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El capitalismo nerd y la nueva cultura de negocios

Empresarios de remera y zapatillas, ahora los chicos de anteojos son los que se llevan a las mujeres más lindas mientras cierran los mejores negocios. La industria del software creó un nuevo tipo de héroe joven. De Palermo Valley al mundo, Argentina tiene una oportunidad histórica para ubicarse en la vanguardia del desarrollo tecnológico. 

Por Pola Oloixarac / Fotos Fernando Dvoskin.  

Todas las épocas tienen una industria y un héroe que las caracteriza. En Rojo y negro, Stendhal pone en escena la fascinación que Napoleón ejercía en los jóvenes ambiciosos de principios del siglo xix; en American Psycho, de Bret Easton Ellis, el teatro es la sociedad triunfal del capitalismo reaganista y su héroe, Patrick Bateman, es su encarnación diabólica. Los héroes cambian según cambian los modos de acumulación de capital: en la época de Stendhal, la forma de acumular riqueza era la guerra; en la de American Psycho, la especulación financiera.  

Pero ¿cómo los nerds se volvieron los héroes de nuestra época? No basta con señalar las trayectorias de Bill Gates (demiurgo de Microsoft) y Steve Jobs (guía espiritual y ceo de Apple), o comentar el origen digital de los miles de millones que ya acumulan los fundadores de Google, Larry y Sergei. El ascenso al estrellato de los nerds tiene que ver con un cambio cultural que no sólo proviene de la obsesión creciente con la tecnología o con el impacto de internet en nuestras vidas: es un fenómeno que viene gestándose a partir del apogeo del capitalismo más salvaje, en los años 80.  

Hasta el estreno de La venganza de los nerds, en 1984, la idea de un héroe nerd era impensable. Ser nerd no se elegía: era algo que se sufría. El nerd era el animal omega del campo de batalla escolar. Aislados, anteojudos, objeto de burla constante, los nerds eran algo así como la clase oprimida por los chicos populares (bellos, deportistas, típicos machos alfa) y La venganza de los nerds ponía en escena la rebelión de estos nerds contra los chicos populares, los que tenían el poder. Emplazadas en mundos juveniles, La venganza... y sus secuelas contaban una versión pop de la lucha de clases, donde el nerd, el pequeño experto en computación, se alzaba con la conquista de un objeto de deseo tan idealizado como concreto: las chicas lindas.  

Estamos en el año 1984. En el aviso de Apple titulado "1984", el más caro de la historia en su momento, una chica con shortcitos naranjas irrumpe en un mundo gris habitado por autómatas. Perseguida por fuerzas policíacas, la chica hace estallar la pantalla donde habla, gigante, la cara de Big Brother (Gran Hermano). En la fantasía publicitaria de Apple, ibm encarnaba el estado fascista descripto por George Orwell en su novela 1984: la cara del monopolio, del capitalismo alienante que había que detener. Era la primera vez que una computadora (Macintosh) empleaba argumentos ideológicos para competir con otra (ibm). Por entonces, el sobrenombre de ibm era "Big Blue": las mismas iniciales de Big Brother, el mismo poderío totalizante.  

Comenzaba a darse un cambio cultural: el ascenso del héroe nerd, con su rebeldía ante el statu quo y su rechazo a los monopolios (al monopolio de ibm sobre el mercado de la computación, al de los chicos populares sobre el mercado sexual), se combinó fácilmente con el discurso crítico del capitalismo que habían ensayado las utopías de los 60. Estas utopías, que se suponían derrotadas por no haber encontrado triunfos políticos duraderos, se volvieron esenciales para la mejora de imagen que necesitaba con urgencia el capitalismo. Cada vez más, el vocabulario del management incorporó valores que no figuraban en el horizonte del trabajador típico del siglo xx y sí en la agenda de artistas e idealistas: creatividad, iniciativa, autonomía personal, más libertad, menos jerarquías, más flexibilidad, rechazo al trabajo como alienación, el trabajo como realización personal.  

Surge una nueva cultura de negocios; en ella, la venganza de los nerds contra el viejo capitalismo es imprimirle el tono afectivo de su propio crecimiento. Pensemos, si no, en el lema empresarial de Google: "Don’t be evil" (no seas malo). Es una versión del capitalismo que sólo podría venir de padres progres.  

