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Barack Obama

Audacia y épica del hombre que promete rescatar a Estados Unidos del legado de Bush. 

Por Hernán Iglesias Illa Foto: Corbis – Latinstock  

En septiembre de 1960, dos meses antes de ganar las elecciones, John F. Kennedy dio un famoso discurso en Houston, en el que prometió a los estadounidenses que su catolicismo no interferiría en su trabajo como presidente. "Cualquiera que sea su religión privada –dijo Kennedy–, para un funcionario público nada debe ser más importante que la Constitución". Fue un discurso fundamental para el candidato demócrata, porque le permitió controlar el temor –muy extendido entre los pastores protestantes que lo escuchaban aquella noche en un teatro del centro de Houston y en buena parte del país– de que, si ganaba, Kennedy iba a obedecer más al papa  

Juan XXIII que a la Constitución del país. (El anterior candidato católico, hacía ya treinta años, había perdido las elecciones por afano después de que los diarios mostraran una foto autografiada del papa Pío XI.) El discurso de Kennedy, sincero, sereno y sensato –no escondió su religión: tan sólo prometió que no afectaría sus decisiones en la Casa Blanca–, está considerado hoy como un hito de su campaña, fundamental para su victoria posterior.  

En marzo de este año, en la mitad del proceso de las primarias demócratas, Barack Obama dio otro discurso famoso, en el que también prometió a los estadounidenses que una parte de sí mismo no influiría en el resto de su trabajo como presidente. Obama habló en una sala llena de banderas estadounidenses en Filadelfia, la cuna de la Constitución, y habló sobre las relaciones entre blancos y negros como ningún otro candidato o presidente lo había hecho nunca. Su discurso fue sincero, sensato y emocionante: les dijo a los estadounidenses que era el momento de estar cada vez más unidos, sin prestar atención a las diferencias de color, pero también les recordó a los votantes blancos que la bronca de algunos dirigentes negros –la ocasión era rechazar los encendidos discursos del pastor de su iglesia– estaba asentada en siglos de discriminación y esclavitud. También fue un hito de su campaña, y lo colocó en el panteón de los grandes oradores de la historia de Estados Unidos: Abraham Lincoln, Kennedy, Martin Luther King Jr. El país se detuvo, y durante días no pudo hablar de otra cosa: acostumbrados como estaban a las campañas políticas basadas en soundbites –frases cortas y punzantes, más cerca del eslogan que del argumento–, los norteamericanos no podían creer que un político, un candidato a presidente, dedicara cuarenta minutos a desarrollar y completar un razonamiento –brillante, emotivo– en televisión en directo.  

La imagen de Obama, que ya era más la de un ángel-profesor que la de un político habitual, se cristalizó entonces en esta especie de mito viviente en la cual se ha convertido. Es el hombre, dicen los estadounidenses, que ha estado oyendo lo que ni siquiera nosotros sabíamos que estábamos diciendo. El hombre que, de la mano de la "esperanza" –y de "la audacia de la esperanza", una de sus expresiones favoritas y título de su segundo libro– nos llevará a un lugar que no sabemos bien dónde queda pero al que, según hemos descubierto en el último año, desesperadamente queremos llegar. El mundo está cambiando y Estados Unidos, como país y como sociedad, también está cambiando: Obama parece, por ahora, el único con las ganas, la visión y la paciencia para empezar a dar respuestas importantes.  

Es tan grande la revolución que supone la aparición de Barack Obama en el escenario político que todavía, preocupados como estuvimos los ciudadanos de todo el mundo en la minuta de las elecciones interminables, no nos hemos dados cuenta. No lo sabemos: recitamos los mojones de memoria –fue el primer candidato negro, será el primer presidente negro; fue criado como musulmán; pasó la mitad de su infancia en Indonesia–, pero hablamos menos de sus otras cualidades –es hijo de inmigrantes y de padres separados; su ascenso habría sido imposible sin Internet– que lo conectan con el sentido de la época y con muchos de los miembros de su generación y de las siguientes, quienes primero en voz baja y ahora a todo pulmón parecen haberse identificado con los gritos de "¡Cambio!" y "¡Sí, podemos!" que han marcado la campaña obamista.  

