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Entrevista a Ricardo Darín

El director, el callejero, el seductor, el hombre sensible, el que llegó a Cannes: una vuelta completa por la vida del gran actor argentino. 

Todos absolutamente narcotizados mirando a través del ojo de la cerradura la vida de otros, y le hemos restado una inmensa cantidad de horas a mirarnos a nosotros mismos. Vivimos una suerte de hipnosis colectiva".  

Escena cuatro. Ricardo hace chistes entre foto y foto. Toma el megáfono y hace el gesto de orinarlo dentro. Se lo lleva a la boca y anuncia: "El señor Iván de Pineda es un flor de guanacooo". Todos reímos. Luego remata el pequeño número con un chiste desbordante de porteñidad: "¿Sabés la diferencia entre un vampiro y un abogado? Que cuando se acaba la sangre el vampiro deja de chupar".  

Bienvenidos a tres horas –o 20 mil caracteres– de la vida y la palabra de Ricardo Darín (50), el mejor actor de su generación, el hombre que caminó por la alfombra roja del Oscar y por las veredas de Cannes y que dice, asegura, te convence, que por poco le dio asco. El tipo que no estudió actuación, pero que llegó más lejos que nadie. El hombre sensible que se alarma por el deterioro casi irreversible del tejido social del país. El hombre al que, por más que parezca una frase que se le escapó a una tía gorda en un té canasta, quiere todo el mundo.  