El nerd nativo
de este lado del mundo, en los ultimos años se ha instalado una convicción: que existe una oportunidad para desarrollar una industria de software capaz de posicionar a Argentina en el mapa de la tecnología mundial. El país cuenta con una de las fuerzas de trabajo mejor educadas de Latinoamérica y gran espíritu emprendedor: en la época de las puntocom, casi un 70 por ciento de los proyectos latinoamericanos fueron argentinos. Hay un mercado global de software en crecimiento explosivo, con un potencial de un retorno altísimo para las inversiones; el cambio actual beneficia las exportaciones, y la creación reciente de un ministerio de Ciencia y Tecnología parece ser otro guiño a favor. Con los pasos adecuados, el perfil productivo tradicional del país podría sufrir una revolución de la mano de una avanzada de nerds expertos en tecnología.  

El entusiasmo ya cuenta con un puñado de éxitos resonantes. Mientras las puntocom se hundían en la debacle, comenzaba la historia menos conocida de las compañías que apostaron a la base tecnológica del software. En 1999, Emilio López-Gabeiras y Félix Racca fundaron Fuego Technologies, compañía de software para empresas que se vendió en 87 millones de dólares; en 1997, cinco hackers legendarios armaron Core Security Technologies, que con clientes como la nasa, Microsoft y Google, entre otros, factura millones de dólares al año y es líder en el espacio supercompetitivo de la seguridad informática. Fuego se estableció en Dallas; Core, en Boston: las dos mantenían sus propios equipos de ingenieros en Buenos Aires y promovieron culturas de empresas inéditas en Argentina, con flexibilidad de horarios, jeans y zapatillas, tenencia de capital accionario de los empleados y énfasis en la investigación. Por esos años, Esteban Sosnik se puso a la cabeza de Wanako, una compañía de videojuegos para Xbox, que Vivendi compró en 2006 por 10 millones de dólares.  

La nueva camada de emprendedores va por el espacio de los videojuegos, internet, empresas web 2.0 y aplicaciones de software de inteligencia artificial. Además de proyectos, ya tienen su propio distrito: Palermo Valley. Primo púber de Silicon Valley, el último Palermo nuclea a la comunidad de programadores, diseñadores, bloggers, entrepreneurs e inversores de Buenos Aires. Si en los 90 las puntocom eran aventuras de egresados de escuelas de negocios, la población veinteañera de Palermo Valley creció con la tecnología y con internet. "Somos mucho más nerds, conn más conciencia de la tecnología", acota Santiago Siri, el iniciador de la movida que ya nuclea a varios cientos de geeks.  

Adolescentes en la Argentina menemista, crecieron jugando con la Commodore 64, el Atari, explicándoles a sus padres cómo usar sus celulares y navegar en internet. Acostumbrados a la inundación de productos tecnológicos que se volvió masiva para la clase media en los 90, tuvieron un acceso prácticamente ilimitado a toneladas de cultura pop y gadgets (y pornografía): el amor por la tecnología incentivó su conocimiento. Poco a poco, el triunfo de los nerds se cristalizó en un orgullo de pertenencia. Empezaron a llamarse a sí mismos geeks, sibaritas de la tecnología, consumistas confesos, dependientes afectivos de sus computadoras, desprejuiciados y celosos de su libertad.  

Los eventos de Palermo Valley se hacen una vez al mes en distintos bares del barrio y alrededores. En las horas pico pueden verse más de cuatrocientos, con una mayoría masculina que ya empieza a atraer a las chicas que vienen a la caza de geeks. Se escuchan cosas como: "Antes, los chicos se juntaban para hacer bandas de rock; ahora, arman start-ups de internet". La web 2.0, la nueva ola de internet motorizada por el contenido de usuarios, les dio una confianza en el poder de la red que deja atrás las antiguas modas individualistas. La prioridad es conocerse, compartir experiencias y hacer lo que les gusta, y en segundo lugar, ganar buen dinero con eso. No son poses, sino creencias reales. Reina la sensación maravillosa de quienes crean grandes cosas y creen en ellas. No ponen en duda el valor del dinero ni el juego del capitalismo; para ellos, "la revolución será monetizada, o no será".  

