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Javier Mascherano, un lord en el centro de la cancha

Messi, las selecciones favoritas y su peor día en una cancha. A un mes del Mundial, el capitán de la Argentina confiesa algo insólito: que la vida de un futbolista también puede ser muy aburrida. 

Por Nicolás Cassese | Fotos Dvoskin & Gutiérrez  

Hay momentos en que un estadio de fútbol puede ser un lugar tremendo y peligroso, donde jugadores e hinchas entran en un estado de convulsión violenta parecido al que se ve en los rostros de los automovilistas varados en un piquete de la Ruta 2 un domingo de verano. Osvaldo Soriano lo retrató de manera maravillosa en el cuento "Gallardo Pérez, referí", en el que recuerda el festejo de un gol que hizo de visitante contra Barda del Medio, un equipo de matungos que, sin embargo, tenía que ganar porque era local. "Corrí más de cincuenta metros con los brazos en alto, y ninguno de mis compañeros vino a felicitarme. Nadie se me acercó mientras me dejaba caer de rodillas, mirando al cielo, como hacía Pelé en las fotos de El Gráfico", escribe antes de relatar la paliza que sufrieron a manos de la hinchada local.  

Javier Mascherano, capitán de la Selección Argentina de Fútbol y mediocampista central del Liverpool, vivió un momento similar. Fue el 10 de octubre pasado, el día en que la Argentina se jugaba su clasificación al Mundial de Sudáfrica en un partido contra Perú en la cancha de River. El equipo apenas ganaba por un gol y venía jugando pésimo. Además, diluviaba. Era una tarde gris que se volvió negra cuando Mascherano quiso rebotar una pelota en un jugador rival para ganar un saque de arco, y la jugada le salió tan mal que terminó convirtiéndose en una habilitación perfecta para el peruano, que tiró un centro de gol. Perú se puso 1 a 1, y la Argentina, con Messi, Maradona y todos nosotros, de repente, se encontró con serias posibilidades de quedarse fuera del Mundial. La situación era de una gravedad extrema.  

"Si hubiese habido un pozo para enterrarme, me quedaba a vivir ahí, porque era consciente de la cagada que me había mandado", recuerda Mascherano ahora, sentado en la comodidad de un hotel de Liverpool y todavía agradecido con Martín Palermo y ese gol del minuto final que salvó la clasificación de la Argentina.  

Este Mascherano, el que habla pausado, mira a los ojos y se desenvuelve con suficiencia y soltura en inglés y castellano, es mucho más parecido al verdadero Mascherano que aquel otro cooptado por los nervios, empapado por la lluvia y responsable de ese error garrafal en la cancha de River. Mascherano tiene apenas 25 años, pero da la sensación de que patrulla la cancha de fútbol desde el principio de los tiempos. Es de esos jugadores que nacieron maduros, que se plantan con la certeza de saber lo que hacen y de hacerlo bien. No es explosivo y brillante, como Lionel Messi; ni perverso e inteligente, como Juan Román Riquelme; ni está desbordado por una rústica y contagiosa pasión, como lo estaba Juan Pablo Sorín. Nada de eso. Mascherano es hacendoso y equilibrado, un motor que trabaja siempre a la misma velocidad, el relojito de los equipos en que le tocó estar.  

"Es incansable, recupera muchas pelotas. Y es clave para el equipo", así hablaba el DT Hugo Tocalli de un chico de menos de 17 años que la estaba rompiendo en el Sudamericano de 2001 que la Argentina terminaría ganando en Arequipa, Perú. Era Javier Mascherano. Apenas unos años antes, había sido descubierto por Jorge Solari en uno de los potreros de San Lorenzo, en Santa Fe, su ciudad natal. A Solari le habían pasado el dato de que había un pibe de 14 años con potencial, y fue para ver si le podía servir al Renato Cesarini, el club de Rosario que había fundado. "Enseguida, me di cuenta de que se iba a destacar –recuerda Solari–. Tenía buen despliegue, no perdía pelotas y las pasaba bien. Llegaba al arco y era tranquilo, pero tenía personalidad. No gritaba, pero se imponía por su inteligencia. Le decías que se juntara con el 10 o se acercara a los centrales y lo entendía enseguida." La descripción de Solari sobre aquel jugador adolescente se puede aplicar al estilo actual de juego de Mascherano. Javier es un hombre constante, y no sólo durante los 90 minutos de juego.  