Darín acaba de terminar de filmar La señal, un proyecto que heredó del fallecido Eduardo Mignogna. Empezamos hablando de sus sueños, entonces, ahora que un film lleva su rúbrica.
Brando ¿Nos vamos al Oscar con esta película?
Darín No, ni a palos.
Brando ¿Por qué? ¿No te imaginás yendo ahí?
Darín No, ya pasé por eso.
Brando ¿Pero no fantaseás nada?
Darín No, no me mueve un pelo. No me divierte en lo más mínimo. Es lo menos. Lo que pasa es que yo tuve una experiencia de mierda. Nosotros fuimos al toque del 11 de septiembre. Fuimos con El hijo de la novia en marzo y todos tenían un tremendo nivel de paranoia encima. No sabés lo que era: no había quién te mirara a los ojos. Nadie de la organización te miraba. Eran todos gurkas esperando a ver en qué momento explotaba la bomba, y nosotros pisando la alfombra roja… Lo del Oscar está muy claro: es un mercado. No estoy negando su importancia, pero últimamente para mí no es una señal de calidad.
Brando ¿Cuáles son tus estándares de calidad?
Darín Los Festivales de Berlín y Venecia, donde me parece que están mirando otra cosa, una mirada que puede estar más enfocada a lo artístico. Salvo contadas excepciones, me parece que ahí se cocina otra cosa. En Cannes te caés de culo y te quedás shockeado porque el auto más berreta que se ve en la calle es un BMW. Y vos te preguntás: "¿Desde qué parámetro esta gente analiza las cosas para dar un premio?". De lo que te das cuenta es que todo se cocina en los cafés, que están todos de acá [Darín hace el típico gesto de un "saque" de cocaína], que están en otra. Yo veía a la gente pasar en Ferrari, en Rolls, y después iban y premiaban a Las tortugas también vuelan. ¿Y entonces? ¿Estos qué saben? ¿Habrán pasado hambre alguna vez? ¿Habrán pasado frío? Es un contraste tan guaso que te desconcierta.
Brando Sin embargo premian películas de temática social y sensible.
Darín Es que la temática los mata. Y es algo de lo que adolece el cine mundial. Entonces aparece una película como la de Lucía Puenzo (XXY) y los tipos se caen de culo. Después deben pensar: "¿Cómo no se me ocurrió a mí?". Hoy todo es un reciclaje, remakes, etcétera. Cuando aparece alguien original, con un tema potente tratado con delicadeza, los mata, que es lo que pasó.
Brando ¿Y qué lugar o festival te gusta a vos?
Darín El festival que más me gusta de todos es el de La Habana, porque lo que pasa ahí es todo lo contrario a lo que pasa en Cannes o en los Oscar, pero no lo digo por una cuestión política o ideológica, sino por una cuestión de sensibilidad humana. Es tal el ataque de locura de cine que le agarra a la gente que te volvés loco. Es el festival más grande del mundo: van 700 mil personas a ver cine. No podés no contagiarte.
Brando Pura efervescencia cinéfila.
Darín Claro, vas de una sala a otra, y la gente habla, comenta, corre de un lado a otro. Me tocó ver el estreno de El hijo de la novia en La Habana. En una escena de la película, mi personaje está con su hija en un McDonald’s a punto de comer una hamburguesa doble. En el momento en que mi personaje se lleva la comida a la boca, el plano de la película muestra entera la hamburguesa doble. En ese instante las 2.500 personas que estaban en el cine hicieron: "Guauuuuuu".
Brando Por la hamburguesa…
Darín Sí, claro. Esos son los cachetazos que te pegás en lugares así. Para nosotros había pasado desapercibido, y había 2.500 personas diciendo "qué pedazo de hamburguesa".
Brando Un choque cultural. Darín Claro, por eso digo que todo depende del lugar desde dónde mirás las cosas.
Brando Ahora que dirigiste, ¿descubriste cosas nuevas del cine?
Darín Y, por lo pronto, estoy en un lugar que nunca pisé: el de la edición y la posproducción. En cuanto a si me di cuenta de cosas nuevas, me pasó de reafirmar cosas que ya creía, como la interdependencia que hay dentro de un equipo en el cine. El cine tiene una metodología de laburo muy complicada, muy parcializada, muy episódica, donde necesitás que la gente esté atenta. No hay posibilidades de desconcentración. El sistema de trabajo es muy perverso; de golpe estás en el medio del campo a las 5 de la mañana y tenés setenta personas a cargo que están cagadas de frío, y si no están subidos a la misma balsa que vos es muy difícil que salgan bien las cosas.