El desafío del modelo
En otros lugares del mundo, la industria del software ha llegado a transformar las economías nacionales. Israel pasó de ser un líder exportador de cítricos a ser uno de los actores claves de la industria del conocimiento. Allí, la demanda de tecnología militar (y un plan de educación sostenido durante treinta años) creó no sólo un ejército de ingenieros excepcionales, sino una industria civil con un volumen multimillonario en exportaciones hi-tech y un mercado interno en expansión. Desde el inicio, el modelo israelí fue plantar oficinas en Estados Unidos y vender productos de alto valor agregado. India, en cambio, se inició en la industria del software como fuerza de trabajo remota, vendiendo horas-hombre de trabajo. Tenía con qué: en India se reciben unos 700 mil ingenieros informáticos por año (cifra que supera varias veces la cantidad total de ingenieros recibidos en Argentina). Con todo, en los últimos años, India está cambiando su modelo y sale a competir con software de altísimo valor agregado: su Zoho es una especie de Office gratuito cuyos competidores son nada más que Microsoft y Google.  

¿Cuál es el modelo argentino? Parece haber dos opciones: convertirse en un país que ofrece horas-hombre (la fuerza bruta del software), o apostar a la creación de productos propios de alto potencial de crecimiento. Detrás de estas dos opciones hay dos modelos de universidad en pugna: uno que busca adaptar los programas universitarios al llamado de la industria y otro que quiere seguir privilegiando la investigación, pero buscando transformar el conocimiento en riqueza y productividad. El primero nivela hacia abajo, porque en el largo plazo sólo aspira a brindar mano de obra barata para compañías extranjeras; el otro podría desarrollar una economía del conocimiento en Argentina. Elegir un modelo de desarrollo y atenerse a él implica cambiar las reglas del juego argentino. Dejar de ser el lugar donde se consigue el desarrollo barato, la materia prima, el commodity que conviene cuando el cambio es favorable, y apostar a las ideas y la creatividad nativas.  

¿Podrá Argentina pasar de un modelo productivo del siglo xix, como el agropecuario, a un modelo de negocios que se integre en la economía del conocimiento? Las últimas versiones de la utopía apuestan a que sí. No existe aún en el mundo, y tampoco en Argentina, la gran novela de la época: pero sí existe, quizá, su héroe.  

Empresarios de remera y zapatillas, ahora los chicos de anteojos son los que se llevan a las mujeres más lindas mientras cierran los mejores negocios. La industria del software creó un nuevo tipo de héroe joven. De Palermo Valley al mundo, Argentina tiene una oportunidad histórica para ubicarse en la vanguardia del desarrollo tecnológico.
Diego Basch (38)
Ocupación: CEO de Flaptor, que desarrolla e investiga herramientas de search, con un sector de consultoría.
Cuando no trabaja, le gusta: escalar en roca.  

En 1997, mientras estudiaba en California, Diego se encerró a programar su "primer bebé" (así lo llama): un sistema de búsqueda de mp3, allá cuando los mp3 ni soñaban con destronar la industria del cd. Su vida era la del estereotipo del hacker desesperado: "Me levantaba temprano, comía cualquier porquería y empezaba a programar; me dormía a las 4 de la mañana y a las 8 volvía a programar", cuenta. La compañía Inktomi decidió incorporar a Diego y su invención; a los dos años, Inktomi fue adquirida por Yahoo! en 100 millones de dólares. En 2001, con la caída de la primera burbuja de internet y de las torres de Nueva York, el valle del silicio entró en recesión y Diego decidió volver a Buenos Aires, que empezaba a repuntar su propia crisis. Armó un equipo y empezó a trabajar para sus contactos en Silicon Valley; pronto, Bittorrent, uno de sus clientes, les ofreció integrarlos como empleados remotos. Diego no aceptó. "Nos limitaba: sólo íbamos a ganar buenos sueldos", explica. Diego fundó Flaptor, una compañía que desarrolla e investiga herramientas de search, con un sector de consultoría. En 2007, su facturación creció un 200 por ciento respecto del año anterior. "Nuestro plan no es crecer y volvernos monstruosos. Preferimos ser independientes, bien rentables y trabajar en lo que nos gusta", define. Sus developers se visten como quieren, tienen horarios flexibles y, como en Google, dedican el 20 por ciento de su tiempo a proyectos de investigación personales. En su oficina hay una palestra para escalar. Diego adora escalar en roca: su lugar favorito es Mallorca. "Es el único lugar del mundo donde podés escalar sin sogas; caés en el mar, es increíble".  