Solari convenció a Oscar, el padre de Javier, de que el Renato Cesarini era más conveniente que Newell’s, que también estaba interesado, y el chico empezó a entrenar en el predio de 35 hectáreas que el club tiene en las afueras de Rosario. Es un caso raro, el del Renato Cesarini: no se destaca por ganar títulos y apenas participó en dos campeonatos nacionales desde su fundación, en 1978. Sin embargo, de allí salieron Mascherano, Martín Demichelis (también en la actual selección mayor), Roberto Sensini, Santiago Solari y Andrés Guglielminpietro, entre otros.  

"Es que nuestro objetivo no es ganar ligas, sino promocionar jugadores. Mi meta es promocionar treinta jugadores por año", explica Diego Rojas, coordinador de fútbol del club. Para eso, recorren el país captando talentos jóvenes, los albergan en su pensión, pulen sus capacidades deportivas y luego los exhiben para venderlos a clubes de todo el mundo. El Renato Cesarini es una especie de incubadora de talentos, una fábrica donde se produce aquello que todavía distingue a la Argentina: jugadores de fútbol. Allí desembarcó Mascherano cuando recién entraba en la adolescencia, y enseguida se destacó como un joven centrado, tanto dentro como fuera de la cancha. Fue el encargado de la pensión y pronto emigró a River.  

Lo curioso es que debutó antes en la Selección mayor que en la primera del club de Núñez. El 16 de julio de 2003, con Marcelo Bielsa como entrenador, Javier Mascherano salió a la cancha en el partido que la Argentina empató con Uruguay en la ciudad de La Plata. Recién un mes y medio después, Manuel Pellegrini lo haría debutar en River. Es probable que Bielsa se haya decidido por Mascherano el año anterior, cuando Javier viajó al Mundial de Corea-Japón como integrante del equipo sparring con que se entrenaba aquella frustrada Selección de 2002. Lo cierto es que Javier se consolidó en River y en la Selección y, en 2005, fue transferido al Corinthians, de Brasil, junto con Carlos Tevez. Allí ganaron la liga brasileña y fueron comprados por el West Ham, de Inglaterra. Tevez fue ídolo, salvó al equipo del descenso y terminó en el Manchester United. A Mascherano le costó un poco más, aunque terminó emigrando a su actual club, el Liverpool, donde volvió a destacarse, al punto de llegar a la capitanía de la Selección y captar el ojo del Barcelona, que estuvo a punto de sumarlo a su orquesta de fútbol espectáculo durante la última temporada.  

Es que en el fútbol, hay muchos modos de triunfar. Algunos, como Tevez, por caso, lo hacen con el ritmo frenético, desaforado y repleto de épica de una película de James Cameron. Otros, como Riquelme, prefieren los enredos y las pequeñas traiciones de una novela victoriana. En el caso de Mascherano, lo hizo siguiendo un guión sin demasiados sobresaltos, pero constante y efectivo. Dicen que en la cancha se reflejan las personalidades, que se juega de la misma manera en que se vive; y con Javier, esta regla se cumple: es un motor regulado a velocidad constante. Su historia carece de botineras y escándalos. La contracara de esa regularidad de cronómetro es que hay veces que se aburre. Es cierto: gana muchísimo dinero jugando a la pelota, pero su vida también puede ser tediosa. En especial, en una ciudad como Liverpool, fría y oscura durante gran parte del año y sin demasiados atractivos más allá de un puerto reciclado y un circuito beatle preparado para que los turistas saquen fotos.  

Brando ¿Liverpool tiene alguna zona linda?
Mascherano El centro tiene una parte nueva.  

B ¿Está buena?
M Y... es lo que hay.  

B ¿Qué hacés cuando tenés días libres?
M No mucho. Puedo ir a Londres a pasear o la llevo a mi mujer de compras. Pero la verdad es que ya fui mil veces, y para ir a otro lugar, tenés que tomarte un avión. Lo que me mata de la vida acá es que, argentinos, sólo estamos (Emiliano) Insúa y yo. Nadie más. Vivimos en un barrio cerrado de departamentos. Insúa vive en una torre, y yo vivo en la otra. Estamos a 15 metros y nos miramos por la ventana. Hay veces que se viene Pablo Zabaleta desde Manchester, pero Carlitos (por Tevez), olvidate que se venga. Tenés que ir a tocarle la puerta de la casa. No sale ni en pedo. Así que en los cuatro o cinco meses de invierno, es mate en casa y estar todo el día ahí. Por eso, tenés que estar bien armadito en tu casa, no tenés otra gente.  

