Somos los piratas
Cielo e infierno de los hombres comprometidos, el mail, el celular, Messenger o Facebook pueden dejarte al descubierto si no sabés ser discreto. ¿Alguna vez te pasó?
Por Ignacio Sampietro
En la era de las comunicaciones, la info vuela. Pero también aterriza donde no debiera. Ya lo saben quienes han sido bendecidos por el matrimonio o están en pareja con alguna estabilidad:
desde que toda evidencia tecnológica tiene valor judicial, los adeptos a la doble vida deberían andar con más cuidado. Es que ya no se trata sólo de borrar las huellas que se han dejado en el camino, ni de tener una coartada siempre a mano. Ahora se trata de estar atentos a los mínimos detalles porque cualquier error puede ser fatal: una ventana abierta del Messenger, un mensaje de texto sospechoso, un posteo imprudente en el muro del Facebook, un mail que queda trabado en la bandeja de salida. ¿Nunca te pasó? Ni hablar de descuidar el celular arriba de la mesa (los más sospechados lo llevan hasta a la ducha), o de olvidarse la notebook en casa.
Profesionalizarse o morir es la cuestión. Y es que las nuevas tecnologías, a medida que avanzan al servicio del hombre y para favorecer, entre otras cosas, las posibilidades de acción de los infieles, achican, a su vez, los márgenes de error. Como la Italia de la Segunda Guerra, el principal aliado, de un momento a otro, se convierte en enemigo. Lo demuestran las miles de carpetas de divorcios apiladas en todos los juzgados del mundo que tienen como factor desencadenante una prueba digital. Parece quedar claro: ahora, el pez, por la pantalla muere.Y muere, además, bastante. En Australia, no hace mucho,
la compañía Virgin Mobile hizo un sondeo: entre la juventud, uno de cada tres usuarios había espiado el celular de su pareja. El 73 por ciento de ellos encontró cosas que hubiera deseado no encontrar. El 10 por ciento terminó su relación. Es evidente: el que busca, casi siempre, encuentra. Porque por algo busca, dirá entre dientes la abuela desconfiada.
Pero hagámonos, ya que estamos, algunas preguntas sobre el tema: ¿cuánto de todo el boxing digital y del flirteo online llega realmente a irse a las manos? ¿Cuántas ventanas de Messenger le abren la puerta al adulterio o a la infidelidad? Mucho, muchas, dirá alguien. Y es probable que tenga razón. Pero también sabemos todos que
la mayoría de las relaciones virtuales nacen, crecen, se reproducen y mueren en la pantalla, sin desabrocharle nunca un botón a la realidad, y que hasta algunas de ellas incluso descomprimen, con su virtualidad, situaciones reales asfixiantes.
¿Podemos concluir, entonces, que a causa de las facilidades de la tecnología somos más infieles que en el tiempo de nuestros padres y abuelos? Tengo mis dudas. Piratas, maestros en el arte de la seducción, ladrones de diamantes, infieles empedernidos, insaciables culposos y hombres sensibles a la belleza, existieron y existirán siempre. Lo único distinto es que ahora cuentan con nuevas herramientas y nuevos mares (virtuales) que surcar. Pero no nos confundamos en lo más mínimo: lo que los define es el parche invisible en el ojo y no que lleven un iPhone en la mano.