Empresarios de remera y zapatillas, ahora los chicos de anteojos son los que se llevan a las mujeres más lindas mientras cierran los mejores negocios. La industria del software creó un nuevo tipo de héroe joven. De Palermo Valley al mundo, Argentina tiene una oportunidad histórica para ubicarse en la vanguardia del desarrollo tecnológico.
Vanessa Kolodzjek (33)
Ocupación: facilitadora de Palermo Valley.
Cuando no trabaja, le gusta: coleccionar zapatos y jugar a la Wii.  

En su aclamado libro The Tipping Point, Malcom Gladwell analiza el complejo entramado de procesos que llevan al éxito masivo, destacando el rol de líderes y conectores. En Argentina, Vanessa hizo propio el rol de conectora pionera en dos movidas del entrepreneurship vinculado con tecnología e internet: primero, con Start Me Up, eventos de networking para start-ups, y luego, como la mujer detrás del éxito rotundo de Palermo Valley, el nuevo Palermo que nuclea a la comunidad de programadores, diseñadores, empresarios del software y bloggers de Buenos Aires. "Es fundamental crear espacios para que la gente se conozca y comparta ideas. Esto no surge de incentivos gubernamentales, es algo que hacemos a pulmón", define. La idea de Palermo Valley había surgido de un chiste de Santiago Siri en Twitter y en minutos se armó una ola de entusiasmo, y entonces es cuando entra Vanessa, como la facilitadora de la primera "Palermo Valley Night". Lo que había comenzado con un grupo de treinta conocidos se convirtió en una red de intercambio de ideas y proyectos de más de cuatrocientas personas. Vanessa calcula que el capital atraído por Palermo Valley supera los 500 mil dólares. Nacida en Berazategui, combina sus obsesiones femeninas (confiesa un tesoro de más de trescientos pares de zapatos) con sus intereses geeks. "Me encanta jugar a la Wii, sobre todo el Super Mario Galaxy", comenta. Aunque han mantenido reuniones con el Gobierno de la Ciudad, en Palermo Valley quieren seguir siendo independientes. Vanessa trabaja en el fondo de venture capital Mark Ventures y está planeando lanzar su propia compañía.  

Empresarios de remera y zapatillas, ahora los chicos de anteojos son los que se llevan a las mujeres más lindas mientras cierran los mejores negocios. La industria del software creó un nuevo tipo de héroe joven. De Palermo Valley al mundo, Argentina tiene una oportunidad histórica para ubicarse en la vanguardia del desarrollo tecnológico.
Santiago Siri (24) Ocupación: Fundador de Popego, un servicio que permite acceder a un perfil unificado de los servicios usados en la web.
Cuando no trabaja, le gusta: jugar a la Wii.  

"Este es el Bill Gates de la familia", bromeaba su padre cuando Santiago era un niño de corte taza y su hermano, el historietista Liniers, llenaba hojas de dibujitos que todavía nadie publicaba. Santiago se lo tomó en serio y a los seis meses de cursar Ingeniería dejó la facultad (itba) para armar su primera compañía de videojuegos, pero no funcionó. Santiago no se arredró y concibió uno de los primeros experimentos de inteligencia artificial en la web 2.0: Popego, un servicio que te permite acceder a un perfil unificado de los servicios que usás (como Flickr, YouTube, Last.fm, etcétera) y rastrea el contenido de la web recomendándote cosas que te pueden interesar. Popego consiguió 250 mil dólares del fondo de inversión argentino Aconcagua Ventures, que se ha puesto a la cabeza de la empresa para transformar el proyecto en un negocio global. Pero en la primera reunión, el fondo de inversión lo destrozó. "Ahí me dí cuenta de que quería trabajar con ellos", cuenta Santiago. En septiembre, Popego fue lanzada con gran éxito en la prestigiosa TechCrunch50, la conferencia de tecnología que es la plataforma de lanzamiento de las 50 mejores start-up webs del mundo. Con un equipo de once ingenieros trabajando en el corazón de Palermo Valley, y en pleno armado de oficinas en Silicon Valley, Popego sigue el modelo pionero de las empresas híbridas, con una pata en el valle del mercado y otra en el origen. Siempre en zapatillas, con remeras y buzos con capucha de Félix, su estilo parece confirmar la teoría de que el equivalente nerd de los zapatos Prada (antiguo símbolo de status entre los ejecutivos de traje) son los anteojos Prada.  