B Lástima que no se te dio el pase al Barcelona.
M Y sí, ésa es la ciudad. Yo no tengo problema de estar acá, pero cuando tenés familia y dos hijas, como yo, pensás que ellas quieren vivir un poco la vida. No estar todo el día encerradas. Mi mujer, aparte, habla cero inglés y es ciento por ciento dependiente de mí.  

B Te tenés que llevar bien con ella porque si no, es una tortura.
M Sí, acá son vos, tu mujer, tus hijas y nadie más. Ese es tu mundo, tu vida. Lo bueno es que no concentramos nunca cuando jugamos de local. Así que estás todo el día en tu casa. Nada que ver con algunos equipos en España o mismo en la Argentina, que estás todo el día concentrado.  

Al final, la vida del futbolista es bastante menos glamorosa de lo que sugieren los programas de chimentos, y no es que Mascherano sea un hombre aburrido. Zabaleta, que juega en el Manchester City, lo confirma: "Hace frío, llueve, es difícil, el clima te limita mucho. Entrenamos un solo turno casi todo el año, porque en invierno, a las tres y media ya es de noche. Así que a las dos de la tarde, estás de vuelta en tu casa. Por ahí salís a tomar un café, pero no hay mucho más para hacer, y los días se hacen largos. Por suerte, mi novia es española, y cada tanto la visitan. Eso está bueno. Pero la verdad es que se extraña mucho la Argentina". La abuela de Mascherano, que se llama Luisa y sigue en San Lorenzo, a cinco cuadras de donde aún viven los padres de Javier, cuenta lo mismo: "Me llama seguido y me dice que lo amarga estar lejos de la familia. Es un chico buenísimo", suspira.  

El mes que viene, por suerte, será de todo menos aburrido para Mascherano. Sudáfrica será su segundo Mundial como jugador –jugó todos los minutos del de Alemania– y el primero como capitán de un equipo que es una incógnita. ¿A quién se parecerá la Selección Argentina que veremos en Sudáfrica? ¿Al equipo penoso que apenas se clasificó? ¿O a las superestrellas que lo integran?  

M Con la Selección, nos ha costado tener un patrón de juego. La realidad es que hubo un cambio de técnico en medio de las eliminatorias y una idea de juego diferente y, al tener la obligación de obtener resultados, no se pudo buscar el patrón de juego. Eso no nos ha beneficiado. Más allá de que nosotros, individualmente, no hemos podido llegar al nivel que venimos teniendo en los clubes.
B ¿Cómo te sentís con respecto a tu nivel de juego en la Selección?
M Creo que, sacando los últimos tres o cuatro partidos de la Eliminatoria, en los que no estuve bien, he tenido un nivel regular. Y en los últimos partidos, mi mal rendimiento tuvo que ver con mi situación en el club, con las negociaciones por mi transferencia al Barcelona. Después de que pasaron las Eliminatorias y de lo que me tocó vivir durante el verano europeo con la posible transferencia, es como que volví a mi nivel en el club, y eso me hace retomar confianza y volver a sentirme importante.  

B ¿Sentís que las negociaciones con el Barcelona te quitaron el foco de tu rendimiento?
M En lo personal, afecta. Fue un mes y medio de roce y discusiones. De muchas cosas que la gente no tiene por qué saber, pero fueron tiempos muy intensos. En los que un día me iba y al otro no. Un día salía tanto y al otro, era intransferible. Psicológicamente, por más que digas que no te afecta, te termina afectando al mediano plazo porque empezás a pensar en otra cosa y no te focalizás en lo que es tu trabajo, que es entrenar y jugar. En el medio, estaba la Selección, en la que las cosas no iban bien, y la clasificación estaba en peligro. Se juntaron muchas situaciones.  

B Sacando la Argentina, ¿cuáles creés que son los candidatos a ganar el Mundial?
M Por la actualidad, Brasil y España. Es más, España puede estar un escalón arriba de Brasil. Pero en un Mundial, es difícil inclinarse por un candidato.  

