En el restaurante Balcony, Oscura Experiencia Gourmet propone compartir una comida a oscuras. Qué pasa cuando sólo quedan el gusto, el olfato, el tacto y el oído.
El titulo de El almuerzo desnudo, la obra magna de William Burroughs, fue sugerido por su amigo Jack Kerouac. Según él se trataba de "ese segundo congelado en que cada quien ve exactamente lo que hay en la punta de su tenedor". Pues bien, esta movida, que hizo su aparición por primera vez en Alemania, apunta a todo lo contrario.
Hace algunos años se implementó en Colonia una experiencia conocida como "cocina vivencial". Se trata de percibir texturas y sabores con los otros cuatro sentidos mientras se come, privado de la vista. Hoy la propuesta ha cruzado fronteras y se desarrolla en el resturante Balcony, en grupos reducidos y con reserva previa.
La versión local se llama Oscura Experiencia Gourmet. Si bien cabe aclarar que lo más interesante de la propuesta es ir sin demasiada información previa y entregarse de pies y manos (especialmente estas últimas) a lo desconocido, la versión argentina hace hincapié en lo teatral, quizás en desmedro de lo puramente gastronómico.
Estos ajustes criollos han optado por la presencia de mozos parcial o totalmente ciegos y por antifaces no del todo cómodos, especialmente si se tiene en cuenta que la experiencia puede durar casi dos horas. También es una pena que, al privilegiar la performance, se haya descuidado el sutil juego de texturas, superficies y sabores de la comida. Porque aunque alimentarse sin ver es una experiencia novedosa, hacer foco en el resto de las condiciones de una comida invisible es un arma de doble filo: los fallos, cuando están, acaban destacándose también.
De todas formas, gran parte del interés de la propuesta radica en su aspecto social, en la relación que se desarrolla con los desconocidos con quienes uno comparte la aventura dentro de una caja negra. Compartir la comida (porque no a todos se les sirve lo mismo) conlleva todo un replanteo del protocolo, ya que es necesario guiarse constantemente por el tacto, tanto para servirse un pan de la panera común como para pasarle un tenedor a otro comensal. Una experiencia distinta, lúdica, para la cual es necesario estar dispuestos a dejar descansar los párpados para poder jugar a nuestras anchas con la oscuridad y la comida.
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