Empresarios de remera y zapatillas, ahora los chicos de anteojos son los que se llevan a las mujeres más lindas mientras cierran los mejores negocios. La industria del software creó un nuevo tipo de héroe joven. De Palermo Valley al mundo, Argentina tiene una oportunidad histórica para ubicarse en la vanguardia del desarrollo tecnológico.
Andrés Chilkowski (28)
Ocupación: Fundador y General Manager de NGD, desarrolladora de videojuegos.
Cuando no trabaja, le gusta: preparar sushi.  

"Crecí en el momento más lamentable de la cultura occidental: los 80." A los 5 años, sus padres le regalaron una Atari; al volver de un fin de semana afuera, notaron que Andrés jamás se había despegado del jueguito. Desde entonces, se volvió experto en todos los aparatitos que cayeran en sus manos; cuando le regalaron una Commodore 64, a los 10 años, también la usó para jugar: "No sabía que servía para otra cosa", cuenta. A los 15, unos amigos que compartían su vicio lo llamaron para desarrollar un videojuego. Aunque era una copia más complicada de otro juego, y era bastante malo, según dice, a los meses de lanzarlo lo vendieron en 20 mil dólares y recuperaron la inversión. Por entonces, Andrés se levantaba a las tres de la mañana y programaba hasta las ocho, cuando se ponía la mochila para ir al colegio. "Al líder del team se le había ocurrido que nuestro horario de trabajo fuera el uso horario de Atenas, para poder mantener su trabajo de día. Era una locura", comenta. Según Andrés, Argentina tiene condiciones únicas para desarrollar una industria de videojuegos: además de un mercado de consumo enorme, el país tiene una reputación única como productor mundial de contenidos culturales. Y los videojuegos son un nuevo tipo de narrativa. Andrés y sus socios fundaron ngd, donde desarrollan contenido para clientes y crearon su propio juego, Regnum Online. Regnum tiene más de 250 mil usuarios en el mundo, y una buena porción son de Alemania. Este año, ngd facturará 700 mil dólares. Andrés aprendió a hacer sushi mirando videos en YouTube y asegura que sus creaciones como sushiman son comestibles.  

Empresarios de remera y zapatillas, ahora los chicos de anteojos son los que se llevan a las mujeres más lindas mientras cierran los mejores negocios. La industria del software creó un nuevo tipo de héroe joven. De Palermo Valley al mundo, Argentina tiene una oportunidad histórica para ubicarse en la vanguardia del desarrollo tecnológico.
Jonatan Altzul (34)
Ocupación: fundador y director de Aconcagua Ventures, el primer fondo de inversión especializado en hi-tech de Argentina.
Cuando no trabaja, le gusta: surfear.  

Jonatan pertenece a la élite legendaria de los primeros hackers de Buenos Aires. A los 18, lo contrataron junto con otros adolescentes para trabajar en un subsuelo de la dgi, testeando la seguridad de los sistemas de la Aduana y la afip. Jonatan se fue de viaje por un año, y cuando estaba en Florida surfeando (trabajaba de doblar paracaídas), sus socios lo llamaron para fundar Core Security Technologies, en 1996. Cuando vieron que una compañía de colegas era adquirida por 30 millones de dólares, Jonatan y sus socios decidieron salir del modelo de consultoría y dedicarse a fabricar su propio software. Mientras el boom de las puntocom nacía, alcanzaba su apogeo y se desvanecía irremediablemente, en Core se enfocaron en crear software de altísimo valor agregado, produciendo la primera herramienta de "penetration testing" (que emula el ataque de hackers a un sistema para probar su seguridad). En 2001, la nasa fue su primer cliente del mercado norteamericano, después siguieron Google, Microsoft, el fbi, la Casa Blanca. En 2005, recibieron una inversión de 4,5 millones de dólares de Morgan Stanley, y hoy Core tiene más de setecientos clientes en treinta y cinco países. Jonatan decidió crear Aconcagua Ventures, el primer fondo de inversión especializado en hi-tech de Argentina. Con Aconcagua, Altzul y sus socios buscan convertir proyectos de conocimiento argentino en negocios globales. "Queremos construir casos de éxito que impulsen a una nueva generación de empresas", cuenta. Fanático del surf, paracaidista temerario, cada vez que puede, Jonatan se escapa a recorrer las playas del mundo buscando olas.  


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