Desde el Litoral hasta Tucumán, pasando por el sur de Córdoba, los productores de soja y caña de azúcar se reconvirtieron para ubicar al país como el mayor exportador de biocombustible. Los pros y contras del petróleo del futuro.
Una semana después de ser reelecta por once millones y medio de argentinos, Cristina Fernández de Kirchner recibió en su despacho a una comitiva empresaria encabezada por el magnate cordobés Roberto Urquía, dueño de AGD (AGD), un gigante con presencia en los cinco continentes que factura 2100 millones de dólares al año. El motivo del encuentro complacía a la Presidenta. La firma ProMaíz S. A. anunció ese día una inversión de 850 millones de pesos en la construcción de la planta más grande de etanol de la Argentina, en la ciudad cordobesa de Alejandro Roca. ProMaíz surgió de la unión de AGD con la multinacional Bunge, el principal procesador de soja del país. La planta de etanol a base de maíz producirá 140 mil metros cúbicos por año a partir de 2013.
Cristina y Urquía compartieron el bloque oficialista de senadores entre 2003 y 2007. Sólo la creatividad de Martín Lousteau y la batalla por la resolución 125 lograron quebrar la relación. Urquía -que en 2008 consiguió que el Congreso aprobara la creación de una aduana en su pueblo- votó en contra del proyecto del Frente para la Victoria. Su regreso a la Casa Rosada expresa el inicio de un nuevo ciclo en el que el Gobierno y los grandes players del agronegocio avanzan juntos en el desarrollo de los biocombustibles. Se trata de un sector estratégico que tiene apenas cinco años de vida, pero en el que Argentina se destaca a nivel mundial: es el principal exportador de biodiésel y el segundo productor a nivel global, detrás de Alemania.
Desde que, en 2010, entró en vigencia el Régimen de Biocombustible aprobado en 2006, el sector tiene incentivos para desarrollarse por un período inicial de 15 años. La Ley 26.093 estableció el corte obligatorio de las naftas con un 5% de bioetanol -a base de caña de azúcar o de maíz- y del gasoil con un 5% de biodiésel, a base de aceite de soja. Hoy, el corte está en el 7%, y se espera que en los próximos años llegue al 20, la cifra a la que arribó Brasil en etanol.
Con una matriz energética que se agota en los hidrocarburos -el 86% proviene del gas y el petróleo-, la energía renovable se convierte en necesidad imperiosa, y los biocarburantes son la posibilidad que se impone en la Argentina de las commodities. Hoy, el biodiésel representa apenas el 1,2% (debido a que alrededor del 80% se exporta a Europa), pero se apuesta a que en 10 años los biocombustibles representen el 10% de la matriz energética argentina. Lo anuncia el director ejecutivo de la Asociación Argentina de Biocombustibles e Hidrógeno (AABH), Claudio Molina. Las proyecciones que transmite están colmadas de optimismo. Dice que la industria aceitera que produce biodiésel hoy emplea a 5 mil personas y estima que en 6 años le dará trabajo a 70 mil. Molina es el vocero de una entidad fundada y presidida por el director del Suplemento Rural de Clarín -y ex titular del INTA en los años 90-, Héctor Huergo. En AABH no existen productores, pero sí lobbystas sofisticados. Es difícil entender la transformación del sector agropecuario en los últimos quince años sin poner de relieve el rol de figuras como Huergo o Gustavo Grobocopatel.
Sin embargo, el desarrollo de los bio genera tensiones globales con los países petroleros que, según Molina, conspiran contra su expansión. Implica disputas entre sectores clave de una economía que crece a tasas chinas: las compañías petroleras argentinas que deben cortar sus combustibles con etanol o diésel y las automotrices que no se avienen a adaptar sus motores. Pero, además, recibe cuestionamientos de fondo por parte de sectores que advierten contra el alza de los alimentos, la amenaza a la biodiversidad y la disputa por los territorios que provocaría el uso de soja, aceite y caña para producir energía renovable. Por último, suscita un debate sobre la real ventaja en cuanto a costos que representa.
Cuatro días antes de las elecciones, Urquía había sido uno de los protagonistas de la Reunión Anual de la Cadena de Biocombustibles que se realizó en Avellaneda, en el noroeste de la provincia de Santa Fe. Allí, estimó que las inversiones en biodiésel durante 2011 serán de 600 millones de dólares y que, en 2015, Argentina producirá 7 millones de toneladas de biodiésel, lo que implica triplicar la producción.
Para los organizadores, el dato central estuvo en la sobria pero calculada presencia de Julio de Vido. El ministro de Planificación llegó hasta la futura meca del agronegocio -Avellaneda será la capital nacional del bio- en pleno cierre de campaña. "Vamos a hacer todo lo que haya que hacer para que esto avance", dijo, y planteó el escenario que le preocupa al Poder Ejecutivo. Con el aumento de la producción, la demanda de gasoil se multiplica: hoy, se necesitan 15 millones de metros cúbicos al año, de los cuales ya hay 3 millones que se importan. De acuerdo con los números que dio De Vido, Argentina produce 2,4 millones de toneladas por año, exporta 1,6 millones (el 66%) y genera ingresos por 1500 millones de dólares. Sólo 800 mil toneladas se destinan al mercado interno de gasoil. "De Vido es el principal artífice de las políticas públicas en materia de biocombustibles", lo endulza el contador Molina. Atrás, muy atrás, quedó la batalla por la 125.