Brando Sos el capitán de un barco que navega acompañado por setenta locos que tienen que creer en vos y seguirte.
Darín Exactamente. Además, yo no tenía un background que me respaldase, ya que nunca había filmado. Tenés que aprender a pedir las cosas.
Brando ¿Te sentiste presionado por tu trayectoria como actor?
Darín No, por distintos motivos. Yo había hablado mucho con Mignogna sobre esta historia. El tuvo la amabilidad de invitarme a formar parte del proyecto. O sea: me dio a leer su novela y a partir de ahí empezamos a hablar sobre una posible película. En realidad eso fue lo que me llevó a aceptar, porque si no, nunca me hubiera atrevido a meterme en un cuento de otro. Como empecé tan temprano, eso me abrió el camino y fue lo que me empujó a que, a pesar de todo, aceptase seguirlo. Además, no siento que esto sea mi ópera prima, porque ópera prima es cuando vos te mandás solo con algo que escribiste vos.
Brando ¿Qué directores con los que trabajaste te influenciaron?
Darín (Juan José) Campanella y (Fabián) Bielinsky. Por otro lado son con quienes establecí casi una relación de amistad, y ambos me invitaron a participar de la cocina del asunto.
Brando E hicieron papeles pensados para vos.
Darín Campanella sí: los tres papeles que hice para él fueron pensados especialmente para mí. Con Bielinsky, El aura fue pensado para mí. Nueve reinas, no. Iba a ser hecha por otros dos actores, que no aceptaron el papel.
Brando No fueron muy perspicaces.
Darín Bueno, te puede pasar.
Brando Nueve reinas fue un fenómeno único en España, ¿no?
Darín La tienen como película de culto. Un día estando allá me encontré con un pibe en la calle que venía de comprar seis.
Brando ¿Seis?
Darín Sí, cuando se encontró conmigo se quedó duro, porque las tenía en una bolsa. Me contó que tenía una cena con amigos y que les iba a regalar a cada uno de ellos una. Me dijo [Darín imposta el acento español]: "Me parece un regalo de puta madre".
Brando Es increíble que la gente se haya identificado con ese personaje tan nefasto, ¿no?
Darín Es una cosa muy curiosa, porque lo esperable es que todos queramos que a los cagadores les vaya mal. Sin embargo, la gente se lamentó cuando al final lo cagan. En realidad yo no tengo nada que ver con ese personaje, salvo lo que puse de mi costado callejero.
Brando Eso de algún modo es lo que te acerca a la gente.
Darín Sí, bueno, yo con la gente siento identificación. Incluso con tipos con los que yo no me identifico, con quienes, si los escarbo, me doy cuenta de que no me llevaría nada bien. Una cosa que me pasa es que a mí la gente nunca me molestó. Nunca. Aun cuando estoy apurado y voy caminando y alguien me detiene, paro. Son 25 segundos, que seguro que los tengo. Me hago cargo de lo que se genera, porque si después lo que vuelve te molesta y sos una diva que decís "ay, no", bueno, jodete.
Brando ¿A qué te referís concretamente cuando decís "callejeando"?
Darín Desde pendejo fui muy callejero. Muy callejero. Lo disfruto. Ahora lamento que la calle esté tan densa. Los chicos están encapsulados. Yo recuerdo que antes la calle era una gloria. A las 5 de la mañana era un gloria, porque hablabas con todo el mundo. Hoy los chicos y los ancianos corren peligro.
Brando ¿En esa época eras ganador?
Darín No, nunca fui galán. Galán se nace, no se hace [risas]. Me tocó mucho hacer de canchero, me tocaba el rol de galancito.
Brando ¿Y a dónde ibas a bailar?
Darín No puedo declarar. Si no tengo un abogado acá no puedo declarar [más risas]. Tampoco me gustan esos giles que dicen: "No sabés lo que levantaba". Además, siempre depende de con quién se hacen las comparaciones.

