la mayoría de los chicos del colegio ya veían V Invasión Extraterrestre en colores desde mucho antes. Siempre pensé con orgullo que la llegada tardía de esa tele era parte del ethos anticonsumista de mi hogar. Hoy, con la industria nacional tecnológica reactivándose en la isla, le recuerdo aquel aparato a mi madre: "No, nada de anticonsumismo: era carísimo comprar una tele. La pudimos comprar allá. Pero tampoco la gente se moría por tener todos los aparatos del mundo".
La Argentina es un país del sur con consumos tecnológicos del norte. En nuestro país, hay tantos habitantes como teléfonos móviles: 40 millones. La noche previa a la salida del iPad, cual fans de Harry Potter, 250 personas se juntaron en la puerta de Unicenter para comprar la tablet de Apple. En 2010, el año del Mundial de Sudáfrica y las 50 cuotas sin interés, se vendió un 400% más de televisores LCD que el año anterior. Para nosotros, clase media sensible ahora acostumbrada al consumo, posponer nuestra felicidad de tener lo último en el mundo de los deseos globales parece imposible. Pero, para el país, importar cada una de esas golosinas tecnológicas implica que la balanza comercial se incline para el lado del déficit. También implica menos producción y menos empleo.
Con la idea de seguir haciéndonos felices a los compradores compulsivos pero no someter la balanza comercial a los feroces desequilibrios que implicaría importar tantos bienes tecnológicos -ahora Blackberrys, netbooks y LCD -, el Gobierno nacional reactivó, en noviembre de 2009, el Régimen de Producción Industrial en Tierra del Fuego. El esquema había empezado en 1972, con medidas fiscales y aduaneras que estimulaban la afluencia de población a la isla, en un momento de conflicto territorial con Chile. Se seguía el modelo de zonas como Manaos o Taiwán, lugares alejados donde "se mataban dos pájaros de un tiro" alentando la formación de polos productivos y, a la vez, reafirmando la soberanía. En Tierra del Fuego, el esquema funcionó hasta mediados de los 90, cuando el patrón de acumulación económico pasó a ser el capital financiero. La economía se abrió, los aranceles aduaneros bajaron y el mercado se inundó de productos importados. Las fábricas quebraron. En Tierra del Fuego, "la Philips", "la Philco", y "la Grundig" cerraron o sobrevivieron suspendiendo a sus trabajadores. En 2001, el 72% de los trabajadores que antes habían trabajado en el complejo industrial de la isla estaban en sus casas. Frente a los 19.115 electrodomésticos producidos en un magro año 2000, en 2001 sólo se fabricaron 601, la peor cifra de la historia. En 2002, la producción de televisores ya había caído un 89%. En 2003, Philco cerraba.
Ocho años después, el crecimiento es descomunal. No sólo en las cifras, sino en espíritu. El 14 de octubre, días antes de ser reelegida Presidenta, Cristina Kirchner inauguraba una metalúrgica en Florencio Varela y, en medio del discurso, mostraba a todos el último modelo de smartphone, anunciando: "¡Lo vamos a fabricar acá!". Aplausos. Emoción. Orgullo. Pero también realidad: de todas las notebooks que compremos en 2012, la mitad se van a fabricar en Tierra del Fuego. Los decodificadores de la TV digital ya se fabrican ahí. Las lámparas LED, que ahora se utilizarán para todos los alumbrados públicos, también vendrán de la isla. A partir de la Ley, Kodak produjo la primera cámara digital con sello argentino. Las empresas que fabrican celulares multiplicaron por doce la producción durante el primer año. Todas -nacionales o extranjeras- reabrieron sus instalaciones y planean expandirlas, entre ellas, Motorola, Huawei, Alcatel, Samsung, LG, Nokia, Hewlet Packard, Brightstar. Y todo esto se explica porque, además de los beneficios fiscales, más las licencias no automáticas de importación, se sumó, en 2009, la aprobación del llamado "impuestazo tecnológico", que duplicó el IVA de los productos importados, entre otras medidas.
En ese momento, el rechazo del mundo techie local (blogueros furibundos a la cabeza) se mantuvo como trending Tepic en Twitter varios días. "¡No es un lujo, es un derecho!", decían como locos. Otros argumentaban que iba a profundizar la brecha tecnológica del país, que les iba a impedir aun más el acceso a los pibes a su primera compu. El plan Conectar Igualdad, con más de 1.700.000 netbooks entregadas hoy (que también se empiezan a fabricar en el sur), les quitaría la razón. La batería de leyes marcaba para la ministra de Industria, Débora Giorgi, "el renacer tecnológico del país".
Pero ahí, en la palabra "renacer", comienzan los debates. Vistas en términos de intentar equilibrar la balanza comercial, proteger la industria nacional y fomentar el empleo local, las medidas fueron exitosas. Es la famosa sustitución de importaciones, algo que conocemos desde el siglo pasado. Concretamente, entre 1930 y 1976, cuando la vocación industrialista cruzó transversalmente a todos los Gobiernos argentinos: peronistas, antiperonistas, democráticos, militares. Ese período, conocido cariñosamente como "ISI" (industrialización sustitutiva de importaciones), fue el de mayor desarrollo económico de la Argentina, cuando el país logró producir localmente casi todos los bienes industriales de consumo. Pero -y aquí el eterno pero argentino- el país acumuló un retraso tecnológico, ya que nunca se alcanzó la sustitución de importaciones más difícil, la de bienes de capital, o sea, maquinaria y equipamiento industrial de alta tecnología. Dicho más simple: si Argentina era capaz de producir zapatos, no era aún capaz de desarrollar la maquinaria necesaria para fabricar esos zapatos.
El modelo de sustitución de importaciones tecnológicas actual corre riesgo de terminar de igual manera, dicen los que saben. "Las fábricas de electrónicos en Tierra del Fuego son, hoy en día, ensambladoras. Se producen bienes sofisticados, pero con un bajísimo contenido local en insumos, componentes, diseños o innovación: todo eso viene de afuera", explica Andrés López, director del Centro de Investigaciones para la Transformación ( CENIT ) . Es cierto: los miles de celulares que salen al mercado local con el logo de la gaviota "Fabricado en Tierra del Fuego. Industria Argentina" son ensamblados con mano de obra argentina, pero de kits semidesarmados de piezas que se producen en China, Japón y Corea. "Para generar un verdadero avance industrial, en vez de ensamblar celulares, tal vez haya que pensar en producir, por ejemplo, pantallas de celular totalmente argentinas, para exportar al mundo. O vincularse con la industria del software local para aprovechar sus innovaciones", propone López.
Con esta idea, y en el Gobierno, el propio ministro de Ciencia, Técnica e Innovación Productiva, Lino Barañao, dijo al respecto: "Me gustaría ver más investigación y desarrollo en electrónica en Tierra del Fuego. Apuntamos a no ser un lugar de ensamblaje, sino de desarrollo de software. Las empresas están facturando cifras importantes. Con un mínimo porcentaje de eso sería superior a lo que podemos invertir nosotros para todo el sector". Y es allí adonde apuntan las críticas constructivas: sentarse, ministerios de Industria y de Ciencia y empresas, y plantear nuevas etapas del proceso de desarrollo tecnológico en las que las empresas comiencen a invertir en recursos locales para diseño e innovación y se vinculen con otras industrias argentinas, como la del software. "Es perfectamente viable. Las empresas están acostumbradas a que los Gobiernos negocien esas condiciones", dice López. Quién dice, si hacia allí apuntamos, que lo que sea un televisor en 2021 también pueda llevarlo a los niños de casa, cubierto de nieve desde la isla de los hielos.
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