B ¿Puede ser beneficioso para la Argentina no ser candidata?
M Sí, puede ser por la cuestión de que no te genera una presión extra. Yo lo hablo mucho con los chicos españoles que están jugando en Liverpool. España, si no sale campeón, es un fracaso. Esa es la realidad. Y no es fácil ir a un Mundial y cargar con una mochila así. España sabe que ni un segundo puesto le va a alcanzar. Todas las expectativas están para que sea campeón del mundo.  

B ¿Cuál fue el momento de mayor tensión en la Eliminatoria?
M Creo que los partidos de Brasil, Paraguay, Perú y Uruguay fueron los de mayor tensión por las cosas que nos jugábamos. Tuvimos tres partidos en los que no sólo no ganamos, sino que directamente perdimos.  

B ¿Qué aprendizaje sacaron de aquella situación límite?
M Saber que, hoy en día, no existe más eso de que somos la Argentina y con nombres y la camiseta te alcanza. Ni a nivel mundial ni a nivel sudamericano. Lo ves en diferentes situaciones: equipos argentinos que se van quedando en el camino. Y eso, porque los otros países han crecido, y nosotros no lo hemos hecho en la misma dimensión que ellos. Las cosas se han emparejado. Seguimos teniendo un plus, por la calidad de jugadores, pero con eso no alcanza.  

B ¿Qué pasa con Messi? ¿Por qué no rinde en la Selección como en el Barcelona?
M Todos hablamos de Messi, pero, en realidad, ninguno de nosotros ha rendido en la Selección lo mismo que rinde en su club. Quizá lo de Messi tenga mayor dimensión porque estamos hablando del mejor jugador del mundo. Entonces, obviamente que lo vamos a notar mucho más en Messi que en Mascherano. Es muy difícil destacarse en un equipo en el que las cosas no salen bien.  

B ¿Cuál es tu ilusión para el Mundial?
M El objetivo para la Argentina es estar en la final, como mínimo. Y una vez que estás en la final, querés ganarla. Salir segundos no sirve de mucho, y menos a los argentinos. Pero sabemos que hay grandes selecciones, y no tenemos que creernos los mejores. Hoy en día, España está más arriba que nosotros. Veremos en el Mundial si lo siguen estando o no. Ya ha pasado con otras selecciones, que llegaron muy bien al Mundial y no pudieron demostrar esa superioridad.  

B ¿Te acordás de tu primer Mundial como hincha?
M El de 2002 era sparring, y lo viví muy de cerca. Pero ya ahí era jugador de fútbol, o intentaba serlo, por lo menos. Tenía 17 años. Así que, como hincha, los que recuerdo son los de 1994 y 1998. Me acuerdo de los festejos después de que le ganamos a Inglaterra en Francia.  

B ¿Cuánto te queda de ese espíritu festivo durante el Mundial ahora que sos profesional?
M Cuando juega con la Selección, uno sabe que está todo el país mirando. Y que cuando las cosas van bien, la gente va a salir a festejar, y vos le podés dar una alegría.  

B ¿Y vos también te podés relacionar con esa alegría?
M Es diferente. Cuando sos jugador, pensás en otras cosas. La alegría siempre está, el jugador es el primero que quiere ganar y conseguir cosas, pero lo tomás desde otro lado. No estás en la misma vereda que el hincha.  

B ¿Extrañás esa alegría del hincha?
M Sí, quizá sí, creo que el hincha lo disfruta mucho más. Nosotros, al estar en el papel protagónico, tenemos otro tipo de tensiones y de responsabilidades.  

B ¿Te imaginabas que ibas a llegar a este nivel cuando arrancaste en San Lorenzo?
M No, jamás me imaginé que viviría todo esto. Eso no implica que uno esté relajado. Como cualquier jugador, voy por más.  

B ¿Cuál es tu ambición ahora?
M A partir de que estás en la elite, querés mantenerte. No querés quedar en el olvido o quedar atrás. Querés seguir estando vigente. Tanto en la Selección como en tu club. Lo económico es importante, pero empieza a quedar de lado porque, gracias a Dios, en mi caso, los gustos que le puedo dar a mi familia ya están dados. Ahora, la ambición pasa por ganar títulos, ganar cosas que te hagan reconocido como jugador. Eso es lo que uno busca: ser reconocido en lo que hace.  


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