Pensemos por un minuto por qué eligieron los estadounidenses a George W. Bush en el 2000. Al Gore, el candidato demócrata finalmente derrotado, hablaba más del futuro y tenía más ambiciones reformistas que Bush, un tipo que proponía pocos cambios y no quería hacer demasiadas olas (olas, finalmente, sí que hizo, y no fueron pequeñas, pero ése es otro tema). Los norteamericanos, que venían de una década próspera y en paz, sin el veneno que un año más tarde les metería en el cuerpo el 11 de septiembre, creyeron que no tenían nada para perder y votaron al candidato que les caía más simpático. Fue, de hecho, uno de los temas recurrentes de la campaña: ¿con quién te tomarías una cerveza?, preguntaban los analistas y los columnistas de televisión. No con Gore, se respondían ellos mismos, un tipo estirado y arrogante. Y sí con Bush, alguien a quien parecía fácil, en aquel momento, escucharle contar chistes y reírse un rato, incluso a costa suya.  

La relación de los estadounidenses con Obama, especialmente la de sus seguidores más convencidos, es la opuesta: lo ven como a un superhombre, alguien a quien entregarse, que habla bien, que piensa bien, que se viste bien y que educa bien a sus hijos. Alguien a quien pedirle liderazgo e inspiración. Bush era el pibe de la casa de al lado, ex alcohólico y un poco tonto, con el que muchos estadounidenses podían identificarse. Obama es un arquetipo distinto de Estados Unidos: es la estrella de Hollywood, perfecta e intocable, un protagonista de los viejos westerns, estoico y convencido de su propia grandeza. Obama es la versión política del mito norteamericano de dejar el pueblo y la casa pequeña, hacer dedo hasta Los Angeles –en el caso de Obama, Boston: su Hollywood fue la escuela de Derecho de Harvard– y allí triunfar gracias a no rendirse nunca y creer siempre en los sueños propios.  

Obama ha dejado de ser negro. No sólo porque su madre era una gringa de Kansas –gringa típica por su familia y su entorno; atípica por sus elecciones personales: se casó primero con un keniano y después con un indonesio, y dos veces se fue a vivir a Yakarta– es que esa identidad birracial de a poco empieza a ser comprendida y absorbida por los relatos que se hacen de él, sino también porque su negritud prácticamente dejó de ser tema durante su campaña. Si Obama fuera blanco, también sería extraordinario en una época en la que, hasta hace nada más dos años, nadie parecía capaz del entusiasmo o el optimismo. (Bush ganó en 2004 porque a los presidentes en guerra casi siempre les va bien en las elecciones, pero también por su campaña de miedo: miedo a los terroristas, al Eje del Mal, a los otros. Lejos, muy lejos, de las apelaciones actuales de Obama, y también de otros candidatos, al "cambio" y la "esperanza".) Obama toca las mismas fibras soñadoras y místicas que Kennedy y Martin Luther King Jr.: es el hombre mejorado por el sistema que, a su vez, nos pide que lo acompañemos en su camino para mejorar el sistema. Es, para muchos estadounidenses, un motivo de orgullo: no puede ser tan malo nuestro país, razonan, si es capaz de producir y devolvernos una historia y un político como Barack Obama.  

Él tuvo esto muy claro como candidato: en sus discursos y en la manera en la que se relacionó con la gente, su historia y sus ideas fueron casi la misma cosa. Obama se contó a sí mismo –el padre pobre en Kenia, el abuelo materno en la Segunda Guerra Mundial, la abuela materna, operaria de Boeing; "el pibe flaquito de nombre raro", como se definió una vez– y de esa historia, de la extraordinaria confluencia de tensiones y tendencias que es él mismo, exprimió sus ideas. ¿Cuáles son esas ideas? Todavía no está del todo claro. Obama tiene el registro de voto más izquierdista del Senado en los últimos cuatro años y se opuso a la Guerra de Irak desde mucho antes que casi todos sus colegas demócratas. Pero su campaña fue post ideológica, como la llaman en Estados unidos: "Juntos podemos, separados es imposible", "estamos muy cerca de ser el gran país que podemos ser". En muchas personas, este mensaje generó una emoción y una potencia muy anterior a las definiciones ideológicas.  