Primer alto de la charla. Darín no se siente cómodo cuando es interpelado por su pasado donjuanesco. Sabemos que lo fue, claro. Y sabemos que papeles como el que interpretaba en Mi chanta favorito (y otros de ese estilo en los años 80) conformaron la mitología del tipo advenedizo y canchero que con un guiño consigue un cheque volador, maneja un descapotable y se va acompañado por una rubia venenosa y vanidosa, sea Susana u otra. Ese Darín, que por poco cae en la caricatura, era un Darín estereotipado que, de persistir en la comodidad de ese rol, luego de ser exprimido hasta el tuétano, hubiera sido deglutido y arrojado al costado del camino por la máquina procesadora del entretenimiento. Hay ejemplos de actores de su generación que han quedado sepultados bajo el asfalto de ese camino o que han sufrido más de un tropiezo importante tras quedarse sin frenos. Darín, en algún momento, pegó un volantazo, bajó un cambio y apuntó su norte hacia otro lado. Nació el Darín actor, el que, con el paso del tiempo, se convirtió en el mejor de la escena local, ese que, aseguran, hasta despertó la admiración de Robert De Niro.  

Brando ¿Qué papel creés que funcionó como un quiebre en tu carrera?
Darín Más que un papel en el cine fue un ciclo de televisión: Nosotros y los miedos, con protagónicos rotativos. Ese fue el primer papel con el que yo sentí que empezaban a tratarme de otro modo. Eran programas muy vistos, que generaban polémica. Me empecé a sentir reconocido.
Brando ¿Sos un obsesivo con la actuación?
Darín No estoy todo el día pensando en la actuación. En una época, por los 20, sí, porque como yo no tengo formación académica, no me quedaba otra que mirar y tratar de anotar; entonces estaba todo el tiempo viendo de dónde sacaba información.
Brando ¿Te condicionó eso de no tener formación académica?
Darín Es más difícil hacerte respetar, por eso creo que la educación, en el amplio sentido del término, es lo único que puede ser realmente tuyo. El resto es efímero. La educación no: es lo que te forma, es lo que no te puede robar nadie. La casa, el auto, la guita pueden desaparecer, pero la formación no. Por eso creo que el caldo de cultivo de todo lo malo que nos pasa tiene que ver con la involución de la educación. Que un pibe no respete la vida de otro pibe de su edad tiene que ver con eso, y que por un par de zapatillas le pegue dos cohetazos por la espalda no es un problema económico, es problema de la degradación que se produce a través de la falta de educación y de perspectiva, de alguien que no puede mirar para adelante. Nadie respeta la vida, no tiene valor.
Brando La educación como valor universal.
Darín En todo el sentido de la palabra, porque la degradación tiene que ver con todo. Un pibe que no ve trabajar ni a su padre, ni a su madre no mama la cultura del esfuerzo, sino que mama otra cosa, mama resentimiento. Y si encima no va al colegio, no tiene un contrapeso. Entonces tiene un horizonte negro.
Brando En ese cuadro social, qué responsabilidad tiene la televisión hoy.
Darín Muchísima, si todo es una competencia para ganarte una luca. Es la cultura de "vení y ganate una luca en quince minutos". No hay un elemento más masivo de penetración que la televisión. Es una bajada de línea permanente, que dice que lo importa es cuánto podés acortar el camino para llegar al éxito, porque de acuerdo a eso sos más vivo.
Brando Es como una cultura de competencia deportiva, donde sólo importa el ranking.
Darín Claro. No importa si ganás con un gol con la mano, importa si ganás. A lo mejor alimentado por mi falta de fanatismo, disfruto de lo bello, no del éxito. Prefiero perder jugando bien que ganar jugando mal.
Brando Estás para hacerte amigo de Bilardo…
Darín Sí, justo.
Brando Encima esos tipos se convirtieron en gurúes de la vida. Ellos y los economistas.
Darín Son gurúes. [Darín imita la voz de Bilardo.] "Esto es muy fácil, se hace así y listo." No, así estamos en el horno, porque los modelos de opinión son los equivocados. Encima ahora estamos todos absolutamente narcotizados mirando a través del ojo de la cerradura la vida de otros, con lo cual le hemos restado una inmensa cantidad de horas por semana a mirarnos a nosotros mismos.
Brando Incluso el último Gran Hermano tuvo más adherentes que los anteriores.
Darín Yo creía que se iba a reabsorber como un grano, pero cuando volvió lo hizo con más fuerza. Porque perfeccionaron el sistema.
Brando Lo hicieron más perverso.
Darín Claro, mucho más perverso. Ahora está focalizado. Ellos dicen: "Hay gente a la que no le interesa, ¿qué hacemos? Y, hagamos la de los gordos". Y van y lo hacen. Esto se parece mucho a la Alemania nazi: son procesos de experimentación con seres humanos.
Brando Igual, es un fenómeno universal.
Darín Sí, pero lo que pasa es que los socios locales conocen mejor los resortes de la sociedad en la que viven, entonces dicen: "¿A ver qué podemos poner? Y... pongamos a alguien violento, cosa de que en cualquier momento haya un quilombo y no quede nadie". Se va perfeccionando la maquinaria. Son tipos que, como no tienen un carajo que hacer en todo el día más que contar billetes, la perfeccionan.
Brando Es la industria del entretenimiento animalizando gente.
Darín El tema es: ¿qué es lo que te entretiene? Porque si vos estás haciendo zapping y te detenés un segundo en un canal donde la cámara fija enfoca a cuatro tipos que están durmiendo, bueno, si te detenés ahí, necesitás ayuda. Ojo, yo me he detenido, eh.
Brando ¿Estás yendo al psiquiatra?
Darín No, bueno, yo me habilito para hablar de esto porque no es algo que le pasa a otros. Me he descubierto preguntando: "¿Che, salió Diego de la casa?". O sea, te descubrís adentro de la telaraña, porque es tan perfecta que en algún momento te atrapa. Para donde vayas hay alguien hablando de eso, porque encima todos los programas hablan de eso.
Brando El problema no es quedarte diez segundos o diez minutos, el problema es cuando eso es lo único que llena tu día, ¿no?
Darín Y, sí... Estamos viviendo una suerte de hipnosis colectiva.
Brando ¿Hoy no volverías a la televisión, no?
Darín No, hasta que se haga una casa de Gran Hermano de famosos de verdad, no vuelvo [risas]. No... bueno, no veo el panorama.
Brando Sin embargo hubo buena ficción…
Darín No, sí, hay gente que está preocupada por hacer bien las cosas, por sentirse orgullosa de hacer algo bueno.