Según Fernando Peláez, el de los biocombustibles es el sector de la economía que más creció en los últimos años. Habla como titular de la Cámara Argentina de Biocombustibles (Carbio), la entidad que nació en 2006. El ingeniero Peláez es, además, el presidente de Unitec Bio, la compañía de Eduardo Eurnekian que tiene su propia planta de biodiésel en Puerto San Martín. En esa zona que se extiende entre San Martín, Timbúes, San Lorenzo, Rosario, Punta Alvear y General Lagos, se levanta el polo aceitero más grande del mundo, a orillas del río Paraná. Según los datos del ministerio de Industria, en el país hay 26 plantas productoras de biocombustibles que suman inversiones por US$ 900 millones. La mayoría está instalada ahí. Molina afirma que si se suman las inversiones realizadas y las que se encuentran en curso, la cifra supera los US$ 1000 millones en el caso del biodiésel y llega a los US$ 800 milones en bioetanol.
En Argentina, la mayor parte del etanol se produce a base de caña de azúcar, lo que da origen a que el titular del Centro Azucarero Argentino, Fernando Nebbia, repita que estamos ante un "momento refundacional de la industria". Nebbia -que fue funcionario del ministerio de Economía durante la gestión de Lavagna- argumenta que ahora los techos productivos ya no están marcados por el consumo interno de azúcar. Si el biodiésel implica una alternativa para la región centro, donde la soja edificó otro país, el etanol es la apuesta en el NOA. Allí se asientan los 23 ingenios que hoy están en manos de trasnacionales norteamericanas, como Seabord Corp. o Atanor, y de grupos locales, como Arcor, de la familia Pagani, y Ledesma Sociedad Agrícola Industrial, del clan Blaquier. La sintonía con el Gobierno también es fina. El director ejecutivo de Ledesma, Federico Nicholson, por ejemplo, es el vicepresidente de la UIA que más simpático le cae a Cristina.
Sólo en diésel, hay proyectos en construcción por 1.150.000 toneladas anuales. Los anuncios son incesantes. La francesa Dreyfus - "a vital player in the global food chain", como dice su web- está levantando una planta para producir 305 mil toneladas anuales de biodiésel más en General Lagos. Cargill está construyendo una con capacidad para producir 250 mil toneladas de biodiésel en Villa Gobernador Gálvez, a 10 kilómetros de la capital santafesina. Noble Argentina S. A. -un trader global de granos con sede en Hong Kong, controlado por capitales chinos y británicos- trabaja para inaugurar en Timbúes una planta de crushing de otras 250 mil toneladas. Unitec Bio anuncia la construcción de una nueva planta de 230 mil toneladas en Puerto San Martín. Cremer Argentina S. A. trabaja en una propia de 50 mil en Arroyo Seco, y Energías Renovables, en otra de la misma capacidad en Catriló. En enero de 2012, comenzará a funcionar la planta de 14 mil toneladas que Bioer S. A. ya inauguró en Villaguay, Entre Ríos. Peláez remarca cada vez que puede que Argentina es la productora de biocarburantes más eficiente del mundo. Asegura que en el país se utilizan muchos menos fertilizantes que en Brasil y Estados Unidos, los dos principales productores mundiales de etanol.
Pese a eso, el desarrollo del biocombustible tiene sus detractores. Incluso algunos de los promotores del biodiésel en Argentina reconocen que el avance del monocultivo implica, desde hace tiempo, expansión de la frontera agropecuaria, deforestación y desplazamiento de la ganadería. Pero el término "bio" que designa las energías renovables encuentra su raíz en la disminución de los gases del efecto invernadero que produciría. Aunque también eso está en cuestión. Enrique Martínez, el titular del INTI, da sus argumentos: "La Universidad de California estudió cuál es la emisión de gases al producir biocombustibles: se necesita tanta cantidad de combustible para producir el biocombustible -sembrar, cosechar, transformar- que hace que el efecto invernadero aumente. En algunos casos, aumenta hasta un 50%".
Los críticos, una indudable minoría, advierten sobre el riesgo de permitir que el mercado agroalimentario mute en fuente de energía mientras existan millones de personas que no tienen garantizada la supervivencia. Desde Carbio, Peláez relativiza las críticas en el caso del biodiésel. "Cuando suben los alimentos, no suben por los bio, sino por el aumento del petróleo. El 80% del poroto de soja es para harina. Sólo el 20% restante se destina a aceite."
En la cumbre del G20, la Presidenta reconoció que, en materia de seguridad alimentaria, es un tema "muy discutible". Pero puertas adentro, la decisión está tomada.
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