De todas maneras, Obama, aunque es carismático, no es campechano a la manera de Bill Clinton. Clinton era, como Bush, un amigote, alguien que te podía hacer sentir bien con una palmada en la espalda y la promesa vaga de hacerte un favor o llamarte más adelante. Obama no. Obama es intenso, y muy serio. Ha aprendido a tener algo de sentido del humor y a reírse un poco de su solemnidad, pero lo cierto es que pocas veces pierde su talante de urgencia: cada vez que habla, parece estar compartiendo lo más profundo de su ser, sus ideas y sus historias más queridas, y siempre como si fuera la primera vez que lo estuviera diciendo. Como en los conciertos de rock, donde uno sabe que la banda tocó anteayer estas mismas canciones con esta misma energía de hoy; así son los conciertos-actos de Obama: todos saben que viene de decir lo mismo en un pueblo a cincuenta kilómetros de distancia, pero eligen creerle, eligen creer que en ese momento pequeño y específico se está produciendo una magia irrepetible. Y todo esto sin ser populista ni demagógico en sus apariciones públicas: Obama nunca pide aplausos –generalmente pide que terminen, con sus manos en alto, casi como un obispo–, nunca levanta la voz, cuenta historias pero no chistes, casi nunca se ríe. Los políticos negros surgidos del movimiento de derechos civiles también lograban entusiasmar y energizar a sus audiencias, pero la emoción principal que provocaban en ellas era la bronca. Obama no se parece a ninguno de ellos. El dice que su estilo "no es acusar sino poner a prueba a los estadounidenses para que vivan de acuerdo con sus más altos ideales". Como un ángel de la guarda, o la voz de la conciencia. O John F. Kennedy.  

Hay entre Kennedy y Obama una extraordinaria cantidad de similitudes. Ambos fueron educados en Harvard y ambos se hicieron famosos de la noche a la mañana por discursos en las convenciones demócratas previas a las de sus propios lanzamientos: Kennedy en 1956 elogió a Adlai Stevenson (que después perdería con Eisenhower en las generales) y tuvo tal éxito que estuvo a punto de ser designado ahí mismo candidato a vicepresidente; Obama elogió en 2004 a John Kerry (que perdería con George W. Bush en las generales) y se presentó a sí mismo en otro discurso brillante que para casi todos los estadounidenses es su primer recuerdo "del flaquito de nombre raro".  

Obama también tiene, como Kennedy, otra infrecuente cualidad entre los políticos de Estados Unidos (y de casi todo el mundo): se ganaron la atención del país entero gracias al éxito de sus libros. La audacia de la esperanza, de Obama, publicado en 2006, vendió millones de ejemplares y le permitió una llegada a los hogares y a los medios de comunicación que le habría sido difícil de otra manera.  

Obama y Kennedy: elocuentes, atractivos, jóvenes y frescos, a tiempo para aparecer y encarnar ellos mismos los deseos de cambio que ya existían pero que nadie había visto o reunido. Los discursos de Kennedy de fines de los 50, como los de Obama en estos últimos dos años, no hablaban mucho de medidas concretas o de qué deberían hacer los gobiernos. Sus temas eran y han sido otros: la esperanza, la determinación para triunfar incluso en la más dura adversidad –un tema que siempre resuena con fuerza entre los norteamericanos–, la insatisfacción con el status quo y, como dijo hace poco un ex redactor de discursos de Kennedy, "la confianza en el buen criterio del pueblo norteamericano". Tanto Kennedy como Obama hicieron un arte de la invocación a la "esperanza", oponiéndola a las "políticas del miedo" promovidas por sus adversarios, Richard Nixon, Bush y John McCain, respectivamente. Hasta la aparición de Kennedy, los estadounidenses creían inevitable una guerra nuclear contra la Unión Soviética; hasta Obama, los estadounidenses creían que la guerra contra el terrorismo y en Irak sería eterna y horrorosa.  

Las elecciones primarias del Partido Demócrata coincidieron en el tiempo con la séptima temporada de American Idol, el programa más visto de la televisión estadounidense. De los doce finalistas del concurso, cuatro eran hispanos, dos eran hijos de inmigrantes de Filipinas y Nigeria y otros dos eran extranjeros. No era el collage de razas lo que llamaba la atención, porque eso es algo fácil de encontrar en Estados Unidos, en las escuelas, en las oficinas y en las canchas de fútbol. Lo llamativo era que, a medida que Obama se acercaba a la nominación, avanzaban en la competencia los concursantes que, como Obama, eran hijos de padres de etnias distintas. David Archuleta, que terminó segundo, es hijo de anglosajón-español y hondureña; Syesha Mercado, tercera, de cubano y afroamericana. Barack Obama, que terminó primero una carrera de más de un año, hijo de keniano y pelirroja del Medio Oeste, es el líder de esta nueva generación de estadounidenses, más mezclada que la de sus padres y menos obsesionada con los grupos étnicos.  