Personajes como los que interpreto Darín en El hijo de la novia o en Luna de Avellaneda llamaron la atención de la crítica internacional, que comenzó a ubicarlo en el olimpo de la actuación hispanoparlante. Esos personajes provocaron, además, la inmediata identificación con una parte del público, que estableció con esos sujetos de clase media –fatigados y a punto de claudicar– una corriente de identificación de índole afectiva. Los personajes de Darín eran tipos vulnerables y urgidos, a quienes la década del 90 no había tratado demasiado bien. "Nuevo costumbrismo" llamaron a ese cine. Una gran parte del ambiente lo aplaudió de pie.  

Brando ¿Cuál de todos esos papeles los terminaste y dijiste: "Me salió bárbaro"?
Darín Es raro, porque me ha pasado de no sentirme del todo conforme con algún papel, pero la opinión de la gente me fue conformando una impresión más acabada. Me sentí muy bien con el personaje que hice en El hijo de la novia, me parece que me metí a hacerlo. Nueve reinas también. El aura, a full, estaba hasta el cuello.
Brando ¿La construcción de esos personajes fue placentera o traumática?
Darín Siempre es un poco traumática. Yo debo tener un método, pero no lo puedo definir. En Nueve reinas no hice ningún esfuerzo, al contrario, lo que hice ahí fue tener la rienda corta, muy corta. Lo que no quería Bielinsky era causar gracia. De hecho, a nosotros nos sorprendió mucho que la gente se riera en algunos momentos. No lo esperábamos. No queríamos que el personaje fuera querible. Fue muy curioso observar cómo construimos un personaje que era definitivamente una lacra humana –porque un tipo que entrega a su hermana es una lacra humana– y sin embargo, precisamente por mostrar sus vísceras a cara descubierta, logró, sólo por eso, una corriente de identificación con la audiencia. Es raro, es algo para que lo analice un sociólogo.
Brando A pesar de todo fue querible.
Darín Bielinsky me había dicho que no quería que el personaje tuviera una sola sonrisa en toda la película. No hice ninguna fuerza, me salió muy fácil, porque a ese personaje lo había visto un montón de veces en la calle. No subrayan nada, son como linces que están en la calle y que no te muestran nada. Me sentí cómodo.
Brando ¿El de El aura fue difícil, no?
Darín Sí, ni hablar. Imagínense que hacer un personaje que tiene un corte eléctrico cerebral sin preanuncios –de hecho el preanuncio es el aura–, o sea que cuando viene lo único que puede hacer es dejarse ir y dejarse ir, y no sabe dónde va a despertar... Fue muy complicado. Hay que convivir con eso, eh. La gran pregunta que nos hacíamos fue: este tipo, ¿qué hace cuándo le viene esto? ¿Se sienta? ¿se queda parado? Si se queda parado, se rompe el mate. Ahí empezamos la investigación. A mí lo que me ayudó un poco es que soy de presión muy baja y soy bradicárdico, o sea, tengo pocas pulsaciones, entonces cuando me bajan las pulsaciones, me baja la presión en forma abrupta, y generalmente me voltea. De hecho me desmayé muchas veces. Entonces yo trasladé eso a este personaje (me ha pasado de caerme y romperme la cabeza). Entonces ahora, cuando sé que me va a pasar, me acomodo y me dejo ir sin ponerle resistencia. A veces estoy charlando y te digo: "Me voy, eh, me voy". Y me fui nomás.  

Y se va Ricardo. Tres horas después y muchos chascarrillos más tarde, el tipo se sube a su Audi, ofrece el último guiño y se hunde en el fondo de la jungla. En el aire queda flotando una imprecisa sensación de vacío, ese duelo que se produce cuando todos terminamos una pequeña aventura.  


Por Pablo Perantuono e Iván De Pineda / Fotos de Fernando Gutiérrez / Produccion de Laura Saint Agne


 
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