En Estados Unidos ha habido hasta ahora cierto consenso en que el proceso para terminar con la discriminación racial en los últimos cuarenta años había sido exitoso: ya no existen leyes o normas que beneficien a grupos étnicos sobre otros (y, si existen, benefician a las minorías). Pero, al mismo tiempo, se admitía que, en la vida cotidiana, en la vida privada, los cambios no habían sido tantos: los blancos seguían casándose con los blancos y los negros, con los negros. Quizá todo eso esté cambiando. Quizá la llamada "Generación Y", la de los nacidos entre mediados de los 80 y fines de los 90, famosa ya por su falta de prejuicios –sexuales, de estatus, religiosos, sociales: Internet es su vida, su vida es Internet–, sea también la primera generación post racial. Ellos son uno de los grupos que más fervorosamente apoyan e impulsan a Obama, porque lo reconocen como a alguien que, entre otras cosas, parece de su mismo siglo. John McCain tendrá muchas virtudes personales, pero su edad y los hitos de su vida, como la guerra de Vietnam, lo remiten al siglo pasado. En un sistema político como el estadounidense, en el que se creía que lo más importante eran los grandes donantes de dinero y los comerciales de televisión de treinta segundos (siglo xx), Obama reventó la campaña con donaciones por Internet de parte de simpatizantes que le daban 50 o 100 dólares y organizó, también por Internet, equipos de voluntarios en ciudades grandes y pequeñas, que le dieron una gran ventaja sobre Clinton y los demás (siglo XXI).  

Hace un tiempo, un domingo por la mañana, circuló por las páginas Web y los diarios del día siguiente una foto de Obama tomada segundos después de bajarse de un avión en un aeródromo de Montana. Obama estaba vestido con un traje negro que llevaba abierto, por encima de una camisa blanca impecable. En la foto tenía anteojos oscuros, una pose mirando al horizonte, con el sol de frente, que lo hacía quedar muy bien y, entre los dedos de la mano derecha, una copia de The Post-American World, el último libro del analista internacional Fareed Zakaria, cuya tesis principal es que Estados Unidos pronto dejará de ser el dominador del mundo: no porque se avecine su decadencia, sino por el crecimiento de todos los demás países. La foto reforzaba la imagen de Obama, y los comentaristas electrónicos no ocultaban la baba que se les caía por la posibilidad de tener un presidente tan buen mozo, inteligente y elegante. Se parecía más a Denzel Washington haciendo de Obama en una futura biopic de Hollywood que al propio Obama en una parada irrelevante de su campaña política.  

Quizá por ello, otra foto inocente, tomada a principios de junio, generó un insólito debate alrededor de la perfección del candidato: la imagen mostraba a Obama con un pie en el suelo y otro alrededor de una bicicleta, de la que se estaba subiendo o bajando, sonriendo de una manera muy extraña, con el casco reglamentario para ciclistas, una remera marrón fea y sosa y unas muy poco atractivas bermudas de jean. "¿Es Obama mucho más nerd de lo que realmente sabemos?", se preguntaban en un popular blog de comentario y sátira política. ¿Quién es este tipo? ¿Es Denzel Washington o Bill Cosby, el domesticado y suburbano comediante familiar de los 80? Hay terror en Estados Unidos a hacer toc-toc en la fina cajita de cristal donde han puesto a Obama y que después, de entre las astillas, lo único que quede finalmente en pie no sea más que un político común y corriente, otro más, que se presenta como lo nuevo y es una fotocopia de lo viejo, que ofrece "cambio" y vende status quo.  

Pero eso ocurrirá, si ocurre, más adelante. Por ahora, no hay ninguna señal de que la gran estatua moral de Obama, señorial, bondadosa, superhumana, esté empezando a resquebrajarse. Todavía es Kennedy.  


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